¿Por qué Haití?

Por: Ángel Darío Carrero, ofm

 

Todos los periodistas me han cuestionado invariablemente: ¿qué hacía usted en Haití? No podía evitar que la pregunta obligada me sonara, también invariablemente, a sospecha: ¿qué hacía en la mismísima escena del crimen? A tres semanas del terremoto, la pregunta sigue frente a mí, plana como un espejo: ¿por qué Haití? Me debo a mí mismo una respuesta.

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A principios de los años 80 pertenecí -y luego fui presidente- de los grupos juveniles de acción católica de mi pueblo de Rincón (JPC). Juntos organizamos un recogido de alimentos, casa por casa, para enviar a los niños pobres de Haití. Esta misión estaba capitaneada por una mujer sensible y adelantada a su tiempo de nombre Marisol Candelaria. Llenábamos y vaciábamos una y otra vez el baúl de su automóvil. Así fue, de hecho, que aprendí a conducir. Nunca olvido la alegría descomunal e inédita que se suscitó en mí al descubrir que, desde mi pequeño rincón de mundo, podía solidarizarme con una nación hermana, afectada por la inclemencia del tiempo y por el terror de la dictadura. Desde entonces, no me es posible desvincular la fe del compromiso solidario: forman en mi memoria una unidad indisoluble.

¿Por qué Haití?

Porque Haití fue el rostro primero de la otredad. El reverso de la historia que me habían contado hasta el momento. La sombra de mi propia piel.

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Diez años después, en 1990, me preparé para mi primera entrevista para la prensa. El lugar me salió al encuentro: Haití. El personaje: el sacerdote salesiano Jean Bertrand Aristide. El contexto: se había convertido en el primer presidente democráticamente elegido del país más pobre del hemisferio. El pretexto: el fuego de la utopía, sistemáticamente pisoteado por las huestes del neoliberalismo, se encendía de modo impredecible en las ramas secas de esta esquina del mundo. El precedente fundamental: cuna de la primera rebelión antiesclavista victoriosa y primera nación independiente de América Latina.

Salí hacia Haití -a contracorriente de los ideales de mi propia generación- para situarme alrededor de aquella llama inverosímil. No debe ser un secreto: mi generación es hija de tantos Prometeos que osaron traer al mismísimo fuego para enderezar las sombras desiguales de la tierra. Prometeos convertidos -a fuerza de refutaciones históricas- en Sísifos repetidores de gestos mecánicos y nostálgicos. El fuego se había extinguido. Tampoco era posible imaginarnos a Sísifo dichoso. Algunos de mis contemporáneos optaron inconscientemente por Narciso, es decir, por mirarse atentamente el ombligo, los bíceps, los tríceps, las patillas acicaladas del yo; cartera en mano, se refugiaban en el instante sin vecindario. Otros, con fe o sin ella, nos resistimos a este encorvamiento inútil y nos dejamos seducir por la llama solitaria e inesperada que se asomaba nuevamente en la tierra de Toussaint L'Ouverture, Jean-Jacques Dessalines y Alexandre Sabès Pétion. Quisimos soñar otros finales posibles para el ya declarado fin de la historia.

Desde entonces Haití dejó de ser una metáfora atractiva, pero abstracta, de la utopía para encarnarse en rostros y nombres concretos que aún alimentan la complejidad de la conciencia: Jean Dominique, Gerard Pierre Charles, Alexandre Gregoire, Antoine Adrien, André Pierre, Martha Jean-Claude, Paul Laraque, Frakétienne… Un pueblo, castigado desde todos los frentes a causa de su osadía libertaria, por fin se reunía frente a mis ojos con un destino trazado doscientos años atrás.

¿Por qué Haití?

Tenía 24 años y hambre y sed de utopía.

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En el año 2002 regresé a Puerto Príncipe como orador principal de la Asamblea General de la Conferencia de Religiosos de las Antillas de habla no hispana. En ese momento era yo el integrante más joven del equipo de teólogos asesores de la Confederación Latinoamericana de Religiosos (CLAR), junto a Carmelita de Freitas, Víctor Codina, Simon Pedro Arnold, Afonso Murad, Antonieta Potente, Carlos Palacio y otros intelectuales comprometidos. Este grupo se había propuesto repensar la fe en medio del patio deforestado de la desesperanza, es decir, en diálogo crítico con la postmodernidad. El paradigma del éxodo libertador había sido sustituido claramente por otro: el del exilio incierto. Para entonces, la esperanza había sido nuevamente defraudada.

Haití se había convertido en emblema de la última refutación al cantar de la utopía. Responsabilidades compartidas: las raíces profundas de la dictadura; la manipulación de las oligarquías ególatras; la política intervencionista y mezquina de los Estados Unidos; el vampirismo centenario de las naciones europeas, especialmente de Francia… Incluyamos también al mismo Aristide que, en su segundo mandato, resultaba ser otro bufón histérico del populismo nuestro. Un golpe mortal e inmensamente aleccionador, porque se trababa de una figura vinculada a la teología de la liberación, de un supuesto vocero de los pobres y oprimidos. La esperanza parecía haber sido abandonada literalmente por todos, también por sus más intrépidos defensores. Job ya no era un individuo ejemplar en el imaginario de la desgracia, sino un pueblo devuelto, concertadamente, al polvo originario.

Durante aquella visita, los primeros versos del poema “Patmos” de Friedrich Hölderlin vinieron en mi auxilio: “Cercano está el dios y difícil es captarlo. Pero donde hay peligro crece lo que nos salva”.

¿Por qué Haití?

Porque lo imposible es la patria más preciada de la vida religiosa. A ella la asiste la terquedad de una promesa: “Este es el sexto mes para ella, la que llamaban estéril; porque nada hay imposible para Dios”.

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En la información que me han suministrado, la Dra. Zilda Arns Neumann aparece como oradora principal del primer encuentro de las Conferencias de Religiosos del Caribe, que tendría lugar en Puerto Príncipe, Haití, del 12 al 15 de enero de 2010. Pediatra, salubrista, fundadora y coordinadora de la Pastoral de la Infancia: un programa internacionalmente reconocido que ha logrado reducir la tasa de mortalidad infantil en los países en los que se ha instituido. La defensora mundial de los derechos del niño ha sido invitada para implementar dicho programa en Haití y en otras partes del Caribe con el apoyo institucional de las distintas órdenes y congregaciones religiosas. En general, me incomodan los encuentros que no están movidos por la esperanza transformadora. El nombre de Zilda Arns Neumann, hermana del profético Cardenal Paulo Evaristo Arns del Brasil, era un guiño afirmativo del Espíritu que hace nuevas todas las cosas.

El martes 12 de enero escuché la primera intervención de Zilda en un instituto de formación llamado CIFOR, en el centro mismo de la ciudad. La vi preparar frente al público un suero oral. Demostraba cómo una acción sencilla realizada a tiempo podía evitar la deshidratación, una de las principales causas de la mortalidad infantil. Más que sus palabras, se me ha quedado grabado el movimiento de sus manos. La solidaridad a tiempo es la magia de la esperanza. Hora y media más tarde abandoné el aula acompañado del intérprete de Zilda, Regis Ary. Me esperaba en el barrio Delmas, calle 31, el segundo objetivo de mi regreso a Haití: Franketiénne.

Se cumplían 20 años desde mi primera entrevista. Quería simbólicamente regresar al origen, reencontrarme con la fuente de sentido, un nuevo punto de partida. Franketiénne es considerado como la imagen viva de Haití. “Metáfora de Puerto Príncipe”, le llama el escritor Dany Laferrière. Ni siquiera en los momentos más represivos de la dictadura consideró válido el exilio, más bien militó contra sus tentáculos de muerte desde su popular propuesta teatral. Franketiénne lleva la violencia en la propia sangre. Su piel de un blanco incómodo lo delata y lo compromete. Cuenta sin tapujos que es fruto de la violación de una niña haitiana por un rico industrial americano. “¿Cómo no ser escritor del caos haitiano? Lo importante para mí es el exorcismo”. Es autor de la primera novela escrita en creole, Dézafi (1975). En los últimos años ha sido candidato al Premio Nobel de Literatura. Es uno de los fundadores de la teoría literaria llamada el espiralismo. Un desconocido para todos nosotros.

Me recibe su esposa Marieandré. Franketiénne está agotado, acaba de finalizar un ensayo con el actor protagónico de su próxima oferta teatral, que girará en torno al desastre ambiental. Insiste en mostrarme primero sus pinturas. Vamos piso por piso, obra por obra, hablando de Basquiat, de Pollock, de su homenaje a la Guerra de Independencia Haitiana, hasta llegar al tercer y último recodo de la casa. Allí, en el tercer cielo, comienza el temblor. El primer aviso proviene de los platos decorativos colgados desordenadamente en las paredes. Vi el rostro de la muerte acercándose lentamente. No es el temblor mismo, viene con él, como mañana puede venir acompañada de otro. Es invisible, pero se ve. No se habla con ella, sino con uno mismo. Es un instante supremo de soledad. No hay pasado ni futuro. Mientras las paredes se desploman me digo: ha llegado mi momento. No sentí alegría ni angustia, sino un ahora. Lo verbalicé luego: paz, paz, paz. No le hablaba a la muerte, sino a quienes me rodeaban y también a la tierra misma.

La tierra es una fiera noble que nos carga calladamente sobre su lomo. Esa tarde se palpó la herida y reaccionó mecánicamente. Huyó despavorida, se ocultó y tembló de miedo toda la noche. No era sólo el movimiento, sino la gravedad de sus gemidos. La tierra nos mecía torpemente enterrándonos en su regazo. La doblegó el cansancio, no la súplica. Paz, paz, paz.

Me imagino lo que dirán los pseudo-profetas del mundo para explicar el hecho. ¡Cuánta obscenidad religiosa! Tarde o temprano se impondrá la Sabiduría: “Dios no hizo la muerte ni goza destruyendo a los vivientes… Dios todo lo creó para que subsistiera”.

“¿En su teoría del espiralismo, empecinada en seguir la ruta del caos de la vida, no se halla oculta una teoría de la esperanza?”, la pregunta fundamental nunca formulada a Franketiénne. Tenemos la respuesta:

“Ríos. Tempestades. Relámpagos. Montañas. Árboles. Luces. Lluvias. Océanos salvajes. ¡Llévenme en la médula frenética de sus articulaciones! Basta una pizca de claridad para que yo nazca viable. Para que acepte la vida. La tensión. La inexorable ley de la maduración. La osmosis y la simbiosis. ¡Llévenme! Basta un ruido de pasos, una mirada, una voz emocionada, para que viva feliz con la esperanza de que el despertar de los hombres es posible. ¡Llévenme! Pues basta una nadería, para que yo proclame la savia que circula en la médula de las articulaciones cósmicas! Dialecto de los ciclones. Patois de las lluvias. Lenguaje de las tempestades. Yo proclamo la evolución de la vida en espiral”.

Al día siguiente, Zilda Arns es hallada bajo los escombros. Su hermano, el Cardenal Paulo Evaristo Arns, afirma, en medio de su dolor, que ha sido una muerte bonita, junto al pueblo pobre, una muerte con sentido, que “no es hora de perder la esperanza”, que ella está “en el corazón de Dios”. Así de claro y sencillo hablan los verdaderos profetas.

Se instala la noche. Me recuesto con el pueblo sobre la hierba verde de un campo de fútbol. Me ubico cerca de la portería. Allí estaban tres jóvenes haitianos, Elie Pierre, Marc Herold y Emmanuel Celestin, “gade etwal yo”, contemplando las estrellas. Un festín de inteligencia, de humor, de compasión y de silencio generoso. Cuando todos parecían dormir, escribí el siguiente mensaje de texto en mi teléfono celular. Son las palabras primeras, sean también las últimas de este viaje inacabado:

“Primero, la desolación total, ola centenaria, grito colectivo levantándose desde las entrañas colapsadas. Catarsis interminable mientras se palpa el río de la sangre, los fríos escombros, el horror del vacío. Después, un silencio prologado. ¿Para sentir algún resquicio de vida? ¿El susurro de la confidencia, de la despedida? Y, entonces, lo más sublime e inexplicable: la tierra sigue moviéndose, acomodándose como la bestia en su guarida, y el pueblo de la liberación no grita, ni calla, canta en perfecta armonía. Ya en la madrugada, en algunas casas se escucha el martilleo de la esperanza bajo la espiral del caos. También comienza el gran éxodo a puertas cerradas. ¿Dónde está la tierra prometida? La tierra emitió su señal. La tierra prometida no es un lugar: es el otro. El pueblo haitiano sale a buscarnos. La promesa es más próxima. Cada individuo y cada país tiene la oportunidad de liberarse, de salir del subdesarrollo del egoísmo insolidario. Haití todavía hoy, en su pobreza extrema, nos ofrece sus brazos extendidos. Es hora de salir de los escombros de las palabras y de los entusiasmos pasajeros. Seamos el nuevo éxodo: hacia el abrazo. Seamos la humanidad prometida a la tierra”.

¿Por qué Haití?

¿Cabe preguntar a un puertorriqueño qué hace en Puerto Rico?

Soy haitiano.

 

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*Ángel Darío Carrero es teólogo, profesor universitario y escritor. Entre sus obras se encuentran los libros Llama del agua y Perseguido por la luz, ambos por la editorial Trotta, Madrid 2001 y 2008; su edición crítica del Canto de la locura de Francisco Matos Paoli, Terranova, San Juan 2005 y el guión cinematográfico del documental Julia, toda en mí (con Ivonne Belén). Sus textos aparecen en importantes antologías como Antología de la literatura puertorriqueña del siglo XX de Mercedes López-Baralt (editorial de la UPR); Cuerpo y Sangre, de Siro López, (Ed. Siglo XXI); Salmo fugitivo, de Leopoldo Cervantes-Ortiz (Ed. Clíe). Su obra literaria Desde 1998 es colaborador habitual del periódico El Nuevo Día. Celebra veinte años desde que realizó su primera entrevista para la prensa: al presidente de Haití, Jean Bertrand Aristide. Desde entonces ha entrevistado a figuras como: Rigoberta Menchú, Gustavo Gutiérrez, Álvaro Mutis, Benicio del Toro, Miriam Colón, Jane Goodall, José Saramago, Juan Segarra Palmer, Cintio Vitier, Fina García Marruz, Andrés Torres Queiruga, Franketiénne, entre muchos otros. Actualmente es el Custodio de los Franciscanos del Caribe.

 

“¿Por qué Haití?”, fue publicado originalmente en el periódico El Nuevo Día, La Revista, 31 de enero de 2010, 12-15. Conentarios a: Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

 

 

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