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Amar la naturaleza

+ Luis Cabrera Herrera, ofm

Arzobispo de Cuenca

altUno de los grandes temas actuales y que está siendo muy debatido en los distintos espacios sociales, culturales, económicos y religiosos es el de la naturaleza. Un tema que inquieta a sociólogos, antropólogos, políticos, economistas, ecologistas, filósofos y teólogos. En cada uno de estos campos, los interrogantes más comunes se centran en el significado de la naturaleza y en el compromiso que se desprende del mismo.

1. Significado de la naturaleza

Desde el punto de vista cristiano, el mundo físico, conocido también como universo, cosmos, naturaleza o Pachamama, se nos presenta, principalmente, como fuente de subsistencia, casa de encuentro y símbolo de lo trascendente.

a) Fuente de subsistencia

En nuestra relación con la naturaleza, descubrimos que necesitamos de ella para poder vivir. Es por esta razón que la comparamos con una madre que nos nutre y sostiene. De ella tomamos los elementos necesarios, como el alimento, el agua, el aire y el fuego, para desarrollarnos no sólo físicamente, sino también psicológica y espiritualmente.

Un tiempo se afirmaba que “la naturaleza puede vivir sin el ser humano, pero que éste jamás sin la naturaleza”. Pero hoy, que se ha tomado mayor conciencia de la implicación de la naturaleza con la vida humana, vemos que estas dos realidades se necesitan para subsistir.

De esta conciencia surge el compromiso imperioso de cuidar y proteger la naturaleza de toda forma de contaminación doméstica o industrial, como también de no explotarla de una manera inmisericorde por razones de lucro o dominación política.

b) Casa de todos

El universo es el “Oikos” o la casa grande en donde habitamos los seres humanos junto con millones de seres de otra naturaleza. Es la única casa que alberga a personas de diversas culturas, etnias, nacionalidades y razas. ¿Cómo hacer de este espacio común un lugar de encuentro y convivencia fraterna y no de tensiones y conflictos?

¡He aquí el gran sueño y la tarea ineludible para cada uno de nosotros! ¡No es justo que los recursos naturales se transformen en fuente de guerras fratricidas!, como ocurre en distintos países de casi todos los continentes.

Las grandes tensiones y conflictos entre pueblos y personas se dan, justamente, por considerar la naturaleza como un bien exclusivamente económico. Esta ansia desmedida de lucro es la que lleva a muchas personas e instituciones a explotarla irracionalmente sin importarles cualquier forma de contaminación doméstica o industrial.

c) Símbolo de lo trascendente

La naturaleza no sólo es una fuente de subsistencia y un lugar de convivencia fraterna, sino también un símbolo religioso. El creyente es capaz de descubrir en ella las huellas del Creador, como la grandeza, la sabiduría, la belleza y el poder.

El universo entero, de este modo, se transforma en un canto de alabanza, bendición y gratitud al Creador y, también, en un espacio de encuentro con Él, como fundamento de todo lo que existe.

Esta es una de las grandes intuiciones de nuestros pueblos y lo que da valor y sentido a los rituales que celebran a propósito de la siembra y la cosecha o en el cambio de estaciones o posiciones del sol y la luna. Es así cómo, por ejemplo, las montañas y las fuentes de agua adquieren un valor religioso.

Esta visión del universo como fuente de subsistencia, casa de todos y símbolo religioso se opone, radicalmente, a la concepción del universo como un simple objeto de estudio o una mercancía de compra y venta, como también a considerarlo un dios al que se debe rendirle culto.

2. Compromiso con la naturaleza

Gracias al asiduo trabajo, a la reflexión e investigación de muchas personas y movimientos ecológicos, hemos ido tomando conciencia de los “derechos de la naturaleza”. Por esta razón, nos es muy común hablar de “justicia ambiental”, que se sustenta en el respeto y en la distribución solidaria de los bienes.

La Iglesia, por su parte, por encima de toda legítima posición política, tiene una gran responsabilidad con la creación y siente el deber de amarla y, por lo mismo, de defenderla como un don de Dios para todos los seres humanos, y sobre todo, de proteger al ser humano frente al peligro de la destrucción de sí mismo.

Esta nueva manera de entender el universo nos impulsa a asumir algunos compromisos muy concretos, como:

a) Promover una cultura de justicia y solidaridad con la naturaleza. Si no cuidamos la naturaleza, corremos el riesgo de perecer con ella.

b) Conocer tanto los “beneficios” como los “perjuicios” sociales, ambientales y económicos de la explotación minera. Es importante que los peritos nos digan la verdad en todas sus dimensiones sin presiones ni condicionamientos políticos o económicos.

c) Proponer nuevos modelos económicos basados en la justicia y en la solidaridad que defiendan los derechos de las personas y de la naturaleza. Los beneficios económicos, por necesarios que sean, no deben prevalecer sobre los valores humanos, como la vida y la salud física y social.

d) Proteger nuestro entorno de toda forma de contaminación doméstica e industrial, mediante proyectos ecológicos sencillos y prácticos. Las presentes y futuras generaciones debemos sentirnos responsables de todo lo que pasa en la naturaleza.

En conclusión, si queremos que la naturaleza siga siendo la madre que nos alimenta y sostiene, la casa grande en donde habitamos y el símbolo de la presencia de Dios, debemos amarla y defenderla de toda forma de contaminación y explotación irracional.

Cuenca, 17 de marzo de 2012

+ Luis Cabrera Herrera, ofm

 

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