EL SUEÑO DE DIOS EN LA REALIDAD DE HAITÍ

Para la revista CLAR

Del día 12 de enero de 2010 se acuerdan los escombros en la calle, los damnificados en las carpas, los edificios rotos por el miedo y aplastando vidas; se acuerdan algunas organizaciones y los haitianos que estaban temblando de miedo, dolor, impotencia y muerte.

Nos podíamos imaginar que el huracán de imágenes, artículos, fotos, reacciones… se acabaría cuando la noticia pasara a Libia, Egipto, Afganistán o a personajes enriquecidos por el deporte y el espectáculo o acabados por la droga y la violencia. Y por eso, las reacciones inmediatas exigen opciones continuadas, como las que pueden y deben dar los religiosos y religiosas de América Latina.

Debido a esto, el 2 de febrero del 2010, en la jornada mundial de la Vida Consagrada, la Conferencia Ecuatoriana de Religiosas/os, haciéndose eco del clamor del pueblo haitiano ante la tragedia del terremoto y deseando “responder a Dios- en comunión- allí donde la vida clama”[1], convocó a la vida religiosa del país a una “misión intercongregacional”, para acompañar el proceso de reconstrucción de este pueblo hermano, cuando el acontecimiento dejara de ser noticia.

Desde ese momento, la Junta Directiva, la Comisión de animación misionera de la CER (CAM-CER) y las hermanas que acogieron esta propuesta, hemos trabajado en la definición de los objetivos, los criterios de participación, las responsabilidades compartidas y los destinatarios de esta misión.

Los contactos con la realidad de Haití, los testimonios de unos y otros, el intercambio con todos aquellos –hombres y mujeres de buena voluntad- que quieren hacer algo por este pueblo, nos han confirmado que el terremoto es un momento en la vida e historia del pueblo Haitiano, y que necesita “reconstruir el tejido personal y social”, a mediano plazo, y no solo de una ayuda puntual y emergente. Comprobamos que este pueblo tiene una increíble capacidad de resistencia y superación ante tantos desastres naturales y sociales.

Y esta vez el soplo del Espíritu nos lanzaba a una solidaridad intercongregacional con diversidad de edades, criterios, carismas, experiencias, instituciones… aunados por el clamor de un pueblo silenciado por el temblor, temor, dolor y amor caribeñamente haitianos. La vida religiosa del Ecuador quería ver el sueño de Dios en la realidad sufrida de los sobrevivientes de Haití al estilo profético de Isaías, y con el pentecostés adelantado del 2010.

Y la respuesta vino de las Mercedarias Misioneras, Franciscanas Misioneras de la Inmaculada, Providencia y Combonianas con generosidad para compartir su vida y con esperanza de ver el rostro afro de Dios. Las hermanas Cecilia Guarderas, Clemencia Rodríguez, Eugenia Silva y Marlene Caisaguano (más tarde Socorro López) encarnaron con entusiasmo misionero y con valentía profética todos estos sueños y opciones, porque “Desde el CAM3-COMLA8 me comprometí a continuar mi tarea, como discípula y misionera de Cristo… Durante todo este tiempo mantuve el anhelo de partir en misión más allá de las fronteras de mi país” (decía una), “Ante la catástrofe de Haití, me ha acompañado una certeza: otro Haití es posible, si quienes habiendo sido invitados por Cristo vamos al encuentro de este pueblo para salir adelante con ellos…” (afirmaron varias), y “Esta experiencia se nos ha regalado. Es lo que deseábamos en lo más profundo de nuestro corazón. Somos instrumentos en las manos de Dios, y queremos ser puentes de su amor, reconstruir el cuerpo de Cristo que ha sido tan maltratado en Haití” (manifestaron todas el día del envío, 17 de octubre de 2010).

En realidad, nunca se pretendió sustituir ni completar la tarea de ONGs, gobiernos o Conferencias Episcopales. Tampoco existía la pretensión de llevar recursos para reconstruir edificios caídos; apenas existía el objetivo de “Acompañar la realidad del pueblo y de la vida religiosa haitiana, desde el testimonio y la vivencia fraterna de una comunidad intercongregacional en misión”, con las propias manos, a ritmo de corazón y oración, entre la gente, con pequeños signos de Reino, expresando la solidaridad de Dios con los pobres y acercando a éstos a la Vida de Dios.

Claro que todo estaba marcado por la vivencia de la vida comunitaria (no solo el trabajo común) en todas las dimensiones de nuestra opción consagrada en diversidad de edad, carismas, sensibilidades … como ecuatorianas y conducidas por la Palabra de Dios llena de consuelo, seguimiento, solidaridad, esperanza, fraternidad, comunión…

Es cierto que durante tres meses, las hermanas estuvieron aprendiendo en Quito, el kreyól con la ayuda de una amiga haitiana, pero al pisar el suelo de Puerto Príncipe el 9 de noviembre de 2010, pudieron comprobar que una cosa es estudiar y otra es hablar; así que llega la primera decisión: mes y medio de “inmersión” en la vida de una familia haitiana hablando, comiendo, viviendo, durmiendo… en kreyól; Cecilia y Marlene en Monben Krochi; Clemencia en Karis y Eugenia en Puerto Príncipe (esperando la llegada de Socorro desde México).

Con semejante “bautismo de inmersión” cultural, en una casa arrendada de Puerto Príncipe (cercana a los campamentos de refugiados), sudaban con el trajín del “tap-tap” y los laberintos de tráfico hasta llegar a las Oficinas del Servicio Jesuita de Refugiados. Allá les esperaba el Director, P. Wismith Lazard, con un proverbio haitiano: “Pitit, pitit, zwazo fé nich” (“Poco a poco es como el pájaro hace el nido”).

La Comunidad Intercongregacional Misionera en Haití está compuesta por cinco hermanas (cuatro ecuatorianas y una mexicana), enviadas por la Conferencia Ecuatoriana de Religiosos/as, acompañadas por sus congregaciones respectivas, insertas en la vida eclesial de Puerto Príncipe, solidarias con el Servicio Jesuita de Refugiados, apoyadas por la CLAR y animadoras de los sueños proféticos y germinales de la vida religiosa del Ecuador y de América Latina y el Caribe.

Están caminando al ritmo de jóvenes y mujeres y enfermos y … muchos refugiados en siete campos de pobreza, esperanza, carpas, solidaridad, polvo-lodo y todo el espíritu de Jesús que “ha venido para anunciar la Buena Nueva a los Pobres, la libertad a los oprimidos, la vista a los ciegos… y un año de gracia…”. Bueno, “un año” era el compromiso de cada una de las hermanas para compartir el sueño de Dios en esta realidad, pero se están haciendo meses muy cortos y se nota que hay que alargarlos con la lengua, la cercanía, la organización y un compromiso que tiene un tiempo de comienzo pero que es kairós permanente. La CER se comprometió por dos años, prorrogables y esperanzados, con el Servicio Jesuita de Refugiados y con las Congregaciones, pero las cinco hermanas sienten la necesidad de permanecer, estar, acompañar, sudar, caminar con sus hermanos y hermanas haitianos/as todo el tiempo que sea posible, poniendo un ojo en los pequeños signos cotidianos y otro en los grandes horizontes del Reino.

La acción de gracias a Dios por este regalo personal, congregacional e intercongregacional se nos está convirtiendo en una luz de esperanza y profetismo que no podemos mantener encendida sin la solidaridad de toda la Vida Religiosa del Ecuador y de Latinoamérica. Que nuestros respectivos fundadores y fundadoras nos muevan a “responder juntos a Dios donde la vida clama”, y que estas hermanas del “tap-tap” dinamicen nuestros pasos con y entre los temblores de hombres y mujeres sonreídos por Dios.

Para entender esto, nada mejor que el testimonio de Cecilia, sobre la Comunidad Intercongregacional Misionera del Ecuador en Haití: “Un paso de Dios en mi vida. Un regalo de su providencia, de su ternura y misericordia liberadora, y por lo tanto, una oportunidad para servir a los hermanos haitianos, tanto en las oficinas del S.J.R. como en los campamentos. Una experiencia profunda de lo que supone el despojo, la desinstalación, el abandono, la exclusión, a la vez que un renacer constante a la esperanza”.



[1] Parafraseado el lema de la CLAR 2009-2011:: “Escuchemos a Dios donde la vida clama”