Próxima Canonización del Beato Damián De Veuster sscc: carta de los Superiores Generales

Carta de los Superiores Generales con ocasión de la próxima canonización del Beato Damián De Veuster sscc

Roma 10 de mayo de 2009

 

A los Hermanos y Hermanas de la Congregación

Queridos hermanos y hermanas:

 La Congregación se prepara para un acontecimiento excepcional: la primera canonización de uno de sus hijos, el P. Damián De Veuster, que tendrá lugar el próximo día 11 de octubre en Roma. Por todas partes están surgiendo iniciativas para difundir la memoria de Damián y disponerse a celebrar su reconocimiento como santo. Conviene alegrarnos, con una alegría que hunde sus raíces en la Pascua, en la victoria del Resucitado sobre el mal, el dolor y la muerte. Damián se ha unido a su Señor en su entrega. Como Él, ha amado hasta el extremo, y ahora brilla con la luz de los justos en el banquete del Reino.

Ya conocemos a Damián. Como decía el Superior General de entonces, Marcellin Bousquet, en la carta en la que comunicaba a la Congregación el fallecimiento de Damián, “la fama de este valiente misionero se ha hecho tan universal que casi parece inútil contaros su vida”. Por eso no os escribimos ahora para recordaros lo que ya sabéis, aunque sin duda a todos y todas nos venga bien en este tiempo releer alguna biografía de Damián, sus cartas y otros escritos sobre su figura. Su vida ha de ser una constante fuente de meditación e inspiración para nosotros.

También somos conscientes de que Damián no es sólo “nuestro”. Damián es un hermano universal, modelo de humanidad, apóstol de los leprosos, héroe de la caridad, inspiración para todo ser humano que sienta la llamada a servir a los excluidos y olvidados, orgullo para belgas y hawaianos, gloria de la Iglesia entera. Su fuerza y su influjo van mucho más allá de los límites de nuestra Congregación.

Ahora bien, Damián fue un digno hijo de los Sagrados Corazones. Su profesión religiosa en la Congregación marcó su vida para siempre, hasta la muerte. Esta carta que os dirigimos como Superiores Generales nace de la alegría profunda que nos produce el ser sus hermanos y hermanas en una misma familia religiosa, lo que nos une a él con un vínculo particular. Nuestra palabra es una sencilla y entusiasta invitación a prepararnos como Congregación a este evento excepcional de la canonización de aquel que fue y permanece nuestro hermano: Damián de Molokai, sacerdote, misionero y religioso SSCC.

 No hay nada nuevo en reconocer la grandeza de Damián. Desde que murió hace 120 años, e incluso ya durante su vida misma, una multitud de hombres y mujeres han visto en él un monumento de amor, de servicio y de fe. Su vida ha inspirado infinidad de compromisos hacia la humanidad sufriente y de vocaciones a la vida consagrada. No estamos descubriendo a Damián ahora, aunque siempre podamos seguir ahondando en su figura. Lo que es nuevo es el hecho de la canonización, a través de la cual “la Iglesia da gracias a Dios por el don de sus hijos que han sabido responder generosamente a la gracia divina, los honra y los invoca como intercesores; y a la vez, presenta estos excelsos ejemplos a la imitación de todos los fieles.” (Benedicto XVI a los postuladores de la Congregación para las causas de los Santos, 17 de diciembre de 2007)

1. La Iglesia da gracias a Dios.

Nuestra mirada se vuelve en primer lugar hacia Dios. La “santidad” es la expresión de las maravillas que el Señor hace en medio de su pueblo. Los Santos son signos eminentes de la acción del Espíritu del Resucitado en la realidad humana, la prolongación del misterio de la encarnación que sella la alianza entre lo divino y lo humano. La gloria de Dios se manifiesta en la profundidad y en la dignidad de la humanidad que Él ha creado. La vida humana se hace plena en la amistad con su Señor.

Damián revela este misterio con una luminosidad inconfundible. Como en el Siervo sufriente de Isaías, con Damián descubrimos el rostro de Dios donde las personas parecen haber perdido su rostro humano. La entrega de Damián a los leprosos y su mismo devenir leproso proclaman a voces la dignidad infinita de cada persona y el amor de Dios por sus criaturas. Por eso alabamos a Dios en sus santos, que son reflejos de su gloria. Alabamos a Dios en san Damián que es su hijo, la obra de sus manos, don suyo a la Iglesia y al mundo.

La canonización no es, pues, un acto de exaltación de un héroe, o la acreditación de un título honorífico a un grupo o a una institución, o la mera ilustración de una serie de valores o de una ideología. La canonización es ante todo un acto de alabanza al Dios de amor y de misericordia que, aunque oculto entre las miserias de la historia humana, derrama su compasión sobre nosotros al trasformar con su Espíritu la existencia de los santos.

Damián no es “nuestro”, ni de nadie. Damián pertenece a Dios. Sólo se le puede comprender verdaderamente desde su pertenencia al Señor de su vida que lo ha moldeado y lo ha hecho suyo.

La Santidad es obra del Señor. Su amor es lo que nos justifica. Desde esa perspectiva, la canonización se vuelve una confesión de fe esperanzada: el amor de Dios actúa en medio de nosotros -como actuó en Damián- y puede seguir transformándonos a pesar de nuestras debilidades y oscuridades.

Según el hermano Joseph Dutton, fiel compañero de los últimos años, Damián podía tener muchos defectos de carácter, pero esas faltas se consumían como paja en el fuego de su caridad. Ese fuego es el fuego de Dios mismo, un amor fuerte como la muerte, un incendio que ni las aguas torrenciales pueden apagar. Es el mismo fuego que aparece en las representaciones del Corazón de Jesús: un corazón traspasado y sufriente pero que desborda pasión y vida. Así fue también el corazón de Damián.

Con la canonización, quien da gracias a Dios no es sólo la Congregación o las personas que han conocido a Damián y se han sentido inspiradas por él. Ahora es la Iglesia entera, como cuerpo de Cristo, quien se vuelve al Padre y le alaba por Damián. La canonización significa que se atribuye al hasta ahora Beato el culto en toda la Iglesia. Damián queda así inserido en el corazón de la Iglesia-Esposa orante ante su Señor.

Sintamos como Congregación la alegría de estar en comunión con la Iglesia universal, y renovemos, con ocasión de la canonización de nuestro hermano, nuestro compromiso de trabajar por la unidad y la fraternidad, como Cristo pidió en su oración al Padre.

2. Honrar a Damián.

En la canonización la Iglesia honra a Damián, esto es, reconoce pública y oficialmente el valor excepcional de su existencia y de su obra.

Durante su vida y también tras su muerte, Damián fue alabado e injuriado, admirado y condenado. En sus cartas nos dejó el testimonio de su sufrimiento moral a causa de la soledad y de la incomprensión, hasta el punto de llegar incluso a sentirse indigno del cielo. La canonización viene, podríamos decir, a disipar esas dudas y a proclamar la verdad profunda de su existencia: este hombre es de Dios, sus opciones y sus acciones complacen a Dios y le manifiestan.

"Nuestro obrar no es indiferente ante Dios y, por tanto, tampoco es indiferente para el desarrollo de la historia. Podemos abrirnos nosotros mismos y abrir el mundo para que entre Dios: la verdad, el amor y el bien. Es lo que han hecho los santos que, como "colaboradores de Dios", han contribuido a la salvación del mundo." (Benedicto XVI, Spe Salvi nº 35)

Damián es uno de esos “colaboradores de Dios” que contribuyen a la redención del mundo. Cuando honramos a Damián, lo reconocemos como un modelo a imitar y, de esa manera, emitimos un juicio sobre qué es bueno y qué no lo es. Al actuar en la vida, no todo da igual. No es lo mismo abandonar a las personas en su miseria que servir a los excluidos. No es lo mismo centrarse en la búsqueda del propio bienestar que sacrificarse por la felicidad de los demás. No es lo mismo ignorar a los pobres y vivir bien que amar a los que sufren y correr su suerte. No es lo mismo alejarse de los desdichados por miedo a contaminarse que tocar y abrazar al leproso. No es lo mismo desinteresarse de Dios que buscarlo con humildad y perseverancia. No es lo mismo preservar la propia vida que entregarla por amor.

Honrar a Damián es admitir clara y rotundamente que su camino es el acertado, que lo que él hizo es lo que está bien, que su compasión efectiva y tozuda es lo que Dios quiere. Por eso Damián es grande y honrarlo hace bien a la Iglesia y a la humanidad.

Esa manera de honrar a Damián será siempre fuente de inspiración para la Congregación. Vale la pena tratar de rellenar de contenidos concretos las “grandes palabras” de nuestra vida y misión a la luz de la vida de Damián: el anuncio del amor de Dios, la reparación, la adoración eucarística, la consagración a los Sagrados Corazones, el servicio a los pobres… Estas cosas no fueron puro discurso en Damián, ni pequeñas actividades etiquetadas pomposamente para hacerse una imagen loable de sí mismo. El carisma de la Congregación pudo configurar su vida entera porque alcanzó a concretarse en el servicio sin reservas a sus queridos leprosos de Molokai.

Al final de su vida, Damián se sentía “honrado” por dos cruces: la de la condecoración otorgada por la reina Lilioukalani (signo del reconocimiento social a su entrega y labor) y la de la lepra (que le unía muy especialmente a la Cruz de su Señor). Desde su encuentro ritual con la muerte en la profesión religiosa (la postración bajo el paño mortuorio), Damián siempre se mostró dispuesto a dar su vida hasta el final. Cuando la lepra lo acercaba ya a paso ligero hacia la muerte, se declaraba “el misionero más feliz del mundo”. ¿Será, pues, verdad que sólo de Dios viene la felicidad completa?

“Su muerte fue realmente digna de un hijo de los Sagrados Corazones; fue la muerte de un santo.” (Marcellin Bousquet sscc, Superior General, 3 de junio de 1889)

3. Invocar a Damián.

Desde su muerte hasta ahora, muchísimas personas han confiado a Damián sus oraciones e intenciones y se han sentido amparadas por él. Con la canonización, toda la Iglesia invoca a Damián como intercesor. Por nuestra fe en Cristo resucitado, vencedor de la muerte, confiamos en que quienes han sufrido y muerto en el Señor, reinan y viven con Él.

Evidentemente, también nosotros, hermanos y hermanas de la Congregación, podemos invocar a Damián y dirigirnos a él como a nuestro hermano mayor. En nuestro caso, la invocación toma forma de un diálogo fraterno entre miembros de una misma familia religiosa.

Damián pertenece al grupo de valerosos misioneros que partieron a islas lejanas a anunciar el evangelio haciendo donación total de sus vidas. Esos misioneros vivían frugalmente, compartían a menudo las pobres condiciones de vida de sus cristianos, afrontaban todo tipo de peligros, y estaban dispuestos a morir por su misión. Recordemos, por ejemplo, los tres que se ofrecieron junto con Damián para ir a Molokai, y tantos otros como ellos. Así ocurre en la Congregación: no habrá muchos que brillen como Damián, pero se requiere la entrega de todos y la labor humilde y escondida de la mayoría para que sigamos siendo un terreno adecuado en el que Dios pueda hacer crecer los frutos que Él quiera.

Pero en la Congregación había y ha habido siempre hermanos y hermanas que no son como Damián. Pensemos -sin ir más lejos- en Pánfilo, el hermano de Damián (hermano carnal y religioso), dedicado toda su vida al estudio y a las prácticas regulares del convento, incapaz de una vida apostólica tan dura y expuesta como la de su hermano. Con una mezcla de humor y de reproche, Damián le hará sentir de vez en cuando el dramático contraste que existe entre los dos: “¿De qué sirve envidiar el birrete de doctor si es a costa de la salvación de las pobres almas canacas?”… “Me perdonaréis que mis manos no estén tan blancas como las vuestras que sólo os dedicáis, me imagino, a pasar páginas de libros”.

La mayoría de nosotros nos parecemos casi siempre mucho más a Pánfilo que a Damián. Es cierto que cada uno, en su manera propia de ser religioso, puede encontrar su lugar en la Congregación. No todos han de ser iguales. La diversidad es necesaria y saludable. De todas maneras, al invocar a Damián, entremos en diálogo con él y dejemos que nos interpele, como si fuésemos otros “Pánfilos” que reciben los comentarios irónicos y exigentes del misionero que habla con la libertad del que no busca nada para sí.

¿Qué nos dice Damián hoy? ¿Qué interpelación nos dirige a nosotros, sus hermanos y hermanas de Congregación? ¿Qué pensará de la consistencia de nuestra fe, de la generosidad de nuestra entrega, de nuestro amor a los pobres, de la solidez de nuestro compromiso? Como decía el Rvd. Hugh B. Chapman, el pastor anglicano que tanto le apoyó, una vida como la de Damián “nos está acusando silenciosamente de ser cómodos y egoístas”.

Damián es sin duda un orgullo para la Congregación, pero debe ser mucho más y ante todo un revulsivo que nos haga despertar de nuestras tibiezas y entusiasmarnos renovadamente con la vocación a la que somos llamados, una vocación que hunde sus raíces en lo mismo que alimentó la vocación de Damián. Ojalá que Damián nos ayude a ser mejores.

La familia SS.CC. en fiesta.

 Una de las últimas cartas que Damián recibió, menos de un mes antes de su muerte, le llegó deHonolulu, felicitándole por su onomástica (José) y conmemorando el veinticinco aniversario de su llegada a Hawai (acaecida el 19 de marzo de 1864). La mandaba la hermana Judith sscc, que había hecho la travesía desde Europa un poco antes que él, en el primer grupo de hermanas que llegó a Hawai (hace ahora justamente 150 años). Le daba saludos de la hermana Marie Laurence y de las otras que habían sido sus compañeras de viaje en 1864. Aunque Damián, según el estilo de entonces, no hubiera mantenido muchos contactos con las hermanas SS.CC. (que le ayudaron en varias ocasiones con suministros para sus tareas misioneras), esta postrera palabra amiga de una hermana nos recuerda de manera entrañable los lazos de afecto que siempre han de existir entre las dos ramas de la Congregación.

 Queridos hermanos y hermanas, alegrémonos con la próxima canonización de Damián. Nuestra invitación se extiende especialmente a los miembros de la Rama Secular y a todas las personas que viven su fe inspiradas por el carisma SSCC, fuente y alimento de la entrega de Damián. Demos gracias a Dios y compartamos nuestra alegría con las personas que nos rodean. Es la alegría de la Iglesia entera; y la alegría de una humanidad sedienta de bondad, de compasión y de justicia. Damián, como Jesús, pasó por la vida haciendo el bien. Pidámosle que ése sea también nuestro camino de santidad.

 

A los Sagrados Corazones de Jesús y de María, honor y gloria.

Rosa Mª Ferreiro sscc

Superiora General

Javier Álvarez-Ossorio sscc

Superior General