VIERNES DE LA I SEMANA DE ADVIENTO

Quito, 6 de diciembre de 2013

 

Queridos hermanos y queridas hermanas:

“¿A caso no está el Líbano a punto de convertirse en un vergel y el vergel en un bosque?”. Con esta frase el profeta Isaías nos invita a no caer en el pesimismo, la apatía, la tristeza. En Dios siempre hay abundancia de vida y como en él la vida no se agota, hay esperanza. ¿A caso, hermanos y hermanas, a pesar de las dificultades, no ha cambiado el mundo y está cambiando para vivir más en fraternidad? ¿A caso, la Iglesia no ha dado grandes pasos para entenderse y conocerse mejor a sí misma a la Luz del Evangelio y obrar en coherencia como su Esposo y Señor? ¿A caso la Vida religiosa no está en una constante conversión para escuchar el clamor de los sordos, los ciegos, los pobres, los que sufren injusticias y claman a Dios? ¿A caso la fe no nos está ayudando a abrir puertas a la vida y a cerrar puertas a las situaciones de muerte? El Hijo de Dios al encarnarse, cumplió la profecía de Isaías, pues vino a traernos vida, y vida en abundancia.  

El profeta Isaías, en este relato escuchado, nos invita a mirar, a ver la realidad histórica que nos toca vivir con fe. Es necesario que el sentido de la vista en nuestra vida esté unido a la fe. De lo contrario como cristianos caminaremos a oscuras. Para nosotros la historia del mundo solo es historia de salvación si la miramos con fe. La fe nos ayuda a ver que los opresores, los altaneros, los que traman iniquidades, los que echan la culpa a los demás, los que tratan de enredar a los jueces para hundir al justo sin razón no tienen la última palabra. Dios así lo ha dicho y así se cumplirá.

Me llama la atención que el profeta Isaías emplea el verbo “ver” junto a al verbo “santificar”. Dice: “porque al ver las acciones de Dios en medio de los suyos, santificará mi nombre, santificará al Santo de Jacob y temerá al Dios de Israel”. Quien ve las acciones de Dios santifica el nombre de Dios. El primero en santificar el nombre de Dios, porque ha visto a Dios desde el principio, fue Jesucristo, su Hijo. Nos recuerda el evangelista Juan que nadie ha visto a Dios. Sólo el Hijo, Jesucristo, lo ha visto y nos lo ha dado a conocer y ha santificado el nombre de su Padre. Jesús sabe cómo trabaja su Padre y cuáles son sus acciones. Aunque los discípulos no habían visto al Padre, lo pudieron ver en la persona de Jesús de Nazaret: Quién me ve a mí ve al Padre. De esta manera, al ver en Jesús las acciones del Padre, pudieron santificar el nombre de Dios. De hecho, Jesús les enseña a orar diciendo: “Padre,(…) santificado sea tu nombre”. Santificas el nombre de Dios cuando por lo que le has visto hacer a Dios (en estos momentos a través de la Iglesia y de los hombres y mujeres de buena voluntad), con fe le das gracias, le ofreces un culto en espíritu y verdad, lo alabas, lo admiras, le inciensas, le cantas, le aplaudes, elevas tus brazos y corazón hacia él. Pero esta alabanza estaría vacía si no se santificaras el nombre de Dios como Dios mismo lo hace: estando en medio de su pueblo, escuchando el clamor del pueblo, estando al lado de los pobres, caminando con ellos y luchando contra todo tipo de exclusión, de marginación, de indiferencia. Lo hace compadeciéndose de sus hijos e hijas. Así es el corazón de Dios. Santificas el nombre de Dios en la medida en que no eres tolerante con el mal.

Santificar el nombre de Dios va tan bien muy unido a eso que dice el evangelio: “Divulgar la fama de Jesús”. Si santificamos su Nombre divulgamos la fama de Jesús que vino a iluminarnos para que sigamos sus huellas hasta la cruz. Santificas el nombre de Dios cuando no te apropias del bien que haces. Es Dios quien a través de ti, de la Iglesia, de la VR, actúa en medio de los suyos. Si no lo aceptas y vives así, más que santificar el nombre de Dios lo que haces es propagar tu propia fama y buscar aplausos para ti solo/a. Y si te apropias de algo que no es tuyo sino de Dios, ¿cómo van a ver a Dios en las obras que tú haces?, ¿cómo puede brotar la mirada de fe en los otros? Cuando te apropias de los que no es tuyo sino de Dios, te conviertes en lo que dice Isaías: un extraviado/a de espíritu. Y si esto te sucede, tendrás que entrar en razón, como dice el profeta. Y si esto te sucede más que abrir las puertas a Dios se las cierras.     

Me llama la atención en el Evangelio que los dos ciegos entran en la casa de Jesús. Jesús tiene abierta la puerta de su casa para ellos. Dios no cierra su puerta a nadie. En el corazón de Dios todos tienen morada. Es en la casa de Jesús donde acontece el milagro. Los ciegos, por su fe, abrieron las puertas a Jesús para que actuara en ellos. Las puertas de la Iglesia necesitan estar siempre abiertas para todos/as, sin excluir a nadie. ¿Cómo podrán ver a Dios nuestros contemporáneos y santificar su nombre si cerramos las puertas de casa? En este texto del evangelio cerrar puertas es lo contrario a la misericordia y a la compasión. ¿Qué fama de Jesús estamos divulgando si cerramos las puertas de la acogida y la hospitalidad?  

Ver con fe la acción de Dios, santificar su Nombre, divulgar la fama de Jesús. Nuestro camino de fe nos lleva a poner en práctica estos verbos. Es un camino de cruz. Por eso me gustaría repetirte las palabras del salmista: sé valiente, ten ánimo, confía y espera en el Señor. Él es tu luz y tu salvación ¿a quién vas a tener miedo? Disfruta, pues, hermano y hermana de la presencia del Señor y de la bondad de su corazón comprometiendo tu vida, hasta el final, por el Reino de Dios. Amén.

 

 

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