Mariola López Villanueva, rscj

Recuerdo que cuando tenía catorce años me gustaba imaginar cómo viviría a los treinta, poder mirar por una ventana y ver qué estaría haciendo. De todos los paisajes que aquella muchacha pudiera haber imaginado ninguno tan hermoso y sorprendente como el que ahora habito.

Cuando asomé al mundo me esperaban mis padres y dos hermanos de doce y nueve años que, según me cuentan, me recibieron muy contentos. Mi hermano Tino desde el año pasado está ya definitivamente en Su corazón. Era un chico inocente, que sacaba lo mejor de nosotros. Mi madre se desvivió arropándolo durante cuarenta y nueve años, y ahora él nos cuida desde Adentro, como precioso ángel protector.

Crecí en una tierra clara de sol y naranjos, en un pueblo al sur de Alicante cerca del Mediterráneo. Mis compañeras me dicen, para meterse conmigo, que se me nota que soy de pueblo. Me fui haciendo una joven agnóstica, indiferente con respecto a la fe y a Jesús, como se encuentran hoy la mayoría de los jóvenes por estos lados; y a los dieciocho años me embarqué en la aventura de irme a Madrid a estudiar periodismo, no porque me gustara mucho, que más bien era tímida para eso, sino porque se trataba de la única carrera con la que podía salir del pueblo, y necesitaba hacerlo (la filología hispánica, que era lo que más me atraía se podía estudiar muy cerca de allí).

Estando en Madrid en una residencia de estudiantes que llevaban unas religiosas, a los veintiún años, al calor de las relaciones y los descubrimientos, viví una de esas experiencias que marcan un antes y un después y que me han acabado trayendo donde estoy. Me llevaría mucho espacio contarlo, quizá lo pueda recoger así: una Presencia de tremendo amor irrumpió en el centro, y nada volvió a ser igual. Todo se cargó de luz y de sentido, y ya no podía más que desear llevar a otros a Aquel que tan generosamente me había visitado.

Después de tres años, en que acabé de estudiar y a la vez trabajaba, fui a comenzar mi postulantado en Barcelona con esta congregación que había conocido en la residencia y que era Misionera; todo lo de América Latina me atraía mucho. En esos años de espera había ido creciendo en la relación con Jesús y ahondando en lo recibido, y fue muy doloroso, una vez allí, descubrir que aquellas hermanas no eran mi lugar, que no me sentía feliz; estaba como pez fuera del agua. Por casualidad - de esas casualidades que nos hacen más evidente Su paso- había conocido a Dolores Aleixandre a través de una amiga y en unos Ejercicios con ella pude ver que aquel no era mi sitio. Regresé a Madrid, y tirada del hilo de mi texto-fuente, Juan 15, me dijeron que era también el de una tal Magdalena Sofía y empecé a sentir curiosidad. Conocí y me relacioné con rscj; y encontré mujeres profundas y felices y con un amor fuerte a Jesús, esto último fue lo que me cautivó. Por fin había encontrado mi lugar, estaba en casa; aquí podía caer y levantarme.

Ahora que voy a cumplir treinta y ocho años, y que ya llevo más de doce en la Sociedad, siento que voy recibiendo en ella mucho más de lo que pudiera pedir o imaginar. Los lazos y el cariño con otras rscj, (ya por todo el mundo), son una de mis perlas de gran valor.

Vivo en Gran Canaria, una isla de enorme belleza, pegada al continente hermano de África y abrazada por el mar; somos cuatro rscj: Manoli Martín que es la párroca del barrio, y dos JP,s: Valle Adame, que trabaja como médico de familia, y Fátima Santaló, trabajadora social, que acaba de hacer sus primeros votos. Estamos en Vecindario, un enclave popular donde hay muchos inmigrantes (compartimos el bajo de la casa con Sur Acoge, una asociación que les ayuda), y la diversidad de nuestras tareas nos es muy enriquecedora por el abanico de relaciones que nos abren.

Desde que me vine a esta buena tierra ando con la Biblia de acá para allá. Doy clases de Sagrada Escritura, a jóvenes y a adultos, en un Instituto de Teología sencillo y, ahora también, clases de religión a los chiquillos. Con lo que más disfruto es con los cursos a mujeres, (es un privilegio poder recibir la Palabra junto a ellas) y con el grupo de oración de mi parroquia. En estos dos últimos años he agradecido la experiencia nueva de dar Ejercicios a religiosas; me han abierto más a ese lado vulnerable que todos tenemos; a la herida y a la belleza de los rostros cuando se abren.

De vez en cuando escribo para alguna revista que me piden. Me hace gracia porque cuando de adolescente soñaba en lo que me gustaría ser de mayor ya me salía la veta escritora, me dio unos años por hacer poemas, pero no pensaba que me vendría por este lado. Como me van pidiendo cosas pues poco a poco he ido escribiendo y la gente me va confirmando en que algo del Señor se mueve por aquí. Antes no pensaba que eso tenía que ver con mi vida como rscj, ahora voy sintiendo que un poco sí; me voy abriendo a una voz más personal que, sin ser mía, pasa por mis genes y por mi historia; y abrazando la timidez como cálida compañera en este viaje.

Una vez leí que una mujer decía, "quiero contar el mundo para bendecirlo", y eso es lo que yo también deseo: narrar la vida para conducirla hacia Él. Contar historias para que se desvele el amor que las cruza. Escribir para agradecer. Escribir para curar; como yo he sido sanada y confortada con las palabras de muchas otras y otros.

Hoy día atravieso un momento sabroso; amo el lugar en el que vivo, las personas con las que vivo, y me siento bien en mi piel, que no siempre he podido decirlo. Experimento un gusto grande por vivir, un natural contento... y si puedo pedir un regalo más, en medio de tantos, es el de aprender a acoger y a querer a cada persona con toda su realidad.

 

DISCRETA FECUNDIDAD

Lc 5, 1-11: la pesca milagrosa

He vivido varios años con el mar cerca. He podido disfrutar su belleza, cambiante cada día, y las posibilidades de su horizonte. También el dolor que alberga para aquellos que se hicieron un día “mar adentro” buscando una vida más digna.

Me impresiona que el mar en la Biblia tenga un signo negativo. En él se sitúan las fuerzas del mal y los monstruos marinos. Vista desde esta perspectiva, la invitación de Jesús apasiona todavía más: “os haré pescadores de hombres”, os ayudaré a darles la mano y a liberarles de las trampas del mal.

La invitación de Jesús, a Pedro y a nosotros, es a no quedarnos al margen y en la orilla de los acontecimientos, del fragor y la densidad de nuestro mundo, sino a aventurarnos y a sumergirnos en él.

A pesar de la impotencia, los cansancios y las noches infructuosas del viaje de la vida, Jesús nos anima a intentarlo de nuevo, una vez más, cada día.

Entonces acontece una fecundidad nueva, que no es la del éxito, tampoco la de la eficacia, ni la de los resultados logrados… Es la fecundidad que emerge silenciosa y que se vive con otros, junto a otros.

Es sencilla y muy discreta, con los ojos de la rutina se nos escapa. Pero nos pone en nuestro verdadero lugar: no provocamos nosotros este aumento de vida y de sentido- el asombro y la alegría del corazón- pero sí necesitamos consentirlo y volver a echar las redes cada vez.

Esta llamada a vivir con anchura y a colaborar para que esa abundancia de vida (salud, educación, trabajo, afecto…) pueda llegar a muchos se ve amenazada por los miedos que nos van a acompañar hasta el final. Por eso necesitamos escuchar cada vez: “No temas, yo estoy contigo”.

Es sólo esa Presencia, la certeza de su compañía, la que nos hace capaces de gustar con otros lo profunda y lo buena que es la vida; y a desear seguirla allí donde nos lleve sorpresivamente el amor.

 

DADORES DE ALAS

A lo largo de nuestra vida encontramos personas que nos “dan alas”, nos incitan a desplegar lo mejor de nosotros mismos y nos sentimos mejores en su presencia. Es como si ante sus ojos pudiéramos reestrenar nuestra vida y nos muestran horizontes propios que no podíamos ni imaginar. Es un inmenso regalo recibir esto y poder provocarlo en otros. También sabemos que puede ocurrir lo contrario. Nos acostumbramos a hacernos una imagen de los otros, los clasificamos: inteligentes o torpes, profundos o superficiales, simpáticos o aburridos…y los encasillamos bajo una apariencia que nos cuesta mucho modificar, se nos velan los ojos para la novedad con la rutina.

Algo de eso debió experimentar Jesús con la gente de su pueblo. Me gusta pensar que las preguntas que le hacen: “¿De dónde le viene a éste todo eso?... ¿No es hijo de José el carpintero? ¿No están sus hermanos aquí? (Mc 6, 1-6)”, ponen de manifiesto la sencillez y la veracidad del proceso de maduración de Jesús. Su camino humano, tan humano que cuesta creerlo. Uno de tantos, como la gente corriente entre la que vivía, sin señalarse por nada especial, creciendo poco a poco. Cuentan de Jesús que no pudo hacer nada en Nazaret, allí le “cortaron las alas”, era demasiado conocido para ellos, demasiado común, demasiado igual…Me emociona que la acción sanadora de Jesús no puede provocarla él mismo, sino que está a merced de la confianza de aquellos con los que entra en relación. Jesús tenía la gracia de conceder autoridad a cada persona, de devolverle su dignidad, de remitirla a sí misma, de ayudarla a conectar con su ser profundo. Nunca decía “yo hice esto por ti, o yo te dije”. Remitía a la persona a su ser más hondo: “tu confianza te ha sanado”…el Dios que hay en ti. Al cerrar el verano y comenzar un curso nuevo, tal vez nos haga bien disponernos, al modo de Jesús, como “dadores de alas” con aquellos con los que convivimos día a día y nos rozamos en la comunidad, volver a renovar la confianza después de algún desencuentro y continuar apostando por lo mejor que guarda cada persona… A veces es difícil “vivirlo dentro de casa” pero también es lo que más nos acerca a la buena noticia de Jesús.

 

 

 

Contador de Visitas

contador

Av. Garcia León 215(Oe4-33) Ruiz de Castilla 593 2 3202759 / 3202193 / 3202265