PARA MONSEÑOR LUNA

Para quienes nos encontramos en el camino con “monse” -como afectiva y cercanamente lo llamamos- y decidimos tratar de seguir sus huellas, sabemos que su fe, su presencia y su palabra se inscriben en la plena tradición bíblica de la liberación, en la del Concilio Vaticano II, y en la de la Iglesia latinoamericana. Sabemos que ahí, encontró que el corazón de Dios, se vuelve para ver la aflicción de los pobres y no descansa hasta que logre su propósito; por eso, decidió convertirse en su instrumento.

Decidió también, comunicarnos cada día, que Los Evangelios son la recopilación de “recuerdos”, del recuerdo peligroso de la libertad que cuestiona todas nuestras opresiones, nuestros miedos, nuestros desalientos, nuestras cobardías y también nuestras seguridades. Nos enseñó que el Evangelio es memoria subversiva, que nos descubre horizontes insospechados de libertad y autenticidad, en el Dios de Jesucristo.

 

Cuando el año anterior, recibió el reconocimiento del país por su entrega, en favor de la causa de los más pobres con el galardón “Benjamín Carrión”, afirmó sentirse “tan emocionado que no puedo hablar. Dios me ha dado todo lo que tengo y he podido realizar".

Monseñor cree, sobre todo, que Dios cree en él, y en cada uno de nosotros, en todos los seres engendrados por su plenitud, a través del hilo frágil de nuestro acto de fe. Como dice bellamente Rumi, "no se trata del sediento que busca el agua sino del agua que busca al sediento. Basta con manifestar la sed y el agua mana".

O como dice Frei Betto: “En el Dios de la fe de Jesús, Dios que se hace niño en el vientre vacío de la mendiga y se acuesta en la hamaca para descansar de los desmanes del mundo…. El Dios que sobrepasa nuestra fe, disiente de nuestros juicios y se ríe de nuestras pretensiones; que se enfada con nuestros sermones moralistas y se divierte cuando nuestro arrebato profiere blasfemias”.

De todo esto, la Iglesia de Cuenca, su pueblo, damos testimonio fehaciente, porque nos mostró a Dios: tejido con paja toquilla, bordado en cada pollera, y ardiendo en la brasa donde se dora el cuy y se fríe la trucha. Aprendimos a orar en la pampa mesa, donde innumerables veces se multiplicó el mote, como se multiplicó el pan en aquella tarde, en esa pequeña montaña a orillas del mar de Galilea.   Palabra y fermento a la vez, esa que mana del cántaro de chicha porque ahí se coce la vida nueva.

Muchas Gracias.

 

Marco Matamoros Pereira

Quito, 22 de Junio de 2011