CONCLUSIONES NACIONALES

Congreso de la Familia

Los participantes del II Congreso Nacional de la Familia en el Ecuador y Foro Mundial de Familias Mundi, reunidos en Quito, Guayaquil, Portoviejo, Loja y Tena, del 9 al 12 de noviembre de 2011, en las reflexiones para “revitalizar la identidad, vocación y misión del Matrimonio y la Familia en el Ecuador”, constatamos:

Que para la inmensa mayoría de ecuatorianos la familia se constituye en el valor más importante, porque en el seno familiar donde se hace visible el apoyo mutuo, la convivencia, la confianza, la solidaridad, la entrega abnegada de los padres, el desarrollo integral de los hijos; es ahí donde se configura y mantiene la identidad y espiritualidad propias de nuestro pueblo.   Aun la familia, es el hogar entrañable y cuna de vida para la sociedad ecuatoriana.

Sin embargo la existencia de una desestructuración familiar y una situación social de pobreza material y moral crecientes, así como situaciones de enfermedad y de discapacidad, desempleo y pocas oportunidades, están afectando a numerosas familias.

La realidad de los niños, jóvenes, ancianos y grupos vulnerables, por integrarse y ser valorados en la sociedad, muestran cada vez mayores dificultades, junto a la compleja realidad de afianzar la responsabilidad de sus padres y la unidad familiar, hacen preeminente reconocer que en la vida familiar es muy importante conservar la identidad de la persona humana y de la familia.

Hoy en las familias “la pereza espiritual”, nos ha llevado a dejar poco tiempo para Dios, para la transmisión de la fe y para la formación de los hijos. El impacto de los medios de comunicación, en no pocos casos, ha suplido el papel fundamental de la familia como formadora de valores, gestora de libertad y promotora de integralidad.

La familia está sufriendo una aguda crisis de autoridad en la que se están confundiendo los roles de padres e hijos; realidad que la percibimos sobre todo en el uso incorrecto del tiempo libre y del descanso, que han mermado auténticos espacios de diálogo y reflexión.

El ritmo de la sociedad actual impide a las familias vivir su verdadera “dimensión de familia”, siendo urgente recuperar el sentido alegre y transformador de la celebración familiar, enfatizando para los creyentes, el domingo como “Día del Señor”, compartiendo a través del descanso, la recreación y el diálogo.

La cultura solidaria de nuestras familias, es expresión también de la fe de nuestro pueblo, manifestado en el compartir cotidiano. Sin embargo continúa la proliferación de divorcios, separaciones, uniones libres e irresponsables, que van testimoniando la fragilidad a la que está expuesta la familia como núcleo social.

La vida y la familia, hoy más que nunca, están siendo amenzadas: los embarazos no deseados, los abortos, el abandono de los hijos, la falta de preparación para ser padres, una sexualidad y afectividad relativas, una educación que tiende a precaver una orientación humana y cristiana, golpean y deshumanizan profundamente la familia.

Hace falta impregnar en la mayoría de empresas el sentido de carácter social para que contribuyan al bien común, asumiendo el principio de la centralidad de la persona humana que implica mejorar las condiciones de vida de los trabajadores y sus familias, más aún teniendo en cuenta que muchos empresarios son cristianos.   Es fundamental diferenciar que la economía familiar no es lo mismo que la economía general, de hecho debe basarse y actuar desde valores y principios prácticos diferentes y ligados a su misión intrínseca: acoger y conformar la dignidad primera de la persona humana en Dios. El terreno de la economía doméstica es un campo riquísimo para experimentar y vivir valores y contenidos cristianos fundamentales.

La responsabilidad del estado y de entidades privadas en el buen vivir de las familias deben respetar los derechos humanos y el ejercicio de deberes y creencias como ciudadanos. Sólo así lograremos que la familia, escuela de valores y de vida, no pierda su sentido transcendental.

A la luz de la Palabra de Dios y de los documentos reflexionados en este congreso, la Iglesia Católica que peregrina en el Ecuador, convencida plenamente de que el Espíritu de Dios nos ha acompañado en estos días, afirma y se compromete:

A hacer de la familia ecuatoriana, una autentica Iglesia doméstica, llamada a constituirse en escuela de la fe, en donde los padres son los primeros formadores y orientadores desde su propio testimonio de vida, y a imagen de Dios, que nos revela su paternidad y maternidad creadora, formadora, y transformadora, se constituyen en generadores de vida.

A afirmar la identidad y misión de la familia, íntimamente relacionada con el concepto del ser humano, constituido por cuerpo, alma y espíritu, como un todo armónico proveniente de la sabiduría creadora de Dios. Sin Dios carecemos de los valores absolutos, perdemos nuestro patrimonio genético y matamos moralmente a la persona humana, dejándola a la deriva. Cristo con su Evangelio nos abre el horizonte para descubrir quién es la persona humana y cuál es el verdadero sentido de su vida.

Es en la familia donde se generan las experiencias de percepción del mundo y de relación con el mundo; si falla la familia, fallará el proceso de inserción de los hijos en la sociedad. Si la familia está en crisis, la sociedad entra en crisis.  La Iglesia sustentada en el amor generará espacios permanentes, incluyentes, abiertos, dialogantes que permitan a la familia compartir, vivir en fraternidad, siendo santuario de amor y santidad para los hijos.

Nos comprometemos a ser hijos con nuestros padres, hermanos con nuestros hermanos y padres con nuestros hijos, siendo fundamentalmente hijos de Dios. La misión fundamental de la familia, según el querer de Dios, es constituirse en cooperadora de la obra de la creación, primera escuela de formación, por lo que favoreceremos continuos espacios de formación y reflexión que permitan a la familia asumir efectivamente su papel.

La Iglesia y su magisterio, conforme a la revelación, reconocen que la persona humana debe ser el centro de nuestras reflexiones y actuar; por cuanto la dignidad de hijo/hija de Dios, es lo más alto. La Iglesia luchará por hacer reconocer la dignidad de la persona, siendo vigilante de que las leyes y el trabajo estén al servicio del ser humano.

El testimonio de vida, de unidad, de amor y de trabajo de las familias cristianas, hará que el mundo cambie, que nuestra patria cambie, es desde el ejemplo de los padres que “la familia será un tesoro de los pueblos latinoamericanos y caribeños, patrimonio de la humanidad”. (Documento de Aparecida)

Es la familia la llamada a custodiar la transmisión permanente de la fe, en especial de las nuevas generaciones, por lo que implementar una pastoral familiar orante, reflexiva, orientadora, solidaria, misionera y encarnada en la realidad de nuestras familias es urgente. Debemos continuar con la formación de los padres, con la celebración en familia del Día del Señor y con la dignificación y cristianización de las fiestas, logrando que las celebraciones de la familia se hagan “en familia”, no con extraños que alteren el ambiente íntimo de la convivencia familiar.

Finalmente, reconocemos, que la familia, el trabajo y la fiesta, son para el ser humano camino y puente de dignificación y realización plena, por ello, seremos centinelas incansables de su cuidado, protección y defensa, haciendo de la familia y con la familia, la patria que Dios ha soñado para nuestros hijos.

Acogiendo fervientes el llamado del Santo Padre Benedicto XVI, anhelamos que las familias ecuatorianas escuchen al Señor y cumplan su designio salvador, y asuman su vocación y compromiso misionero de ser padres, hijos y esposos al ejemplo de la familia de Nazaret.

Bajo el amparo de Nuestra Señora Madre de Guayaquil, encomendamos la vida y el bienestar de las familias ecuatorianas, sobre todo de aquellas que sufren y están abandonas.

 

En Santiago de Guayaquil, a los 12 días del mes de noviembre de 2011

 

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