Tema 4

 
 

La Buena Nueva del Reino

 

 

 

En nuestro mundo se difunde, se globaliza y se impone una cultura, un estilo de pensar y de actuar. Podríamos decir que vivimos en un imperio, que nos domina y nos impone su propia idea de felicidad, vivir para tener más y disfrutar al máximo lo que tenemos;  solamente existe el presente para que lo disfrutemos a costa del sufrimiento de otros, pues, ¡mala suerte!, la vida es así.

 
 

Ante esta visión del hombre y su satisfacción egoísta en este mundo, los cristianos hablamos del Reino de Dios, para referirnos a su Plan de felicidad plena y verdadera para toda la creación. Una felicidad que comienza a vivirse ya, ahora y, en cada época, pero también una felicidad futura, plena y eterna, en que Dios será todo en todos (1 Cor 15, 28).

 
 

Para la instauración de su Reino de verdad y amor, de justicia y paz, es decir, de felicidad verdadera, Dios cuenta con nosotros, con nuestra responsabilidad asumida, libre y voluntariamente, aquí y ahora, para ir construyendo en la humanidad un estilo de vida donde las costumbres, valores, modos de pensar y de actuar, donde la idea de felicidad y la manera de alcanzarla estén dirigidos por Él.

 
 

Los cristianos, al asumir esta responsabilidad, chocaron y chocamos con las propuestas humanas que el mundo nos presenta en todas las épocas y circunstancias, desorientándonos, confundiéndonos y hasta dividiéndonos; no terminamos de comprender lo que es el Reino de Dios y su felicidad verdadera, la manera de vivirla y construirla, el camino para alcanzarla.

 
 

Este mismo conflicto vivieron las comunidades cristianas del siglo I; frente a esa realidad, Jesús se hace presente en el mundo anunciando la llegada del Reino de Dios (Mc 1, 15).

 
 

1. La incertidumbre que viene de la realidad

 
 

Con la globalización “la realidad se ha vuelto cada vez más opaca y compleja”. Es frecuente que algunos quieran mirar la realidad unilateralmente, desde la información económica, otros, desde la información política o científica, otros, desde el entretenimiento y el espectáculo. Sin embargo, ninguno de estos criterios parciales logra proponernos un significado coherente para todo lo que existe”, pues generan frustración y angustia (DA 36). La globalización ha llevado a la humanidad a una crisis del sentido de la existencia, a una crisis de criterios y valores, a partir de los cuales no es posible entender y construir el mundo.

 
 

¿Sobre qué valores vamos a construir el mundo? ¿Sobre el lucro? ¿La eficiencia? ¿El poder? Con Tomás nos preguntamos “¿Cómo vamos a saber el camino?” (Jn 14, 5).

 

2. Reflexión desde la Palabra de Dios y desde Aparecida

 
 

a.- La Buena Noticia del Reino de Dios

 
 

El ministerio público de Jesús se centra en la proclamación del Reino de Dios, o lo que es lo mismo, del Dios del Reino. Jesucristo, verdadero hombre y verdadero Dios, con palabras y acciones, con su muerte y resurrección, inaugura en medio de nosotros el Reino de vida del Padre, que alcanzará su plenitud allí donde no habrá más “muerte, ni luto, ni llanto, ni dolor, porque todo lo antiguo ha desaparecido (Ap 21, 4) (DA 143); Él anuncia la buena noticia del Reino a los pobres y a los pecadores. Jesús, al inicio de su ministerio, elige a los doce para vivir en comunión con Él (Mc 3, 14). En otras oportunidades se encontrará con ellos para explicarles el misterio del Reino (Mc 4, 11. 33-34) (DA 154).

 
 

El proyecto de Jesús es instaurar el Reino de su Padre. En su Reino de vida, Jesús incluye a todos: come y bebe con los pecadores (Mc 2, 16), toca leprosos (Lc 5, 13), una pecadora unge sus pies (Lc 5, 36-50), recibe a Nicodemo para invitarlo a renacer de nuevo (Jn 3, 1-15); invita a sus discípulos a la reconciliación (Mt 5, 24), a amar a los enemigos (Mt 5, 44), a optar por los más pobres (Lc 14, 15-24), les pide que “¡Proclamen que está llegando el Reino de los cielos!” (Mt 10, 7).

 
 

Señales evidentes de la presencia del Reino son: la vivencia personal y comunitaria de las bienaventuranzas, la evangelización de los pobres, el conocimiento y cumplimiento de la voluntad del Padre, el martirio por la fe, el acceso de todos a los bienes de la creación, el perdón mutuo, sincero y fraterno, aceptando y respetando la riqueza de la pluralidad, y la lucha para no sucumbir a la tentación y no ser esclavos del mal (DA 383).

 
 

El anuncio del Reino depende de la imagen del Padre que presenta Jesús. El “Abbá”, de Jesús, es el Dios del Reino. El Reino hace presente a Dios como Abbá. La experiencia de la unión Abbá-Reino constituye toda la clave de lo que Jesús personalmente vivía, todo el horizonte de lo que Jesús predicó y todo el sentido del discipulado que, para Jesús, parece no ser más que una introducción a esta experiencia.

 
 

El que quiera seguir a Jesús tiene que poner su corazón en la unión inseparable Abbá-Reino. Porque hemos aprendido a llamar a Dios “Padre Nuestro”, por eso confesamos y pedimos la venida de su Reino; pero no sólo de palabra, sino de una manera vivencial, comprometiéndonos en la construcción de ese Reinado. Compromiso que ha de ser como Jesús y con Jesús (CAT 2816, 2817).

 
 

Se trata del Reino de la vida (DA 361). Con el anuncio del Reino, Jesús afirma que la voluntad de Dios es la vida plena para todos, que la vida verdadera es un don de Dios. Que la falta de vida no es voluntad de Dios, y mucho peor un castigo de su parte, sino producto de la injusticia y del pecado.

 
 

La atención de Dios hacia los pobres, los que sufren, los sin vida, no se debe a que estos sean unos privilegiados, sino en la forma de ser de Dios y en la manera como Él quiere ejercer su realeza en favor de todos. Dios quiere garantizar a través del Reinado el derecho de los hombres que son incapaces de hacerlo valer por sí mismos. Como Rey justo, Dios no puede ser otra cosa que el protector de los desvalidos.

 
 

En la nueva situación cultural afirmamos que el proyecto del Reino está presente y es posible, y por ello aspiramos a una América Latina y Caribeña unida, reconciliada, e integrada (DA 520).

 
 

b.- Construir el presente desde el futuro

 
 

Creer, aceptar la Buena Noticia de Jesús-El Reino de Dios-, exige conversión, cambiar el modo de pensar, de amar y actuar (Mc 1, 15); pues, según el modo de pensar del mundo, es imposible entender, y menos aún vivir el Reinado de Dios.

 

La organización de la sociedad actual, se basa en la competitividad, la lucha del más fuerte contra el más débil y en la dominación del poderoso sobre el que no tiene poder (Mc 10, 42). Frente a lo cual Jesús proclama que Dios es Padre de todos por igual, y que todos somos hermanos con la misma dignidad y los mismos derechos.

 
 

Lo que da sentido a la vida del hombre no es su situación actual, sino aquello a lo que Dios le invita, su vocación. Así el Reino está ya presente y actuante en quien asume esa vocación. El modelo de esa persona es Jesús, con él, el Reino ya ha comenzado. A partir del futuro, la realidad presente adquiere todo su sentido. Jesús descubre toda la importancia del momento presente en relación con la plenitud final del Reino. Dios es para Jesús el poder del futuro actuando ya en el presente (CAT 541, 542).

 
 

Jesús anuncia con toda decisión el triunfo final de la causa de Dios. El futuro pertenece a Dios. Su Reinado no ha de quedarse en el inicio actual, llegará a su implantación definitiva y total. Desde esta esperanza el hombre debe luchar en el presente.

 
 

3. Aplicación pastoral

 
 

Todo discípulo es misionero, pues Jesús lo hace partícipe de su misión, al mismo tiempo que lo vincula a Él como amigo y hermano. Cumplir este encargo no es una tarea opcional, sino parte integrante de la identidad cristiana (DA 144).

 
 

Como discípulos de Jesucristo, nos sentimos interpelados a discernir los signos de los tiempos, a la luz del Espíritu Santo, para ponernos al servicio del Reino, anunciado por Jesús, que vino para que todos tengan vida y para que la tengan en plenitud (Jn 10, 10) (DA 33).

 
 

Aparecida pone su énfasis en la confesión del discípulo de Jesús (DA 101-103), confesión de la Buena Noticia (Evangelio) que Jesús nos ha revelado de parte de Dios (DA 104-128). 

 
 

Sin embargo, las condiciones de vida de muchos abandonados, excluidos e ignorados en su miseria y su dolor, contradicen este proyecto del Padre e interpelan a los creyentes a un mayor compromiso a favor de la cultura de la vida (DA 358).

 
 

Por eso, la doctrina, las normas, las orientaciones éticas, y toda la actividad misionera de la Iglesia, debe de transparentar esta atractiva oferta de una vida más digna, en Cristo, para cada hombre y cada mujer (DA 361).

 
 

La voz del Señor nos sigue llamando como discípulos misioneros y nos interpela a orientar toda nuestra vida desde la realidad transformadora del Reino de Dios que se hace presente en Jesús. Al llamar a los suyos para que lo sigan, les da un encargo muy preciso: anunciar el evangelio del Reino a todas las naciones (Mt 28, 19; Lc 24, 46-48).

 
 

Nuestro servicio pastoral a la vida plena de los pueblos exige anunciar a Jesucristo y la buena nueva del Reino de Dios, denunciar las situaciones de pecado, las estructuras de muerte, la violencia y las injusticias internas y externas (DA  95).

 
 

En Él, Dios nos ha elegido para que seamos sus hijos con el mismo origen y destino, con la misma dignidad, con los mismos derechos y deberes vividos en el mandamiento supremo del amor. El Espíritu ha puesto este germen del Reino en nuestro Bautismo y lo hace crecer por la gracia de la conversión permanente gracias a la Palabra y los sacramentos” (DA 382).

 

Para vivir apasionados por Jesús y su Reino, “¡Necesitamos un nuevo Pentecostés! ¡Necesitamos salir al encuentro de las personas, las familias, las comunidades y los pueblos para comunicarles y compartir el don del encuentro con Cristo, que ha llenado nuestras vidas de “sentido”, de verdad y amor,  de alegría y de esperanza”. Urge acudir en todas las direcciones para proclamar que el mal y la muerte no tienen la última palabra, que el amor es más fuerte, que hemos sido liberados y salvados por la victoria pascual del Señor de la historia, que Él nos convoca en Iglesia, y que quiere multiplicar el número de sus discípulos y misioneros en la construcción de su Reino (DA 548).

 
 

Este proyecto se puede realizar más fácilmente en las pequeñas comunidades y movimientos que se ponen a vivir en concreto el ideal evangélico de una plena igualdad fraterna impulsados por la libertad de sentirse hijos de Dios.

 

 

 

Para trabajar en grupos:

 
 

*  ¿Cuáles son los principales aspectos del Reino que debemos promover?

 

*  ¿Cuáles son los principales aspectos del Reino de Dios que predica Jesús?

 

* ¿Cómo promover el Reino de Dios en nuestra acción pastoral?

 

 

 

Lectio Divina

 
 

Mt 5, 1-16

 
 

Recordamos todos aquellos momentos fuertes en nuestra vida que junto a otras personas hemos vivido trabajando a favor del Reino de Dios: los avances y retrocesos, el testimonio de otras personas y el propio, la presencia y fortaleza de Cristo entre nosotros, la celebración y participación en los sacramentos en la vida de la Iglesia.

 
 

Lectura: ¿Qué dice el texto?

 
 

*  ¿Qué significado le damos a la palabra “monte” dentro de este texto?

 

*  ¿Qué entendemos por espíritu?

 

*  ¿Cómo puede ser feliz uno que es pobre, que llora, o que es perseguido?

 

*  ¿Cómo es la felicidad-alegría de los misericordiosos, pacíficos y limpios de corazón?

 
 

Meditación: ¿Qué me dice el texto?

 
 

*  ¿Qué nos dice el texto (Palabra de Dios) en nuestra realidad actual?

 

*  ¿Qué desafíos emergen para nuestra vida personal y comunitaria?

 

* ¿Qué luces y fuerzas tocan a la Vida Religiosa en América Latina?

 
 

Oración: ¿Qué le digo a Dios?

 
 

* ¿Cómo respondemos a Dios a partir de la lectura orante de su Palabra?

 

(Momento de oración personal y comunitaria compartida espontáneamente)

 
 

Contemplación: ¿Cuáles son mis compromisos?

 
 

Ver el mundo con los ojos de Dios: Momento para ver nuevamente la realidad, nuestro mundo, nuestra historia, situaciones, con los ojos abiertos a la Palabra de Dios leída, meditada, rezada.

 
 

*  ¿Qué compromiso concreto asumimos en nuestro corazón y en nuestra práctica cotidiana?

 

Podemos concluir con una corta celebración compartiendo el fruto de esta lectura orante con símbolos, gestos o plegarias. Terminamos recitando el salmo 72 (El rey de la paz).

 

 

 

 

 

 

 

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