EXPERIENCIA DE INMERSION EN KARIS

(NORESTE DE HAITI)

27 de NOVIEMBRE al 31 de DICIEMBRE

Clemencia Rodríguez H.

 

El Servicio Jesuita de Refugiados, como una preparación indispensable para la misión, nos propuso hacer esta experiencia como medio para aprender mejor la lengua de Haití, el kreyól,  y para conocer detalles de la cultura haitiana. Cecilia, Marlene y  Clemencia salimos de Puerto Príncipe el 24 de noviembre. Desde el primer momento, las 5 de la mañana, comenzamos a admirarnos por lo que veíamos. Todavía estaba oscuro y en las calles había un movimiento impresionante. Las paradas de venta ambulante repletas de gente iluminándose con velas. Personas de toda edad caminando y, a la vez, mucho tráfico que daba ya ese toque de confusión y de bullicio al que poco a poco nos vamos acostumbrando.

En el recorrido hasta Gonaives ya experimentamos las malas condiciones de la carretera, sin pensar en lo que luego nos esperaría y que nos llevó a considerar este tramo como el mejor. Los paisajes eran hermosos, tratando de no mirar el contraste con la basura y suciedad que a cada paso se encontraba. Se veían playas totalmente descuidadas y, sin embargo, es el mismo mar Caribe el que baña a Haití y a las zonas turísticas de gran renombre en la República Dominicana. No podíamos evitar el preguntarnos: ¿Por qué esta diferencia tan abismal?

Después de cerca de 8 horas para hacer 250 kms de recorrido, atravesando pueblos perdidos en la montaña, sintiendo tristeza por la deforestación de grandes zonas, sorprendiéndonos por ver en ciertos puestos de salud a cantidad de enfermos  tendidos en el suelo esperando ser atendidos, impactadas por los varios puestos de venta de ataúdes y, en general, por la imagen de miseria que a cada paso se descubría, llegamos a Wanamet, ciudad en la que debíamos dividirnos para nuestros dos destinos: Monben Cruchi y Karis. Conocimos las oficinas del SJR que en esta ciudad fronteriza tienen un trabajo muy hermoso defendiendo los derechos de los más pobres,  en este caso, haitianos que son rechazados cuando intentan atravesar la frontera y que lo han perdido todo. El trabajo defendiendo a la mujer es también algo por destacar. El 25, día de la no violencia contra la mujer se organizó una marcha por la ciudad, una Eucaristía y luego una concentración para profundizar en lo que se celebraba. Muchísima participación. Como yo no podía hacer el viaje a Karis por falta de transporte, pude estar en la manifestación, gritando y cantando con las mujeres canciones en las que se reivindicaba sus derechos olvidados y manifestando los deseos de que se reconozca su dignidad.

Después de dos días más de espera, pude viajar a Karis en un camión que estaba con una avería y los choferes no se arriesgaban a conducirlo. Y allí pude constatar lo difícil y complicado del camino y justifiqué la actitud de los choferes.   Atravesamos por 5 veces unos ríos y la carretera era una auténtica mezcla de baches, quebradas, agujeros profundos que el camión sorteaba a cada paso. Inimaginable que un coche normal pudiese circular! Y sin embargo, hay un tráfico continuo de motos que hacen el servicio de “moto taxi”,  de camiones repletos que ya es una gracia de Dios que no tengan accidentes y de muchos caballos y mulas que, creo, son los que mejor se desenvuelven. Tras dos horas sufriendo saltos que “molieron” mis huesos, llegamos a Karis ya entrada la noche.

Llegué a una casa de una familia haitiana, creo que la más influyente en la vila y que disponía de un par de horas de electricidad gracias a un sistema de pequeños paneles solares y batería de coche. Además tenía también agua de pozo dentro del mismo predio. La postura dominante y autoritaria de la señora de la casa me impresionó desde el primer momento. Veo que hay repetición del rol “amo-esclavo” que pensé ya estaba superado. El trato al personal de servicio con un despotismo extremo hería mi sensibilidad. Creo que es lo que más me ha costado entender y asumir.

Se organizaron los cursos de kreyól, al principio con mucha irregularidad, pero después de una semana y cuando llegó una cooperante de Fe y Alegría también para aprender kreyól , ya dispusimos de un profesor por la mañana y otro por la tarde, un par de horas cada uno. Las clases teóricas se complementaron con visitas al pueblo y sus alrededores. Cada sábado salimos de paseo y disfrutamos con el paisaje de Karis, pues está ubicado en una zona de montaña, con mucha vegetación y con un río que prácticamente rodea la ciudad. El clima es bastante fresco y, lo más hermoso, se podía respirar aire puro. No había la contaminación de Puerto Príncipe con las montañas de basura a cada paso!

Es importante destacar que Karis tiene algunas cooperativas de “kasav” (tortas de yuca) que son una fuente de trabajo para mucha gente y además un sistema para generar ingresos a muchas familias escasas de recursos. Tuvimos la oportunidad de conocer de cerca el proceso de la yuca hasta convertirlo en una inmensa y rica tortilla que luego se la vende en el mercado o se lleva a otros pueblos de los alrededores.

La mayoría de personas que trabajan todos los días elaborando el kasav, son mujeres. Es admirable su capacidad de organización y la satisfacción de encontrarlas al día siguiente con su parada de kasav vendiendo en el mercado el fruto de su sudor en comunión con otras mujeres.

Los miércoles era el día el mercado y Karis se convertía en una auténtica fiesta. Todas las calles se ocupan para poner puestos de venta de lo más variado y original. Se destaca la cantidad de venta de ropa y zapatos usados, ropa y zapatos que en Europa y en algunos países latinoamericanos se los habrá tirado a la basura. Y la gente compra, escogiendo lo menos roto o estropeado. Luego hay también alimentos variados, comida, jabón, cuadernos y artículos de aseo y  MEDICINAS en carretillas y bajo un sol que quemaba. El arroz, principal alimento en Haití junto con el maíz molido, es importado de Estados Unidos o República Dominicana. En Karis, zona que podría ser rica productora de estos alimentos básicos, casi no se cultiva pues resulta más barato comprar lo importado.

Visitamos también algunas escuelas en Karis. Hay casi una docena, pero en unas condiciones lamentables. Parece que no hay ninguna norma para tener licencia de apertura de estos centros de enseñanza, así que cualquiera que quiera hacer un negocio monta, en espacios reducidos, oscuros y húmedos,  lo que luego lo denomina escuela. Es impresionante ver la cantidad de niños/as amontonados en estrechas salas de clase, sentados en sillas pequeñas y con largos tablones como mesa, sin ninguna ambientación y sólo con una pizarra como recurso didáctico. ¡Treinta y ocho niños/as de 2 y 3 años toda una mañana sin poder moverse de sus sillas!  Me preguntaba también por la calidad de enseñanza que en esas condiciones se puede dar: sólo se reduce a repetir de memoria los conocimientos que imparte el profesor o profesora. La formación del profesorado pienso que es otro reto en esta sociedad. Eso sí, cada escuela tiene su uniforme distintivo y es hermoso ver lo impecables que van por la mañana: las niñas bien peinadas, limpias y con los zapatos relucientes. No me cansé de admirar cómo pueden tener una ropa tan limpia y con las condiciones de miseria que les rodea. Tuvimos lluvia durante tres días seguidos y nosotras  permanecimos dentro de casa sin poder salir pues las calles se convertían en lodazales y en pistas de patinaje. La gente tenía que caminar descalza en el barro o a lomos de algún burro o caballo. Cuando finalmente el sol se dejó ver, toda la gente lavaba y tendía su ropa en las cercas o sobre el tejado. ¡Y la ropa blanca relucía! Y los zapatos bien limpios, principalmente para ir a la escuela o la iglesia los domingos.

En esos días supimos que hubo revueltas en Puerto Príncipe porque no se aceptaron  los resultados de las elecciones para Presidente de la República.  En Karis estábamos totalmente incomunicadas. No había radio, televisión ni internet. El teléfono funcionaba en algún momento buscando desesperadamente un lugar de cobertura. Así pues, un sitio en el que tenían una radio que funcionaba, allá se concentraba la gente. Sorprendía ver, por la noche, todo a oscuras, pero gente agolpada en la calle frente a alguna tienda que tenía una radio con el volumen muy alto. Así pues, de manera muy limitada nos fuimos enterando de los problemas en Puerto Príncipe. Nos damos cuenta que mucho más se enteran en el exterior de lo que sucede aquí en Haití que nosotras mismas que estamos en el país.

Dentro de esta experiencia de inmersión, pude también participar en unos grupos de oración que cada noche se hacía en una casa diferente. En primer lugar, pude conocer cómo vivía la gente, lo limitado de sus recursos, lo poco que necesitan para vivir y lo felices que se encuentran cuando pueden abrir sus casas para acoger a otras personas. Desde mediados de diciembre se empezaba ya a sentir el temor a que la epidemia del cólera se hiciera presente en Karis. Las oraciones se enmarcaban dentro de este contexto y lo que más se imploraba era que el cólera no afectara a las familias de la villa. Pero, los primeros casos hicieron su aparición pocos días antes del 25 de diciembre. Se respiraba en el ambiente el temor al contagio. En las familias se comenzó a bañar a los niños con cloro, a lavarse las manos con cloro y hasta a cocinar el arroz con agua con cloro! Pero, lamentablemente, no se miraba en cambio la limpieza del entorno de las casas ni la manera adecuada de procesar la basura. Las primeras víctimas murieron alrededor de Navidad. Y si no había ningún ambiente para manifestar que estábamos en esta fiesta, los gritos de  dolor de quienes lloraban la pérdida de sus seres queridos fue un rasgo presente que me llevó a vivir el misterio de la encarnación, el evangelio de Jesús “al desnudo”. Nunca antes experimenté esta certeza de que Jesús está en medio del dolor y sufrimiento de su pueblo, que nace en la más absoluta pobreza, pasando como “uno de tantos”. Lo único que nos dio a entender que estábamos en Navidad fue la Misa en la Parroquia a las 10 de la noche y la animación de un grupo coral con villancicos en kreyol y en francés. En la familia donde estuve hospedada, no hubo nada de nada. Ningún niño recibió ni un solo caramelo y peor algún juguete, no tuvimos comida especial, ni felicitaciones, ni buenos deseos. Las Iglesias Protestantes y la Católica hicieron su celebración litúrgica, pero nada más. Jesús nació en Belén y este año en Karis, pero nadie se dio por enterado. Sin embargo, estoy convencida que su presencia real en medio del pueblo está justamente en tanto rostro que sufre, teme y lucha por sobrevivir con dignidad.

El 30 de diciembre salí de Karis hacia Wanamed para comenzar mi aventura de regreso a Puerto Príncipe. Y digo “aventura” pues ya se nos indicó que no nos podrían ir a buscar desde el SJR y tampoco podríamos regresar juntas Cecilia, Marlene y yo. El temor frente a la carretera tan mala, es un factor que detiene y paraliza. Finalmente se decidió que debía salir en avioneta desde Cabo Haitiano. Y así fue. El día 31 subí a una pequeña avioneta y en 30 minutos llegué a Puerto Príncipe. Una nueva visión de Haití desde el aire, pero lamentablemente predominando las montañas secas y deforestadas. Un cielo hermoso, un mar que baña las costas, pero el pueblo haitiano sufre una pobreza extrema y no encuentra el camino para superar su situación. Y es aquí donde el Señor quiere que me entregue. ¡Y lo hago con alegría!. Al llegar al aeropuerto de Puerto Príncipe, qué emoción experimentar que entendía mejor el kreyól y que me podía comunicar con la gente mientras esperaba al P. Lazard que me había dicho me iría a buscar.

Valoro esta experiencia de inmersión y, aunque hay aspectos de la cultura haitiana difíciles de asimilar, pienso que es un medio necesario para prepararnos ahora sí en la misión que desde el SJR se me encomendará. El P. Lazard me ha repetido otro proverbio del pueblo que lo debo tener en cuenta: “M´ap naje pou soti”  (“He empezado a nadar, tengo que salir”)  Creo que refleja mi situación actual. Recién ahora EMPIEZO a meterme en lo que es la cultura de Haití. Confío en la ayuda de Dios para continuar nadando!