Queridos/as hermanos/as,

El Resucitado sacude el miedo que nos aprisiona con su triple evangelio: ¡contemplen mis manos y mis pies! ¡paz con ustedes! ¡vayan a Galilea!

No debemos nunca dejar en el olvido del sepulcro sus heridas ahora luminosas que nos testimonian su amor incondicional hasta el extremo, su obstinación de estar con nosotros/as en nuestros límites más deprimentes y hasta la frialdad de nuestro pecado y por ende de nuestra muerte.

Permitir que nos invada el abrazo de su shalom, que es la paz que solo Dios puede dar y que nos hace experimentar la liberación de las garras de la tristeza y de la mentira del mundo: la confianza redentora en su y nuestro Abbá.

Iniciar humildemente el retorno al primer amor, iluminados/as por la luz de su Rostro, para evocar el encuentro a la orilla del lago en la intimidad de una comida entre amigos; para escuchar incrédulos nuevamente su llamado y el envío hacia toda creación como misioneros/as de su ternura resucitadora. Para enseñarnos su última – y única – lección: que nuestra felicidad está en dejarnos amar por él (lo que nosotros desaprendimos en Adán).

Esto es lo que te deseo: que como Consagrados/as seamos fuego nuevo y pregón pascual a los cuales nada ni nadie consiga apagar.

P. Rafael

 

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