Pronunciamiento de la LCWR

frente a la intervención de la Santa Sede

 

Esta noticia de hace unos meses causó revuelo en todo el mundo; de hecho, no hubo medio de comunicación que no la divulgara críticamente. Hay que precisar que la LCWR es la Conferencia de Mujeres Religiosas Líderes (Superioras) y que, como tal, está conformada por 1.500 que representan a otras 57.000 de sus congregaciones. Este dato corresponde al 80% del país; el resto, de corte más conservador, que se distingue por el uso del hábito, se organizó independientemente en la CMSWR, desde finales de 1980. A propósito, la LCWR, fundada en 1957, tiene una historia de 50 años, como el CELAM y la CLAR, más aún, como el Vaticano II, por lo que se consideran sus hijas legítimas: “Lo hemos tomado a pecho y hemos sido formadas por el Concilio”. Al contrario de lo que sucede en América Latina y Canadá, en USA los religiosos tienen una organización independiente, la Conferencia de Superiores Mayores de Hombres, CMSM.

La LCWR transita por dos caminos: las asambleas y las regiones, con actividades de intercambio, formación, reflexión y proyección. Su invaluable capital humano lo constituye la herencia evangélica que la Vida Consagrada de esa nación ha ido amasando, de compromiso con la niñez y la juventud, los enfermos y los pobres, los laicos y los agentes pastorales, los alejados y los lejanos, en su acción misionera dentro y fuera del país, a través de escuelas, colegios, centros de salud, clínicas y hospitales, parroquias, grupos juveniles, de mujeres y bíblicos, programas de formación y promoción social… Y la escuela posconciliar de hermenéutica bíblica, teología, eclesiología, vida religiosa, papel de la mujer en la Iglesia y el mundo.

La intervención comenzó con una visita que inició la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y Sociedades de Vida Apostólica, CIVC-SVA, en 2008, y se prolongó con una valoración doctrinal de la Congregación para la Doctrina de la Fe, CDF, adelantada desde el año siguiente y justificada en tres razones: la heterodoxia de las asambleas, la disensión con la posición del magisterio sobre la ordenación sacerdotal de mujeres y la homosexualidad, y el feminismo radical. Fue, no la CIVC-SVA, a través de la cual se manejan ordinariamente los asuntos que tienen que ver con la Vida Religiosa, sino la CDF la que emitió el documento, hecho público por la Conferencia de Obispos de Estados Unidos antes de que lo hiciera la misma LCWR y en el momento en que su Presidencia dialogaba en Roma con el Card. Levada, el 18 de abril de 2012. Dicho documento ordena una “reforma” que incluya: revisión de los estatutos, evaluación de los planes, creación de programas más acordes con la doctrina eclesial, revisión de usos litúrgicos, revaloración de organizaciones filiales. Encarga además este proceso a un obispo, Monseñor Peter Sartain de Seattle, que será apoyado por otros dos prelados, y para un tiempo de hasta cinco años. Pareciera que unas posiciones probablemente extremas, en todo caso individuales o grupales, se hubieran generalizado extendiendo el “castigo” al colectivo, más aún, a la institución.

La Conferencia ha reaccionado con una actitud prudente: intensificó los diálogos con la Santa Sede cuando fue notificada, antes de volver a su sede para una reunión de la Junta Directiva en Washington, entre el 29 y el 31 de mayo. Allí acordó dos pasos: volver a Roma el 12 de junio para otra reunión de la Presidenta y de la Directora Ejecutiva con el Cardenal Prefecto y el Obispo Delegado; proceder luego a intercambios regionales, antes de una respuesta oficial, en la asamblea. Ésta se tuvo en St. Louis, entre el 7 y el 10 de agosto, con la participación de 900 religiosas animadas por la oración, la escucha y el ánimo de reconciliar las diferencias.

Ante todo contextualizaron la problemática en esta época de profundos cambios socioculturales y eclesiales, y a partir de allí acordaron: confirmar en la LCWR su representación oficial; mantener con su Junta Directiva las conversaciones con el Obispo Delgado, en actitud “de oración, respeto mutuo, escucha atenta y diálogo abierto”, a favor no solo de la superación de las dificultades sino también del liderazgo eclesial de las religiosas, las mujeres y los laicos; y salvaguardar a toda costa “la integridad de su misión”. Las delegadas insistieron en que la intervención no podía agotar sus energías y recursos, por lo que, de hecho, dedicaron la asamblea también al análisis de asuntos propios y que esta vez canalizaron a través de dos resoluciones: la petición al Congreso de políticas a favor de los inmigrantes indocumentados; el compromiso de todas contra la trata de personas. Ambos compromisos se inscriben en la dinámica del cambio sistémico. La síntesis de su posición aparece reflejada en el estupendo discurso de la presidenta saliente, Patricia Farrel, que insistió en seis herramientas para “navegar los cambios”: la contemplación para la fertilidad, el profetismo de un estilo de vida alternativa, la solidaridad con los pobres, las nuevas formas de vida comunitaria, la no violencia, una esperanza gozosa. Sr. Patricia fue remplazada por Sr. Florence Deacon; ambas precisamente estuvieron en Colombia (Bogotá, Cartagena y Medellín), en el pasado febrero, dialogando con la Presidenta de la Conferencia de Religiosos del Canadá, el Presidente de la CLAR y sus Secretarios Ejecutivos, sobre temas comunes. Trataron por supuesto el proceso de la visita y la valoración doctrinal, pero no intuyeron de la misma manera lo que poco después se vino encima a la LCWR, porque habían percibido de manera distinta, en encuentros de semanas atrás, la posición de las dos congregaciones implicadas.

La CLAR, por su parte, emitió un comunicado los días de pascua, inspirado en las lecturas de este tiempo litúrgico, en apoyo a su lucha por la comunión eclesial, por los valores del diálogo y el respeto y por el papel de la religiosa en la construcción de “la civilización del amor y la esperanza”; y su nueva Presidenta, H. Mercedes Casas, participó en la asamblea de agosto.

 

Gabriel Naranjo Salazar, CM