Tema 9

 
 

Vocaciones para la misión

 

 

 

1.- Seguimos a Jesús

 
 

Dios Padre, sale de sí, para llamarnos a participar de su vida y de su gloria (DA 129). Ese llamamiento lo hace mediante su Hijo Jesús que nos invita a encontrarnos con Él y a que nos vinculemos estrechamente a Él, porque es la fuente de la vida (Jn 15, 5-15), sabiendo que sólo Él tiene palabras de vida eterna (Jn 6, 68). Los discípulos, pronto descubren que no fueron ellos los que escogieron a su maestro, sino Cristo quien los eligió, y que no fueron convocados para algo, sino para Alguien, para vincularse íntimamente a su persona (Mc 1, 17; 2, 14), para que estuvieran con Él y enviarlos a predicar (Mc 3, 14), para formar parte de los suyos y participar de su misión (DA 131).

 
 

No nos vincula como siervos (Jn 8, 33-36) sino como amigos y como hermanos. El amigo ingresa a su  Vida, haciéndola propia. El amigo escucha a Jesús, conoce al Padre (Jn 15, 14). El hermano de Jesús (Jn 20, 17) participa de la vida del Resucitado, compartiendo la misma vida que viene del Padre (DA 132).

 
 

La respuesta a su llamada exige entrar en la dinámica del Buen Samaritano (Lc 10, 29-37) con el imperativo de hacernos prójimos, de los que sufren, siguiendo la práctica de Jesús (Lc 5, 29-32; Mc 10, 13-16; 1, 40-45; Lc7, 36-49; Jn 8, 1-11; 4, 1-26) (DA 135).

 
 

La admiración por la persona de Jesús, su llamada y su mirada de amor buscan suscitar una respuesta consciente y libre desde lo más íntimo del corazón del discípulo, comprometiendo con su “sí” la libertad del discípulo a entregarse a Jesucristo. Es una respuesta de amor a quien lo amó primero hasta el extremo (Jn 13, 1) posibilitando que madure en nosotros la respuesta del discípulo: “Te seguiré a donde quiera que vayas” (Lc 9, 57). Es fruto de la seguridad que nos da Jesús al saber y aceptar que Él es el Camino, la Verdad y la Vida (Jn 14, 6) (DA 136).

 
 

Nuestra condición de discípulos brota de Jesucristo como de su fuente, por la fe y el bautismo, y crece en la Iglesia, comunidad donde todos sus miembros adquieren igual dignidad y participan de diversos ministerios y carismas (DA 184).

 
 

En su seguimiento asumimos la centralidad del mandamiento del amor, con la medida de Jesús, distintivo de cada cristiano y característica de su Iglesia (DA 138); aprendemos y practicamos las bienaventuranzas del Reino, el estilo de vida del mismo Jesús, su fidelidad a la misión encomendada, su amor servicial hasta dar la vida (DA 139).

 
 

Al  llamar a los suyos para que lo sigan les da un encargo muy preciso: anunciar el evangelio del Reino a todas las naciones (Mt 28, 19; Lc 24, 46-48); por esto, todo discípulo es misionero. Cumplir este encargo no es una tarea opcional, sino parte integrante de la identidad cristiana (DA 144).

 
 

Al participar de esta misión, el discípulo camina hacia la santidad (DA 148). En este camino a la santidad no estamos solos, nos acompañan muchos santos, testigos y mártires que nos precedieron como discípulos fieles al Evangelio de Jesús, en el camino al Reino definitivo del Padre (DA 140).

 

La Iglesia, en cuanto marcada y sellada con “Espíritu Santo y fuego” (Mt 3, 11), continúa la obra del Mesías, abriendo para el creyente las puertas de la salvación (1 Cor 6, 11) (DA 151).

 
 

María la estrella de la Evangelización y la discípula fiel de la Palabra, peregrina con los discípulos-misioneros en los pueblos latinoamericanos y de El Caribe.

 
 

El discípulo siente y responde al llamado de Jesús y descubre su vocación específica a través de los desafíos que el mundo presenta a la Iglesia de Cristo (DA 185).

 
 

2.- Reflexión desde la Palabra de Dios y desde Aparecida

 
 

a.- Los Obispos

 
 

Son los sucesores de los apóstoles de Jesús. Por la plenitud del ministerio sacerdotal que han recibido, presididos por el Papa y bajo su autoridad, sirven al Pueblo de Dios, Iglesia Universal, como Cristo, el Buen Pastor. Como fieles y bautizados, son discípulos y misioneros de Jesucristo y miembros del Pueblo de Dios, que siguen a Jesús en la comunión de la Iglesia. Su vida se orienta por el amor a Cristo y a la Iglesia, a través de la oración y el servicio a los hermanos (DA 186).

 
 

Su misión es promover la caridad y la santidad de los fieles mediante los sacramentos, anunciar la Buena Nueva, promover la fe católica, cultivar los vínculos con sus sacerdotes y diáconos, ser testigos gozosos de Jesucristo, Buen Pastor (Jn 10,1-18) y animar y acoger los diversos carismas y servicios en la Iglesia (DA 188).

 
 

Para crecer en esta misión los obispos cultivan la unión constante con el Señor por medio de la oración y la celebración de la eucaristía, promueven una espiritualidad de comunión, alimentan los vínculos de colegialidad, son constructores de la unidad en la diócesis, santificadores y padres de los fieles, especialmente de los más pobres y testigos de la esperanza (DA 189).

 
 

b.- Los Sacerdotes o Presbíteros

 
 

Son personas que viven su ministerio en fidelidad a Cristo, Sumo Sacerdote y se esfuerzan por ser un modelo de vida para los fieles. Cultivan la vida espiritual centrada en la escucha de la Palabra de Dios y en la celebración de la Eucaristía (DA 191).

 
 

Tres son los desafíos (DA 192) más destacados que enfrentan hoy los sacerdotes:

 
 

- La identidad del ministerio sacerdotal. El presbítero no es un mero delegado o representante de la comunidad, sino un don para ella por la unción del Espíritu y por su unión estrecha con la cabeza que es Cristo (DA 193).

 
 

- La inserción del sacerdote en la cultura actual, que requiere una sólida formación que le permita conocer y dialogar con los diferentes grupos culturales, sociales y generacionales para poder sembrar en ellos el Evangelio (DA 194).

 
 

- La madurez humana y afectiva de los sacerdotes fundamentada en una profunda experiencia espiritual, una entrega generosa a los fieles y una estrecha comunión con el obispo y los hermanos presbíteros. La vida celibataria es una expresión peculiar del sacerdote que lo configura con Cristo en la entrega de su vida por el Reino (DA 195).

 
 

El sacerdote por su configuración con Cristo es:

 
 

- Hombre de la misericordia y la compasión (DA 198).

 
 

- Cercano a su pueblo y servidor de todos, en especial de los que sufren grandes necesidades, promuevan la solidaridad y apoyen las culturas (DA 198).

 
 

- Que valora la pastoral orgánica y se inserta con gusto en su presbiterio y en comunión con su Obispo. Que tenga una profunda experiencia de Dios, de su Palabra y de oración (DA 199).

 
 

- Que sea un auténtico discípulo de Jesús con un ardoroso espíritu misionero que se interese por los alejados (DA 201).

 
 

- Que convoque y forma a laicos misioneros, animadores y catequistas para la amplia acción evangelizadora y para una liturgia más vivencial y participativa (DA 202).

 
 

- Que sea un animador e impulsor de diferentes organismos parroquiales que hagan más ágiles los servicios parroquiales: consejos pastorales y económicos, servicios administrativos y de mejoras, etc. (DA 203).

 
 

c.- La Vida Consagrada

 
 

“La vida consagrada es un don del Padre por medio del Espíritu a su iglesia, y constituye un elemento decisivo para su misión. Se expresa en la vida monástica, contemplativa y activa, los institutos seculares, a los que se añaden las sociedades de vida apostólica y otras nuevas formas. Es un camino de especial seguimiento de Cristo, para dedicarse a Él con un corazón indiviso, y poner, como Él, al servicio de Dios y de la humanidad, asumiendo la forma de vida que Cristo escogió para venir a este mundo: una vida virginal, pobre y obediente” (DA 216).

 
 

La misión de la vida consagrada es:

 
 

- Vivir en comunidad, compartiendo en fraternidad la vida y la misión de sus miembros en diferentes lugares, especialmente los más apartados y olvidados de la sociedad (DA 218).

 
 

- Servir, desde sus carismas específicos y desde diferentes obras, a los más pobres (DA 217).

 
 

- Anunciar explícitamente el Evangelio desde la misión y el testimonio de vida (DA 220).

 
 

- Colaborar en la construcción de una sociedad donde se respete la justicia y la dignidad de la persona humana.

 
 

- Trabajar por la comunión y la fraternidad dentro de la Iglesia y de la sociedad.

 
 

- Ser testigos del Dios de la vida en un mundo que relativiza su valor (obediencia). Ser testigos de libertad frente a la lógica del mercado que valora a la persona por el tener, el poder y el placer (pobreza). Ser testigos del amor radical y libre a Dios y a la humanidad frente a la superficialidad y comercialización de la sexualidad (castidad) (DA 219).

 
 

- Ser misioneros apasionados de Cristo y profetas dispuestos a entregar la vida para que otros tengan vida, siguiendo el ejemplo de Jesús y de tantos mártires consagrados que nos precedieron en el Continente.

 
 

- Ser contemplativos, en un mundo que va perdiendo el sentido de lo divino y sobrevalora lo material, buscamos con la oración y la contemplación infundir un nuevo soplo de vida en la Iglesia y en el mundo actual.

 
 

d.- Los Laicos y Laicas

 
 

Son cristianos bautizados, que forman el Pueblo de Dios. Ellos participan de las funciones de Cristo: sacerdote, profeta y rey. Su misión y vocación la realizan tanto en el mundo como en la Iglesia (DA 209).

 
 

La misión del laicado en el mundo es muy amplia y compleja, pues, abarca todos los ámbitos y aspectos de la vida y de la sociedad; con su compromiso y testimonio contribuyen a la construcción de un mundo más justo, fraterno y creyente (DA 210).

 
 

La misión del laicado en la Iglesia se desarrolla en los diferentes servicios pastorales de la parroquia: catequesis, liturgia, formación cristiana, movimientos y CEB’s, animación bíblica, y la promoción humana y social. Esas acciones deben estar respaldadas por un fuerte testimonio de amor a Dios y a los hermanos, y la participación frecuente en las celebraciones litúrgicas parroquiales y sacramentales; para ello, hay que brindarles una sólida formación integral que fundamente su acción evangelizadora (DA 211-212).

 
 

Es importante apoyar a los movimientos eclesiales de laicos para que participen activamente y articulados con los programas evangelizadores de la Diócesis y la Parroquia (DA 213).

 
 

3.- Aplicación pastoral

 
 

Como discípulos y misioneros, estamos llamados a intensificar nuestra respuesta de fe y a anunciar que Cristo ha redimido todos los pecados y males de la humanidad (DA 134).

 
 

“La vocación y el compromiso de ser hoy discípulos y misioneros de Jesucristo en América Latina y el Caribe, requiere una clara y decidida opción por la formación de los miembros de nuestras comunidades, en bien de todos los bautizados, cualquiera sea la función que desarrollen en la Iglesia” (DA 276).

 
 

“Que las Diócesis y Conferencias Episcopales desarrollen una Pastoral Presbiteral que privilegie la espiritualidad específica y la formación permanente e integral de los sacerdotes”… “La Exhortación Pastores Dabo Vobis enfatiza que: la formación permanente, precisamente porque es permanente debe acompañar a los sacerdotes siempre, esto es, en cualquier período y situación de su vida, así como en los diversos cargos de responsabilidad eclesial que se les confíen; todo ello, teniendo en cuenta, naturalmente, las posibilidades y características propias de la edad, condiciones de vida y tareas encomendadas” (DA 200).

 
 

Aparecida por su parte, nos ofrece una palabra clara sobre lo que ella llama: una formación atenta a dimensiones diversas: “La formación abarca diversas dimensiones que deberán ser integradas armónicamente a lo largo de todo el proceso formativo. Se trata de la dimensión humano-comunitaria, espiritual, intelectual y pastoral-misionera” (DA 280). Vemos cómo este texto enriquece la dimensión humana con la comunitaria, y la dimensión pastoral con la misionera, señalando caminos concretos de formación. Por ejemplo:

 
 

La dimensión humana y comunitaria. Tiende a acompañar procesos de formación que lleven a asumir la propia historia y a sanarla, en orden a volverse capaces de vivir como cristianos en un mundo plural, con equilibrio, fortaleza, serenidad y libertad interior. Se trata de desarrollar personalidades que maduren en el contacto con la realidad y abiertas al misterio (DA 280 a).

 
 

La dimensión espiritual. Es la dimensión formativa que funda el ser cristiano en la experiencia de Dios, manifestada en Jesús y que lo conduce por el Espíritu a través de los senderos de una maduración profunda. Por medio de los diversos carismas, se arraiga la persona en el camino de vida y de servicio propuesto por Cristo, con un estilo personal. Permite adherirse de corazón por la fe, como la Virgen María, a los caminos gozosos, luminosos, dolorosos y gloriosos de su Maestro y Señor (DA 280 b).

 
 

La dimensión intelectual. El encuentro con Cristo, Palabra hecha carne, potencia el dinamismo de la razón que busca el significado de la realidad y se abre al misterio. Se expresa en una reflexión seria, puesta constantemente al día a través del estudio que abre la inteligencia, con la luz de la fe, a la verdad. También capacita para el discernimiento, el juicio crítico y el diálogo sobre la realidad y la cultura. Asegura de una manera especial el conocimiento bíblico-teológico y de las ciencias humanas para adquirir la necesaria competencia en vista de los servicios eclesiales que se requieran y para la adecuada presencia en la vida secular (DA 280 c).

 
 

La dimensión pastoral y misionera. Un auténtico camino cristiano llena de alegría y esperanza el corazón y mueve al creyente a anunciar a Cristo de manera constante en su vida y en su ambiente. Proyecta hacia la misión de formar discípulos misioneros al servicio del mundo. Habilita para proponer proyectos y estilos de vida cristiana atrayente, con intervenciones orgánicas y de colaboración fraterna con todos los miembros de la comunidad. Contribuye a integrar evangelización y pedagogía, comunicando vida y ofreciendo itinerarios pastorales acordes con la madurez cristiana, la edad y otras condiciones propias de las personas o de los grupos. Incentiva la responsabilidad de los laicos en el mundo para construir el Reino de Dios. Despierta una inquietud constante por los alejados y por los que ignoran al Señor en sus vidas (DA 280 d).

 
 

 

 

Para trabajar en grupos:

 
 

- ¿Existe en su Iglesia Particular una verdadera Pastoral de Pastores?

 

- ¿Ha hecho Usted una seria y responsable opción por su formación integral?

 

- ¿Está su Iglesia Particular en estado de misión?

 
 

 

 

Lectio Divina

 
 

Lc 4, 14-21

 
 

Jesús se presenta como el Ungido por Dios para consolar y restaurar la difícil condición de vida del pueblo. Jesús es el Mesías prometido.

 
 

1.- Lectura: ¿Qué dice el texto?

 
 

- ¿Cuál es la misión de Jesús según el texto?

 

- ¿Qué significa el año de Gracia?

 
 

Jesús inicia su actividad con el poder del Espíritu Santo. Lee y proclama la profecía de Isaías y se la aplica a sí mismo. Jesús es el Mesías, su palabra es la Palabra de Dios y su presencia es la presencia actuante de Dios. Con Jesús ha llegado el Reino, ya que será Él, el que forme un pueblo de justicia, alegría y vida.

 
 

2.- Meditación: ¿Qué me dice el texto?

 

- ¿Qué nos pide el texto de Lucas a los misioneros de hoy?

 

- ¿Cómo renovar nuestro compromiso con la misión de la Iglesia?

 

- ¿Cómo vivir la fe cristiana y la solidaridad con los más pobres?

 
 

3.- Oración: ¿Qué le digo a Dios?

 
 

De pie y en torno al cirio pascual damos gracias a Dios presente en la Iglesia y actuante en la acción misionera de todos nosotros. Hacemos oraciones espontáneas.

 
 

4.- Contemplación: ¿Cuáles son mis compromisos?

 
 

- Propongamos pistas de acción para fortalecer nuestro actuar misionero en nuestra iglesia local.