30/01/2019

Carlos Ayala Ramírez (*)

 

El papa Francisco, al dirigirse a los obispos de Centroamérica durante su participación en la Jornada Mundial de la Juventud en Panamá, destacó la figura de san Romero señalando que su vida y enseñanza son fuente constante de inspiración para nuestras Iglesias y, de modo particular, para los obispos. En esta línea, la siguiente frase es emblemática y deberá quedar sonando como horizonte de sentido para la vida eclesial: “apelar a la figura de Romero es apelar a la santidad y al carácter profético que vive en el ADN de vuestras Iglesias particulares”. Recordemos que, para san Romero, la misión de la Iglesia sólo será auténtica si es la misión de Jesús. Esta convicción está a la base del principio inspirador “sentir con la Iglesia”.

El Papa explicó que este principio, llevado a la práctica por monseñor Romero, implicó tres aspectos que todos los obispos de Centroamérica no solo deben tener en cuenta, sino imitar para encontrarse con Cristo y el pueblo que sufre: “Reconocimiento y gratitud”; “Un amor con sabor a pueblo”; y “Llevar en las entrañas la kénosis (abajamiento) de Cristo”.

La primera actitud que se debe emular es la “Gratitud por el bien recibido, no merecido”. Según el obispo de Roma, Romero pudo sintonizar y aprender a vivir la Iglesia porque amaba entrañablemente a quien lo había engendrado en la fe: “sintió con la Iglesia porque la amó como madre que lo engendró en la fe y se sintió miembro y parte de ella”. Y a renglón seguido, el Papa aclara que “sin este amor de entrañas será muy difícil comprender su historia y su conversión, ya que fue este mismo amor el que lo guio hasta la entrega martirial”.

Sin duda que ese amor de san Romero hacia la Iglesia derivaba de lo que ésta significaba para su vida humana y creyente. Desde la tradición apostólica la definió como “una comunidad de fe cuya primera obligación, cuya razón de ser está en proseguir la vida y la actividad de Jesús. Ser Iglesia es mantener en la historia… la figura de su fundador”. El papa Francisco lee esa experiencia como “la gracia de sentirse y saberse parte de un cuerpo apostólico más grande que él mismo y, a la vez, con la consciencia real de sus fuerzas y posibilidades”.

El sentir con la Iglesia está vinculado, en segundo lugar, a un “amor con sabor a pueblo”. Desde el espíritu de la Gaudium et spes, el Papa explicó a los obispos “que el pastor, para buscar y encontrarse con el Señor, debe aprender y escuchar los latidos de su pueblo, percibir el ´olor´ de los hombres y mujeres de hoy hasta quedar impregnado de sus alegrías y esperanzas, de sus tristezas y angustias”.

De esos rasgos Romero fue ejemplo sobresaliente. Proclamó que el mundo de los pobres enseña que la sublimidad del amor cristiano debe pasar por la imperante necesidad de la justicia para las mayorías y no debe rehuir la lucha honrada. La centralidad que dio a los pobres no fue genérica, sino muy concreta. Advirtió que ponerse a su servicio exige una conversión y purificación constantes en todos los cristianos. Romero, dijo el Papa, “escuchó al pueblo que le fue confiado, hasta respirar y descubrir a través de él la voluntad de Dios que nos llama”.

Finalmente, el papa Francisco planteó que “el sentir con la Iglesia” con el que se han de identificar los obispos, debe implicar llevar en sus entrañas toda la kénosis de Cristo. Citando a Romero dijo: “en la Iglesia Cristo vive entre nosotros y por eso tiene que ser humilde y pobre, ya que una Iglesia altanera, una Iglesia llena de orgullo, una Iglesia autosuficiente, no es la Iglesia de la kénosis. En este sentido exhortó a no tener miedo de tocar y de acercarse a las heridas de nuestra gente. Señaló que el pastor “no puede estar lejos del sufrimiento de su pueblo”. Y hacerlo al estilo de Jesús significa dejar que ese sufrimiento golpee y marque nuestras prioridades y nuestros gustos, golpee y marque el uso del tiempo y del dinero e incluso la forma de rezar. Expresó que le preocupa cómo la compasión ha perdido centralidad en la Iglesia, incluso en medios de comunicación católicos. Y fue enfático al afirmar “que no se pierda en el obispo la centralidad de la compasión”. La Iglesia de Cristo es la Iglesia de la compasión, y eso empieza por casa. De ahí la necesidad de que los pastores se pregunten: ¿Cuánto impacta en mí la vida de mis sacerdotes? ¿Soy capaz de ser padre o me consuelo con ser mero ejecutor?

Cuando el Concilio Vaticano II habla del ministerio de los obispos, sostiene que estos deben anunciar el Evangelio de Cristo, llamando a los hombres y mujeres a la fe con la fortaleza del Espíritu, o confirmándolos en la fe viva. En cuanto santificadores el Concilio señala que éstos están obligados a dar ejemplo de santidad con la caridad, humildad y sencillez de vida. Y en el ejercicio de su ministerio de padre y pastor deben comportarse en medio de los suyos como quienes sirven, como pastores buenos que conocen a sus ovejas y son conocidos por ellas. San Romero, ciertamente, fue un obispo de ese talante. Pero no sólo fue un maestro de la fe y un santificador de los fieles, sino también un profeta de la justicia y de la esperanza. Qué hermosa paradoja: quien fuera sospechado y excomulgado en los cuchicheos privados de tantos obispos – como afirmó el Papa – hoy se apela a su ejemplo como fuente de inspiración para las autoridades eclesiásticas.

 

(*) Profesor de la Escuela de Pastoral Hispana de la Arquidiócesis de San Francisco, CA; y del Instituto Hispano de la Escuela Jesuita de Teología. Docente jubilado de la UCA.

 

 

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