MENSAJE FINAL

DE VII SEMANA TEOLÓGICA

DE LA VIDA CONSAGRADA DEL ECUADOR

 

Queridos hermanos y hermanas de la Vida Consagrada del Ecuador, terminamos nuestra séptima Semana Teológica, celebrada en un enriquecedor contexto eclesial marcado por: la reciente visita del Papa Francisco al Ecuador, la vivencia del Año de la Vida Consagrada que estamos terminando, la apertura cercana del Año de la Misericordia y la reciente publicación de la Encíclica Laudato Si.

La Hna. Mercedes Casas, fsps, Presidenta de la CLAR, orientó nuestra reflexión a “Vivir en el corazón de Dios y del mundo con gratitud, pasión y esperanza”. Su reflexión concreta a la par que profunda, nos ha llevado a un cuestionamiento personal y comunitario, integrado en el contexto social y eclesial.

Su reflexión inició con la pregunta ¿cómo está el corazón de la Vida Religiosa del Ecuador?, ¿cómo está el corazón de cada uno de nosotros/as?

Este cuestionamiento y el símbolo del corazón, nos han acompañado a lo largo de esta Semana y han generado múltiples resonancias que interpelan nuestra vida de consagrados, impulsándonos a vivir desde un corazón que se asemeja al de Jesús, apasionado por su Padre, por los seres humanos y por el Reino.

Gracias al compartir, a las ponencias, a los talleres, a las celebraciones litúrgicas, a los servicios fraternos, hemos tenido la “visión” de ese corazón que late en la Vida Religiosa del Ecuador:

 

Un corazón agradecido y “lleno de nombres”: ¡Cuántos rostros, momentos fraternos compartidos, evocadores de búsquedas, compromisos y gestos para cuidar y amar la vida!, ¡Cuántos rostros de hermanos y hermanas con los que compartimos la vida y la misión!, ¡Cuántos nombres de aquellos por los que somos llamado/as a dar la vida: niños, mujeres y hombres, jóvenes y ancianos de tantas etnias y culturas, laicos con los que compartimos la misión, rostros sufrientes y rostros alegres!, ¡Cuántas huellas de Evangelio sembradas por hermanos y hermanas religiosos/as que nos han precedido y que nos han dado tanto!

Un corazón contemplativo, que nos abre los ojos y busca espacios para orar, reflexionar y compartir lo que hemos visto y oído (1Jn. 1,3); que busca hacer una teología que profundice cada vez más en el misterio de la Encarnación, que nos hace tocar la carne de Cristo principalmente en nuestros hermanos, los más pobres; un corazón místico y “mistagogo”, fascinado por Dios, que acoge y encarna la Palabra, que ayuda al otro a entrar en el encuentro con Dios.

Un corazón en salida, que vive y genera envíos, que acoge y entrega la vida, gastándola por los otros como grano de trigo que cae en tierra; un corazón descentrado y libre que ama sin atarse a las estructuras; un corazón centrado por la misión, siempre en movimiento para escuchar donde la vida clama, ir a las periferias, acompañar a los excluidos, acoger el Reino que genera vida digna y abundante para todos (Jn 10,10).

Un corazón en relación que teje redes en comunión, crea comunidades eucarísticas y fraternas, donde da gusto estar y convivir, partir y retornar, entregar y acoger la vida con sus gozos y dolores, sus agobios y sosiegos, espacio que vive la belleza de la comunión; un corazón conectado - en este mundo de las comunicaciones - con la gente de hoy, que siente y percibe lo que está pasando, que toca fondo, que toca las realidades; un corazón cercano a los más pobres y excluidos, que no tiene miedo a “enlodarse”, a rescatar la calidez del encuentro personal, de la amistad con Dios.

Un corazón misericordioso y reconciliado, que se sabe perdonado y no guarda memoria de los agravios, abierto a la compasión, que sufre con los que sufren, llora con los que lloran, lucha con los que luchan y se alegra con los que viven el amor.

Un corazón profético que acompaña procesos, que vive la minoridad desde lo pequeño, lo silencioso y escondido, semilla y grano de mostaza; que ama y cuida la creación sabiéndose solidario con todos los que viven en la “casa común”, denunciando los atentados contra la vida y contra los derechos de las personas más vulnerables y de la naturaleza; corazón esperanzado que se fortalece y se ensancha con la gratitud.

El corazón resucitado de una vida religiosa nueva, que cada día se deja renovar por el Espíritu, regado por la savia de cada generación, que se mantiene joven y en búsqueda a través de los caminos inter-generacionales, inter-congregacionales, inter-institucionales.

El corazón de la vida religiosa ora diciendo:

Misericordia quiero, novedad quiero, alegría quiero, esperanza quiero… porque quiero vivir del Amor entregado y consagrado con fidelidad, felicidad y fecundidad entre los pobres y periferias del mundo.

Quiero soñar, quiero horizontes, quiero gratuidad para disfrutar de lo que me has regalado y de lo que la gente me ha compartido, con sencillez, con arrugas y sudor, entre familias, comunidades y pueblos, luchando por la justicia y la ternura.

Quiero mirar tus ojos en lugar de mis heridas, escuchar los clamores de los descartados, tocar el dolor de los tristes y no centrarme en mi autorreferencialidad.

Quiero dejar que la vida me viva, me desafíe, me envíe, me sueñe, me configure, me queme cada instante de amor.

Quiero ser yo contigo, quiero recuperar el nosotros sin intimismos, quiero buscarte siempre para encontrarme contigo y encontrarte en nosotros, quiero dar lo mejor de ti cuando lo hice mío para que sea de todos. Quiero ser luna brillando tu luz, en medio de las oscuridades y penumbras…

Amén.

 

 

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