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Mayo 2018

 

QUÉ NOS DICE LA REALIDAD A LA VR

En este mundo lleno de luces y sombras, no podemos ni queremos dejarnos llevar por la globalización de la indiferencia ni por el simplismo del fatalismo destructivo, que impiden reacciones comprometidas y proféticas ante los conflictos y las problemáticas que estamos viviendo, a veces como simples espectadores y otras como actores directos o indirectos.

Nos duelen los escándalos sexuales en algunos países como Chile o USA, y más aún los que están apareciendo en Ecuador, porque son signo del abuso, incoherencia y descrédito de los abusadores y del colectivo eclesial. Es evidente que algunos medios de comunicación social y algunos lobbys aprovechan -con malsana intencionalidad- para criticar y anular la influencia de la Iglesia en la sociedad. Esto contrasta con la entrega martirial de tantos agentes de pastoral que son capaces de donar -sin luces ni taquígrafos pero con amor- sus mejores años de vida, por los más pobres y excluidos, niños, jóvenes, ancianos y víctimas de la violencia. Un ejemplo significativo es el Papa Francisco afrontando decididamente estas situaciones con “tolerancia cero” y con defensa a ultranza de las víctimas.

El machismo, clericalismo, individualismo que manifiestan algunas personas de nuestra sociedad e iglesia, nos hacen reflexionar sobre la advertencia de Jesús sobre el poder, para que no sea el criterio soterrado de las relaciones eclesiales; sino el servicio. Se ve imprescindible que las mujeres, los pobres, los jóvenes, los obreros… no engrosen las filas de las víctimas de nuestras malas acciones pastorales, sino los preferidos de Dios y sujetos imprescindibles de una iglesia de comunión y participación. De hecho, hay muchas personas que siguen luchando a favor de la justicia y contra la impunidad, contra el femicidio y a favor de los derechos colectivos; buscando espacios creativos de participación y protagonismo para y con las mujeres y los laicos.

La violencia está abriendo sus fauces en muchos de nuestros espacios sociales, políticos, económicos, culturales… en los planos individual, familiar y colectivo… en la frontera norte de nuestro país y en muchas periferias de nuestras ciudades y de nuestros lugares de vida y trabajo. La violencia se manifiesta en secuestros, tráfico de armas, de personas, de droga…, también en la agresividad cotidiana en nuestras relaciones y en el trato discriminado y excluyente contra los empobrecidos, refugiados, migrados o llenos de miedo. El maltrato y la deshumanización de nuestro ambiente, también tiene respuestas llenas dignificación y fraternidad incluyente con los venezolanos, las víctimas de malas prácticas médicas, la desatención en la salud, educación masificada y aculturada. Agradecemos a Dios por tantos funcionarios y servidores que ofrecen amabilidad, eficiencia, solidaridad y dignidad a los que sufren o buscan ayuda; son la brisa fresca de humanidad y compasión.

No podemos ni debemos olvidar el compromiso ético de cada persona, de cada ciudadano y de cada cristiano, para afrontar con valentía y sinceridad la corrupción, a veces descarada y otras veces ocultada, que se da en muchos ámbitos de la administración pública, de la empresa privada y de las relaciones cotidianas entre las personas, familias y vecinos; es evidente también en los campos político y económico. El dios dinero está impidiendo que fluya la sangre de la solidaridad en algunos corazones llenos de egoísmo y ambición inmisericorde, que ve a los pobres como votos o clientes que esperan las migajas de la mesa de sus bienes malhabidos. Pero “los honestos somos más”, y los solidarios hacen la diferencia en muchos momentos como el terremoto, inundaciones, emergencias de los vecinos o el sufrimiento de los descartados.

Hay muchos jóvenes encerrados en la “burbuja celestial” de las redes, la droga, la espectacularidad, la apariencia o la provisionalidad, que se desentienden del mundo real para anclarse en el narcótico virtual, sin buscar el bien común ni el compromiso con otra causa que no sea su “yo” y sus “amigos”. Sin embargo, hay bastantes jóvenes llenos de esperanza, agradecidos con la “memoria” recibida y en búsqueda apasionada de una “causa” que dé sentido a su vida más allá de los eventos y las acciones esporádicas descomprometidas. Los jóvenes son un grito de novedad y de búsqueda de nuevos escenarios y nuevas expresiones, con inquietudes y sueños diferentes a los que vivíamos en el siglo XX. La sociedad y la iglesia, abiertas a la imprevisibilidad y sorpresa del evangelio, deben acoger estos nuevos horizontes con creatividad.

Los medios de comunicación social, las redes y las tecnologías de información y comunicación han invadido la intimidad y la sociabilidad de las personas y de las relaciones, y han acercado la realidad a nuestros ojos, aunque están impidiendo el compromiso, la interioridad o la comunicación asertiva. Hemos ganado en conectividad y estamos perdiendo en contacto personal; tenemos más información y quizá también más indiferencia ante el sufrimiento; conocemos acontecimientos de muchas partes del mundo e ignoramos lo que pasa en nuestro vecindario, incluso en el corazón de nuestra familia. Con todo, también las TICs están haciendo novedosa la evangelización y el acercamiento de la solidaridad entre muchos pueblos y personas.

 

QUÉ DECIMOS A LA VR SOBRE LA REALIDAD

El documento de Medellín (1968) nos invitó -y hoy podemos actualizarlo- que “no podemos quedar indiferentes ante las tremendas injusticias sociales existentes en América Latina, que mantienen a la mayoría de nuestros pueblos en una dolorosa pobreza, cercana en muchísimos casos a la inhumana miseria” (Medellín 14,1). Lo mismo insiste el Papa Francisco, al decir que el descarte en nuestra sociedad es una expresión de la deshumanización de nuestras estructuras y relaciones injustas y excluyentes, y del sistema económico imperante.

Escuchando los gritos de la humanidad rota, la vida consagrada del Ecuador quiere descubrir la voz de Dios, que nos dice “pondré mi ley en su interior, la escribiré en sus corazones” (Jr 31, 33) para tener una mirada distinta de la que tiene la sociedad, que nos saque de toda infertilidad (como los sarmientos separados de la vid) y nos lleve a opciones evangélicas, proféticas, coherentes, misioneras, ecológicas y solidarias.

La vida consagrada no puede dejarse invadir por la indiferencia, complicidad, naturalización (lo que pensamos que es natural) o la normalización (de tan frecuente, parece normal) de la realidad. Por el contrario, estamos llamados/as a reaccionar con indignación e integralidad, como Jesús, que no puede aceptar el abuso corrupto de la religiosidad del pueblo (Jn 2, 14-24). Hemos de gestionar creativamente procesos de humanización, especialmente de los niños y los más pobres, que deben ser protegidos siempre, como advierte severamente el mismo Jesús (Lc 17,2). Eso significa que la denuncia de la injusticia, corrupción, abuso de confianza y intimidad, el machismo y la violencia no es algo “optativo” sino imprescindible para quien busca el Reino de Dios y pretende dejarse conducir por el Espíritu de libertad, solidaridad y transformación (Lc 4, 16-21)

La vida consagrada, toda la Iglesia y la sociedad en su conjunto, estamos llamados a superar las tentaciones de poder, con apariencias de legalidad o de religiosidad, que denigran el servicio con la dominación (Mc 10, 34-43), desacreditan la autoridad con la búsqueda de aplausos “lamparosos” (Mt 23, 5ss), impiden la justicia defendiendo la legalidad o protegiendo a los culpables (Rm 6, 14) y discriminan a los diferentes para justificar su “sistema opresivo” (Is 58, 6-8) . La respuesta, para afrontar estas realidades de manera coherente y evangélica, es el “discernimiento” personal y comunitario que nos lleve a traspasar los filtros manipuladores de los poderosos y nos abra el camino de las bienaventuranzas (Mt 5, 1-11).

La “escuchoterapia” paciente, empática y abierta de los gritos de los jóvenes con esperanzas inciertas, los gritos de los pobres buscando oportunidades, los gritos de las mujeres reivindicando dignidad con respeto humanizante, los gritos de los indígenas defendiendo sus territorios y culturas, los gritos de los afrodescendientes reclamando libertad, los gritos de la naturaleza que lucha por vivir… son los gritos de Jesucristo joven, pobre, mujer, indígena, afro, creación… kairós de esperanza y vitalidad, “Dios con nosotros”.

Jesús nos invita hoy, nuevamente, a ser testigos de la esperanza, agentes de comunión, profetas de novedad y la alegría de las comunidades que quieren algo más y mejor que lo que reciben. Abramos el corazón de consagrados/as al Dios de la vida, al pueblo de la honestidad y a la naturaleza de nuestra patria y de nuestra amazonia. Convirtamos las amenazas en oportunidades y los acontecimientos eclesiales en procesos de conversión misionera (CAM 5), dinamismo juvenil y vocacional (Sínodo) y ecología integral (REPAM).

 

PARA COMPARTIR

  1. ¿Qué situaciones de nuestro contexto, comunidades y personas cercanas nos producen indignación y necesidad de reacción profética?
  2. ¿Qué actitudes concretas debe tener la vida consagrada ecuatoriana para ser testigos de la esperanza, agentes de comunión, profetas de novedad y la alegría de las comunidades?

 

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