A LA VIDA CONSAGRADA LATINOAMERICANA Y CARIBEÑA

CON OCASIÓN DE LA FIESTA DE LA VISITACIÓN

 

¡Muchas felicidades en esta Fiesta de la Visitación! Hoy, más que nunca, esta fiesta la sentimos tan nuestra, porque está animando y acompañando nuestro caminar como Vida Consagrada latinoamericana y caribeña.

Después de celebrar el Año de la Vida Consagrada que tanto bien nos ha hecho, el Horizonte Inspirador fundamentado en el Icono Bíblico de la Visitación, viene a ser una profundización de las llamadas que el Señor ha hecho a la VC a través del Papa Francisco; llamadas que escuchamos en el Congreso de la CLAR, celebrado en junio del 2015, y que se perfilaron y enriquecieron en la Asamblea en Bogotá.

Hace tres años nos encantábamos con gratitud con el Icono de Betania, que tanto eco hizo entre nosotras y nosotros, que tanto impulso nos dio para caminar en una VC casa de encuentro, comunidad de amor y corazón de humanidad. ¡Qué amistad hicimos con Lázaro, Martha y María! Nos sentimos descansando con ellos, como lo hacía Jesús cada vez que iba a Betania, y haciendo también con ellos procesos de fe, de esperanza, de resurrección; procesos de salir de nuestros encierros, de nuestras desesperanzas, de nuestras vidas a veces descentradas, para volver a la centralidad de Jesús, al servicio por amor, al derroche de ternura, a la libertad del Espíritu que nos quita piedras y desata vendas para salir con nueva vida y al encuentro de la vida.

Esta salida es la que sin duda ha inspirado en nuestros corazones el deseo de volver la mirada hacia María, y justo en este hermoso misterio de la Visitación. ¿Por qué María? Lo he pensado mucho y creo que no podría ser de otra manera. Ella ha estado como trasfondo todo este año en que hemos hecho memoria agradecida del don de nuestra vocación religiosa. Si la finalidad de este año ha sido transparentar la belleza de nuestra vocación, quién mejor que Ella hablando de transparencia y de belleza.

Como hace tres años, vuelvo a sorprenderme de lo bueno que es Dios: cómo siempre nos regala la luz que necesitamos para dar el siguiente paso. Tenemos nuevamente horizonte, nuestra búsqueda tiene rumbo, nuestras preguntas sobre el cómo hay qué hacerle son iluminadas una vez más, con esa finura y fidelidad exquisita de Dios. Casi casi que vamos entendiendo que la respuesta la tenemos en María de la Visitación.

En el congreso de Bogotá salimos con un compromiso: Hacer que suceda, hacer que pase, hacer que acontezca… lo que el Espíritu y la vida consagrada quieren que pase, que suceda. Nos preguntamos: ¿cómo hacer para que suceda este rostro renovado de la VC? Y encontramos la respuesta en este bellísimo y elocuente icono: Saliendo aprisa al encuentro de la vida, como Ella. María, en la Anunciación, le preguntó al ángel: “¿Cómo sucederá esto?” No sé si la respuesta que el  ángel le dio realmente la consolaría, pero con seguridad, sí comprendió que estaba frente a un misterio ante el cual se dobló, como se inclina el corazón cuando adora, con un “¡hágase!” amoroso y fecundo. Pero inmediatamente, se levanta con prontitud y parece como si en el camino ya estuviera encontrando el sentido de la respuesta que el ángel le dio sobre el “cómo”; la encuentra en el salir de ella misma para servir amorosamente, para llevar la vida, para hacer encuentros que sean visitación. Nos está mostrando una metodología evangélica-mariana, que implica salir sin tener todas las claridades y certezas en la mano, y además con alegría. Cuántas salidas así han sido tan fecundas en nuestras congregaciones; y también, cuántas veces por esperar claridades y certezas, nunca salimos de lo mismo, de lo nuestro, de lo seguro que empobrece y desencanta. Podríamos decir que en la medida que nos ponemos en actitud de salida, con prontitud mariana, se actualiza el misterio de la Encarnación y la VC se va siendo cada vez más esa memoria viviente del modo de existir y de actuar de Jesús como Verbo encarnado ante el Padre y ante los hermanos[1].

El fruto de esta salida es el encuentro con Isabel, prima de María. Isabel, una mujer llena de confianza y esperanza, creyente, como María, en que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor. Isabel no sólo simboliza lo antiguo, sino que en su persona se encuentran como condensadas todas las esperanzas de Israel, toda su sabiduría, toda la memoria de un Pueblo que hasta ese momento, supo caminar, entre luces y sombras, volviendo continuamente los ojos hacia la Promesa Mesiánica. Qué fuerza encontraría María al abrazarla, qué inmenso gozo saberse contenida por una mujer que ya ha hecho un camino de esperanza y de fe y que sabe también de ángeles y misterio. Nadie mejor que Isabel podía abrazar a María. Nadie mejor que María podía abrazar a Isabel. Se prestan un servicio mutuo: el de fortalecerse en su ser de mujeres creyentes, y el de poder alegrarse juntas por sentir vibrar dentro de cada una la vida que milagrosamente se estaba gestando en sus entrañas, en las entrañas de la misma humanidad y de la creación entera.

Y este encuentro visitación termina con un canto, el del Magnificat. Es el canto profético que brota de una experiencia mística: no hay mística sin profecía, ni profecía sin mística. He dicho que este encuentro termina con un canto, pero realmente es la Nueva Alianza la que inicia con este canto que expresa la experiencia de Dios en María: “engrandece mi alma al Señor”.

El Papa Francisco nos dice que la VC sigue al Señor de manera especial, de modo profético.[2] El Magnificat nos da pautas para el estilo de profecía que hoy nos toca vivir. A veces añoramos la profecía de la VC de otros tiempos, que fue muy significativa en su momento. Es cierto que tal vez nos falte recuperar la raíz profética de nuestra vocación, más que nunca necesaria. Vivimos tiempos recios, urgidos de una visitación profética, de actitudes contraculturales, de palabras llenas de audacia, de gestos que despierten al mundo. Los contextos cambian y no son menos desafiantes. Hagamos lo equivalente a lo que hicieron en su tiempo tantas y tantos religiosos audaces, que incluso con su vida, dieron este testimonio profético-martirial. ¿No será hoy, el servicio, una de las más grandes profecías? ¿No será la alegría una profecía necesaria? ¿No será el hacer cantar la esperanza, con María, a los más pobres y pequeños, la belleza profética que salvará al mundo? ¿No será que desde la irrelevancia y la pequeñez nuestra voz profética como VC latinoamericana y caribeña tenga más fuerza cuando se pone del lado de los pobres, cuando grita por la dignidad humana, cuando acompaña a los que sufren hambre e injusticias, cuando desde los areópagos de la cultura va sembrando un pensamiento alternativo, cuando desde lo cotidiano genera procesos de paz y reconciliación? Una profecía-visitación que acompaña, que escucha, que se hace voz, que va a las causas, que da esperanza, es tal vez la profecía que nos enseña hoy María, cantando al lado de su prima Isabel. Con estas dos grandes mujeres, salgamos aprisa al encuentro de la vida, especialmente allí donde está clamando.

 

Hna. Mercedes Leticia Casas Sánchez, FSpS

Presidente