De la formación inicial a la formación permanente

 

 

 

Estamos llamadas a redescubrir la gracia y la tarea de nuestro ser religiosas. Esto es un servicio a la Iglesia y al pueblo cristiano que exige una profunda espiritualidad.

 

En respuesta a la vocación divina, tal espiritualidad tiene que alimentarse de la oración y de una intensa unión personal con el Señor para poderlo servir en los hermanos.

 

Se destaca, de este modo, la importancia del empeño educativo, para que crezcan personas libres y responsables, cristianos maduros y conscientes

 

Enfrentando la temática de la formación espiritual en todos sus aspectos, es necesario partir de una renovada conciencia de que ésta procede integrando los diferentes momentos y las diferentes dimensiones de la vida y que ésta no puede nunca decirse terminada en modo definitivo.

 

No se puede proceder a niveles separados. La exigencia de la formación de una religiosa es la de una formación integral.

 
 

Relaciones fundamentales

 
 

Relación cristológica

 

Relación agápica

 

Relación eclesial

 

Relación misionera

 
 

Relación cristológica

 

El eje fundamental es Cristo. Hay riesgos en la vida de la religiosa, de los que hay que tomar distancia: distancia del hacer para recuperar el ser que inspira el hacer. Se trata de la concepción de la religiosa funcionaria y coordinadora de servicios que llevan a la dispersión entre las muchas cosas que hay que hacer. En esta concepción se anidan serios peligros de malestar y crisis futuras. 

 

En la vida religiosa está puesto el Misterio que conocemos por la revelación; por lo tanto es natural  que se recomiende como perspectiva educativa un 'conocimiento profundo' y un 'experiencia creciente de este Misterio'. La existencia de la vida religiosa se configura alrededor del ser ‘hombre y mujeres del misterio‘.

 

El misterio tiene su raíz en la Trinidad, y por lo tanto, asume el rostro de comunión y relación. De  contemplación y de experiencia del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, se originan las más auténticas capacidades de relación y comunión con lo humano, sea dentro de la Iglesia o sea hacia muchas situaciones que invocan salvación o gritan necesidad.  

 
 

Es así que la religiosa se configura a Cristo. Subrayo: 'conocimiento profundo' unido a 'experiencia creciente' que tiene que llevar a la "capacidad de relación y comunión con lo humano". He aquí el problema de la unidad en la formación: una relación cristológica que empuja al encuentro con Cristo, quien en la  encarnación “se ha unido, en cierto modo, con todo hombre” (GS 22).

 
 

Relación Agápica

 

La religiosa es signo de comunión.Vivir la comunión es dimensión fundamental de la vida consagrada. No se entiende la vida religiosa sino desde la comunión  y la vivencia de la fraternidad.

 

La religiosa tiene que descubrir y comprender la comunión, está llamada a insertarse en la comunidad con corazón abierto y disponible.

 

Esta pertenencia tiene que ser tal que ofrece una ayuda efectiva a la vida espiritual y pastoral de la religiosa, sacándola del aislamiento y evitando encerrarse en pequeños grupos, contenta de pequeñas gratificaciones que éstos le pueden ofrecer. Sólo así es capaz de entrega, diálogo e iniciativa, inclusive donde hay probables fracasos, cruz y desilusión.

 
 

Relación eclesial

 

La religiosa es la mujer de la comunidad y para la comunidad. La religiosa es una mujer de Iglesia.

 

Se trata aquí también de la capacidad de relaciones cooperativas y corresponsabilidad con los laicos. Somos parte del único pueblo de Dios.  

 
 

Relación misionera

 

La vida religiosa participa de la misión confiada por Cristo a los Apóstoles. Pide una apertura que vaya más allá del propio ámbito de trabajo pastoral.

 

La religiosa está llamada a habitar la historia en tensión oblativa, misionera, en una Iglesia de fronteras abierta al mundo, no quedándose en pequeños círculos. 

 
 

A causa de estas cuatro relaciones fundamentales, la religiosa está llamada a ser una experta de relacionalidad.

 

En una relacionalidad contemplativa con el Misterio, fraterna, oblativa en la comunidad y profética en el mundo. Una relacionalidad que debe ser protegida y profundizada por toda la vida. 

 
 
 
 

No basta con anunciar las relaciones para que advenga por milagro la formación. Hace falta poner en relación el punto de partida con la meta de llegada, trazando una dirección que gradualmente llevará a la meta.

 

Dirección y meta deben ser compartidas por todos los que actúan en el ámbito de la formación, pero es necesario que entiendan las recíprocas implicaciones de las cuatro relaciones y su profunda unidad, en donde se imprimen en la vida la actitud, el comportamiento y la mentalidad correspondiente, es decir, haciendo propia la docibilitas como disponibilidad a dejarse formar. 

 
 

En este cuadro general entra el abanico de las diferentes dimensiones de la formación: humana, teológica, espiritual y pastoral

 

Que tienen que entrar armónicamente a constituir un proyecto formativo, evitando cada forma de esquizofrenia de las dimensiones de la personalidad.

 

La atención a las cuatro dimensiones, en armonía entre ellas, tiene que ser la trama para construir la síntesis. Su síntesis armónica es la condición sin la cual no se puede acompañar hacia la madurez desde la formación inicial.

 

Tenemos, por ejemplo, esquizofrenia (por lo tanto mala síntesis educativa) cuando la vida espiritual no está alimentada por coherentes contenidos teológicos, sino alimentada en otras fuentes que poco o nada tienen que ver con una seria vida espiritual: favorecen el devocionalismo en vez de la devoción. Las fuentes de la vida espiritual son la Palabra de Dios comprendida en la Iglesia y con la Iglesia, la oración litúrgica, los sacramentos y el pensamiento teológico de la Iglesia. 

 

Una síntesis educativa debe tener presente que es necesario evitar también el angelicalismo que se nutre de una ascesis pobre en valores humanos y que obstaculiza las relacionalidades de las que se ha hablado antes. 

 

Por último, una buena síntesis educativa tiene que evitar el secularismo como forma mundanizada de vida, mediante el cual el lenguaje y las actitudes de la religiosa, en vez de evocar el misterio, lo esconden, lo hacen opaco y tienden a borrarlo. 

 
 

Dimensión humana

 

Que hace concreta la formación espiritual. <<Sin una adecuada formación humana, toda la formación (sacerdotal) estaría privada de su fundamento necesario>> (PdV 43).

 

Todos los valores humanos tienen que entrar en el proyecto educativo, para que lo humano se convierta en la normal mediación de los valores espirituales.

 

Precisamente para que su vida sea humanamente lo más creíble y aceptable, es necesario que  la religiosa plasme su personalidad humana de manera que sirva de puente y no de obstáculo a los demás en el encuentro con Jesucristo Redentor del hombre.

 

 La formación humana es condición para habitar positiva y fecundamente la historia.

 

Por lo tanto, necesita del aporte de las ciencias psicopedagógicas que le corresponden y que proveen los términos del problema educativo. A veces se revelan carencias evolutivas, fruto de heridas de la historia pasada no completamente cicatrizadas; otras veces, trastornos psicológicos que impiden un provechoso camino, obstaculizando la formación que le es ofrecida, pero que pueden ser mejorados con intervenciones psicológicas y/o psicoterapéuticas; en otras condiciones la personalidad resulta objetivamente un 'obstáculo y no puente' al encuentro con Jesús. Por lo tanto, hace falta un discernimiento y un acompañamiento específico en este ámbito muy importante, pero hecho también con delicadeza. Es por esto que la Congregación para la Educación Católica ha creído conveniente intervenir con un documento de aclaración sobre el empleo de las competencias psicológicas en la admisión y en la formación (2008).  

 
 

Dimensión intelectual/teológica

 

Provee a la vida espiritual las grandes motivaciones y la libertad del subjetivismo en la conquista de la verdad objetiva, transmite el amor a la verdad, por su búsqueda rigurosa, por un método de trabajo.

 

Sobre todo libera la vida espiritual de las formas de emocionalismo.

 

No se puede decir <<No sabe teología, pero es piadoso, igual puede ser un buena religiosa>>.

 

Sentimiento y afectividad son importantes en la vida de fe, pero sólo si encuentran fundamento en la transparente inteligencia de la verdad. 

 
 

Dimensión pastoral

 

Hace concreta la identidad de la religiosa y la estimula a pensarse en la verdad del don de sí, que implica motivaciones y comportamientos de una vida espiritual bien orientada.

 

La identidad de adquirir debe ser la de una religiosa donada a la misión pastoral para la construcción de la Iglesia, cuerpo de Cristo. "A favor de su cuerpo que es la Iglesia" (Col 1, 24). 

 
 

Dimensión espiritual

 
 

La vida espiritual en su autenticidad se alimenta de todas las dimensiones precedentes.Es la síntesis motivada por el amor de Cristo que todo tiene que mover y plasmar.

 

El discernimiento vocacional y espiritual debe estar en estas cuatro dimensiones de la formación personal en la vida religiosa. La síntesis educativa de estas dimensiones en la vida espiritual no es fácil y no es conocida por las generaciones jóvenes.

 
 

La formación está atenta a desarrollar todas las dimensiones de la personalidad (humana, intelectual, pastoral y espiritual) que, juntas, contribuyen a construir la plena identidad del la religiosa. 

 

No es posible pensar en una formación a niveles o a sectores de la persona: no se puede pensar en construir el nivel 'inferior' (por ejemplo, humano) prescindiendo del superior (espiritual) o de la meta (caridad pastoral) y viceversa. La persona no está hecha a niveles sobrepuestos e independientes los unos con los otros. En la base de cada formación debe estar una concepción holística de la persona humana. Esto significa no olvidar nunca que todas las dimensiones de la personalidad humana se interrelacionan entre sí, influenciándose y condicionándose recíprocamente, por lo que se puede ocupar en momentos entre ellos separados de la formación. Si se abandona la visión unitaria de la persona y la identidad de la religiosa no se puede esperar conseguir frutos maduros y duraderos. 

 

El equilibrio de las partes, enunciadas, no puede ser dejado sólo al formando, tiene que ser también tarea de todos los formadores, docentes y superiores, superando eventuales particularismos por un compartido proyecto de formación unitaria, concorde en los métodos, en los objetivos, incluso  respetando las distintas competencias y roles formativos. 

 

Se pide armonía entre las partes, de la que surge una personalidad armónica y equilibrada.

 
 

Formación humana

 

La vida religiosa entra en una serie compleja de relaciones humanas que comprometen intensamente a la religiosa no sólo desde el punto de vista de su preparación teológica y espiritual. La humanidad de la religiosa es la normal mediación cotidiana de los bienes salvíficos del Reino.   

 

La madurez de la religiosa, su equilibrio, la firmeza de su voluntad, su modo de entrar en relación con los demás, la sinceridad, la discreción, el ánimo, el espíritu de sacrificio influyen decididamente no sólo en su misión, sino también en el modo de 'estar bien' consigo misma y en la comunidad.

 

Por esto hace falta poner mucha atención a la formación humana.

 

Las virtudes humanas y las virtudes relacionales de la religiosa tienen que ser objeto de atento cuidado por parte de los formadores. La vida religiosa no puede ser efectiva sino está mediada por la personalidad humana de la religiosa que tiene que hacer de puente y no de obstáculo al anuncio del Evangelio.  Exige todas las virtudes humanas que permiten relaciones profundas y auténticas entre las personas. 

 
 

Formación intelectual

 

El objetivo de la formación teológica de la religiosa es el encuentro con Jesucristo, Verdad que nos introduce en el amor trinitario, pero que al mismo tiempo acepta del Padre la misión de llevar el Evangelio al mundo, dando vida a la Iglesia y llamando algunos a participar de su misión.  

 

No se  puede vivir la VR y lo que esto conlleva si no se está en grado de ser maestros en la fe y en la doctrina. 'Suficiente la fe', se escucha decir a veces para justificar la petición de una cierta suavidad de la severidad de los estudios teológicos en preparación a la vida religiosa. Sí, ¿pero qué fe? La fe tiene una exigencia intrínseca, decía G. Moioli: la de ser verdadera.  Este aspecto indica indiscutiblemente el estrecho enlace entre formación intelectual y formación espiritual y pastoral. El estudio sirve ante todo y principalmente para un crecimiento en la fe y en la entrega. Cualquier separación sería desastrosa para la vida espiritual.  

 

El estudio de la teología es necesario, en cuanto ayuda continuamente a penetrar en mejor forma el misterio de Cristo, tal como ha sido revelado y anunciado por la Iglesia. El misterio de Cristo debe ser vivido en comunión con la Iglesia, con la comunidad de fe, nunca en una dimensión intimista y privatista. Hay una insuperable objetividad de la fe. La fe de la religiosa es la fe de la Iglesia: por lo tanto, ella debe conocer qué cree la Iglesia para creer con la Iglesia y en la Iglesia. De la verdad de la fe nadie es dueño.  

 
 

Formación pastoral

 

La VR se nutre y se enraíza en el amor que la religiosa tiene por Cristo, conocido por la mediación del anuncio de la Iglesia; es el resultado de la respuesta dada cotidianamente por ella a la pregunta: <<¿Me quieres?>>, que precede a la entrega: <<Apacienta mis corderos>> (cfr. Jn 21, 15-19). Enraizada en el amor por Cristo, la pastoral se convierte en fuente y estímulo continuo al don de sí en el servicio a la Iglesia y todo hombre y mujer, en comunión con toda la Iglesia.   

 

La religiosa debe alimentar una ardiente pasión por el Reino siguiendo la voluntad del Padre y poniéndose al servicio del crecimiento armónico, integral y dinámico de todo hombre-mujer y cada hombre-mujer, a partir de ella misma. 

 

Se advierte hoy una necesidad de renovación de la pastoral, que además, pide una progresiva corresponsabilidad de los laicos.

 

Hay tradiciones pastorales que vienen ciertamente salvadas, pero, cierto existe un tradicionalismo pastoral inadecuado a las exigencias de nuestros contemporáneos, es fruto de la inseguridad. Este aspecto merece hoy una profunda y atenta reflexión de parte de la Iglesia y de los formadores, en cuanto aquí se esconde uno de los motivos, no secundarios, de la crisis de las jóvenes religiosas en los primeros años de profesión, al momento de su inserción en la pastoral. En parte es atribuible a la permanencia de modelos de pastorales vinculados al pasado y difíciles de dejarse plasmar de las exigencias de una cultura profundamente cambiada y secularizada, en parte a la dificultad, por algunos aspectos inevitables, de la joven religiosa a hacer el paso de una vida de estudiante a una vida concreta con las exigencias que esto supone.

 

Estudiar y recorrer modalidades pastorales nuevas no es siempre fácil, incluso por algunas resistencias de los fieles. Sin embargo, es necesario preguntarse si lo que se pide a la religiosa sea una pastoral que agote casi todas sus energías en cosas que poco tienen que ver con el crecimiento en la fe de la comunidad.

 

Se trata de una pastoral que no se quede dentro del pequeño espacio, reducida y con muchas pretensiones, y no encuentra modos de salir al mundo exterior para encontrarse con quienes están afuera. El anuncio de la fe por si mismo tiene que ser llevado hasta los confines del mundo, según el pedido de Jesús a sus discípulos.

 

La formación de las religiosas no puede ser pensada en forma aislada del planteamiento general de la comunidad. Se correría el riesgo de desencadenar graves y dolorosas crisis en los primeros años, que tendrían también graves consecuencias en la perseverancia de las jóvenes hermanas. Algunas crisis y consiguientes abandonos no son debidos sólo a su fragilidad psicológica o espiritual, sino a tensiones engendradas por pedidos de asunción de roles demasiados distantes de lo que han cultivado (y les ha sido enseñado) en el período formativo.  

 

Se manifiesta aquí la extrema delicadeza de la inserción en la vida pastoral de las hermana en los primeros años de su profesión. Ciertamente no pueden ser abandonados a sí mismas, pensando que es suficiente 'estar dentro' con buena voluntad, con mucho amor para Jesús y que sea suficiente un estudio profundizado de su actualizada teología pastoral. Es necesario hacerse cargo de un acompañamiento específico para la relectura de la situación pastoral concreta en la que se encuentran a actuar, para a una profundización de los criterios de acción en una eficaz y situada encarnación del Evangelio.

 
 

Formación espiritual

 

La espiritualidad, entre otros elementos, está empapada y alimentada en las distintas relaciones dentro y fuera de la comunidad.

 

Una espiritualidad que debe ser vivida dentro de las exigencias propias.

 

Es espiritualidad de comunión con Dios a través del seguimiento de Jesucristo en la misión. Sabemos que siempre tiene consecuencias muy negativas para la fe cristiana la separación entre el amor de Dios y el amor al prójimo, sea que esta advenga para asumir sólo el polo del amor a Dios o sólo el polo del amor al prójimo. 

 

La espiritualidad cristiana pone al centro a Cristo: en Él, hombre-mujer y Dios, están indisolublemente unidos; en Él la relación con el Padre se convierte en pasión por la misión que Él ha recibido del Padre. Su alimento es hacer la voluntad del Padre, es decir, donar la propia vida para la salvación del mundo: la comunión con Él lleva a donar la propia vida para la salvación del mundo, ya que ésta es la voluntad del Padre.  

 

Esta concepción salva de una separación entre espiritualidad y vida concreta, que a veces induce a pensar en dejar las actividades para hallar la relación espiritual con Cristo. Esto ocurre cuando la pastoral se ha encaminado sobre el camino del 'hacer', de las obras, y la religiosa no logra vivir en estas la pasión por Cristo que quiere donar a Dios a los hombres, a lo mejor porque las obras han ido plasmándose sobre modalidades que no hablan más de Dios ni a la religiosa ni a los fieles. En tal caso, más que dejar la pastoral para hallar la relación espiritual con Cristo, se trataría de empeñarse en buscar los modos de reformular la acción pastoral sobre motivación originaria. 

 
 

Conclusión

 

El camino hacia la madurez no pide sólo que la religiosa continúe profundizando las distintas dimensiones de su formación, sino también y sobre todo que sepa integrar cada vez más armónicamente estas dimensiones, alcanzando progresivamente la unidad interior. En efecto, ésta no sólo coordina y unifica los distintos aspectos, sino que los precisa connotándolos como aspectos de la formación en cuanto tal. La religiosa como transparencia, imagen viva, seguidora de Jesús.  

 

Si decae la unitariedad y la integración entre las distintas dimensiones antes recordadas, se entiende, de modo restrictivo, la VR; se expone inevitablemente a graves reduccionismos que debilitan la personalidad y la identidad, creando condiciones para futuras tensiones y graves crisis . 

 

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