Calunda,

el último sueño misionero

de Mons. Gonzalo López Marañón

 

OMPRESS-ANGOLA (19-05-16)

El 7 de mayo, fallecía en Luena, Angola, el obispo carmelita y misionero, Mons. Gonzalo López Marañón. Había sido Vicario Apostólico de Sucumbíos, en la Amazonía ecuatoriana. Su compañero de orden y de misión, fray Gilberto Hickman, cuenta en una carta de despedida de “frei Gonçalinho” (el nombre como religioso carmelita del obispo era Fray Gonzalo de la Inmaculada), cómo vivió su llamada a la misión en los últimas semanas de vida.

Comienza su carta diciendo que “Al recibir la noticia del fallecimiento de fr. Gonçalinho… vino a mi cabeza este pensamiento: a pesar de sus casi 83 años y su salud frágil, partió antes de tiempo”. Los carmelitas abrieron una misión en Calunda, una de las zonas más pobres de la diócesis angoleña de Lwena. Sin embargo, por diversas razones, cuenta fray Gilberto que la misión no pudo prosperar y el Padre General de los Carmelitas le pidió a la comunidad que regresara. “Monseñor Gonzalo como obispo emérito tenía el derecho de escoger por donde continuar su camino. Nos dijo que él pensaba continuar allí, hasta el final de su vida. Si fuera posible”. Habló con el obispo de Lwena, el misionero argentino Mons. Jesús Tirso, que aceptó su deseo.

Mons. Gonzalo asumiría la pastoral en Calunda, aunque no pudiera llegar a las comunidades más remotas. Sin embargo, antes de partir para la que sería su última misión, cayó enfermo de malaria. Fray Gilberto le fue a ver: “Yo le manifestaba según mi criterio que no debía ir a Calunda solo. Que en todo caso podía quedarse en Cazombo (la antigua misión de Cazombo, iniciada por los benedictinos) donde hay una comunidad de hermanas, hay médico y un hospital relativamente bueno. Pero nos rogó que no le impidiéramos hacer lo que él consideraba su vocación, que tenía que vivir con ese pueblo hasta el final. Quería morir con ese pueblo que nos había acogido con tanto cariño y tanto cuidado. No había más que hablar, sino respetar su decisión y su libertad. Así que nos despedimos de él. Al salir a la calle le comenté a fr. Mariano, pienso que es la última despedida de fr. Gonçalinho. Se encontraba muy débil, y bastante pálido. Había adelgazado. Nos decía que tenía poco apetito. Pero -y esto nos llamó la atención- se encontraba lleno de proyectos, sueños, perspectivas. Pensaba comenzar celebrando la misa todos los días, de mañanita, con el pueblo. Consiguió la Liturgia de las Horas para el Pueblo, para rezar con los poquísimos que sabían leer. Pensaba organizar poco a poco una pastoral con matrimonios, tener algunos seminaristas en la casa; quería conseguir una pequeña comunidad de religiosas, trabajar una pequeña huerta con el matrimonio que viviría con él. Pidió que de ser posible dejásemos dos cuartos preparados, con instalaciones sanitarias. En los últimos días y a la carrera preparamos una casita al lado para garaje y lavandería.

Y así nos despedimos de ese pueblo simpatiquísimo y entrañablemente acogedor; pero al mismo tiempo – y salta a la vista – un pueblo olvidado, totalmente abandonado (en salud, escuela, carreteras, transporte…), distante de todo. En el último rincón de Angola. Monseñor Tirso nos había agradecido a los que, dos años antes, habíamos visitado y escogido ese lugar para una nueva misión, porque es realmente periferia existencial y geográfica. Tal vez se pueda decir que en ese rincón de Angola están los más necesitados, los últimos (o casi últimos) donde ciertamente pocos (muy pocos) aceptarían ir a vivir y construir sólidamente con ellos la vida. Monseñor sintió que ese era su lugar y su última misión. Misión y misionero hasta el final”.

“Pero mientras él estaba planificando cómo hacer el camino de regreso a Calunda (por supuesto no en avión, aunque se tratase de un recorrido de 870 kms, con trechos de buen pavimento, pero también con trechos humanamente casi intransitables, de barro batido) y con el maltrato que suponía para un cuerpo tan debilitado; Alguien interrumpió esos planes, lo desvió de esa ruta y lo llevó por otro camino, diciendo ahora soy yo el que escoge el camino, déjate conducir. Se trata de un camino/premio, camino/recompensa, por haber sido discípulo/misionero generoso, por haber sido siervo bueno y fiel. Es el camino que lleva al Reino, al Gran Reino, hacia el cual condujiste a tantos hermanos y hermanas. Desde allí mira e intercede por el pueblo de Calunda”.