VIDA RELIGIOSA
Agenda de la XLII Asamblea General de la CER - 2017 (2)

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¿Qué nos dice y qué decimos... sobre la realidad del Ecuador (2)

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Canonización de Faustino Míguez

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Afiche de la semana teológica 2017

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Congreso de la CER Manabí

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LITURGIA
Búsqueda creativa

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En actitud de conversión

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Creer en el amor

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Los pobres son de Dios (22 octubre 2017)

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Invitación (15 octubre 2017)

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GENERALES
Cuestionario para el Sínodo de jóvenes

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6º Boletín de prensa de Caritas Ecuador

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Divulguemos la Encíclica Laudato Si

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Cambio climático: 12 claves de la cumbre de París

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Jornadas nacionales de Pastoral Social

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NOTICER
Convocatoria  Asamblea Anual de Superiores/as Mayores

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La Supervivencia Amazónica es Presentada en un Libro

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Afiche del Domund 2017

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Canonización del P. Faustino Míguez

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Encuentro de AFICER 2017

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AVISOS
Comunicado de la Red Contra la Trata de Personas

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Invitación a Retiro con el P. Luke Rodrigues sobre ecología

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Anudando (Espacio de Formación Integral de las Mujeres)

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Talleres del Centro Bíblico Verbo Divino

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Las siete palabras de Cristo en la cruz

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ECLESIAL
Simposio internacional sobre "Amoris laetitia"

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Homilía en la Misa por los fieles difuntos

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Sínodo de la Amazonía

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Visita ad limina de los Obispo del Ecuador

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Abrirse a la posibilidad de perdonar

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8ª SEMANA TEOLÓGICA DE LA VIDA CONSAGRADA EN EL ECUADOR

 

MENSAJE A LA VIDA CONSAGRADA

 

Queridas hermanas y hermanos:

 

Hemos vivido la octava Semana Teológica de la Vida Consagrada, con la invitación a “ser misericordiosos como el Padre es misericordioso” (Lc 6,36). El P. Carlos Luis Suárez, scj, ha orientado esta reflexión, que anima a la vida consagrada a vivir el desafío de ser hijos/as, ser hermanos/as, ser familia; y aceptar la provocación de Jesús a la profecía para ser sus seguidores/as adultos, firmes, amables y cariñosos/as, sabiendo que la “ley es el Padre” y hemos de ser signo de bendición para el pueblo.

Escuchamos del Señor Jesús la llamada a ser bienaventuranza y buena noticia en cada uno de nuestros contextos. Recibimos su Palabra como misericordia entrañable, abrazo que acorta todas las distancias posibles, sabe besar las periferias del mundo y nos revela el camino de la felicidad. Y como queremos vivir al estilo de Dios, nos preguntamos, aprendemos, dialogamos y proclamamos:

 

Dichosa la vida consagrada que vive la misericordia del Padre, con gratuidad y alegría, escuchando y siendo escuchada por Dios y por el pueblo. Dichosa por haber experimentado la misericordia de Dios en el sufrimiento impotente del terremoto y la cotidianidad de nuestros conflictos. Dichosa por vivir la misericordia con quienes se aferran a la esperanza y con quienes aspiran a redescubrir el amor, a veces resquebrajado por los monólogos hirientes. El silencio, la pasividad, la negligencia, la indiferencia van a dejar paso al diálogo, el compromiso, la solidaridad y la donación hasta la extenuación (cfr. Lc 6,36).

 

Dichosa la vida consagrada que vive la justicia (cfr. Mt 6,33), en diversidad, alteridad y alternancia, dejando de usar ladrillos que nos separan para abrirnos a la vida, muchas veces alterada por los afanes económicos de las mineras, el suicido ecológico de la basura y la contaminación, y la falta de derechos de los débiles o la falta de compromiso de los poderosos. Y mientras muchas personas siguen dando la espalda a la casa común (cfr. LS 56) y a dignidad de los pobres, la vida consagrada no podemos hacer lo mismo; porque nuestra fe es siempre revolucionaria (cfr. Proaño y Papa Francisco).

 

Dichosa la vida consagrada que vive la comunidad, casa espaciosa que nos libra de la exclusividad para compartir la fraternidad en todo lado y circunstancia, porque Dios construye con nosotros y nos saca del egocentrismo victimista para construir el nosotros con Dios, con los demás, con la tierra, entre todos (cfr. Lc 11,2). Sin alejarnos de los hermanos y hermanas por lo que ellos han hecho y acercándonos a todos por lo que Dios ya ha hecho conmigo, hermano y hermana de todos y todo, sin desatender a nadie (cfr. Hch 4,34).

 

Dichosa la vida consagrada que vive la profecía, que entra en la intimidad de Dios, anuncia su mundo alternativo, denuncia los planes asesinos o suicidas de los poderes esclavizantes, busca incansablemente a los alejados (por sus experiencias o por nuestras prácticas excluyentes), prefiere a los pobres, anticipa la fraternidad del mundo y vive apasionadamente sin dejar de ser pueblo, como Jesús que se dio a sí mismo para “iluminar, bendecir, vivificar, levantar, sanar, liberar" (EG 273).

 

Dichosa la vida consagrada que vive al pie de la cruz, como la “Madre de la misericordia”, que escucha y encarna la Palabra, que siempre “está” con Cristo y con los crucificados, como peregrina, hermana, amiga y discípula, dado que “Dios está en todas partes, pero está más cerca de los pobres” (Brochero) y que la misericordia tiene la “forma interior del amor” y es la “tarjeta de identidad de Dios” (Papa Francisco)

 

Dichosa la vida consagrada que vive la palabra escuchada, practicada y encarnada (cfr. Jn 1,4); y por eso es capaz de abrir nuevos horizontes y no encerrarse en sus seguras verdades, para anunciar el amor de Dios con el silencio contemplativo y con el grito de la resurrección en cada casa y barrio de la esperanza.

 

Dichosa la vida consagrada que escucha y grita: ¡levántate, camina, acoge, comparte, ve, vive, vive, vive!

 

Equipo de Reflexión Teológica

 

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