Año de la fe

 

A la Vida Consagrada de Ecuador

Al inicio del año de la fe nos dirigirnos a ustedes con sentimientos de alegría y de esperanza. Alegría y esperanza sentidas porque constatamos que la Vida Consagrada es esencial a la vida de la Iglesia, precisamente porque es fruto de la fe en Jesucristo pobre, casto y obediente. Nos recuerda el Sucesor de Pedro, el Papa Benedicto XVI, en su Carta Apostólica ‘Porta fiedei’ en el número 13: “Por la fe, hombres y mujeres han consagrado su vida a Cristo, dejando todo para vivir en la sencillez evangélica la obediencia, la pobreza y la castidad, signos concretos de la espera del Señor que no tarda en llegar”.

Alegría y esperanza sentidas porque nuestra fe y nuestra vida consagrada no se basan en una idea o decisión ética sino en el encuentro vivo y apasionado con la persona de Cristo (Cf. DA 12). A Él lo seguimos, por él lo hemos dejamos todo, con él y por él damos la vida. Su Palabra nos sigue convocando, continúa dando sentido a nuestras vidas y a lo que hacemos, nos hace profetas y testigos que arriesgan y pierden la vida por el Evangelio. Esta pasión por Él y su palabra nos hacen decir como Pedro: “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna. Nosotros hemos creído y reconocemos que tú eres el Consagrado de Dios” (Jn 6, 67).

La fe en Dios Trino nos llena de alegría y esperanza pues nos sentimos enviados/as por Dios al mundo que tanto amó y al que envió a su Hijo Jesús (Cf. Jn 3,16). Su camino es nuestro camino. Guiados por el Espíritu, seguimos con amor a Jesús de Nazaret como discípulos/as misioneros/as en su opción por los pobres y excluidos y pasando por este mundo haciendo el bien (Cf. Hch 10,38). Las palabras del Papa Benedicto XVI en su Carta Apostólica ‘Porta fidei’ a este respecto son claras y las asumimos como Vida Consagrada. Recuerda a todos los cristianos/as la importancia de unir fe y caridad. Ambas no pueden vivirse separadamente: “La fe sin la caridad no da fruto, y la caridad sin fe sería un sentimiento constantemente a merced de la duda. La fe y el amor se necesitan mutuamente, de modo que una permite a la otra seguir su camino. En efecto, muchos cristianos dedican sus vidas con amor a quien está solo, marginado o excluido, como el primero a quien hay que atender y el más importante que socorrer, porque precisamente en él se refleja el rostro mismo de Cristo. Gracias a la fe podemos reconocer en quienes piden nuestro amor el rostro del Señor resucitado. «Cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis» (Mt 25, 40): estas palabras suyas son una advertencia que no se ha de olvidar, y una invitación perenne a devolver ese amor con el que él cuida de nosotros. Es la fe la que nos permite reconocer a Cristo, y es su mismo amor el que impulsa a socorrerlo cada vez que se hace nuestro prójimo en el camino de la vida” (Porta fidei, 14).

Además, la fe en Jesucristo vivida en la caridad hace a cada consagrado/a pasar por este mundo como uno/a de tantos (Cf. Flp 2,7), viviendo cada uno/a en su existencia el misterio de la encarnación sin ser notados/as: en la sencillez, en la humildad, en la pobreza, en la obediencia al Padre y en la entrega de todo nuestro afecto para hacer presente su Reino de Amor. En la pequeñez se engendra y germina el Reino, como se engendró y germinó en María (Cf. Lc 1,38; Mt 1,25).

Alegría y esperanza sentidas porque la fe hace también a la Vida Consagrada creyente y creíble. Creyente porque confiesa incansablemente su esperanza y amor a Dios, sabiendo que está necesitada de más fe: “Señor, auméntanos la fe” (Lc 17,5-10). Creíble porque donde los/as hermanos/as se aman hay espacio para la fe y se transmite. En la comunión, en la comunidad, en la fraternidad ayudamos a que otros crean.

Alegría y esperanza sentidas porque la fe hace que la Vida Consagrada no se instale, no caiga en el “gris pragmatismo de la vida cotidiana” que desalienta, desilusiona, cansa, hace tibia la vida de las personas y que estas se vuelven perezosas; disgusta, ciega, paraliza, enmudece, causa sordera… (Cf. DA 12; DA 362). La fe hace a la Vida consagrada convertirse constantemente a su Señor; revitalizarse y renovarse en su Espíritu; creer, esperar y amar otros cielos nuevos y otra tierra nueva, otros estilos de vida de consagrada, otras formas de anunciar el Evangelio, nuevas maneras de hacer presente el Reino,...

Alegría y esperanza sentidas porque la fe se fortalece dándola y la Vida Consagrada es un ejemplo de ello. Por tanto, en comunión con toda la Iglesia sigamos anunciando con amor la Buena Noticia del Reino, el Evangelio de la Vida, a todos los hombres y mujeres de nuestro Ecuador, no solo de palabra sino también de obra.

 

Junta Directiva de la CER

11 de octubre de 2012

 

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