CONSTRUIR NUESTRO DESTINO EN UNIDAD Y PAZ

 

 

 

Mensaje de la Conferencia Episcopal Ecuatoriana

en ocasión del Bicentenario del 10 de agosto 1809.

 

 

 

El grito libertario de hace doscientos años unió en forma inseparable, conforme a la exclamación del precursor Eugenio Espejo, la ansiada libertad con la Cruz, la fe con la nueva madurez política. Salva Cruce, liber esto, es la proclama que habla de la decisión de un pueblo que lucha por ser libre al amparo de la Cruz.

 
 
 

En esta memorable fecha patria, nos unimos a todos los ecuatorianos, a sus autoridades e instituciones, para celebrar el bicentenario de aquel acontecimiento. A los que profesan la fe en Jesucristo, convocamos a dar gracias a Dios, como lo haremos con solemnidad y fervor en todas las Catedrales del Ecuador.

 

Modelar la nacionalidad

 
 

Se ha dicho con justicia que la Iglesia ha sido, en la historia de nuestro pueblo,  modeladora de la nacionalidad, desde el mismo comienzo de la evangelización, hace más de cinco siglos. El influjo de la fe cristiana en estos dos siglos de vida independiente ha sido un factor que robustece nuestra identidad, humaniza nuestra vida social y alienta la nobleza profunda de la cultura nacional.

 
 

La relación actual

 
 

Con el correr de las diversas circunstancias del pasado, se ha llegado a una relación entre la Iglesia y el Poder político enmarcada en la vigencia de la libertad religiosa y de la respectiva autonomía del poder civil. Pasó el tiempo en que los intereses políticos e ideológicos desataron la confrontación entre las esferas religiosas y las civiles.

 
 

La libertad religiosa reconoce el derecho a vivir libremente la fe, en forma personal o asociada. Desde la suscripción del Modus vivendi de 1937, esta libertad es garantizada a la Iglesia, también en los textos constitucionales vigentes.

 
 

Consecuencia de este derecho es la múltiple iniciativa de la Iglesia en el campo educativo, asistencial, de promoción social.  Vertiente de este derecho es la libertad de los Pastores para emitir juicios morales sobre el orden social, en forma personal, o reunidos en la Conferencia Episcopal.

 
 

Derivación imprescindible de esta libertad es la de los fieles cristianos laicos para optar responsablemente por las diversas opciones políticas y procurar que la doctrina del Evangelio impregne las estructuras de una sociedad justa y fraterna, tomando en cuenta los valores humanos fundamentales, para un desarrollo armonioso, justo y fraterno.

 
 

Para la Iglesia son suficientes estas libertades. No necesitamos privilegios ni honores, ni apariencia siquiera de participación alguna en el poder público.

 
 

La autonomía del poder civil, el sano laicismo, supera conceptualmente al laicismo agresivo de quienes no reconocen a la fe el espacio de libertad que le corresponde. Con espíritu democrático, esta laicidad, cada vez más universal, renuncia a las discriminaciones por motivos religiosos, toma la responsabilidad por el bien común y procede con los métodos y normas propios. Por eso puede también hacer acuerdos con las iglesias y otros colectivos religiosos, en orden al servicio de  los ciudadanos que comparten su pertenencia al Estado con la confesión religiosa de su preferencia. En este sentido debe entenderse el reciente acuerdo del Gobierno Nacional con las Misiones Católicas, que acogemos con agrado, en continuidad con una tradición multisecular.

 
 

Compromiso con nuestro futuro

 
 

Los últimos tiempos han supuesto una intensa etapa en la agitada vida de nuestra democracia. Se ha dado una reorganización de leyes y de autoridades con el apoyo de la voluntad mayoritaria del pueblo. Se ha deseado dejar atrás las debilidades e incapacidades demostradas para atender a las necesidades de esa mayoría. Ha corrido un viento innovador que quiere sembrar esperanza.

 
 

A partir de esta realidad, es preciso enfrentar con entusiasmo el futuro, identificar lo que nos une antes que lo que divide y rebajar la confrontación para que crezca una fecunda concordia.

 
 

Lo esencial de la Iglesia es ser “sacramento de salvación dentro del mundo. Nuestro compromiso ha sido y será anunciar a Jesucristo y su Evangelio para construir vida, justicia, paz, amor y libertad, como signos del Reino, en medio del pueblo ecuatoriano. Con la Misión Nacional que iniciamos este año, pretendemos despertar en todos los católicos la conciencia y compromiso de discípulos y misioneros de Jesucristo, para que nuestro pueblo en El tenga vida.  Anhelamos  “el cielo nuevo y la tierra nueva”.

 
 

Desde nuestra condición de pastores, seremos incansables en fundamentar la imprescindible base moral y ética de toda política. El eje de nuestra sociedad y de la acción de las autoridades ha de consistir siempre en el servicio a la vida digna de las personas y de las asociaciones que forman, sea la familia y el gremio, como el municipio y la región.

 
 

Apreciamos, desde la doctrina social de la Iglesia, algunas conquistas que tienen futuro y merecen el apoyo de todos. Así, el equilibrio entre las funciones del poder, para que ninguna se sobreponga a las otras y evitemos el riesgo de los  tristemente experimentados caminos de la tiranía. Así también, la defensa y tutela, respeto y promoción de los derechos humanos, junto a una progresiva vivencia de las obligaciones cívicas con participación ciudadana.

 
 

Los derechos sociales necesitan una aceleración en el nuevo siglo de independencia que estamos iniciando. La lucha por defender la vida, desde la concepción, la salud y el trabajo, el acceso a una buena educación y a una vivienda digna, nos encontrarán siempre dispuestos a ayudar y respaldar. Dejemos atrás las duras realidades de la desocupación y de la pobreza en todas sus formas.

 
 

Los clásicos derechos civiles, encabezados por el derecho de libertad religiosa, son el espacio que exige la libertad. Esa libertad, que fue el alma de la gesta independentista y es patrimonio de la Nación, puede ser abusada, como enseña la experiencia. Auguramos un profundo progreso de la conciencia cívica y la estructuración de un poder judicial autónomo, que obre según el Estado de Derecho, para frenar los posibles abusos.

 
 

Inmersos en las grandes corrientes de la historia universal, no nos debe encoger sino estimular la perspectiva de una creciente relación entre los pueblos, con sus economías y sus culturas. El Ecuador independiente ocupe su sitio en el mundo, como un país pacífico y amistoso, acogedor y digno.

 
 

Realidad de Dios

 
 

Conocemos por experiencia diaria cuantos ecuatorianos sufren, sin ser culpables, el azote de unas condiciones de vida inferiores a las exigencias de su dignidad. A los ojos de la fe, esta realidad enciende a la vez compasión e indignación, impaciencia y esperanza. Pero solamente comprenderemos la realidad si apreciamos, según la enseñanza de Benedicto XVI, que Dios es el más real de lo real, que la verdadera realidad se llama Dios, Dios providente y misericordioso. En manos de este Dios que se nos entregó en Jesucristo ponemos el futuro del Ecuador. Le imploramos, para todos los ecuatorianos, un crecimiento en democracia que tenga por columnas la verdad y la justicia, la libertad y la paz.

 
 
 
 

Quito, 10 agosto 2009

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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