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Abrirse a la posibilidad de perdonar

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Mons. Adalberto Jiménez, obispo de Aguarico

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Tema 8

 
 

La Buena Noticia de la familia

 

 

 

1.- La crisis de la familia

 
 

En la era de la globalización, las crisis sociales se reflejan en la familia. En la actualidad, dice el Papa Benedicto, sufre situaciones adversas provocadas por el secularismo y el relativismo ético, por los diversos flujos migratorios internos y externos, por la pobreza por la inestabilidad social y por legislaciones civiles contrarias al matrimonio. Persiste, por desgracia, una mentalidad machista (DI 5).

 
 

En nuestros países, una parte importante de la población está afectada por difíciles condiciones de vida que amenazan directamente la institución familiar (DA 432), como la violencia, que reviste diversas formas: violencia juvenil, intrafamiliar, etc., que desemboca en asesinatos que destruyen más vidas humanas y llenan de dolor a las familias y a la sociedad entera (DA 78).

 
 

Los cambios culturales han modificado los roles tradicionales de varones y mujeres, quienes buscan desarrollar nuevas actitudes y estilos de sus respectivas identidades, potenciando todas sus dimensiones humanas en la convivencia cotidiana, en la familia y en la sociedad, a veces por vías equivocadas (DA 49); y, dificultan la transmisión de la fe por parte de la familia y de la sociedad (DA 100 d).

 
 

El fenómeno de la migración se ha vuelto una causa importante de desintegración familiar y del aparecimiento de nuevas formas de convivencia humana, que intentan suplir a la familia, sin proporcionar los elementos necesarios para la construcción armónica de la persona.

 
 

Entre los presupuestos que debilitan y menoscaban la vida familiar, encontramos la ideología de género, según la cual cada uno puede escoger su orientación sexual, sin tener en cuenta las diferencias dadas por la naturaleza humana. Esto ha provocado modificaciones legales que hieren gravemente la dignidad del matrimonio, el respeto al derecho a la vida y la identidad de la familia (DA 40).

 
 

La cultura dominante banaliza la sexualidad, la trata en función del disfrute ilimitado y, así, la transmite como un valor. Las relaciones humanas se consideran objetos de consumo, llevando a relaciones afectivas sin compromiso responsable y definitivo (DA 46).

 
 

A través de los medios de comunicación, esta cultura y estos valores se plasman en estereotipos a seguirse, especialmente por los jóvenes, generando una sociedad pansexual, de relaciones afectivas inmaduras, provisionales, condicionadas, sin compromiso. Consecuencia de ello, la tendencia “divorcista”, que comprende la familia en función del bienestar egoísta.

 
 

Todo esto nos debería llevar a contemplar los rostros de quienes sufren. Entre ellos… muchas mujeres que son excluidas en razón de su sexo, raza o situación socioeconómica; jóvenes que reciben una educación de baja calidad; niños y niñas sometidos a la prostitución infantil; también los niños víctimas del aborto. Millones de personas y familias viven en la miseria e incluso pasan hambre. También los ancianos, que además de sentirse excluidos del sistema productivo, se ven muchas veces rechazados por su familia como personas incómodas e inútiles (DA 65).

 
 

En cuanto a la labor de la Iglesia, la Pastoral Familiar es deficiente por la poca formación y sensibilidad de algunos pastores, por la falta de agentes de pastoral adecuados, por la falta de una planificación pastoral incorporada a los planes diocesanos, por la falta de análisis de la realidad familiar y de una visión limitada de pastoral familiar sin su necesaria articulación con la pastoral general y específica de las Iglesias locales.

 
 

Las concepciones, estilos y métodos de evangelización no logran renovarse con la rapidez con que se dan las urgencias pastorales. Prima una pastoral sacramentalizadora, que mira la crisis de la familia en perspectiva canónica o sacramental, dejando de lado otras dimensiones o las raíces mismas de la crisis.

 
 

Hay que destacar, sin embargo, los servicios de movimientos y otras instituciones que trabajan a favor de las parejas y matrimonios, de la familia. Igualmente hay que agradecer a Dios por la existencia de familias cristianas cuyo testimonio de fe y vida cristiana se manifiestan en su compromiso evangelizador.

 
 

2. Reflexión desde la Palabra de Dios y desde Aparecida

 
 

Siendo la pareja la expresión primera de la comunión de personas humanas, el desarrollo y plenificación, según el Plan de Dios, de las personas y sociedades, no pueden darse en soledad o a partir de la mera individualidad (Gn 2, 18).

 
 

Pertenece a la naturaleza humana el que el varón y la mujer busquen el uno en el otro su reciprocidad y complementariedad (DA 116). Se trata de armonizar, complementar y trabajar sumando esfuerzos. La mujer es corresponsable, junto con el hombre, por el presente y el futuro de nuestra sociedad humana (DA 452).  

 
 

La familia es imagen de Dios que, en su misterio más íntimo no es una soledad, sino una familia. En la comunión de amor de las tres Personas divinas, nuestras familias tienen su origen, su modelo perfecto, su motivación más bella y su último destino (DA 434).

 
 

Agradecemos a Cristo que nos revela que “Dios es amor y vive en sí mismo un misterio personal de amor” y, optando por vivir en familia en medio de nosotros, la eleva a la dignidad de “Iglesia doméstica” (DA 115).

 
 

La familia cristiana está fundada en el sacramento del matrimonio entre un varón y una mujer, signo del amor de Dios por la humanidad y de la entrega de Cristo por su esposa, la Iglesia. Desde esta alianza de amor, se despliegan la paternidad y la maternidad, la filiación y la fraternidad y, el compromiso de los dos por una sociedad mejor (DA 433). Ella ha sido y es espacio y escuela de comunión, fuente de valores humanos y cívicos, hogar en el que la vida humana, nace y se acoge generosa y responsablemente (DA 302).

 
 

En el seno  de una familia, la persona descubre los motivos y el camino para pertenecer a la familia de Dios. De ella recibimos la vida, la primera experiencia del amor y de la fe. El gran tesoro de la educación de los hijos en la fe consiste en la experiencia de una vida familiar que recibe la fe, la conserva, la celebra, la transmite y testimonia (DA 118).

 
 

La familia es insustituible para la serenidad personal y para la educación de sus hijos (DA 114).

 

La familia “patrimonio de la humanidad”, constituye uno  de los tesoros más importantes de los pueblos latinoamericanos y caribeños (DA 432).

 
 

Dios ama nuestras familias, a pesar de tantas heridas y divisiones. La presencia invocada de Cristo a través de la oración en familia nos ayuda a superar los problemas, a sanar las heridas y abre caminos de esperanza (DA 119).

 
 

En la familia las personas aprendemos las primeras y más decisivas lecciones de la sabiduría práctica a las que van unidas las virtudes; es la primera sociedad natural, titular de derechos propios y originarios, centro de la vida social. Así la familia es vista, desde la fe, como el lugar primario de la humanización de la persona y de la sociedad, cuna de la vida y del amor.

 
 

a.- La importancia de la familia para la persona

 
 

En la familia, los seres humanos nacemos y crecemos. Es en ella donde se hace posible la vocación de la persona a la comunión y a la entrega a los demás, en donde la persona puede desarrollar sus potencialidades, hacerse consciente de su dignidad y prepararse a afrontar su destino único e irrepetible.

 
 

En el clima de afecto natural que une a los miembros de una comunidad familiar, las personas son reconocidas, asumen sus responsabilidades, aprenden a amar y ser amadas y, por consiguiente, a ser persona

 
 

b.- La importancia de la familia para la sociedad

 
 

La familia, comunidad natural en donde se experimenta la sociabilidad humana, contribuye en modo único e insustituible al bien de la sociedad. La comunidad familiar nace de la comunión de las personas: La comunión se refiere a la relación personal entre el yo y el tú. La comunidad, en cambio, apunta hacia una sociedad, un nosotros.

 
 

Una sociedad a medida de la familia es la mejor garantía contra toda tendencia de tipo individualista o colectivista, porque en ella la persona es siempre el centro de la atención en cuanto fin y no como medio.

 
 

El bien de las personas y el buen funcionamiento de la sociedad están estrechamente relacionados con la prosperidad de la familia. Sin familias fuertes en la comunión y estables en el compromiso, los pueblos se debilitan.

 
 

En la familia se inculcan desde los primeros años de vida los valores éticos y morales, se transmite el patrimonio espiritual de la comunidad religiosa y el patrimonio cultural del país. En ella se aprenden las responsabilidades sociales y la solidaridad.

 
 

La familia, encuentra su legitimación en la naturaleza humana y no en el reconocimiento del Estado. La familia no está, por lo tanto, en función de la sociedad y del Estado, sino que la sociedad y el Estado están en función de la familia.

 
 

c) El amor y la formación de la comunidad de personas

 
 

Gracias al amor, que debe definir al matrimonio y a la familia, cada persona es reconocida, aceptada y respetada en su dignidad, nacen relaciones vividas como entrega gratuita, que respetando y favoreciendo en todos y cada uno la dignidad personal, se hace acogida cordial, encuentro y diálogo, disponibilidad desinteresada, servicio generoso y solidaridad profunda.

 
 

El amor conyugal se manifiesta en la donación total de dos personas en su complementariedad y no puede limitarse a emociones o sentimientos, y mucho menos a la mera expresión sexual. La verdad del amor y de la sexualidad se encuentra allí donde se realiza la entrega plena y total de las personas con las características de la unidad y de la fidelidad.

 
 

La naturaleza del amor conyugal exige la estabilidad de la relación matrimonial y su indisolubilidad. La falta de estos requisitos perjudica la relación de amor exclusiva y total, propia del vínculo matrimonial, trayendo consigo graves sufrimientos para los hijos e incluso efectos negativos para el tejido social.

 
 

La solidez del núcleo familiar es un recurso determinante para la calidad de la convivencia social. Por ello la comunidad civil no puede permanecer indiferente ante las tendencias disgregadoras que minan en la base sus propios fundamentos.

d) La familia, santuario de la vida

 
 

El amor conyugal está por su naturaleza abierto a la acogida de la vida. La procreación expresa la subjetividad social de la familia e inicia un dinamismo de amor y de solidaridad entre las generaciones que constituye la base de la sociedad.

 
 

La familia fundada en el matrimonio es verdaderamente el santuario de la vida, donde la vida, don de Dios, puede ser acogida y protegida de manera adecuada contra los múltiples ataques a los que está expuesta, y puede desarrollarse según las exigencias de un auténtico crecimiento humano. La Iglesia tiene que asumir con renovado empeño la misión de ser defensora y promotora de la “cultura de la vida"… la Iglesia debe manifestarse proféticamente contra la cultura de la muerte. Que el Continente de la Esperanza sea también el Continente de la Vida.

 
 

Este es nuestro grito: vida con dignidad para todos; “para los que han sido concebidos en el seno de una madre, para los niños de la calle, para los pueblos indígenas y afroamericanos, para inmigrantes y refugiados, para los jóvenes carentes de oportunidades, para los ancianos y para todos aquellos que sufren cualquier forma de pobreza o marginación" (EA 8).

 
 

e.- La familia, un desafío

 
 

Es urgente anunciar la Familia como una Buena Noticia para los hombres y mujeres de hoy y de futuras generaciones, como camino seguro de plenitud humana. Quizás el obstáculo más grande para este anuncio, hoy en día, es la globalización cultural, contraria a la vida y la familia, propagada a través de los medios de comunicación social.

 
 

Acompañar y potenciar a la Familia como Iglesia doméstica, primer ámbito apto para sembrar la semilla del Evangelio, donde padres e hijos, cual células vivas, van asimilando el ideal cristiano del servicio de Dios y los hermanos; y, desde esta perspectiva, reasumir el rol de ser padres cristianos y la magnífica vocación de ser hijos.

 
 

Familia y Vida van juntas. El fundamento de la vida humana es la relación nupcial entre el marido y la esposa, la cual entre los cristianos es un Sacramento (EA 46,1). Por eso, atentar contra la familia es atentar contra la vida y atentar contra la vida es ir contra la familia. Esperamos que los legisladores, gobernantes y profesionales de la salud, conscientes de la dignidad de la vida humana y del arraigo de la familia en nuestros pueblos, la defiendan y protejan de los crímenes abominables del aborto y de la eutanasia (DA 436).

 
 

Ante el número creciente de familias incompletas, en situación irregular o difícil, "es necesario un empeño pastoral todavía más generoso, inteligente y prudente, a ejemplo del Buen Pastor, hacia aquellas familias que tienen que afrontar situaciones objetivamente difíciles" (FC 77). Esto nos exige dar pasos concretos y efectivos para acogerlas en la Iglesia con signos explícitos y apoyos efectivos que les ayuden a vivir el espíritu del Evangelio desde su compleja realidad.

 
 

Elaborar programas de formación y capacitación de matrimonios en las diócesis para trabajar con las familias y para ellas, en todas las etapas de su vida: prematrimonial y matrimonial; familias establecidas y en dificultad o situación irregular. Debemos intentar una mayor presencia en los establecimientos educacionales y en los medios de comunicación para ofrecer formación a las familias en temas sobre el matrimonio como proyecto de vida, la educación sexual como tarea de los padres, la familia como Iglesia doméstica y santuario de la vida, la familia evangelizada y evangelizadora, etc.

 
 

La Familia y la paz caminan juntas. La familia es el lugar donde se dan todas las solidaridades básicas vinculadas a la supervivencia. Cuando hablamos de estrategias para lograr la paz nadie puede dudar que el único pacto verdadero se da cuando la paz crece en la familia y la familia es procreadora de la paz. La única negociación de paz con perspectivas de éxito durable es aquella que se hace en la familia.

 
 

3.- Aplicación pastoral

 

Con la alegría de la fe, somos misioneros para proclamar el Evangelio de Jesucristo y, en Él, la buena nueva de la dignidad humana, de la vida, de la familia, del trabajo, de la ciencia y de la solidaridad con la creación (DA 103).

 
 

Dado que la familia es el valor más querido por nuestros pueblos, creemos que debe asumirse la preocupación por ella como uno de los ejes transversales de toda la acción evangelizadora de la Iglesia (DA 435).

 
 

Alienta nuestra esperanza la multitud de nuestros niños, los ideales de nuestros jóvenes y el heroísmo de muchas de nuestras familias que, a pesar de las crecientes dificultades, siguen siendo fieles al amor (DA 127).

 
 

En nuestra condición de discípulos y misioneros de Jesucristo, estamos llamados a trabajar para que esta situación sea transformada, y la familia asuma su ser y su misión en el ámbito de la sociedad y de la Iglesia (DA 432).

 
 

En toda Diócesis se requiere una pastoral familiar “intensa y vigorosa” para proclamar el evangelio de la familia, promover la cultura de la vida y, trabajar para que los derechos de las familias sean reconocidos y respetados (DA 435), impulsando diferentes acciones con la finalidad de tutelar la familia (DA 437).

 
 

Dentro del territorio parroquial, la familia cristiana es la primera y más básica comunidad eclesial. En ella se viven y se transmiten los valores fundamentales de la vida cristiana. Se la llama “Iglesia Doméstica”. Allí los padres son los primeros transmisores de la fe a sus hijos, enseñándoles, a través del ejemplo y de la palabra, a ser verdaderos discípulos y misioneros. Al mismo tiempo, cuando esta experiencia de discipulado misionero es auténtica, una familia se hace evangelizadora de muchas otras familias y del ambiente en que ella vive (DA 204).

 
 

Sin olvidar la importancia de la familia en la iniciación cristiana (DA 286), está llamada a introducir a los hijos en el camino de la iniciación cristiana. La familia, pequeña Iglesia, debe ser, junto con la Parroquia, el primer lugar para la iniciación cristiana de los niños (DA 302).

 
 

Para que la familia sea “escuela de la fe” y pueda ayudar a los padres a ser los primeros catequistas de sus hijos, la pastoral familiar debe ofrecer espacios formativos, que le permitan cumplir su misión educativa (DA 302).

 
 

La pastoral vocacional, que es responsabilidad de todo el pueblo de Dios, comienza en la familia y continúa en la comunidad cristiana (DA 314).

 
 

Se entiende, así, la gran importancia del precepto dominical, del “vivir según el domingo”, como una necesidad interior del creyente, de la familia cristiana, de la comunidad parroquial (DA 252).

 
 

Urge tomar conciencia de la situación precaria que afecta la dignidad de muchas mujeres. Algunas, desde niñas y adolescentes, son sometidas a múltiples formas de violencia dentro y fuera de casa: tráfico, violación, servidumbre y acoso sexual; desigualdades en la esfera del trabajo, de la política y de la economía; explotación publicitaria por parte de muchos medios de comunicación social, que las tratan como objeto de lucro (DA 48).

 
 

La niñez, hoy en día, debe ser destinataria de una acción prioritaria de la Iglesia, de la familia y de las instituciones del Estado, tanto por las posibilidades que ofrece, como por la vulnerabilidad a la que se encuentra expuesta (DA 438-441).

 
 

Merecen especial atención los adolescentes (DA 442) que, junto a los jóvenes constituyen la gran mayoría de la población de América Latina y de El Caribe (DA 443), que atraviesan por situaciones que les afectan significativamente, lo cual debe ser motivo de nuestra preocupación (DA 444-446).

 
 

La Palabra de Dios nos interpela de muchas maneras a respetar y valorar a nuestros mayores y ancianos. Incluso nos invita a aprender de ellos con gratitud y a acompañarlos en su soledad y fragilidad porque forman parte de cada familia, pueblo y nación (DA 448).

 
 

Es necesario superar una mentalidad machista que ignora la novedad del cristianismo,  donde se reconoce y proclama la “igual dignidad y responsabilidad” de la mujer respecto del hombre (DA 453), en razón de ser creados a imagen y semejanza de Dios (DA 451).

 
 

Urge que todas las mujeres puedan participar plenamente en la vida eclesial, familiar, cultural, social y económica, creando espacios y estructuras que favorezcan una mayor inclusión (DA 454-456), mediante acciones que le permitan a la Iglesia cumplir con su compromiso ético y evangélico (DA 457-458).

 
 

Respecto del varón, desde su especificidad, llamado por el Dios de la vida a ocupar un lugar original y necesario en la construcción de la sociedad, en la generación de la cultura y en la realización de la historia, formando una familia, se hace necesario impulsar en todas nuestras Iglesias Particulares una especial atención pastoral para el padre de familia (DA 459-462), mediante acciones que favorezcan su activa participación en la Iglesia (DA 463).

 
 

Es tarea de la comunidad cristiana y de todos aquellos que se preocupan sinceramente por el bien de la sociedad, reafirmar que la familia constituye, más que una unidad jurídica, social y económica, una comunidad de amor y de solidaridad, insustituible para la enseñanza y transmisión de los valores culturales, éticos, sociales, espirituales y religiosos, esenciales para el desarrollo y bienestar de los propios miembros y de la sociedad.

 
 

 

 

Para trabajar en grupos:

 

- ¿Cuáles son las principales crisis y desafíos que enfrentan las familias ecuatorianas?

 

- ¿Cómo estamos viviendo el sentido de familia en nuestras instituciones eclesiales y religiosas?

 

- ¿Qué iniciativas de pastoral familiar debemos priorizar en nuestras jurisdicciones?

 

 

 

Lectio Divina

 
 

Mc 5, 21-22. 35-43

 
 

Los principales beneficiarios de los milagros de Jesús son aquellos que la sociedad y la religión oficial judía considera pecadores, por su condición social, racial o de género. En este pasaje no es solamente la niña la que recibe vida de parte de Jesús, sino toda su familia,

 
 

1.- Lectura: ¿Qué dice el texto?

 
 

- ¿Que nos quiere decir el texto al presentarnos a un padre implorando por la salud de su hija?

 

- ¿Por qué Jesús permitió que lo acompañaran al lugar donde estaba la niña solamente al padre, a la madre y a sus discípulos?

 

- ¿Quiénes son finalmente los beneficiados de este milagro?

 

- ¿Cuál pudo ser la enseñanza que Jesús quiso dar a sus discípulos al permitir que sean testigos de este suceso?

 
 

Este pasaje, está intercalado en la narración de la curación de la hemorroisa. Las dos beneficiadas de la acción milagrosa de Jesús son mujeres, la una sufre una enfermedad que es signo de impureza y pecado, por lo cual era marginada social y religiosamente. La otra,  de doce años de edad, empieza a ser marginada por ser mujer. Jesús les devuelve la dignidad, que se les ha quitado, las valoriza e integra en la sociedad y en la familia.

 
 

2.- Meditación: ¿Qué me dice el texto?

 
 

- ¿De qué manera estoy presentando, anunciando a Jesús como aquel que es capaz de dar vida a la familia?

 

- ¿Con mi trabajo pastoral, trato de ser constructor de relaciones fraternas-familiares?

 

- ¿Nuestras comunidades cristianas, son lugares familiares, donde todas y todos son respetados y acogidos?

 
 

3.- Oración: ¿Qué le digo a Dios?

 
 

4.- Contemplación: ¿Cuáles son mis compromisos?

 

 

 

*          ¿Cómo puedo ser testigo de que la familia, fundada en Cristo es Buena Noticia para el mundo hoy?

 

*          ¿Cómo promover la unidad y el sentido comunitario en nuestras familias?

 

 

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