Tema 5

 
 

Enviados a ser signo de esperanza

 

 

 

Vivimos en un Mundo, en una América Latina, en un Ecuador, que “cultivan una firme esperanza en medio de problemas y luchas” (DA 106).

 
 

Los primeros seguidores de Jesucristo que fueron al Jordán, donde Juan bautizaba, con la esperanza de encontrar al Mesías (Mc 1, 15), se sintieron atraídos por la sabiduría de sus palabras, por la bondad de su trato y por el poder de sus milagros, acogieron el don de la fe y llegaron a ser discípulos de Jesús; su vida adquirió una plenitud extraordinaria; vivieron la historia de su pueblo y de su tiempo, sin olvidar nunca el encuentro más importante y decisivo de su vida que los había llenado de luz, de fuerza  y de esperanza: el encuentro con Jesús, su roca, su paz, su vida (DA 21).

 
 

Es imprescindible que el discípulo se cimiente en su seguimiento del Señor, que le de la fuerza necesaria para construir en torno a él un consenso moral sobre los valores fundamentales que hacen posible la construcción de una sociedad justa. En efecto, el discípulo sabe que sin Cristo no hay luz, no hay esperanza, no hay amor, no hay futuro (DA 146).

 
 

Nuestra vocación y nuestra consagración (sacerdotal y/o religiosa) nos exigen vivir una auténtica pasión por Jesús y por su Reino; por este otro mundo posible que Dios quiere iniciar y realizar, también con nuestra colaboración misionera.

 
 

Esta nueva realidad se basa en relaciones interculturales donde la diversidad no significa amenaza, no justifica jerarquías de poder de unos sobre otros, sino diálogo desde visiones culturales diferentes, de celebración, de interrelación y de reavivamiento de la esperanza (DA 97).

 
 

En la nueva situación cultural afirmamos que el proyecto del Reino está presente y, por ello, aspiramos a una América Latina unida, reconciliada e integrada.

 
 

Asumiendo con nueva fuerza la opción por los pobres, ponemos de manifiesto que todo proceso evangelizador implica la promoción humana y la auténtica liberación sin la cual no es posible un orden justo en la sociedad.

 
 

El anhelo de escucha, acogida y servicio del discípulo/a, y su testimonio de los valores alternativos del Reino, muestran que una nueva sociedad latinoamericana, fundada en Cristo, es posible.

 
 

1. Todos somos discípulos y misioneros de Cristo

 
 

Aparecida hace una llamada para que todos los bautizados seamos discípulos y misioneros de Cristo, camino, verdad y vida, para que nuestros pueblos tengan vida en Él.

 
 

La llegada del Evangelio a nuestras tierras se dio en un dramático y desigual encuentro entre pueblos y culturas (DA 4). Desde entonces hasta el día de hoy la evangelización de la Iglesia ha experimentado luces y sombras. Luces que encontramos en el testimonio y sabiduría de los que entregaron sus vidas al servicio de los pueblos y culturas, y las sombras del pecado de aquellos que utilizaron la evangelización en provecho propio y se alejaron de la verdad, la justicia y la caridad.

 
 

Hoy agradecemos a Dios el gran regalo que constatamos en: la belleza y fecundidad del continente, el donde Jesucristo que es nuestra fuerza y salvación, la presencia del amor de Dios en las culturas y en la religiosidad popular, la tradición católica y creyente y la Iglesia que es la casa común que acoge a los pobres, débiles y desorientados.

 
 

Todos estamos invitados a confirmar, renovar y revitalizar la novedad del Evangelio, y a buscar un encuentro con Cristo, desde nuestra historia y nuestra vida diaria. Así, superaremos una fe que se reduce a la práctica y manifestaciones en pequeños tiempos y para cumplir costumbres sociales con poco sentido de compromiso, de conversión a Dios y seguimiento a Cristo. No podemos conformarnos con una práctica religiosa que se reduce al cumplimiento mínimo de normas y leyes.

 
 

Todos los creyentes estamos invitados a profundizar una opción personal y comunitaria por Jesús, nuestro Señor. Para ello, debemos comprometernos en la evangelización más misionera que llegue a todos los sectores de la sociedad, a los más abandonados y sufridos. La evangelización auténtica hace caminos de vida y de dignidad para todos; Dios fortalece y acompaña estos caminos.

 
 

Todos somos convocados a defender la vida amenazada de nuestros hermanos y de la naturaleza para superar los caminos de muerte que rechazan al Dios de la vida.

 
 

Cristo resucitado nos guía y fortalece, nos asegura con su triunfo sobre la muerte, que si él ha resucitado, nosotros también vamos a resucitar y triunfar. Necesitamos renovar nuestros ánimos y esperanzas y con una fe profunda abrir las puertas de nuestra vida a Cristo.

 
 

Nuestra felicidad y alegría es vivir y experimentar el amor que nos inspira la comunión y amor que viven el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Nuestro gozo es conocer a Jesús, nuestra gracias es seguirlo y nuestra misión es transmitir esta experiencia (DA 32).

 
 

Los creyentes vivimos la alegría por la confianza que Dios nos tiene, al encomendarnos la misión de ser instrumentos de su Reino de amor, de vida, de justicia y de paz. Le agradecemos el don de la Palabra (DA 26) que la encontramos en la Biblia y en la vida y que comunicamos a nuestros hermanos con la luz y la fuerza del Espíritu. Esta alegría la celebramos cada semana en nuestras comunidades y en comunión con toda la Iglesia, en los sacramentos, especialmente en la Eucaristía.

 
 

Nos alegramos al vivir la fe que nos transmitieron nuestros mayores, comunidades y catequistas. Es una fe que manifiesta las características de la vida de nuestros pueblos: la solidaridad y la alegría que mantiene viva la esperanza en medio de las injusticias y de los sufrimientos (DA 27).

 
 

Así, cada día nuestra Iglesia es más samaritana al preocuparse en atender y cuidar a los más pobres y necesitados (Lc 10, 25), y preocuparnos del cuidado del mundo y de la naturaleza.

 
 

2. Reflexión desde la Palabra de Dios y desde Aparecida

 
 

a.- La misión de Jesús es nuestra misión

 

Jesús anuncia la Buena Noticia del Reino a los pobres y pecadores. Nosotros, como discípulos y misioneros de Jesús, anunciamos su Evangelio, que Dios nos ama y que está a nuestro lado con el poder salvador y liberador de su Reino.

 
 

Él, siendo Señor, se hizo servidor (Fil 2, 8); siendo rico, eligió ser pobre (2 Cor 8, 9); no tenía donde reclinar su cabeza, sentía lástima de la multitud desamparada; lavó los pies de sus discípulos; acogió a niños, mujeres, pecadores y marginados; y no tenía tiempo para descansar. Toda la Iglesia debe seguir los pasos de Jesús y adoptar sus actitudes (Mt 9, 35-36).

 
 

Se trata de experimentar la presencia de Jesús resucitado que nos acompaña y da sentido a nuestro caminar; se trata de vivir la experiencia del amor de Dios que envuelve nuestra vida y el mundo al cual somos enviados. La misión a la cual nos sentimos llamados/as nos compromete a revivir la esperanza, a organizarla y a contagiarla.

 
 

Conocer a Jesús y descubrirlo en los rostros sufrientes de nuestros hermanos marginados y abandonados (DA 65; 393; 402), es el mayor regalo y la mayor alegría que hemos recibido. Por ello, nos ponemos al servicio de todos los seres humanos que nos necesitan.

 
 

b.- Salir al encuentro de los caídos como buenos samaritanos

 
 

Aparecida es la V Asamblea del episcopado latinoamericano y del Caribe, convocada por el Papa Benedicto XVI. Esta Asamblea fue la continuidad de las anteriores (Río, 1955; Medellín, 1968; Puebla, 1979; Santo Domingo, 1992), en las que se busca seguir el camino de fidelidad, renovación y evangelización de la Iglesia al servicio de los pueblos.

 
 

Para que nuestra casa común sea un continente de la esperanza, del amor, de la vida y de la paz, hay que “vivir como Iglesia samaritana” (DA 27), salir al encuentro de las necesidades de los pobres y los que sufren y crear las estructuras justas que son una condición sin la cual no es posible un orden justo en la sociedad: si no hay esperanza para los pobres, no la habrá para nadie, ni siquiera para los llamados ricos (DA 135).

 
 

No se concibe que se pueda anunciar el Evangelio sin que éste ilumine, infunda aliento y esperanza, e inspire soluciones adecuadas a los problemas de la existencia; ni tampoco que pueda pensarse en una promoción verdadera y plena del ser humano sin abrirlo a Dios y anunciarle a Jesucristo.

 
 

En el corazón y la vida de nuestros pueblos late un fuerte sentido de esperanza, no obstante las condiciones de vida que parecen ofuscar toda esperanza. Ella se experimenta y alimenta en el presente, gracias a los dones y signos de vida nueva que se comparte; compromete en la construcción de un futuro de mayor dignidad y justicia y ansía “los cielos nuevos y la tierra nueva” que Dios nos ha prometido en su morada eterna. (DA 127-128).

 
 

El mandato de ir y de hacer discípulos (Mt 28, 20), debe despertar la Iglesia en América Latina para un gran impulso misionero. No podemos desaprovechar esta hora de gracia. ¡Necesitamos un nuevo Pentecostés! ¡Necesitamos salir al encuentro de las personas, las familias, las comunidades y los pueblos para comunicarles y compartir el don del encuentro con Cristo, que ha llenado nuestras vidas de “sentido”, de verdad y amor, de alegría y de esperanza! No podemos quedarnos tranquilos en espera pasiva en nuestros templos, sino urge acudir en todas las direcciones para proclamar que el mal y la muerte no tienen la última palabra, que el amor es más fuerte, que hemos sido liberados y salvados por la victoria pascual del Señor de la historia, que Él nos convoca en Iglesia, y que quiere multiplicar el número de sus discípulos y misioneros en la construcción de su Reino en nuestro Continente (DA  548).

 
 

3. Aplicación pastoral

 
 

Personalmente, necesitamos creer que podemos cambiar, que nuestra vida y praxis pastoral pueden ser distintas, para responder mejor a los desafíos del mundo en que vivimos; necesitamos ser auténticos misioneros/as.

 
 

Alienta nuestra esperanza la multitud de nuestros niños, los ideales de nuestros jóvenes y el heroísmo de muchas de nuestras familias que, a pesar de las crecientes dificultades, siguen siendo fieles al amor (DA 127).

 
 

Los consagrados y consagradas son llamados a hacer de sus lugares de presencia, de su vida fraterna, en comunión y, de sus obras, espacios de anuncio explícito del Evangelio, principalmente a los más pobres.

 
 

“La Iglesia, que participa de los gozos y esperanzas, de las penas y alegrías de sus hijos, quiere caminar a su lado en este periodo de tantos desafíos, para infundirles siempre esperanza y consuelo” (DA 16). De este modo, colaboran, según sus carismas fundacionales, en la gestación de una nueva generación de cristianos discípulos y misioneros, y de una sociedad donde se respete la justicia y la dignidad de la persona humana.

 
 

Un desafío para el presbítero, inserto en la cultura actual, es conocerla para sembrar en ella la semilla del Evangelio abriendo, desde la fe, caminos de vida para que América Latina y El Caribe sean efectivamente un continente en el cual la fe, la esperanza y el amor renueven la vida de las personas y transformen las culturas de los pueblos (DA 13); es decir, para que el mensaje de Jesús llegue a ser una interpelación válida, comprensible, esperanzadora y relevante para la vida del hombre y de la mujer de hoy, especialmente para los jóvenes.

 
 

En esta hora, en que renovamos la esperanza, queremos hacer nuestras las palabras de SS. Benedicto XVI: ¡No teman! ¡Abran, más todavía, abran de par en par las puertas a Cristo!…quien deja entrar a Cristo no pierde nada, nada –absolutamente nada – de lo que hace la vida libre, bella y grande. ¡No! Sólo con esta amistad se abren las puertas de la vida. Sólo con esta amistad se abren realmente las grandes potencialidades de la condición humana. Sólo con esta amistad experimentamos lo que es bello y lo que nos libera… ¡No tengan miedo de Cristo! Él no quita nada y lo da todo. Quien se da a Él, recibe el ciento por uno. Sí, abran, abran de par en par las puertas a Cristo y encontrarán la verdadera vida (DA 15).

 
 

 

 

Para trabajar en grupos:

 
 

*  Según Aparecida ¿cuáles son los rasgos del otro mundo posible que, como misioneros/as estamos llamados a anunciar y a construir?

 

*  ¿De qué manera podemos ser signo de que la esperanza de lo nuevo que quiere Dios ya es una realidad en camino?

 

* ¿Cómo puede ser la Iglesia signo de esperanza en el mundo de hoy?

 

 

 

Lectio Divina

 
 

Lc 1,46-55

 
 

El cántico de la Virgen en casa de Zacarías e Isabel, nos puede ayudar a soñar con ella algunos elementos claves para una misión que sea signo de esperanza para nuestra gente. Pidamos su ayuda para hacer una lectura orante que nos ilumine y nos cuestione en nuestra responsabilidad misionera.

 
 

1. Lectura: ¿Qué dice el texto?

 
 

* ¿Cuál es la condición para que Dios haga cosas grandes en una persona?

 

* ¿Cuáles son las obras grandes que la Virgen intuye que Dios quiere hacer por medio de ella?

 

* ¿Cómo expresa María el sueño que Dios tiene para con ella?

 
 

2. Meditación: ¿Qué me dice el texto?

 
 

* De los rasgos de otro mundo posible que presenta María ¿cuáles pueden ser hoy Buena Noticia de esperanza para la gente a la cual somos enviados/as? ¿Por qué?

 

* Al estilo de María ¿cuáles serían las características más importantes del misionero/a? ¿Cuáles nos faltan?

 
 

3. Oración: ¿Qué le digo a Dios?

 
 

En un ambiente orante compartamos en voz alta nuestras plegarias y oraciones.

 
 

4. Contemplación: ¿Cuáles son mis compromisos?

 
 

*  ¿Qué voy a hacer para mejorar mi testimonio de fe y de creyente de esperanza?

 

 

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