VIDA RELIGIOSA
Agenda de la XLII Asamblea General de la CER - 2017 (2)

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¿Qué nos dice y qué decimos... sobre la realidad del Ecuador (2)

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Canonización de Faustino Míguez

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Afiche de la semana teológica 2017

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Congreso de la CER Manabí

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LITURGIA
Búsqueda creativa

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En actitud de conversión

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Creer en el amor

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Los pobres son de Dios (22 octubre 2017)

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Invitación (15 octubre 2017)

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GENERALES
Cuestionario para el Sínodo de jóvenes

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6º Boletín de prensa de Caritas Ecuador

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Divulguemos la Encíclica Laudato Si

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Cambio climático: 12 claves de la cumbre de París

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Jornadas nacionales de Pastoral Social

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NOTICER
Convocatoria  Asamblea Anual de Superiores/as Mayores

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La Supervivencia Amazónica es Presentada en un Libro

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Afiche del Domund 2017

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Canonización del P. Faustino Míguez

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Encuentro de AFICER 2017

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AVISOS
Comunicado de la Red Contra la Trata de Personas

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Invitación a Retiro con el P. Luke Rodrigues sobre ecología

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Anudando (Espacio de Formación Integral de las Mujeres)

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Talleres del Centro Bíblico Verbo Divino

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Las siete palabras de Cristo en la cruz

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ECLESIAL
Simposio internacional sobre "Amoris laetitia"

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Homilía en la Misa por los fieles difuntos

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Sínodo de la Amazonía

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Visita ad limina de los Obispo del Ecuador

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Abrirse a la posibilidad de perdonar

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PROFECÍA DE LA COMUNIÓN

 

“Desde su ser, la Vida Consagrada está llamada a ser experta en comunión,

 al interior de la Iglesia y  de la Sociedad” (DA 218).

 

Aparecida es una palabra de Dios proferida por el Espíritu a la Iglesia. Palabra recibida por cada Obispo e Iglesia, por cada creyente y comunidad. Una Palabra sobre Jesús el Señor de la vida y de la Iglesia para que todos tengan vida. Una palabra conjunta del Espíritu y de la Iglesia: “Nos ha parecido bien al Espíritu y a nosotros” (Hech 15,28)[1].

En el múltiple tejido de fondo de Aparecida encontramos la “comunión”, vida comunicada y manifestada en Jesús para la Humanidad entera. Vida de la Trinidad comunión, comunicada a la Iglesia y vivida en la fe y en la Palabra, en los sacramentos, especialmente en el Bautismo y la Eucaristía que constituye y cohesiona la Iglesia. Comunión en la diversidad de comunidades, ministerios y carismas suscitados por el Espíritu. Comunión en la que tiene lugar el encuentro personal con Jesús, la vocación, la santidad y la identidad del creyente y de la Iglesia. Comunión según el designio de Dios de hacer de toda la Humanidad en la creación una sola familia suya. Comunión ecuménica e interreligiosa. Comunión en la Iglesia que lleva adelante la misión por el Reino y la vida del mundo en abundancia, justicia y dignidad. Comunión establecida desde los pobres y las víctimas de todos los tiempos. Este es el trasfondo de Aparecida que se explicita y reitera a cada paso. De él partimos, estará muy presente en el desarrollo aunque nos proyectaremos más bien a lo que conlleva la comunión[2].

En los textos del documento se integran: el misterio, la Iglesia, las proyecciones sociales y eclesiales referentes a la comunión. En estas páginas se recopila según cierto orden lo que Aparecida dice de la comunión a fin de evitar repeticiones.

Vivimos tiempos de integración en todo sentido incluso político, cultural, comercial; en proyectos y acciones de vida, de cooperación en común. La comunión queda afectada por la regionalización, los impulsos de moda y mesianismos; por la concentración de poder e ideología en bien del pueblo con sus ambivalencias; incluso con aportes positivos al bien del pueblo: salud, educación, vivienda. Pretensión de trabajar por el bien común, a veces en la verdad, otras, llevados de la subjetividad  y de los propios intereses.

El sentido de la comunión se fundamenta  en la fe y en el hombre, mirados en el horizonte de la familia humana y de la creación que son el sustrato inmediato y amplio de unidad y comunión vigente en el que se desarrollan las formas de comunidad y asociación comenzando por la familia, el país, la Sociedad, la Iglesia.

De aquí provienen criterios claros y abiertos que son ayuda a la consciencia de nuestras parcializaciones que vienen de atrás. Muchas de ellas son inconscientes, provienen de la formación, experiencia, y costumbres sociales; del estilo concreto del carisma, de la comunidad en la que se vive; Se dice: “siempre se ha hecho así”. Otras se originan en la ideología política o religiosa que suscitan pretensión de verdad, pertenencia, confiere signo de identificación aunque sea eventual, otorgan participación de un poder por limitado que sea. Lo cual ofrece un referente de seguridad por efímero que sea.

 

Profecía

La profecía es una palabra de Dios dicha por testigos. El testigo habla de lo que recibe de Dios, de su Amor, de su designio. Se pronuncia hoy. Goza de perennidad. Anuncia el futuro llevado por el Espíritu (Jn 16,13-15)[3]. Los cristianos y la Vida Consagrada están llamados a ser, en esta Iglesia y Sociedad, testigo de la Palabra escuchada porque se nos ha dicho y ha sido proferida en la comunidad eclesial. La Vida Consagrada tiene una peculiar profecía del Espíritu en el seno de la comunidad eclesial en la que todo  bautizado es profeta. Como dice Aparecida refiriéndose a los laicos: Todo cristiano es profeta, participa de Jesús sacerdote, profeta y rey. Cada uno realiza, según su condición, la misión de todo el pueblo de Dios en la Iglesia y en el mundo (DA 209).

Llamados a ser profetas en la misión de Dios y de la Iglesia que es evangelizar. Portadores de “buenas noticias a la humanidad” en contraposición a “profetas de desventuras”.

“La historia de la humanidad, a la que Dios nunca abandona, transcurre bajo su mirada compasiva. Dios ha amado tanto nuestro mundo que nos ha dado a su Hijo. Él anuncia la buena noticia del Reino a los pobres y a los pecadores. Por esto, nosotros, como discípulos de Jesús y misioneros, queremos y debemos proclamar el Evangelio, que es Cristo mismo. Anunciamos a nuestros pueblos que Dios nos ama, que su existencia no es una amenaza para el hombre, que está cerca con el poder salvador y liberador de su Reino, que nos acompaña en la tribulación, que alienta incesantemente nuestra esperanza en medio de todas las pruebas. Los cristianos somos portadores de buenas noticias para la humanidad y no profetas de desventuras” (DA 30).

Profetas de la vida”, en favor de las creaturas y del medio ambiente. Dios ha encomendado al varón y a la mujer el cuidado de la creación, espacio y hábitat de la convivencia y de la familia humana; el cuidado de las “fuentes de la vida” y entregar a las generaciones futuras un mundo habitable (cfr DA 471).

La profecía es palabra o gesto que viene de dentro, de la propia conciencia y de la fe, viene de Dios. Se sabe de su autenticidad, como dice la Biblia, cuando se cumple, cuando evidencia la verdad con la garantía de la veracidad y honestidad de quien la pronuncia. Incluye paz, tomar en serio al distinto y al adversario, porque su palabra busca el bien y nace del amor. Palabra verdadera que saca de los intereses y parcialidades.

 

Comunión

La profecía se hace palabra y obra sobre la comunión que es vida y relaciones; amor y misión. Su fuente es la Trinidad y precisamente, por ser designio de Dios, la comunión está en la entraña de la persona y de la realidad humana: Familia, Sociedad, Iglesia, Humanidad familia de Dios.

La comunión en el Misterio de Dios y de la vida

 “La dimensión comunitaria es intrínseca al misterio y a la realidad de la Iglesia que debe reflejar a la Santísima Trinidad… La Iglesia es comunión”, espacio comunitario para formarse en la fe y crecer comunitariamente” (DA 304).

La auténtica comunión siempre nace del encuentro con Jesús, encuentro creyente y experiencial como nos muestran los evangelios. Nos ofrece el espacio para “abrir un auténtico proceso de conversión, comunión y solidaridad”. El Evangelio nos abre a este proceso a través de quienes se encontraron con Jesús, con El mismo, en un camino de crecimiento en “la madurez conforme a su plenitud” (Ef 4, 13), proceso de discipulado, de comunión con los hermanos y de compromiso con la sociedad[4].

De esta experiencia vital, transformante con Jesús en la Trinidad nace la vida y el sentido del creyente y toda comunión. “Una auténtica propuesta de encuentro con Jesucristo debe establecerse sobre el sólido fundamento de la Trinidad-Amor. La experiencia de un Dios uno y trino, que es unidad y comunión inseparable, nos permite superar el egoísmo para encontrarnos plenamente en el servicio al otro. La experiencia bautismal es el punto de inicio de toda espiritualidad cristiana que se funda en la Trinidad” (DA 240).

María paradigma y artífice de  comunión

María es Madre en la Iglesia-familia, congrega multitudes en comunión, le da vida ante el riesgo de lo funcional y burocrático. Por Ella la Iglesia y toda comunidad debe ser madre acogedora, “casa y escuela de la comunión”. “Indica la pedagogía para que los pobres, en cada comunidad cristiana, “se sientan como en su casa”. Crea comunión y educa a un estilo de vida compartida y solidaria, en fraternidad, en atención y acogida del otro, especialmente si es pobre o necesitado[5].

La Iglesia es comunión

La Iglesia es comunión en el amor

Esta es su esencia y el signo por estar llamada a ser seguidora de Jesús y servidora de la Humanidad. El nuevo mandamiento une a los discípulos entre sí, reconociéndose como hermanos y hermanas, obedientes al mismo Maestro, miembros unidos a la misma Cabeza y, por ello, llamados a cuidarse los unos a los otros[6]. “No puede haber vida cristiana sino en comunidad…participada en la vida de la Iglesia y en el encuentro con los hermanos, viviendo el amor de Cristo en la vida fraterna solidaria. Encuentro acompañado y estimulado por la comunidad y sus pastores para madurar en la vida del Espíritu” (DA 278 d).

La comunión de la Iglesia se nutre de la Palabra y la Eucaristía

Crea nuevas relaciones evangélica hacia su interior y hacia la sociedad. Relaciones fraternas, participativas, de reciprocidad.

“Al igual que las primeras comunidades de cristianos, hoy nos reunimos asiduamente para “escuchar la enseñanza de los apóstoles, vivir unidos y participar en la fracción del pan y en las oraciones” (a.C. 2, 42). La comunión de la Iglesia se nutre con el Pan de la Palabra de Dios y con el Pan del Cuerpo de Cristo. La Eucaristía, participación de todos en el mismo Pan de Vida y en el mismo Cáliz de Salvación, nos hace miembros del mismo Cuerpo (cf. 1Cor 10, 17). Ella es fuente y culmen de la vida cristiana[7], su expresión más perfecta y el alimento de la vida en comunión. En la Eucaristía, se nutren las nuevas relaciones evangélicas que surgen de ser hijos e hijas del Padre y hermanos y hermanas en Cristo” (DA 158).

 

Por lo mismo la Iglesia es “casa y escuela de comunión”

“La Iglesia que celebra la Eucaristía es “casa y escuela de comunión[8], donde los discípulos comparten la misma fe, esperanza y amor al servicio de la misión evangelizadora” (DA 158).

 “Los Obispos, como pastores y guías espirituales de las comunidades a nosotros encomendadas, estamos llamados a “hacer de la Iglesia una casa y escuela de comunión(NMI 43). Como animadores de la comunión, tenemos la misión de acoger, discernir y animar carismas, ministerios y servicios en la Iglesia. Como padres y centro de unidad, nos esforzamos por presentar al mundo un rostro de la Iglesia en la cual todos se sientan acogidos como en su propia casa. Para todo el Pueblo de Dios, en especial para los presbíteros, buscamos ser padres, amigos y hermanos, siempre abiertos al diálogo (DA 188).

Lo que se dice de los, pastores es aplicable a todos los que tienen un servicio y ministerio en la comunidad eclesial, en la comunidad de Vida Consagrada.

El Obispo constructor de la Iglesia que acoge a todos como padre, especialmente a los más pobres

“El obispo es principio y constructor de la unidad de su Iglesia particular y santificador de su pueblo, testigo de esperanza y padre de los fieles, especialmente de los pobres, y que su principal tarea es ser maestros de la fe, anunciador de la Palabra de Dios y la administración de los sacramentos, como servidores de la grey (DA 189).

Las CEBs novedosa comunión eclesial.  “Recogen la experiencia de las primeras comunidades como están descritas en los hechos de los Apóstoles (Hech 2,42-47)” (DA 178). Evidencian la originalidad inicial de la Iglesia y se inspiran en la acción del Espíritu en la génesis de la Iglesia. Nos muestran expresiones en novedad de la comunión y rostro de la Iglesia[9].

La Vida consagrada es comunión, por ser Iglesia, por su “vida fraterna en comunión”. La fraternidad y comunidad pertenecen a su esencia, por lo mismo es fermento de comunión en la gestación de una nueva generación de cristianos discípulos y misioneros, y de una sociedad donde se respete la justicia y la dignidad de la persona humana. “Desde su ser, la vida consagrada está llamada a ser experta en comunión, tanto al interior de la Iglesia como de la Sociedad” (DA 217-218).

Comunión de unidad en diversidad, en lo cotidiano y por la vida del mundo. La comunión de la iglesia en la diversidad de carismas, ministerios y servicios, lleva a la vivencia de lo cotidiano de la comunión, de la unidad y complementariedad de unos con otros a fin de formar el único Cuerpo de Cristo entregado por la vida del mundo. La unidad orgánica de la Iglesia es vitalidad misionera, signo e instrumento de reconciliación y paz para nuestros pueblos[10].

La comunión y la misión

 “La comunión y la misión están profundamente unidas entre sí… La comunión es misionera y la misión es para la comunión”[11]. La diversidad misionera requiere imaginación para encontrar respuesta a la realidad con sus siempre cambiantes y múltiples desafíos que exigen nuevos servicios y ministerios. Requiere la colaboración de los laicos con su “ser” y “hacer” en espíritu de comunión y participación, quines a través de los diversos Consejos son presencia activa en la construcción de ciudadanía y  eclesialidad. De este modo la comunión por la misión, se da en diversidad, imaginación y novedad. Edifica la Iglesia, se proyecta al mundo y a la ciudadanía en reconciliación, paz y conformación de la familia humana.

Es imprescindible una espiritualidad de comunión misionera: “Sin este camino espiritual de poco servirían los instrumentos externos de la comunión. Se convertirían en medios sin alma, máscaras de comunión más que sus modos de expresión y crecimiento (NMI  43)(DA 203).

Convicciones y corresponsabilidad comunitarias

La comunión se alimenta de diálogo, capacidad de servicio, humildad, valoración de los carismas ajenos, disposición a dejarse interpelar por los demás, obediencia al obispo y apertura para crecer en comunión misionera con los presbíteros, diáconos, religiosos y laicos, sirviendo a la unidad en la diversidad (DA 324). La comunión implica convicciones y corresponsabilidad con todos; proyectos bien articulados y constantemente evaluados (DA 326).

 

Educación y ética integrantes de la comunión

“La educación humaniza y personaliza al ser humano cuando logra que éste desarrolle plenamente su pensamiento y su libertad, haciéndolo fructificar en hábitos de comprensión y en iniciativas de comunión con la totalidad del orden real. De esta manera, el ser humano humaniza su mundo, produce cultura, transforma la sociedad y construye la historia”. Lo cual requiere de libertad ética y de valores que dan sentido y valor a la vida del hombre[12].

La fe, la educación y la ética, en la Alianza con Dios y con los hombres, llevan consigo unas actitudes de donación y servicio a los demás para la transformación de la sociedad. Lo cual se realiza a través de los valores y actitudes profundas[13].

 

La  vida  se desarrolla  en la comunión fraterna

Existe una ley profunda de la realidad: la vida sólo se desarrolla plenamente en la comunión fraterna y justa. Porque “Dios en Cristo no redime solamente la persona individual, sino también las relaciones sociales entre los seres humanos”[14]. La vida digna para todos implica un dinamismo de liberación integral, humanización, reconciliación e inserción social (DA 359).

 

Espiritualidad de comunión y participación en conversión

Esta espiritualidad se fundamenta en la eclesiología de comunión, se convierte en principio educativo por medio de la corresponsabilidad, por el testimonio de comunión eclesial y de santidad[15].  El Modelo paradigmático de esta renovación comunitaria está en las primitivas  comunidades cristianas (Hech 2, 42-47), que supieron encontrar nuevas formas para evangelizar de acuerdo con las culturas y las circunstancias (DA 369). “Llevada de esta espiritualidad de comunión la Iglesia se manifiesta como una madre que sale al encuentro, una casa acogedora, una escuela permanente de comunión misionera” (DA 370).

Caminos de reconciliación y solidaridad

Los discípulos en comunión tienen una misión al servicio de la vida plena, que se proyecta a la sociedad, a los pueblos, en caminos de reconciliación y solidaridad[16]. Cada pueblo debe construir en su patria una casa de hermanos donde todos tengan una morada para vivir y convivir con dignidad, mediante un proyecto histórico sugerente de vida en común. Los dinamismos de integración digna, justa y equitativa en el seno de cada uno de los países favorece la integración regional y, a la vez, es incentivada por ella.

La comunión pasa por la reconciliación con Dios y los hermanos. Hay que sumar y no dividir. Importa cicatrizar heridas, evitar maniqueísmos, peligrosas exasperaciones y polarizaciones. La reconciliación está en el corazón de la vida cristiana. La iniciativa parte de Dios en busca de nuestra amistad y lleva a la reconciliación con el hermano, entre hombres y mujeres, entre todos los pueblos y en todos los ámbitos. Esta reconciliación fraterna presupone la reconciliación con Dios, fuente única de gracia y de perdón.

Diálogo ecuménico e interreligioso inherente a la comunión

La comprensión y la práctica de la eclesiología de comunión nos conduce al diálogo ecuménico[17], a la relación con los hermanos y hermanas bautizados de otras iglesias y comunidades eclesiales. Es un camino irrenunciable. La falta de unidad representa un escándalo, un pecado y un atraso del cumplimiento del deseo de Cristo: “Que todos sean uno, lo mismo que lo somos tú y yo, Padre y que también ellos vivan unidos a nosotros para que el mundo crea que tú me has enviado” (Jn 17, 21)”.

“La comunión aún cuando sea sociológica es sobre todo evangélica, trinitaria y bautismal, y así fundamenta el ecumenismo, porque expresa la comunión real, aunque imperfecta, que ya existe entre los que fueron regenerados por el bautismo y el testimonio concreto de fraternidad”. La comunión conlleva una “actitud espiritual y práctica, un camino de conversión y reconciliación”.

Mediante el diálogo y la cooperación ecuménica se abren nuevas formas de discipulado y misión en  comunión. Donde se establece el diálogo, disminuye el proselitismo, crece el conocimiento recíproco, el respeto y se abren posibilidades de dar un testimonio común (DA 233).

 

Vivir dinámicamente en la comunión y profecía

 

La Vida consagrada en su ser y hacer es “vida fraterna en comunión”. Ciertamente inserta en la Iglesia Particular y en comunión con los Pastores. Con una vida pobre y en favor de los pobres y víctimas. Sólo desde ellos se puede ser profecía y edificar la comunión en la Iglesia y en la Sociedad. Desde aquí se proyecta hacia los creyentes y hacia lo sociedad, se compromete en la justicia y la dignidad humana (Cfr DA 217).

 

“Desde su ser, la vida consagrada está llamada a ser experta en comunión, tanto al interior de la Iglesia como de la sociedad. Su vida y su misión deben estar insertas en la Iglesia particular y en comunión con el Obispo. Para ello, es necesario crear cauces comunes e iniciativas de colaboración, que lleven a un conocimiento y valoración mutuos y a un compartir la misión con todos los llamados a seguir a Jesús” (DA 218).

 

No es fácil practicar la comunión

La dificultad se da en la práctica, en las relaciones interpersonales por las que pasa la convivencia y la comunión. Llevamos dentro querer ser como dioses (Gen 3). Todos tendemos a mantener lo nuestro. Se da en la familia, en la sociedad, en las congregaciones: “Así se ha hecho” “somos esto”. Se tiende a absolutizar las tradiciones o las formas eclesiales. Vivimos unos tiempos con tendencia a imponer a la colectividad lo que piensa el líder o un grupo de poder.

Solemos movernos con nuestra verdad, y nadie tiene toda la verdad. Por eso es imprescindible escucharnos, interpelarnos hacia la confluencia en criterios, hacia consensos abiertos y dinámicos que recreen a todos, a la vez que respetan la diversidad y peculiaridad de cada uno. De lo contrario no se da comunión, a lo sumo se tolera pero dentro del propio circuito. La reflexión, el diálogo y el contraste nos abre a la verdad, hacia la comunión. Necesitamos del referente común del Evangelio y del amor en la persona de Jesús a quien nos conduce el Espíritu Santo.

 

Cultivar caminos de comunión

La vida, el amor, la comunión se forjan con el tiempo, no en las prisas. Por lo mismo es necesario revisar nuestra inmediatez en conseguir los objetivos; revisar nuestros sentimientos e ideas. Demos espacio a la verdad y a la vida. Acojamos la verdad del otro. Se requiere confiar en las personas. Sobre todo creer en la presencia y fidelidad del Espíritu Santo.

Cuidemos el respeto mutuo, el trabajo por la unidad, con una convicción y actitud  de comunión, que proceden de la verdad y de la experiencia interior. Es preciso comprometerse a mediar en el diálogo y la reconciliación, comprendiendo, en lo posible, a cada una de las partes. Se tiene por delante un largo proceso a recorrer, hecho de pequeños pasos.

De los anhelos humanos y religiosos a la comunión que es Jesús, a su vida, a su actuar. Su cuerpo es lugar y vínculo de proximidad. Pero no es tan simple porque también provocó tensiones, se creó adversarios, si bien permaneció en la verdad y en la comunión. Entonces debemos contemplar a Jesús en sus caminos y realizaciones de comunión de modo que asimilemos y recreemos sus actitudes y sentimientos. Estemos por el amor, la verdad, la paz, la no violencia, deseos que todos llevamos como semilla en lo más nuestro. Seamos apoyo y refuerzo. Unamos lo escindido en escenarios beligerantes: “vayan y expulsen demonios” (Mc 16,17).

La comunión pasa por la reconciliación y el perdón permanente, salida de sí y encuentro con el otro emprendiendo un camino de confluencia hacia delante. Reconciliación con la propia vida. Personas integradas en el amor, que son creadoras e intercesoras ante Dios, de unidad, solidaridad, paz y amor. Dios estaba en la cruz reconciliando el mundo consigo en Jesús” (2 Cor 5,19). La cruz escenario de animosidad e injusticia es revelación del amor gratuito que permanece y se da a todos y por todos.

La comunión requiere de la presencia y cooperación de todos, sin exclusiones, ausencias o violencias. “La exclusión requiere de la reconciliación social, no la simple inclusión o reasimilación” porque produce hondas heridas en el tejido comunitario y social[18].

La reconciliación requiere de mediaciones ideológicas, afectivas y situacionales. Necesita de catarsis, equilibrio, y del don del Espíritu: “Ven Espíritu Santo: Riega la tierra en sequía. Sana el corazón enfermo. Lava las manchas. Infunde calor de vida en el hielo. Doma al espíritu indómito, guía al que tuerce el sendero”.

 

Florecer de comunión dónde vivimos

Bien sea entre los diversos carismas, con los pastores y párrocos. De nuestra parte emprender iniciativas de comunión. Desear y promover la comunión en la Iglesia, en los hombres y mujeres en su hogar, en la vecindad y organizaciones en el complejo entramado social. Hoy día la comunión debe explicitarse en toda realidad eclesial y social. Comienza en nuestra propia personas como seguidores de Jesús. La Vida Consagrada tiene la tarea de “hacerse experta en comunión”, debe asumir vitalmente la tradición y experiencia de comunión, acumulada de siglos atrás y recrearla con novedad en nuestra situación.

Palabra-signo de comunión, signo de verdad, fidelidad y amor. Palabras dichas en esta sociedad e Iglesia. Ser verdaderos en medio de tendencias sociales y eclesiales, poder decir verdad en la secularidad creciente y manejarse con fe y humanismo que contribuyan a una comunión plural. Saber que nos movemos entre continuidad y ruptura frente al pasado y lo por venir. Saber que requiere de interpretación y ésta debe ser hecha en la luz de la fe y de la verdad que emerge de lo humano.

La comunión es plural desde Dios y desde la vida. Incluye diversidad. Dios  es Trinidad de la Unidad. El proyecto de Jesús es de fraternidad y de comunión, hecho de pluralidades: “El que no está contra nosotros está con nosotros”. La Iglesia cuerpo de Cristo tiene variedad de ministerios, carismas y funciones y un solo Espíritu (1 Cor 12,4). El Nuevo Testamento encierra diversidad de perspectivas teológicas pero un solo Jesús y una sola Iglesia. La uniformidad es ajena al ser de Dios. La Vida consagrada está llamada a proferir esta palabra de comunión.

Vivencia teologal de la comunión. Porque la comunión tiene la imagen de Dios comunidad y está presente en toda realidad por rota que se encuentre. Todas las realidades humanas, por heridas que estén, llevan la huella del  cuerpo roto del Crucificado, del Hijo de Dios.

Ser “profecía simple” sin publicidad. Asemejada a la naturaleza que se regenera lentamente desde dentro, de la reserva de la raíz. La vida crea, no se detiene. Esta es la “palabra” de la Vida Religiosa, en el día a día, incansablemente, limpiar y limpiar, comenzar una y otra vez.

Palabra de kénosis. Al modo de Jesús. Se humilló. Sometido permaneció él mismo en paz, verdad y amor, en señorío y decididamente libre. Kénosis, comunión en el camino del Padre, obediencia que le unifica con su voluntad y proyecto por la humanidad entera. Aceptación sencilla de que una vida evangélica puede provocar sospecha, animadversión. Precisamente en la diversidad y tensión encontradas, edificar comunión en la propia comunidad, entre congregaciones, con los laicos y pastores, con los grupos sociales, entre tendencias, ideologías y organizaciones.

 

Concluyendo

Así la comunión se vuelve profecía.

 

 

Santiago Ramírez

 

San Francisco de Quito, 1 de Julio de 2009

 


[1] “La experiencia de la comunidad apostólica de los comienzos muestra la naturaleza misma de la Iglesia en cuanto misterio de comunión con Cristo en el Espíritu Santo. S.S. Benedicto XVI nos indicó este “método” original en su homilía en Aparecida. Al concluir la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y de El Caribe constatamos que esto es, por gracia de Dios, lo que hemos experimentado” (DA 547).

[2] No se aducen citas para lo dicho, puede consultarse el índice del documento de Aparecida bajo la palabra “comunión”.

[3] Les anunciará lo que está por venir, no algo completamente nuevo más allá de la revelación de Jesús. Conduce a la comunidad en su camino y futuro, le esclarece lo que le aguarda, no tanto la manifestación de sucesos futuros. Le da el sentido de la historia; cómo actuar y reaccionar ante los acontecimientos que se presentan. Enseña el mensaje de Jesús a la comunidad de un modo nuevo, de acuerdo con la situación de la comunidad y con lo que le espera. Para ello le da una comprensión cada vez más profunda de la revelación cristiana en relación con la historia. La lleva a vivenciar el misterio de Jesús (Jn 3,21; 1 Jn 1,6; 2 Jn 4; 3 Jn 4). Se trata de la puesta en práctica de la fe, reclamada por la situación futura. El Espíritu anuncia a los discípulos lo que llega, en cuanto que a ellos les afecta, a fin de que actúen en consonancia. Rudolf Schnackenburg, El Evangelio según San Juan, Herder, Barcelona, 1980. Tomo III, pag 189-192.

 

[4] EAm 8; DA 245; 249. “En el hoy de nuestro continente latinoamericano, se levanta la misma pregunta llena de expectativa: “Maestro, ¿dónde vives?” (Jn 1, 38), ¿dónde te encontramos de manera adecuada para “abrir un auténtico proceso de conversión, comunión y solidaridad?” ¿Cuáles son los lugares, las personas, los dones que nos hablan de ti, nos ponen en comunión contigo y nos permiten ser discípulos y misioneros tuyos? (EAm 8)” (DA 245).

[5] NMI 43; 50; DA 268; 272.

[6] 1Cor 13; Col 3, 12-14. DA 161.

[7] Cf. LG 11

[8] NMI 43

[9] Las CEBs presentan lo más nuevo, es decir, las orientaciones del Vaticano II, y de las Asambleas Generales de América Latina y el Cribe”. Aparecen en su expresión eclesial inicial, son Iglesia en pequeño, semillas del Reino, que todavía no ha desarrollado todas las potencialidades. Sin embargo, por la fuerza del Espíritu, van a desarrollar, en algún momento, todo lo que es de su naturaleza. La Propuesta de la CEB no es el mero cambio de la estructura parroquial, sino el modo de ser comunidad, de marcar presencia en la vida, de leer la Palabra de Dios, de realizar el compromiso de transformación de la realidad, de entender y organizar el poder en la comunidad, la relación con las demás instancias eclesiásticas. La relación fe y vida; el compromiso ciudadano; la referencia de la Palabra Orante; la perspectiva del Reino y del Nuevo Pueblo de Dios; la inculturación; el ser un espacio de misericordia y de acogida para todos, para una vivencia en relaciones evangélica también para los que no “caben” en la estructura disciplinar de la parroquia, por ejemplo, los que no tienen arreglada su situación matrimonial, etc. José Marins, material del CELAM para la Misión Continental, 2009.

[10] “La diversidad de carismas, ministerios y servicios, abre el horizonte para el ejercicio cotidiano de la comunión, a través de la cual los dones del Espíritu son puestos a disposición de los demás para que circule la caridad (cf. 1 Cor 12, 4-12). Cada bautizado, en efecto, es portador de dones que debe desarrollar en unidad y complementariedad con los de los otros, a fin de formar el único Cuerpo de Cristo, entregado para la vida del mundo. El reconocimiento práctico de la unidad orgánica y la diversidad de funciones asegurará mayor vitalidad misionera y será signo e instrumento de reconciliación y paz para nuestros pueblos. Cada comunidad está llamada a descubrir e integrar los talentos escondidos y silenciosos que el Espíritu regala a los fieles (DA l62).

[11] ChL 32. En este párrafo véase DA 163; 202; 213; 215; PDV 11.

[12] DP1025; DA 330.

[13] En esta educación, en la alianza con Dios y con los hombres, “maduran y resultan connaturales las actitudes humanas que llevan a abrirse sinceramente a la verdad, a respetar y amar a las personas, a expresar su propia libertad en la donación de sí y en el servicio a los demás para la transformación de la sociedad” (DA 336).

[14] CDSI 52

[15] Cf. NMI 20. DA 368; 324.

[16] DA 534-535.

[17] Ut unum sint 3; DA 227-228.

 

[18] Fernando Vidal Fernández, “La violación de las presencias: la invisibilización como estructura de exclusión social”. Sal Terrae, Mayo 2009, pag 341-351.

 

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