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Cuestionario para el Sínodo de jóvenes

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NOTICER
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Solidaridad con Perú

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ECLESIAL
Abrirse a la posibilidad de perdonar

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Mons. Adalberto Jiménez, obispo de Aguarico

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COMUNICADO

Red de Pastoral Social Cáritas Ecuador

28 abril 2016

 

Pañuelo de Dios para secar lágrimas

 

Después vi un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer cielo y la primera tierra desaparecieron, y el mar ya no existe más. 2 Vi la Ciudad santa, la nueva Jerusalén, que descendía del cielo y venía de Dios, embellecida como una novia preparada para recibir a su esposo. 3 Y oí una voz potente que decía desde el trono: «Esta es la morada de Dios entre los hombres: Él habitará con ellos, y ellos serán su pueblo; Dios mismo estará con ellos y será su Dios. 4 Él secará todas sus lágrimas, y no habrá más muerte, ni pena, ni queja, ni dolor, porque todo lo de antes pasó». 5 Y el que estaba sentado en el trono dijo: «Yo hago nuevas todas las cosas». (Ap 21, 1-5ª)

 

Las lecturas del domingo pasado resuenan con mucha fuerza en estos momentos de sufrimiento. Muchas personas están llorando, viven situaciones de duelo y dolor por haber perdido seres queridos, casa, trabajo, seguridad y puntos referencias para sus vidas. Escuchar (en la lectura del Apocalipsis) que el Señor enjugará las lágrimas y no habrá ni gemidos ni penas nos da esperanza. No es un Dios que goza del sufrimiento de sus hijos, sino más bien sufre con nosotros, comparte todo dolor de la humanidad. Dios habitará en Muisne, Pedernales, Jama, Portoviejo, Manta, pondrá su morada (algunas traducciones dicen: “acampará”) en medio de nuestro pueblo sufrido.

Algunos podrían pensar: ¿Cómo va Dios a enjugar tantas lágrimas? ¿Cómo va a impedir que la desesperación se apodere de los/as hermanos/as afectados/as?

El evangelio nos da la respuesta: 34 «Les doy un mandamiento nuevo: que se amen los unos a los otros, como yo los he amado; 35 y por este amor todos reconocerán que ustedes son mis discípulos». (Jn 13, 34-35)

El Señor nos pide difundir en el mundo su mismo amor. El Amor que experimentamos en nuestra oración, el Amor que Dios nos da y nos llena de paz, el Amor de Jesús es lo que nos distingue de los demás. El pañuelo de Dios para secar las lágrimas de los/as hermanos/as que sufren somos nosotros la Iglesia. Dios enjuga lágrimas en este terremoto con nuestra solidaridad, con nuestra presencia hermana.

Todo el mundo verá que hay un Dios en la tierra y que se preocupa por los que sufren, mirando la obra solidaria de Su cuerpo en la tierra que somos la Iglesia. Estamos llamados a no dejar solos a los que sufren y a ser “transparencia” del Amor de Dios para ellos.

El Señor quiere que le ayudemos a construir no sólo un cielo, sino también una tierra nueva: una historia renovada.

 
 

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