NAVIDAD, EL CANTO DE ESPERANZA

 

P. Antonio C. Meira msc

 

 

 

En un mundo inundado de interés, el ser humano respira la esperanza contemplando una madre y un niño abandonado en la paja fría. A su lado, un hombre que mantiene el silencio de la experiencia de la vida, fundada en la fe; José nos da el ejemplo de la integralidad de quien sigue la voluntad del creador. Acepta la misión de acompañar el Niño defendiéndolo del poder de la muerte. Es pobre y no tiene con qué seguir adelante, a pesar de las contradicciones que aparecen en los acontecimientos: regalos importantes y visitas inesperadas. Se ve amenazado, y en carrera, huye ultrapasando las fronteras de su país en busca de protección para su familia.

 

María sigue los acontecimientos contemplando las palabras de su “magníficat”, sabiduría de vida que señala que los poderes no son eternos y que los ricos quedarán con las manos vacías ante el poder de Dios. Sigue los acontecimientos, asumiendo confiada que los pobres son el altar de Dios, donde ha visitado a su pueblo. Como muchos pobres de su tiempo, huye de las garras del imperio. En el corazón, lleva la esperanza de regresar algún día a su tierra y poder crear su familia.  

 

Una historia del Hijo de Dios, en el itinerario de vida de los pobres, siendo juguetes en manos de los tiranos; un pueblo que tiene experiencia del dolor y sale de un lado para otro buscando un lugar seguro para descansar y vivir en paz.

 

José y María, cargando un niño en apuros en medio de desierto y atravesando fronteras, es la historia del pueblo latinoamericano sin patria, migrante del mundo de hoy. Todo lugar es lugar de llegada, y al mismo tiempo no tiene lugar seguro. Un mundo que abolió las fronteras geográficas y que globalizó un pueblo con las mismas miserias y los mismos sufrimientos.

 

Con las mismas esperanzas, marchan los Josés y Marías de nuestro tiempo, esperando que los imperios caigan y que un día vuelvan a su tierra natal. Mientras eso, organizan procesiones, salen en las madrugadas en romerías en busca de fuerza para seguir la vida, cantan alegres loas al Niño acostado en el pesebre. La fe es el arma para su lucha, siguiendo adelante y esperando el amanecer para la celebración festiva del amor.

 

La espiritualidad navideña es aprender a reorganizar la solidaridad desde la pobreza, desde la alegría de ser personas, en camino con los demás. Pobres que superan los dolores que atraviesan a pasos lentos; encuentran aliento en la oración y en los cantos para aguantar la humillación en vivir y no ser contados en los habitantes de la tierra. ¡Hacen llegar al cielo sus cantos y sus oraciones! Desde la marginalidad, hacen brillar la esperanza que Dios ha escogido sus lugares fríos para nacer. En estos difíciles, es hora de apartarse de una cultura de muerte para celebrar la esperanza de vida.