“VENGAN CONMIGO A ORAR”.

 

Místicos o funcionarios

RODOLFO ERBURU, ofmcap

 

 

 

La sinrazón de la vida consagrada consiste en no ser místicos, no ser orantes.

 

Ser místico, ser orante supone un conocimiento, un ideal, una vivencia de algo superior, - para nosotros, Dios, Jesús – empapados en una fuerte emotividad. Todos los místicos han tenido un gran corazón. Es la moción del Espíritu Santo que provoca un singular apasionamiento por la Persona de Jesús y su Reino. Implica todo el yo y es el motor de todo el dinamismo personal.

 

Es una vivencia que supera lo humano. Una experiencia en la que el Espíritu hace sentir su dinamismo. De ahí la dificultad de expresarla. Todos los escritores místicos han necesitado de imágenes y símbolos.

 

Es un dejarse hacer; una activa pasividad. “Muéstrame tu rostro”.

 

Sentirse tomado por Dios; contacto directo con Él. No siempre es gratificante, bello.

 

Muchas veces Jesús se muestra en las noches oscuras, fracasos, humillaciones.

 

 

 

La oración, máxima expresión mística. Mística y oración: “Dios con nosotros”.

 

Orar es pedir y buscar los rostros de Dios. Todos necesitamos imaginar a Dios. Es creativo, personalizante; sin que esa imagen sea un ídolo. Somos “imagen y semejanza de Dios”; pero necesariamente lo empequeñecemos. Es un Dios vivo, que transmite vida, enriquece, transforma.

 

Orar es la forma privilegiada de ser esposa de Jesús. La crisis de pareja familiar es notable. Lo mismo sucede con la realidad esponsal de la vida consagrada. La intimidad con Jesús deja mucho que desear entre los consagrados. Es lo mismo que decir: la vida de oración esta en crisis. Sin este motor a pleno rendimiento, desaparece la mística y aparece el funcionario. Un termómetro de ello lo tenemos en la vida fraterna. ¿Quién descubre en los hermanos al Amado?

 

Orar es comunicarse con Jesús y los demás. “/Por que no conseguí compartir mi fe con el taxista? ¿Es imposible hablar de Dios a un mundo secularizado? Si Dios es realmente Dios, es lo mas digno de ser comunicado” (Dorothy Solle). Si falla la comunicación con Dios, ¿cómo comunicarlo a los demás?

 

Orar frente a los jinetes del Apocalipsis, 6, 1-8. Orar es descubrir a Jesús donde se encuentra y donde quiere ser encontrado. Basta mirar los rasgos fundadores de cada Congregación. Paro, emigración, inseguridad, quiebra familiar, deterioro de los pastores, juventud sin futuro…/ No son los nuevos jinetes del Apocalipsis? Ahí esta Jesús; ahí quiere mostrarse, ahí quiere ser amado. ¿Ahí le encontramos en la oración?

 

 

 

 

 

 

 

 

FUNCIONARIOS O LA SINRAZON DE LA VIDA CONSAGRADA

 

 

 

¿Qué es lo que seca o mata la mística consagrada? – El convertirnos en funcionarios de lo religioso, sin pasión, sin entrega, sin comunicación, sin relación con Jesús:

 

La excelencia. Es un imperativo y un arma de doble filo. La satisfacción de lo bien hecho, el sentirse por ello realizado, tiene el peligro de ver en todo ello mi rostro, no el de los hermanos, ni el de Jesús. La excelencia se convierte en ídolo; Jesús desaparece; a los hermanos se los ignora o se los convierte en competidores. ¿Cómo se puede llegar a esto? – Porque se ha cerrado los ojos; porque Jesús ha sido desplazado poco a poco del centro y el yo ha ido cobrando mas centralidad. O no se hace oración o no entra en la más profunda realidad personal. Las motivaciones van cambiando.

 

Falta de intimidad. ¿Puede haber vida esponsal sin intimidad con Jesús? La intimidad no la da el sentimiento, sino la fe; a veces seca y dura. Decía santa Teresita:

 

“Le digo a Jesús desde la fe todo lo que quisiera decirle con el corazón”. La intimidad desaparece cuando se “cumple” con Jesús; cuando cada vez mas es un extraño el que entra en la capilla; cuando por cualquier pretexto se deja la oración.

 

Retomar la intimidad con Jesús es imprescindible, pero es muy cuesta arriba. Exige un notable esfuerzo ascético, aprender de nuevo a orar. Sin esto, no hay vida consagrada.

 

Falta de ternura. Sin ternura no hay maternidad; sin maternidad, no hay vida consagrada. ¿Cómo puede faltar la ternura si es un elemento fundamental de la persona?

 

Por bloqueos o vacíos afectivos que se arrastran desde la infancia y no han sido superados. Por una falsa formación religiosa que intentaba la fidelidad por la ausencia de problemas; por eso, el medio mejor era ahogar los sentimientos. De aquí provenía con frecuencia el miedo a amar, inseguridad ante los propios sentimientos.

 

Es una trampa bastante extendida el convencernos que somos “madres” porque somos responsables, hacemos muchas cosas… Los funcionarios también las hacen. No garantiza ser “madres” el hacer mucho por los demás. La ternura es clave. Orar es preguntarme por mi ternura, la de Jesús y la de los demás.

 

La ternura malgastada. Es una tentación “jugar” a la ternura, cuando se convierte en compensación, sin objetivo ni proyecto fuera del contexto vocacional. ¿Qué hay de malo? Reduce la capacidad de ternura hacia quienes son llamada de Jesús a la ternura. Puede llegar al abandono de la vocación. Es frecuente oír: “También fuera se puede ser tan bueno o mejor que de religioso”. ¿Dónde queda Jesús en ese “fuera”? Orar es poner mi ternura ante el espejo de la ternura de Jesús, comparar y sacar consecuencias.

 

El cansancio de amar. Muchas veces el corazón se resiente, se vuelve mendigo de ternura. ¿Qué recibo a cambio de mi entrega y servicio a los demás? ¿Indiferencia? ¿Olvido? Como Pedro. Normal; el corazón humano siempre pide correspondencia. Para una esposa de Cristo, lo más gratificante es haberle amado con el trabajo con el servicio.

 

¿Nos cansamos de amar a los hermanos de comunidad o de apostolado? ¿Hemos cerrado el corazón a alguien o muchos por los golpes de la vida? Humanamente, eso es reducirse como apóstol o esposa de Cristo. Orar lleva a ver que todo se convierte en oportunidad de amar a Jesús y a los hermanos. Y que Jesús nunca se cansa de amarme.

 

 

 

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