CONFEDERACIÓN LATINOAMERICANA Y CARIBEÑA DE RELIGIOSAS/OS – CLAR

“Escuchemos a Dios donde la vida clama”

 

 

SEMINARIO CAMBIO SISTÉMICO

Santo Domingo, R.D. -  20 a 24 de febrero de 2012

 

 

MENSAJE FINAL

La Comisión Internacional de Cambio Sistémico de la Familia Vicentina, coordinó e impartió un Primer Seminario con esta temática para la CLAR.

Santo Domingo, República Dominicana, tierra impregnada de la belleza única del Caribe, nos acogió con una generosidad, atención, alegría y disponibilidad extraordinarias, del 20 al 24 de febrero de 2012. Nos  reunimos  98 mujeres y hombres ligados a diversidad de carismas por la profesión religiosa o desde la pertenencia y vocación laical y nos animamos mutuamente a reflexionar de forma orante y celebrativa. Estuvieron presentes las Conferencias de Argentina, Bolivia, Brasil, Chile, Colombia, Cuba, Ecuador, Haití, México y República Dominicana.

Estos días nos han invitado a la Escucha, a seguir escuchando, a la vez de ir pronunciando algunas palabras que intenten ser respuesta a los clamores de nuestro tiempo. Tiempo que nos pide silenciar nuestras voces y prestar mayor atención a otras voces, anhelando se vuelvan inspiración mística que dinamice la acción profética. Entre las voces escuchadas privilegiamos los clamores de vida del pueblo Haitiano.

Estos días nos han invitado, así mismo, a recordar, a volver a pasar por el corazón, que todo don de Dios se hace carne en la kénosis de la humanización que es la raíz de todo otro posible, al no buscar el interés propio, sino más bien el de las demás personas.  A la manera de Aquel que despojándose de sus vestiduras, se ciñó la toalla y sirvió amando hasta el extremo (Cfr Jn 13).

La humanización a Su manera nos impulsa a dejar, a soltar, a salir de las zonas donde nos hemos acomodado y correr el riesgo de situarnos en lugares que son negación de la persona, para escuchar esos clamores anhelando, a su vez, que se escuchen también los nuestros, a veces enmudecidos por la arrogancia, o la inconsciencia, o la ignorancia, para re-crear juntas/os la dignidad, la igualdad, el respeto, la reverencia, la justicia, el cuidado, la participación... liberando la frágil fortaleza de la compasión que es el Don de Dios que nos habita y que transforma la situaciones de muerte en condiciones de vida.

Así contextualizamos el Cambio Sistémico, en el que, al principio, es la experiencia compartida. La experiencia de un carisma que se hace familia en el acercamiento, en el encuentro, en el reconocimiento del otro, de la otra cercana, como seres de igual dignidad en su diversidad.  Esa nueva familia quiere ser reflejo de aquella de la que nos hablan los evangelios: Quien escucha la Palabra de Dios y la cumple,  es mi hermana, mi hermano y mi madre (Cfr. Mc 3,35; Mt 12, 50; Lc 8, 21).

Esta nueva familia se descubre, a su vez, ligada al otro, a la otra desechada, en exclusión, desfigurada y en quienes no se reconoce más su aspecto humano (Is 52, 14b).  Ahí ensancha su sentido de familia buscando audaz y creativamente un cambio radical, progresivo y permanente, sistémico, que lleve a transformar esas situaciones de injusticia, de exclusión, de desecho, de muerte, en condiciones de vida y de vida en abundancia. (Jn 10, 10b).

Así, nos comparten una serie de herramientas traducidas en criterios y estrategias revestidas de la parresía de ese carisma particular, para que las releamos y recreemos desde nuestros propios contextos culturales y carismáticos. Y nos retan a adherirnos a una política mundial de la construcción del piso de protección social.

Y nos desafían a escuchar y responder a las nuevas generaciones desde una conversión integral, con los ojos puestos en Jesús que nos invita a recrear nuestra espiritualidad, porque en Él está la clave de lo que Dios quiere para nosotras/os.

Nuestros tiempos, son tiempos de transición y transformación cultural, son de siembra y de cultivo más que de cosecha. Nos piden, por tanto, paciencia y perseverancia; ensayos concretos, intentos arriesgados de amar con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente, con todas las fuerzas, con todo el ser (Mt 22, 34-40; Mc 12, 28-34;  Lc 10, 25-37),  encarnando ese amor en acciones pastorales co-responsables y decididas. Acciones que se diseñen con audacia y que se evalúen con transparencia en cuanto a sus limitaciones y con apertura e imaginación creativa en cuanto a su reconfiguración. A estas respuestas pastorales, la Comisión Internacional les llama Semillas de Esperanza.

Semillas de esperanza que han sido arrojadas en la tierra de nuestros carismas y que ya durmamos, ya velemos, de noche y de día, la semilla germinará y crecerá sin que sepamos cómo. De sí misma da fruto la tierra... (Mc 4, 26-29)...  Quienes reciben la semilla en su tierra son quienes escuchan la Palabra, la reciben y dan fruto... de corresponsabilidad quien treinta, quien sesenta, quien cien... (Mc 4, 20).