EXPERIENCIA DE MISION EN HAITI

Quiero hacer una relectura de mi experiencia de misión Intercongregacional en Haití desde una actitud de fe con la mirada de Dios, con sinceridad y humildad tratando de recoger lo que más me ha hecho crecer. El resto queda en el corazón de Dios.  

En este momento me brota un sentimiento de alegría y satisfacción por la gracia de sentir los movimientos de Dios en mi Vida. Esto me ha conducido a salir de mis propias fronteras y abandonarme en sus manos y responder a su llamada, a sus iniciativas. Estoy consciente que he acogido y vivido esta misión con una convicción que el Señor me eligió y me llamó para estar con Él en medio de este pueblo haitiano.

Lo que me marcó para tomar en serio esta decisión fue mi deseo tan profundo de escuchar el grito de Dios desde la frontera, desde la intemperie y dejarme interpelar por estos movimientos del Espíritu Santo que desde algún tiempo venia resonando en mi corazón.

“Escuchemos a Dios donde la Vida Clama”, fue el lema de la CLAR, que en el año 2009 hacía un llamado a toda la Iglesia latinoamericana y Caribeña. Esto me impulsó a ponerme en camino, con el oído atento para escuchar y el corazón bien dispuesto para acoger la novedad de los signos de este tiempo privilegiado como Iglesia en hacer realidad este Proyecto de Dios.

Al llegar en Haití y encontrarme con este pueblo tan sufrido: en condiciones de vida inhumanas, con campamentos llenos de pequeñas tiendas rotas y desgastadas que albergaban hasta 6 y 7 miembros de la misma familia, con niños enfermos llorando de hambre, con mujeres angustiadas y hombres solitarios en las calles sentados sin hacer nada…Esta realidad me dejó sin palabras y experimenté impotencia silenciosa, llena de interrogantes: ¿Dónde está el Dios de la Vida? Y yo ¿Qué puedo hacer, que puedo dar?. Humanamente no podía entender ¿por qué? el Señor me llamó para esta misión? En medio de este desconcierto me sentía invadida por el recuerdo vivido de la Eucaristía de envío, la palabra del Evangelio me resonaba “llamó a los que El quiso para estar con Él” y poco a poco en la vida cotidiana y en la oración personal fui tratando de comprender lo que significaba para mí” estar con Él” en esta misión concreta que el Señor me pedía en este tiempo. Estar con Él, descubrir su rostro en estos mis hermanos, acompañar, saber estar con Él y ser enviada por Él, en este contexto de la misión. Sentí una llamada fuerte de Dios de estar a su lado haciendo la experiencia de testigo de su obra liberadora, porque cada día experimentaba su presencia cercana que El mismo se revelaba haciendo su obra de consuelo, de ayuda, de escucha, devolviendo la vida y motivando a levantarse a ponerse en pie.

Este Rostro del Dios de la Vida siento que fue una manifestación patente que día a día fui descubriendo a través de la atención a la salud con la técnica del Biomagnetismo. Este trabajo ha sido muy interesante y gratificante al constatar que con un medio sencillo y aplicándolo con seriedad y responsabilidad se devuelve la salud a personas que no tienen ninguna posibilidad de acceder a una consulta médica. Para mí ha sido también hacer presente el Reino silenciosamente, con los medios pobres, sin necesidad de saber el idioma. Sólo con los gestos de acogida y entrega sin esperar nada a cambio, poniendo al servicio los dones que el Señor me ha concedido.

 

“El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros” (Juan 1,14).

El Señor me ha concedido vivir dos Advientos y dos Navidades en las cuales he podido contemplar este Misterio de la Encarnación y palpar de cerca al Dios hecho hombre. Creo que fue una experiencia que más me ha marcado en mi vida: constatar un Pesebre viviente donde no hay posada para que nazca el Hijo de Dios. Es verdad, todavía hoy, no hay sitio para el Hijo de Dios que está clamando en estos rostros concretos de nuestros hermanos y hermanas haitianos. He podido contemplar y ser testigo de esta voz de Dios que clama desde el Pesebre:

En tantos rostros sufrientes: enfermos, madres de familia con sus corazones rotos sin poder cubrir las mínimas necesidades para su hijos; tantas familias que salen a buscar viviendas y las posibilidades de una vivienda digna les son negadas.

En lugares donde la angustia, las tensiones, la violencia se incrementan.

En la dura realidad donde no hay espacio para nuestros hermanos. No encuentran casa ni lugar donde ubicarse como familia y, a la fuerza, se sienten obligados a salir convirtiéndose en migrantes al exterior.

En la imagen de tanta gente sentada al borde de los caminos, sin tener nada que hacer y solamente esperando que se acerque un extranjero para pedir una limosna.

La vida clama en tantos niños abandonados por sus padres por tener capacidades diferentes.

En tantas mujeres que se sienten obligadas a vender su cuerpo para tratar de sobrevivir.

Qué impotencia vivir estos tiempos donde normalmente se experimenta alegría, pues todo el mundo habla de la Navidad! Nuestra religiosidad popular nos pone en movimiento diferente de lo normal y la Liturgia de este tiempo nos hace la invitación a la Esperanza, a esperar al Dios salvador, Dios libertador que viene como la luz del mundo y como buena noticia para los pobres…

Esta Buena Noticia creo que llegó tan profundamente en mi corazón y me alegra poder descubrir los signos de Vida y Esperanza que el Señor va haciendo brotar cada día y se manifiesta en rostros y acciones concretas:

  • En estos mismos rostros de la persona haitiana que sufre. Es admirable ver a esta gente que acogen esta realidad como normal y con un corazón agradecido alaban y dan gracias a Dios por la Vida, por tener la única oportunidad de estar vivos.
  • En la esperanza de los jóvenes. Sus deseos de construir un nuevo Haití. Hay que ver con qué gusto y dedicación asumen sus estudios. En los encuentros de formación siempre expresan: “Queremos un nuevo Haití. Nosotros somos la esperanza, el futuro de cambio”
  • En las organizaciones de las mujeres, en el esfuerzo por mejorar su condición de vida, en la conciencia social que van adquiriendo poco a poco y en el querer ponerse en pie organizándose para reivindicar sus derechos.
  • En las mujeres que cargan con el peso de su responsabilidad y llevan sus pequeños negocios inventándose vender cualquier cosa para sobrevivir.
  • En su religiosidad. Tienen un Dios que les une en la diversidad de creencias y hay respeto mutuo y fidelidad en el tiempo dedicado a dar culto a su Señor con una postura y estilo para alabar a su Dios que les sostiene.
  • En el arte, su ritmo, su sentido festivo, la alegría.
  • En su elegancia en el vestir. No se dejan vencer por la miseria y sobresale su personalidad demostrando su dignidad en su manera de presentarse impecables en cualquier celebración o acontecimiento. Las mujeres resaltan su feminidad.

Ahí donde la Vida clama descubrí el Misterio de la Encarnación y comprendí que tiene principio y fundamento para mi vida de fe y vida consagrada. Sentí el amor y la compasión de Dios para con este pueblo porque solo el amor hace optar, encarnarse en esta realidad. Este Rostro de Dios escondido en el silencio y la impotencia me ha marcado y siento que ha sido el hilo conductor para mi vida. Me sentí interpelada, cuestionada, y llamada a vivir con intensidad el silencio, y hasta por obligación, porque el mayor impedimento para mí ha sido el idioma. Sin embargo, gracias a este silencio he aprendido a leer el “hoy” de mi vida desde la mirada de Dios y a estar con la gente, en actitud de aprendizaje; a escuchar no sólo con el oído sino con el corazón, contemplando su rostro y tratando de leer y acoger su mensaje ofreciendo mi cercanía, amistad, mi propia vida y demostrando con gestos de cariño, servicio y entrega gratuita y así pude descubrir en medio de esta realidad se va manifestando pequeños signos del Reino de Dios.

Tiempo propicio para Agradecer a Dios.

Todo llega, todo pasa y tiene su fin. Son los últimos días que me quedan en esta tierra que me ha acogido con mucho cariño. Cronológicamente siento que ha sido un tiempo corto, pero al mismo tiempo tan intenso y muy rico. Creo que el Dios de la Vida me concedió vivir con mucha intensidad y alegría. Con mi corazón lleno de sentimientos de agradecimiento a Dios por darme la oportunidad de vivir esta experiencia quiero resaltar lo que para mí ha significado este tiempo:

  • Tiempo propicio para agradecer a Dios por la riqueza Intercongregacional. Gracias Señor por regalarme esta oportunidad de enriquecimiento de todas las espiritualidades y carismas. Cada Congregación es una riqueza para la Iglesia; cada fundador y fundadora son testimonios de personas abiertas a la acción del Espíritu Santo. Cada uno/a de ellos/as invadidos por la pasión de Dios y la Humanidad, a través de sus carismas, han ido respondiendo a los clamores de su época y han favorecido a que se haga realidad los sueños de Dios para la humanidad a través de su entrega.
  • Tiempo propicio para agradecer por la CIM. Ha sido una fortaleza porque nos hemos dejando llevar por la Palabra que ha sido el centro de nuestra Vida. Cada día ha sido leída, compartida y en algún sentido hecho vida y celebrada. Creo también y, no quiero pretender mucho a pesar de nuestras fragilidades humanas, el Señor nos ha concedido la gracia de convertir nuestras vidas en evangelio. No puedo más que decir gracias por el testimonio de cada una de las Hnas. por su entrega incondicional al servicio de este pueblo, sin escatimar nada.
  • Tiempo propicio para agradecer por cada una de las Hnas., por la gracia de la comunión que nos ha unido en la vocación misionera. Todas hemos venido impulsadas por una llamada y una respuesta apasionadas por compartir nuestras vidas con los más pobres y excluidos, escuchando a Dios donde la Vida clama.
  • Tiempo propicio para aprender a amar nuestra época. Un tiempo para dejarnos conducir por el soplo del Espíritu como vida consagrada. Un tiempo de ver la luz en medio de las tinieblas. Un tiempo de abrir fronteras como congregaciones y de arriesgarnos a subir en la barca y echarnos mar adentro.
  • Tiempo propicio para aprender a vivir la soledad con la mirada fija en Jesucristo y su Reino.
  • Tiempo propicio para aprender a valorar y amar más a la Iglesia y a mi Congregación y de sentirme acompañada todo el tiempo por Santa María Eugenia.
  • Un tiempo propicio para fortalecer mi identidad como Religiosa de la Asunción, pero amando y conviviendo con la diversidad de carismas y espiritualidades
  • Tiempo propicio para experimentar la fortaleza de la Eucaristía, acogiendo en silencio a Cristo vivo en mi vida, sin entender nada, ni ritos, ni homilías.
  • Tiempo propicio para conocer y amar otra gente con su diversidad de credos, cultura y así experimentar a Dios que no tiene fronteras.
  • Tiempo propicio para dejarme interpelar por este Misterio de la Encarnación tratando de leer en cada rostro humano el amor y la compasión de Dios por la humanidad.
  • Tiempo propicio que el Señor me regaló para vivir esta experiencia Eclesial desde la Intercongregacionalidad, por la riqueza espiritual y por comprender que en la diversidad hay un punto de unidad que es el amor al Evangelio y su Reino
  • Un tiempo propicio para aprender a relativizar las cosas.
  • Un tiempo propicio para valorar y sentir la necesidad de la riqueza de nuestra Liturgia y estilo de vida.
  • Tiempo propicio para dar gracias a Dios por su obra que día a día va realizando en los jóvenes y avivando el deseo de formación, de organización, sed de ser protagonistas de su historia.
  • Tiempo propicio para agradecer a mi Congregación y Provincia por regalarme este tiempo de experiencia
  • Tiempo propicio para agradecer a la CER por su apertura a la acción del Espíritu y por abrir nuevos caminos que nos desafían como vida consagrada. Gracias por el acompañamiento y la formación que nos brindaron y por todos los grandes y pequeños detalles para con nosotras Sólo nuestro Dios de la Vida les colmará de bendiciones.

 ¿“Cómo le pagare al Señor todo el bien que me ha hecho”?

 

Haití 26 de Enero del 2013

 

Carmen Rosa Peñaranda Córdova

Religiosa de la Asunción