VIDA RELIGIOSA
Congreso de la CER Manabí

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¿Qué nos dice y qué decimos?... sobre la corrupción

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Solidaridad con las Misioneras Combonianas

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Fraternidad Misionera Verbum Dei

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Reunión de presidentes/as regionales

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LITURGIA
Vivir perdonando (17 septimbre 2017)

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Está entre nosotros (10 septiembre 2017)

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En medio de la crisis (13 agosto 2017)

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Cuestionario para el Sínodo de jóvenes

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6º Boletín de prensa de Caritas Ecuador

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Divulguemos la Encíclica Laudato Si

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Cambio climático: 12 claves de la cumbre de París

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Jornadas nacionales de Pastoral Social

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NOTICER
Encuentro de AFICER 2017

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Psicodrama aplicado a situaciones de crisis y recuperación emocional

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Solidaridad con Perú

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Taller sobre Trata de personas

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Encuentros y celebraciones (2 febrero 2017)

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AVISOS
Invitación a Retiro con el P. Luke Rodrigues sobre ecología

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Anudando (Espacio de Formación Integral de las Mujeres)

Talleres del Centro Bíblico Verbo Divino

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Las siete palabras de Cristo en la cruz

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Seminario sobre logoterapia en el tratamiento de adicciones

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ECLESIAL
Abrirse a la posibilidad de perdonar

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Ordenación episcopal  de Mons. Adalberto Jiménez

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Responder a los refugiados y migrantes

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Obispos del Ecuador ante la realidad del país

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Mons. Adalberto Jiménez, obispo de Aguarico

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Roma 22 de setiembre 2014

 

 

Palabras de la Superiora General de las FMA

en la apertura del CG XXII

Sor Yvonne Reungoat fma

 

Señor Cardenal João Braz de Aviz, Perfecto de la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica,

Señor Cardenal Tarcisio Bertone, Secretario de Estado Emérito del Estado Ciudad del Vaticano,

Señor Cardenal Ángelo Amato, Perfecto de la Congregación de las Causas de los Santos,

Señor Cardenal Rafael Farina, Perfecto Bibliotecario y Archivista Emérito de la Sagrada Romana Iglesia,

Padre Ángel Fernández Artime, Rector Mayor de la Congregación Salesiana,

Don Francisco Cereda, Vicario general de los Salesianos y otros Miembros del Consejo General,

Don Joaquim D’Souza, Superior saliente de la Visitaduría UPS,

Don Eugenio Riva, nuevo Superior de la Visitaduría UPS,

Prof. Carlo Nanni, Rector Magnífico de la Universidad Pontificia Salesiana y otros Salesianos aquí presentes,

Prof. Pina del Core, Presidente de la Pontificia Facultad de Ciencias de la Educación “Auxilium”,

Representantes de los diferentes grupos de la Familia Salesiana,

Don Luigi Cameroni, Postulador General para las Causas de los Santos de la Familia Salesiana,

Jóvenes, amigas y amigos, bienhechores aquí presentes,

FMA participantes al Capítulo General XXIII y otras representantes de todas las FMA del mundo,

 

Me complace vuestra presencia en medio de nosotras, signo de estima y aprecio a nuestro Instituto que hoy celebra el inicio oficial del Capítulo General XXIII. Vuestro estar aquí nos honra y nos anima a vivir la experiencia capitular como evento eclesial y carismático. En este momento solemne reconfirmamos, como Instituto, nuestro compromiso de fidelidad al Papa y a su magisterio, la voluntad de vivir y trabajar en comunión plena con las indicaciones del Cardenal Prefecto de la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica. Nos sentimos en comunión con los Obispos en las Iglesias particulares, con las cuales entendemos proseguir una colaboración fecunda, en unión a todos los consagrados/consagradas, compartiendo la riqueza de los diversos carismas y colaborar así en la única misión de salvación con el don específico del carisma salesiano.

El tema del Capítulo –Ser hoy con los jóvenes casa que evangeliza – será el corazón de la oración, de la reflexión y del discernimiento que compartiremos en la Asamblea Capitular. Este tema responde al núcleo más profundo de nuestra identidad carismática y está en sintonía con el camino de la Iglesia relanzado por el Sínodo de los Obispos sobre la Nueva Evangelización[1] y con las llamadas del Papa Francisco, que invita a los jóvenes a ser protagonistas de su vida, artífices del presente y del futuro de la Iglesia y de la Sociedad.

Para nosotras Hijas de María Auxiliadora los jóvenes son el lugar donde Dios nos habla, nos encuentra, nos transforma y nos invita; son los protagonistas en las canteras de la nueva evangelización y, en cierto modo, también nuestros maestros. Ellos, en efecto, nos trasmiten el arte de esperar, la paciencia de la espera, la alegría de encontrarse y compartir la fraternidad, el deseo de una fe genuina que toca la existencia concreta, la necesidad de una vida sencilla centrada en lo esencial. Los jóvenes nos motivan para estar en continua búsqueda, en escucha profunda y en diálogo para saber expresar con un nuevo lenguaje la belleza del Evangelio.

No podemos imaginar horizontes de futuro para nuestro Instituto sin los jóvenes. En sus interrogantes, con frecuencia no expresados, leemos la necesidad de sentirse en casa, o sea, de tener puntos de referencia afectivos, sociales, de pertenencia, y de poder compartir gestos y valores evangélicos. La solicitud por la familia, frecuentemente indefensa y frágil, las relaciones inestables entre las personas, el sentirse extraño, el cerrarse en sí mismo para tutelar el propio mundo contra las invasiones externas, pueden convertir a la gente, a los jóvenes, en personas solas, desorientadas. Es significativo que nuestro Capítulo se desarrolle mientras en Roma se tiene el Sínodo de la familia.

Ofrecer una casa, aún más ser casa y serlo con ellos, tiene el significado de la frescura de las relaciones humanas y espirituales que entendemos construir en el grupo y en la comunidad y, al mismo tiempo, en la relación con todos, ya que se trata de una casa con las puertas y ventanas abiertas, acogedora, propositiva, donde se vive la responsabilidad y el cuidado de los unos hacia los otros y, juntamente, se tiende hacia una meta de belleza y de realización en Jesús, sentido verdadero de la existencia. Somos conscientes de que no podemos ser casa que evangeliza si Dios no es nuestra casa.

Cada Capítulo General es, ante todo, un gran don de Dios y representa un encuentro de familia convocado por el Espíritu Santo que tiene la dimensión del mundo. Esto compromete las energías del Instituto para identificar horizontes de futuro para la vitalidad del carisma. Involucra en una experiencia de confianza que nos proyecta en un tiempo todavía no vivido, del cual no se puede prever su desenvolvimiento. Es un momento privilegiado de creatividad para generar nueva vida. La base de partida ciertamente es el espíritu de familia, capaz de crear un clima, una casa, en la cual los jóvenes puedan sentirse acogidos, amados, valorizados, responsables en la confrontación con la propia vida y con los demás, animados a descubrir el proyecto de Dios en ellos. Los jóvenes no son ante todo el objeto de nuestros cuidados, sino protagonistas de un cambio cultural y social a la luz del evangelio y según el carisma salesiano.

Nos dejaremos iluminar por el Espíritu Santo, por el rico magisterio eclesial y salesiano, por los acontecimientos de la historia, de la vida del Instituto. Reconocemos que tenemos a disposición un patrimonio precioso al cual acudir en busca de luz e indicaciones para el camino. En este momento me agrada recordar la palabra de Papa Francisco en la Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium: «No existe mayor libertad que aquella de dejarse llevar por el Espíritu, renunciando a calcular y controlar todo, y permitir que Él nos ilumine, nos guíe, nos oriente, nos impulse hacia donde Él desea. Él sabe bien aquello que necesitamos en cada época y en cada momento» (n. 280). ¡Podemos hacer esta profunda experiencia de verdadera libertad creativa bajo el soplo del Espíritu Santo!

En este momento solemne, deseo expresar el gracias del Instituto por el Pontificado de Benedicto XVI, del cual hemos apreciado la amplitud de visión y de doctrina, la extraordinaria humildad y sensibilidad, el modo firme y sereno en el afrontar los graves problemas dentro de la Iglesia.

Agradezco al Papa Francisco que está configurando en la comunidad eclesial un estilo de sencillez evangélica, anunciando la misericordia e invitando a salir de las propias seguridades para hacerse compañía de camino del ser humano, frecuentemente frágil, fatigado, desorientado, fragmentado; para entrar en los eventos de la historia sin quedarse viendo lo externo, sino interviniendo a favor de la justicia, de la paz y de la dignidad de los más pobres.

En Río de Janeiro (Julio 2013) y en las diversas visitas realizadas – la última a Corea del Sur con los jóvenes del Continente Asiático – hemos podido constatar de manera especial su predilección por los jóvenes, a los cuales recomienda de no dejarse robar la esperanza. Y, propiamente desde la esperanza, parte nuestra reflexión capitular, como viene evidenciado en el Instrumento de Trabajo.

La esperanza es la prospectiva desde la cual miramos el mundo, escuchamos su grito, nos dejamos interpelar por sus desafíos, por las nuevas y viejas pobrezas que lo amenazan no solo en el plano económico, sino en el humano, cultural, social, religioso. En esta realidad en la cual pareciera dominar el pesimismo, escepticismo y objetivos de fácil ganancia, queremos escuchar las llamadas de Dios: nos sentimos invitadas a descubrir la fascinación de la vida religiosa testimoniando la alegría de seguir a Jesús, la belleza de vivir relaciones auténticas y de colaborar en la construcción de una humanidad que redescubre su dignidad y vocación. El Papa Francisco recomienda de no dejarse robar la esperanza. No solo no debemos dejársela robar, sino que debemos recuperarla en las periferias existenciales. Incluso, la misma periferia se vuelve perspectiva evangélica desde la cual mirar la vida con amor. Ella, en efecto, no es solo portadora de problemas, de sufrimiento, de límites y de muerte, sino de vida y de esperanza. Se puede aprender una sabiduría habitando el dolor, el límite, compartiendo la sencillez y la pobreza. Los pobres, particularmente los jóvenes pobres, nos evangelizan con su misma existencia. Jesús se identifica con ellos. Al compartir con los pobres nos volvemos más creativas, gozosas y esenciales, más capaces de proponer la belleza del Evangelio. La periferia es también una prospectiva carismática. Don Bosco y Madre Mazzarello eran personas de periferia y han iniciado su misión entre los jóvenes y las jóvenes de las periferias existenciales del tiempo en el cual vivieron implicándolos en primera persona y haciéndolos protagonistas.

En las periferias reconocemos el rostro de nuestras comunidades. Unidas a la comunidad educativa redescubrimos la alegría de amar y de servir en los ámbitos en los cuales la vida es más frágil, insegura, amenazada. Desde este punto de vista, también la familia fundada en el matrimonio, hoy es una periferia existencial de la cual hemos de tener cuidado. No menor cuidado debe darse a nuestras comunidades, transformadas siempre más en intergeneracionales, interculturales y, en algunos lugares, con una media de edad avanzada, con la riqueza y la fatiga que esta nueva configuración comporta. Se hacen siempre más frecuentes las llamadas a colaborar intercongregacionalmente: descubrimos así un campo abierto para la construcción de la casa común como gran familia de hijos/hijas de Dios que viven en comunión y comparten aquello que son y tienen.

La periferia no ofrece seguridad, más bien requiere arriesgar la vida, pero es una opción imprescindible de futuro seguramente fecunda, porque evangélica y salesiana y porque hace concreta la esperanza.

Es desde la periferia que podemos hacer experiencia de la alegría porque es allí que Dios nos llama, nos habla, nos envía, nos regala su consolación. A partir de las periferias podemos testimoniar que somos personas felices de seguir a Jesús y anunciar el Evangelio de la alegría a las jóvenes y a los jóvenes. Estamos llamadas a habitar los espacios en los cuales podemos encontrarlos, escuchar su sed y ofrecer una propuesta creíble y convincente del Evangelio. Una propuesta confiable que haga visible en la palabra y en los gestos la vida misma de Jesús. Los jóvenes son una generación exigente, pero es en medio de ellos que podemos encontrar al Señor; es con ellos que podemos vivir el carisma de la preventividad y reavivar nuestra misma esperanza. Ellos nos sorprenden con su generosidad. Si estamos en medio de ellos con corazón oratoriano, ellos nos mostrarán su verdadero rostro, hecho de pobreza y de esperanza, de belleza y de altruismo hasta el don total de sí.

La crisis de la familia nos interpela no solo a hacernos acompañantes de los jóvenes, sino a actuar una pastoral familiar, especialmente para las familias jóvenes, hasta hacerlas protagonistas en el apoyo a otras familias.

Los nuevos pobres no se encuentran solo donde no ha llegado el Evangelio, sino en tantas periferias existenciales. Nos interpelan particularmente: la violencia contra las mujeres y las niñas, los abusos dentro de las familias, el tráfico de seres humanos, el fenómeno migratorio, la corrupción, el recurso a la guerra como solución de los problemas. Por esto acogemos la invitación del Papa Francisco a ser Iglesia en salida misionera, uniendo las fuerzas para contrastar situaciones de degradación de la persona humana y de la naturaleza. En positivo, deseamos educar a la vida, a la gratuidad, al don, a la responsabilidad para los otros y para la creación, a tomarse cuidado de la fraternidad.

Con los jóvenes y con toda la comunidad educativa nos comprometemos a construir la casa de la fraternidad a través de relaciones que humanizan, animadas por la espiritualidad del Sistema Preventivo de Don Bosco. Sabemos que el carisma es una palabra de Dios para el hoy: deseamos revitalizarlo cualificando el estilo de vida de nuestras comunidades para que sean más proféticas y gozosas junto con la comunidad educativa. La relación nos salvará del individualismo y de la autorreferencialidad; al mismo tiempo nos guiará a poner a la persona en el centro, restituyéndole su dignidad. El ser casa que evangeliza comienza desde las relaciones. En el encuentro con los demás se abren de par en par las ventas que hacen posible el conocimiento, el intercambio de los dones, el respeto y la valoración recíproca. El carisma salesiano nos ofrece un camino pedagógico interesante. Nos interpela a cualificar la reciprocidad de las relaciones, a encontrar el punto accesible al bien, o sea el nivel de contacto que permite a la persona sentirse acogida en su realidad más profunda, como sucedía en los ambientes de Valdocco y de Mornese.

Las relaciones en el espíritu de familia, vividas como comunidad educativa, se transforman así en profecía de un modo diferente de vivir, de narrarse, de expresarse, de ir hacia los demás, incluso de estructurar la propia identidad. En efecto, nuestro rostro emerge como de un espejo, de nuestra relación con los demás. Estamos llamadas a reavivar la profecía de la fraternidad y a hacerla llegar a las periferias existenciales de nuestro corazón y de todas las personas que encontremos en nuestro camino; particularmente de los jóvenes a los cuales somos enviadas con el impulso del da mihi animas cetera tolle y la ternura de quien percibe la llamada a tomarse el cuidado con compasión y misericordia.

El Capítulo General XXIII es un tiempo particularmente favorable de kairós en donde Dios nos habla, nos espera, nos envía. Los tesoros de gracia del Capítulo se enriquecen ulteriormente por el don de las celebraciones en honor a Don Bosco nuestro Fundador, en el bicentenario de su nacimiento, y por el Año de la Vida Consagrada convocado por el Papa Francisco para el 2015. No queremos perder estas preciosas ocasiones para vivir aquella conversión pastoral, personal y comunitaria, que es la base de la nueva evangelización.

Nos reconocemos pobres y frágiles y por esto pedimos el auxilio a María, Auxiliadora del pueblo cristiano, Ella nos sostenga a nosotras, sus Hijas, en la misión de ser “Auxiliadoras” para las jóvenes generaciones.

Los ejercicios espirituales que la Asamblea Capitular ha vivido en Mornese, nos han reconducido a los lugares de los orígenes, impregnados del carisma salesiano vivido al femenino por Santa María Mazzarello y por las primeras hermanas. Las meditaciones sobre la fe ofrecidas por Mons. Thomas, nos han llevado a las fuentes evangélicas de nuestra fe. Es desde aquí que queremos partir de nuevo para identificar caminos de futuro, recorrido que será tanto más fecundo cuanto más profundamente esté radicado en la raíces evangélicas y en el carisma salesiano.

Nos sentimos confortadas por la gracia de los ejercicios espirituales. Nos será de consolación y animación también la palabra de quienes ahora nos dirigirán un mensaje, la oración y el afecto de los grupos de la Familia Salesiana y de muchas personas que nos han asegurado su recuerdo. Nos sentimos sostenidas sobre todo por la oración y el compromiso de todas las FMA del mundo. Algunas aseguran el don total de sí, hasta el ofrecimiento de la vida. Sostenidas por esta abundancia de gracia, iniciamos hoy el Capítulo General XXIII de nuestro Instituto.

Está compuesto por 194 miembros, de los cuales 4 invitadas. De esos 113 participan por primera vez. La más joven de edad tiene 34 años; la mayor en edad tiene 77 años y participa al Capítulo General por 7ma. vez. Juntas nos pondremos en la escucha de las diversas realidades, en actitud de discernimiento de aquello que el Espíritu está diciendo hoy a nuestro Instituto. No está presente hoy en medio de nosotras, por motivos de salud, Madre Antonia Colombo, Superiora General emérita. A ella va nuestro agradecimiento por su testimonio luminoso y por la riqueza espiritual, cultural y carismática que nos ha donado: la acogemos como preciosa herencia destinada a marcar los años venideros del Instituto.

Confiamos en vuestra oración, a fin de que esta actitud de discernimiento nos acompañe a lo largo de todo el desarrollo del Capítulo General. Un momento importante es aquel que realiza la tarea específica del Capítulo, o sea, la elección de la Superiora General y de su Consejo. Invocamos sobre nuestra Asamblea la ayuda de María, de los Santos y Beatos de la Familia Salesiana, de toda la Iglesia. Gracias a todos por el apoyo en el camino que estamos iniciando.

 


[1]El Sínodo sobre La nueva Evangelización para la transmisión de la fe cristiana (XIII Asamblea Ordinaria de los Obispos) se desarrolló en Roma del 7 al 28 de octubre 2012. 

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