LA VIDA RELIGIOSA EN LOS TIEMPOS ACTUALES

Card. João Braz de Aviz

Prefecto de la CIVC-SVA

 

Saludo inicial

Estoy admirado con la presencia de casi todas las Conferencias Nacionales de Religiosas y Religiosos de América Latina y el Caribe aquí en la ciudad de Quito. Reconozco que hay una historia y un camino de comunión que se está acentuando cada vez más con la CLAR.

En esta oportunidad única no quise presentar una conferencia preparada de antemano con abundantes citas bibliográficas. Quise venir más libre: para sentir, escuchar y percibir por mí mismo lo que acontece entre ustedes. No quise sujetarme a grandes esquemas. Preferí, en cambio, aproximarme, desde una actitud de escucha, a una realidad que deseo conocer y amar cada vez más. Por eso, traigo conmigo solo algunos apuntes para incentivar el diálogo.

Lo mismo hice durante mi primer año como Prefecto en Roma, al servicio de las religiosas y los religiosos, es decir, designado para una misión para la que humanamente no me sentía preparado. Llegué a la Congregación con la claridad de que no quería construir un esquema a priori para imponer sobre la vida de otros. Mantuve así una posición de abierta escucha. Y esta decisión ha resultado ser muy positiva, porque he aprendido a amar desde aquel que ejerce la función de portero hasta el Arzobispo que funge como Secretario de la Congregación.

Desde estas salvedades, les traigo, en primer lugar, el saludo del Santo Padre Benedicto XVI. Estuve con él tan reciente como el 25 de mayo pasado. Hablamos un poco sobre las dificultades inherentes a la Congregación y, al final, le pedí una bendición especial para la Congregación y para todas las religiosas y religiosos del mundo, también para ustedes religiosas y religiosos de América Latina y el Caribe. Así que reciban la bendición especial que les envía el Santo Padre. Traigo también un saludo del monseñor Joseph Tobin, el Arzobispo Secretario, quien es religioso redentorista, estadounidense, que conoce muy bien a la Vida Religiosa. En realidad ha sido un hermano para mí, él me ha conducido al interior de la Vida Consagrada. Finalmente, traigo también el saludo de las 40 personas que trabajan con nosotros en el Dicasterio, compuesto por cinco departamentos.

Horizonte inspirador

Siempre que hablamos de la Vida Religiosa, tenemos la fortuna de poder orientarnos por algunos documentos que consideramos importantes, son como nuestros instrumentos de cabecera. La Lumen Gentium del Vaticano II nos presenta la misión de la Iglesia que debemos ayudar a emprender. Allí se nos afirma con claridad que la misión de la Iglesia, Pueblo de Dios, nos hace volver a nuestro bautismo, nos hace comprender a la Iglesia a partir de nuestra filiación divina y de la fraternidad entre todos sus miembros. Es una visión iluminada que debemos ayudar a construir, porque muchas veces no se materializa en toda su fuerza; y porque sabemos que hay tendencias que tal vez no van necesariamente en esta dirección. Me gusta insistir en la idea de que el Concilio Vaticano II no es un acontecimiento concluído Todo lo contrario, el Concilio aún no lo hemos comprendido ni vivido suficientemente. Su espíritu continúa iluminándonos. Esta Constitución Dogmática tiene mucho que decirnos todavía hoy. De hecho, sería muy oportuno reflexionar sobre el camino latinoamericano que estamos realizando, todavía hoy, desde las motivaciones fundamentales del Concilio. Otros documentos a tomar en consideración en la misma dirección, es la Perfectae Caritatis, así como Vita Consecrata, que tampoco hemos llegado a profundizar suficientemente. Esta última es fruto del Sínodo de 1996, hace 16 años. Hay otros documentos especializados que han surgido en la Congregación que son de gran ayuda para comprender el carisma de la vida consagrada. Este caudal es siempre un punto de referencia básico a nivel universal e inspiran también nuestra reflexión. 

Dos grandes desafíos

Pensando en la Vida Consagrada hoy, abordaré primero dos desafíos de un modo sintético, claramente incompleto, pero relevantes para la Vida Consagrada. Son puntos que no podemos dejar de lado u olvidados en nuestra vida, más bien precisan ser retomados con cariño, como asuntos de familia.

Vuelta al carisma fundador

En primer lugar es necesario volver con decisión al carisma del Fundador o la Fundadora, para acoger y vivir lo esencial del carisma. Si una Congregación ha de utilizar o no el hábito, puede ser un asunto importante, pero no tanto como dejar de hacer aquello que el Fundador o la Fundadora propuso como asunto trascendental de la vida de su familia religiosa. Esto sí sería peligroso. Los Fundadores no pierden vigencia jamás. Puede no existir la familia religiosa, pero su aporte fundacional no desaparece. Su carisma continuará por siempre enriqueciendo la vida de la Iglesia. Por este motivo, es preciso volver a las fuentes para entender bien qué es lo que el Fundador o la Fundadora experimentó, cuál es la luz que sintió en su corazón y que sigue como oferta para el hoy.

En medio de tantas dificultades de hoy, desafortunadamente hay también algunas situaciones especiales, desde las cuales reconocemos que algunas fundadoras y fundadores no son dignos del carisma que recibieron. Tenemos congregaciones para las cuales es necesario dejar de lado al fundador o fundadora. Pero se trata realmente de casos en el orden de lo excepcional: lo normal es que los fundadores y las fundadoras sean figuras fundamentales en un camino, y esto no puede perderse con el transcurrir del tiempo.

Diálogo con la cultura contemporánea

En segundo lugar, estamos invitados a ser sensibles a las características de la cultura actual. Si nosotros no dialogamos constantemente con la óptica de las mujeres y de los hombres de hoy, corremos el riesgo de tener un tesoro y no saber cómo ofrecerlo. Es verdaderamente trágico tener un tesoro que no se puede compartir. Para ello, es imprescindible entrar en la sensibilidad y dinámica de la cultura actual. El Dios de la Biblia no habla en abstracto, sino a personas y a realidades concretas. Dios habla a Abraham, a Moisés, a los profetas, a los reyes, a los jueces. Les habla desde su momento histórico concreto; en toda circunstancia, sea de victoria o de dificultad. Siempre hay una palabra de Dios dicha para cada tiempo. Dios no se calla. Esto no podemos olvidarlo jamás.

Debemos preguntarnos siempre: ¿Cuál es hoy el modo adecuado de expresar y comunicar a Dios? Somos personas consagradas, personas que escuchamos a Dios en los fundadores y las fundadoras, pero que escuchamos a Dios también en el hombre y en la mujer de hoy, aunque no piensen igual a nosotros en todo. El carisma mismo es una palabra de Dios encarnada en la historia. No tenemos la menor duda. Si vemos las historias de nuestras Órdenes y Congregaciones, podremos sentirnos sobrepasados por el volumen de amor, de caridad y de misericordia que se difundió en el mundo, con una dedicación hasta la muerte, hasta el riesgo de la propia vida. Todo ello porque fueron personas que sabían que llevaban al mundo una verdad profunda, la Palabra de Dios encarnada y la supieron comunicar a las mujeres y hombres de su tiempo. El carisma no es solo un bien de y para su Congregación, sino para la Iglesia, para el mundo. Ellos supieron dar respuesta adecuada a los signos de los tiempos. Nos toca hacerlo también a nosotros.

a. En esta dirección, es necesario no hacer comparaciones con los carismas nuevos. Amarlos sí, porque el Espíritu de Dios no es pequeño, no es contradictorio. El Espíritu de Dios es un espíritu limpio, abundante, que siempre está trabajando, y nosotros no sabemos exactamente por dónde va su aliento de vida. Por eso hay que tener una actitud de escucha y discernimiento, también para esta novedad que nos llega de aquí y de allá. El Espíritu está preparando algo nuevo que no sabemos hacia donde nos llevará.

Lo cierto es que las nuevas formas están aproximando realidades que en el pasado habían permanecido muy distantes. Nosotros, por ejemplo, nos educamos en una teología que hablaba de estados de perfección. Nosotros pertenecíamos al estado de perfección, pero los otros, los casados, por ejemplo, eran presentados en cierto modo como proletarios de la espiritualidad. ¿Una madre de familia no puede ser en muchas ocasiones más virtuosa que una hermana? Hay disfunciones que distancian y que gracias a Dios estamos corrigiendo con una nueva manera de pensar, de sentir, de vivir la experiencia de la fe.

Vemos, pues, la necesidad de una mística que corresponda a las dos realidades: al carisma que nos fue dado, por un lado; y que, por otro, corresponda también al momento actual del la historia humana y a las nuevas rutas del Espíritu.

b. Por otro lado, existe también en nuestros tiempos una reflexión que se hace al respecto del ars moriendi o arte de morir que se aplica a las congregaciones que sienten que están terminando, que están en su último suspiro. Me pregunto, ¿quién puede determinar el fin de un carisma? Es una pregunta que no tenía respuesta en mí. Entonces un buen día íbamos en el coche -debía visitar a los padres marianos- había un tráfico caótico para ir de San Pedro a la Piazza del Popolo. Nos tomó una hora y media para transitar seis kilómetros. El padre que conducía me contaba la historia del instituto. Ellos nacieron, se desenvolvieron, fueron bastante numerosos. Después la congregación fue perseguida en determinado país. Los mataron a casi todos y les prohibieron existir. Al fin, permaneció uno solo. Éste fue fiel hasta el fin de su vida. Dos años antes de morir, un abogado y otras dos personas le dijeron a este fraile: “queremos ser como usted”. Este abogado llegó a ser obispo y volvió a crecer la congregación. No es un caso aislado, es el caso de otras congregaciones también asistidas por lo impredecible del Espíritu. Hay algo que es de Dios y no nuestro. Nosotros no podemos medir con nuestras medidas que son muy estrechas. Me parece que es la hora de ayudar a las congregaciones que tienen pocos miembros, que están en dificultad. No podemos dejarlos solos, aislados, sin atención, recluidos al margen de nuestra vida de consagrados. Hay que integrarlos en esta dinámica de esperanza.

Claves para la comunión 

Ciertamente no quisiera caer en un lugar común, pero hay otra línea fundamental que ya fue dicha por el papa Juan Pablo II en el documento Novo Millenio Ineunte (43-45) a la que quiero volver por su radical importancia. Allí se nos dice que la espiritualidad de comunión es criterio para formar al hombre y la mujer en la iglesia y en la sociedad en este milenio. Es una afirmación muy amplia, profunda y profética, pero también parece una afirmación que no comprendemos todavía en toda su amplitud y profundidad. De hecho, veo que Aparecida resalta esta espiritualidad de la comunión profundizando en los aspectos teológicos, espirituales y pastorales de la misma. Quisiera por este motivo profundizar en algunos aspectos que me parecen indispensables para cruzar este túnel por el que todos estamos pasando hoy.

Enamorados de Dios

Dios hace feliz a un consagrado. ¿No es así? ¿Por qué, entonces, nos topamos con tantas caras serias y feas? ¿Acaso Dios es feo, serio? Un hombre y una mujer expresan la imagen de lo divino. ¿Qué transmiten nuestros rostros de la verdad de Dios? Lo que nos lleva a otra interrogante: ¿A qué Dios seguimos nosotros? Para muchos Dios es el centro, como condición mas no como realidad. Algo así como consagrados posmodernos, en el sentido pos-cristiano del término. Ahora bien, el Dios que me fascinó cuando me llamó, ¿me hace un loco por El o yo soy ahora uno que sigue reglas, estructuras, tareas monótonas? Repito porque es una cuestión de veras crucial: ¿soy un enamorado de Dios? Esto me parece un punto fundamental si queremos avanzar en la espiritualidad de comunión. Porque lo que parece imposible, es posible para un enamorado. Un enamorado es un loco que llega muy lejos para poder encontrarse con su enamorada. Sufre dificultades, pero continúa. No tiene dinero, pero consigue lo necesario para el encuentro. No tiene salud, pero se levanta. Tenemos que recuperar la locura de los enamorados. Que Dios sea nuestra casa. Mi invitación es a ser felices porque tenemos a Dios.

Hay dos tendencias espirituales hoy que ameritan atención y discernimiento: hay un tipo de santidad basada en el voluntarismo. La persona cree mucho en su propia capacidad. El voluntarismo tiene dentro de sí un engaño porque Dios no funge en verdad como centro, sino que es la persona la que hace el camino. El voluntarismo cree fuertemente en su capacidad personal mas no necesariamente en la de Dios. Hoy en día hay muchos que vuelven a prácticas ascéticas, incluso un tanto duras. Son tendencias fuertes que podemos detectar en el horizonte.

La alternativa que presento es otra: estar enamorados de Dios. Dios siempre por delante. Entregarse a Dios. Creer en el amor de Dios. Debemos decir: “Yo soy un pecador, pero por la historia de mi vida, creo en tu amor. Me levanto, así como soy, lleno de problemas y limitaciones, porque quiero amarte, porque quiero corresponder a tu amor”. Esto es muy importante. Yo mismo tendía a ser un escrupuloso, incapaz de serenidad, pero cambié cuando adquirí esta capacidad de reconocer que basta con entregarse a Dios y creer que Él trabaja. Hay una necesidad de descubrir esta presencia protagónica de Dios en nuestras vidas. Entonces ascética y mística se equilibran.

Vivir la Trinidad

Tenemos, pues, la necesidad de fundar nuestra teología, antropología y espiritualidad de la comunión desde el misterio trinitario. Para muchos de nosotros el misterio trinitario permanece un misterio para adorar, un misterio para decir correctamente, pero que no pasa de ser un teorema muy distante de nosotros. Karl Rahner ya decía que si quitáramos de la fe católica el misterio de la Santísima trinidad no cambiaría en nada en la vida ordinaria de los cristianos[1]. Esto es tremendo. Va cambiando la realidad, pero ciertamente llegamos a ese punto. La antropología para tener una base sólida, tiene una necesidad de entender cuál es la relación de Dios con nosotros, hombres y mujeres. El Génesis (1,17) nos recuerda que somos imagen y semejanza de Dios. Esto es importante.

El grandioso San Agustín contempló a la Trinidad como el Amante, el Amado y el Amor[2]. Se asombró ante este misterio tan grande. Se concentró, entonces, en la Trinidad que se revela dentro del hombre en su inteligencia, en su memoria, en su voluntad. Es importante, pero no basta. Tenemos que entrar más a fondo en la Trinidad. Descubrir en qué modo somos imagen y semejanza de Dios. Nos creó, entonces somos creaturas, y no Dios. Nos creó hombre y mujer, en igual dignidad, al mismo nivel. ¿Qué es ser imagen de Dios? Esta es la cuestión fundamental. Aprendimos los de mi edad en el catecismo que Dios es el espíritu perfectísimo, creador del cielo y de la tierra, pero esto no es lo fundamental: Dios es Amor (1 Jn 4, 8-16). No hay antropología que se sostenga si no entiende que el hombre y la mujer son, ellos mismos, amor. Lo principal no es el poder, ni la inteligencia, sino el amor. Este es un cambio de mentalidad que tenemos que realizar.

Amor kenótico

No es fácil saber qué es el Amor. Nosotros experimentamos el amor en el corazón del hombre y de la mujer, en la historia humana, pero en Dios, ¿qué cosa es el amor? Para ello hay que observar lo que hace Dios cuando su Hijo viene para el misterio de la salvación. El Hijo tomó una ruta muy difícil de entender. Dios es todo, pero cuando viene a nosotros se hace pequeño para encontrarse con el hombre y la mujer. ¿De qué otro modo entender Belén? Ninguno sabía que en Belén había nacido Dios, hijo de María y de José. Los pastores, los ángeles, los magos, un puñado solamente ¿Qué es este Dios que se abaja, que va a la cruz? La cruz es justo lo contrario a lo que es Dios. Dios es santo, la cruz es pecado. Dios es eterno, la cruz es muerte. Dios es belleza, la cruz es fealdad. Entonces, ¿por qué este camino? En cierta población indígena, el padre se coloca siempre en cuclillas para hablar con sus hijos en el encuentro de las miradas. Esta es la actitud de Dios: colocarse a nuestro nivel. Tenemos que asumir más decididamente el camino de esta kénosis, que es la esencia del amor. El amor no se impone, se da. Parece una debilidad, pero es una fuerza. Nos introduce en la problemática, pero para transformarla.

Debemos pensar que en el caso del Hijo de Dios hay una manera de actuar extrema. No se podía ir más allá de aquello que El hizo. Debemos detenernos en el momento previo a la muerte de Jesús. Jesús está en relación íntima con su Padre, pero no entiende más a su Padre porque asumió nuestra situación hasta la contradicción. Como si por estar de nuestra parte perdiera al centro de su vida, su Padre, humanamente hablando. “Dios mío, Dios mío por qué me has abandonado” (Mc 15,34). Grito de soledad. Grito sin respuesta humana. Grito dificilísimo. Y el Padre no responde. Pero Jesús permanece fiel: “en tus manos, Padre, entrego mi espíritu” (Lc 23,46), mi vida. Entonces podemos hoy decir que en el misterio de la cruz, en el misterio pascual hay un testimonio de Dios para nosotros tan grande, que es capaz de llegar a este límite del amor. Si queremos amar como Dios ama tenemos que llegar a estar lo más cerca posible de Jesús.

Todo esto es fundamental, más aún hoy cuando la Iglesia se siente llamada a abrirse 360 grados en todas las direcciones: hacia dentro, hacia el ecumenismo, hacia el diálogo interreligioso, hacia las personas que no tienen fe. Dialogar sin juzgar, evangelizar sin imponer. Tenemos que adquirir este equilibrio. Hay que dar testimonio del amor kenótico al mundo hasta que el otro pueda decir “esto es lo que yo procuro”. Pero para ello tenemos que desprendernos de todo aquello que no transparenta el Evangelio y recibir todo el valor que proviene de él. Si no tenemos madurez humana, si nos pesan las carencias, si nuestra propia historia nos hace daño, no podremos transparentar al Dios amor. Necesitamos trabajarlo fuertemente. Llegar a amar con este timbre es uno de los puntos que tenemos que adquirir en la vida religiosa y consagrada: que dondequiera que estén sean respetados por esta manera de ser, de vivir.

Consejos evangélicos

Los votos o las promesas de pobreza, castidad y obediencia no son mandamientos, son consejos a los que una persona responde desde su libertad porque se siente amada y quiere amar. Cuando los votos nos convierten en seres menos libres, más cansados, entonces perdemos esta fuerza que está en nuestra vida. Por ejemplo, hay que repensar, ¿qué es la obediencia hoy? Ni los superiores saben mandar ni los súbditos saben obedecer, se dice a menudo. Entonces cómo hacer para ejercer la autoridad nada menos que en nombre de Dios. Pues antes que nada, tenemos que ser hermano, hermana del otro. Si al par de lo que propongo a mi hermano o hermana estoy dispuesto a dar la vida por él, entonces podré obedecer. Si no estoy dispuesto a ello, mejor callar. De parte del que tiene que obedecer, si no dice todo lo que lleva dentro, como don del Espíritu Santo, el superior no podrá decidir bien, porque le falta la luz que proviene del otro. Así pues, no podemos ejercer la autoridad sin consultar, si repasar los consejos, sin buscar junto con el otro, sin pensar con humildad qué es lo que Dios quiere y que aún no sabemos.

Con relación a nuestros afectos, la sexualidad, pienso que nosotros los consagrados sabemos de la belleza de nuestra consagración en nuestro celibato. Pero hubo un tiempo que educamos a ver en el otro un peligro o una fuente de tentación. Ahora se vive la experiencia desde una mayor proximidad que trae consigo otros retos. Pero esta proximidad es importante. ¿Cómo hacer este equilibrio de estar próximos, pero sin perder la característica de consagrados? ¿Cómo tener un ojo puro para ver a los otros, sea hombre o mujer? No se trata de alejarnos, sino de aprender a amar según Dios.

En cuanto a la pobreza. Los religiosos son pobres, las congregaciones no necesariamente. Este no es el problema, sino la ausencia de comunión entre los que tienen y aquellos que no tienen. Si esta perspectiva del amor solidario, se pierde la luz de las cosas. Decimos seguir a Dios, pero tenemos un ídolo en nuestro corazón. La vida en el Dios trino nos invita permanentemente a la comunión de bienes. Entregamos obras bellísimas, iglesias, conventos, escuelas, permitimos que pierdan su verdadera naturaleza para convertirse en algo ajeno, solo por no ser capaces de entrar en el diálogo y la comunión necesarios. Es increíble que dos capitalistas enemigos se puedan poner de acuerdo para hacer más dinero juntos y los que tenemos el Dios amor tengamos dificultades para dialogar con el fin de adelantar el bien del Evangelio.

Los consejos evangélicos tienen que recuperar su originalidad y vitalidad para la comunión profunda. ¿Soy pobre porque comparto lo que tengo, lo que soy, lo que pienso; porque reconozco que todo es don? ¿Soy casto porque mi corazón es bueno y tengo la capacidad de amar con serenidad, con paz? ¿Soy obediente porque no me impongo a los otros, sino busco la voluntad de Dios junto a ellos?

Esta dinámica en la óptima del amor permitirá que nuestras comunidades sean más un lugar familiar y no ese infierno en el que prefiero no estar o estar justo lo mínimo. La misma riqueza de la opción preferencial por los pobres, de vivir con los pobres, tendremos la fuerza de mantenerla viva si conservamos los fundamentos en su justo lugar. La doctrina es clara, el problema es la experiencia concreta: ¿cómo?, ¿desde qué fundamento vivimos todas nuestras opciones?

El misterio de la Iglesia 

Finalmente, es el tiempo oportuno de reconocer que la iglesia no es solo jerárquica, ni solo carismática, sino que posee las dos dimensiones como riquezas dentro de una comunión basada en el Amor. El sistema de gobierno de la iglesia no es una monarquía, ni tampoco una democracia, son elementos de la sociología que aplicamos a la iglesia, pero no dan noticia real de la profundidad de su misterio. Desde el inicio, los carismas se hicieron parte de la Iglesia, basta con leer a Pablo. Pensemos también que María no tuvo ningún poder, pero María existe antes que los Apóstoles. Entonces, hay que pensar que en esta dimensión mariana de la Iglesia está ya la dimensión carismática. Por este motivo, la vida consagrada debe caminar co-esencialmente junto a los pastores. Esta cercanía fiel provocará en nosotros los pastores una conversión continua. Porque tenemos una misión de maestros, de santificadores, de autoridad, pero no podemos olvidar que todo ello solo puede ser ejercido en un constante lavatorio de los pies.

El camino es el amor, el despojo hasta la muerte.

 



[1] K. Rahner, Escritos de Teología IV, Ed. Taurus, Salamanca 1964, 107.

[2] Agustín, De Trinitate VII, 12. 4: “Immmo vero vides trinitatem,/ si vodes caritatem... / Ecce tria sunt amans/ et quod amatur, et amor”.