Tema 3

 
 

La Conversión

 

 

 

1.  Discípulos en permanente conversión

 
 

El encuentro con Jesús y el seguimiento llevan consigo un cambio en la forma de vivir y de pensar. Responde a su invitación, siempre actual: “Conviértanse y crean en el Evangelio”. “El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; conviértanse y crean en la Buena Nueva” (Mc 1, 15).

 
 

El amor por Jesús nos impulsa a vivir como él, siguiendo sus pasos y adoptando sus actitudes (Mt 9, 35-36), a cambiar radicalmente muchos aspectos y detalles de nuestra vida. Induce a emprender nuevos caminos, fortalece la fidelidad y el amor, nos hace disponibles al Evangelio, en una palabra a ser felices siendo más humanos en el querer de Dios; sin embargo, en el ejercicio de nuestra libertad, a veces rechazamos esa vida nueva (cf. Heb 3, 12-14).

 
 

Con el pecado, optamos por un camino de muerte. Por eso, el anuncio de Jesucristo siempre llama a la conversión, que nos hace participar del triunfo del Resucitado e inicia un camino de transformación (DA 351). 

 
 

La conversión es personal y lleva consigo una conversión en comunidad, en nuestras relaciones con los hombres y mujeres de nuestro entorno. La conversión nos orienta a mirar todo desde el Reino de Dios, llevándonos también a asumir una actitud de permanente conversión pastoral (DA 366).

2. Reflexión desde la Palabra de Dios y desde Aparecida

 
 

a.- Discípulos misioneros llevados por el Espíritu

 
 

El Espíritu “Señor y dador de vida” suscita en la Iglesia, según los diversos Ministerios y carismas, la vocación y la misión. Nos habita, vive en nosotros y, entusiasmados por Jesús, nos identifica con Él, abriéndonos a su misterio de salvación para que seamos hijos suyos y hermanos unos de otros; nos da la vida del Padre, nos permite abrazar su plan de amor y entregarnos para que otros “tengan vida en Él” (DA 137).

 
 

Desde el principio de nuestra vocación hemos sido formados por Jesús en el Espíritu Santo, puesto que él es el Maestro interior que conduce a la verdad plena, formándonos como discípulos y misioneros. Por lo tanto “como seguidores de Jesús debemos dejarnos guiar constantemente por el Espíritu (cf. Gal 5, 25), y hacer propia la pasión por el Padre y el Reino: anunciar la Buena Nueva a los pobres, curar a los enfermos, consolar a los tristes, liberar a los cautivos y anunciar a todos el año de gracia del Señor” (cf. Lc 4, 18-19) (DA 152).

 
 

El Espíritu en la Iglesia nos forja y hace misioneros decididos y valientes como Pedro y Pablo, nos elige y señala los espacios de evangelización. El mismo Jesús “hoy sigue derramando su Vida a través de la Iglesia, que, con la fuerza del Espíritu Santo continúa la misión que Jesucristo recibió de su Padre (cfr. DA 150-151).

b.- La alegría del discípulo

 
 

Nos alientan los signos de la victoria de Cristo resucitado, mientras suplicamos la gracia de la conversión y mantenemos viva la esperanza que no defrauda. No tenemos otra dicha ni otra prioridad que ser instrumentos del Espíritu de Dios, en Iglesia, para que Jesucristo sea encontrado, seguido, amado, adorado, anunciado y comunicado a todos, no obstante todas las dificultades y resistencias (DA 14). “¡Dichosos los ojos que ven lo que ustedes ven! Porque les digo que muchos profetas y reyes quisieron ver lo que ustedes ven, pero no lo vieron, y oír lo que ustedes oyen, pero no lo oyeron” (Lc 10, 23-24).

 
 

Nuestra alegría, pues, se basa en el amor del Padre, en la participación en el misterio pascual de Jesucristo quien, por el Espíritu Santo, nos hace pasar de la muerte a la vida, de la tristeza al gozo, del absurdo al hondo sentido de la existencia, del desaliento a la esperanza que no defrauda. Esta alegría no es un sentimiento artificialmente provocado ni un estado de ánimo pasajero (DA 17). La felicidad que comienza en esta experiencia, culmina en sentirnos amados por Jesús, como Él se sintió amado por el Padre, invitados a permanecer en su amor (Jn 15, 9-10), a exclamar “Abba, Padre” (Rom 8, 15), a poder invocarlo como el Padre de todos (Mt 6, 9).

 
 

3. Aplicación pastoral

 
 

Muchas veces hemos presentado en nuestra predicación un Dios severo, inquisidor, autoritario, que se relaciona con sus hijos e hijas con severidad y frialdad y les estimula con premios y castigos; por tanto, una imagen distinta del Dios revelado por Jesucristo, otro modelo de padre. Ese padre no es nuestro Padre, ese dios no es nuestro Dios, menos el Dios de Jesucristo, el que nos hace presente el Evangelio.

 
 

Destruimos la posibilidad de entender a Dios, cuando tomamos la religión como el conjunto de obligaciones y leyes que debemos cumplir. Impedimos sentir el amor que nos da cuando vemos obligación en él. No entendemos y no sabemos amar, cuando esperamos premios y recompensas. Ni siquiera nuestro trabajo es placentero, cuando lo hacemos por la paga que esperamos.

 
 

El pecado, en cuánto actitud personal ciega, no permite reconocer la vida, el esfuerzo, el valor, la dignidad de los otros; no sólo lleva a romper la comunión con los otros, sino también a destruir lo que los otros construyen; y, lo que es más, esa ruptura lleva a destruir la cercanía, la amistad, la presencia, la relación con Dios. Es volver a sentirse Adán: querer ser dioses, sin haber aprendido a ser hombres mediante la lucha y el trabajo que nos hace libres.

 
 

Este aspecto de nuestra condición humana es el que nos hace sentir la necesidad de volver nuestra mirada a Jesucristo y encontrar en El, en su amor, la misericordia del Padre, que espera el regreso de su hijo para acogerlo en su casa (Lc 15, 11-32).

 
 

La conversión es la respuesta inicial de quien ha escuchado al Señor con admiración, cree en Él por la acción del Espíritu, se decide a ser su amigo e ir tras de Él, cambiando su forma de pensar y de vivir, aceptando la cruz de Cristo, consciente de que morir al pecado es alcanzar la vida (DA 278 b). Es el encuentro de dos amores que construyen un nuevo amor, una nueva vida: el hijo ha sido reengendrado por amor y comienza la fiesta, es un acontecimiento familiar, es alegría de todo el cielo (Lc 15, 10).

 
 

La historia de la humanidad a la que Dios nunca abandona, transcurre bajo su mirada compasiva. Dios ha amado tanto nuestro mundo que nos ha dado a su Hijo. “La alegría que hemos recibido en el encuentro con Jesucristo, a quien reconocemos como el Hijo de Dios encarnado y redentor, deseamos que llegue a todos los hombres y mujeres heridos por las adversidades; deseamos que la alegría de la buena noticia del Reino de Dios, de Jesucristo vencedor del pecado y de la muerte, llegue a todos cuantos yacen al borde del camino, pidiendo limosna y compasión (cf. Lc 10, 29-37; 18, 25-43)” (DA 32).

 
 

Nos reconocemos como comunidad de pobres pecadores, mendicantes de la misericordia de Dios, congregada, reconciliada, unida y enviada por la fuerza de la resurrección de su Hijo y la gracia de conversión del Espíritu Santo (DA 100 h).

 
 

En nuestra Iglesia debemos ofrecer a todos nuestros fieles un “encuentro personal con Jesucristo”, una experiencia religiosa profunda e intensa, un anuncio kerigmático y el testimonio personal de los evangelizadores, que lleve a una conversión personal y a un cambio de vida integral (DA 226 a).

 
 

“Conocer a Jesucristo por la fe es nuestro gozo; seguirlo es una gracia, y transmitir este tesoro a los demás es un encargo que el Señor, al llamarnos y elegirnos, nos ha confiado” (DA 18; 32).

 
 

Esta decidida voluntad de ser hombres nuevos, es un don del Espíritu Santo que nos impulsa a vivir en permanente conversión, como seguidores de Jesús,  al servicio de la instauración del Reino de vida; consiguientemente, llamados a asumir una actitud de permanente conversión pastoral que implica escuchar con atención y discernir los signos de los tiempos en los que Dios se manifiesta (DA 366) y la necesidad, en fidelidad al Espíritu Santo que conduce a la Iglesia, de una renovación eclesial que implica reformas espirituales, pastorales y también institucionales (DA 367).

 
 

 

 

Para trabajar en grupos:

 
 

*  ¿Qué nos exige la conversión para lograr un auténtico encuentro con Jesús vivo?

 

*  ¿Cuáles son los impedimentos para una auténtica conversión?

 

*  ¿Cómo fortalecer la conversión en la acción pastoral?

 

*  Desde nuestra fidelidad al evangelio, ¿Qué cambios personales, mentales, pastorales e institucionales nos pide la situación del país?

 

 

 

Lectio Divina

 
 

Lc 15, 11-32

 
 

La aceptación del amor misericordioso, gratuito, incondicional de Dios lo experimentamos cuando amamos como Él nos ama. Esta es la esencia de la conversión de la que nos habla Jesús en la parábola del Padre misericordioso.

 
 

1. Lectura: ¿Qué dice el texto?

 
 

* ¿Qué personajes aparecen en el texto?

 

* ¿Qué dicen? ¿Qué hacen? ¿Qué sienten?

 

* ¿En qué nos parecemos a estos personajes?

 
 

El hijo menor exige su herencia, se aleja de su casa y rompe con su familia. Según la ley, el padre le da mucho más de lo que le corresponde, espera que su hijo sea feliz. Pero, el hijo rompe con el padre y comienza a recorrer el falso camino de la felicidad: pierde su dignidad, acepta condiciones injustas e inmorales, abandona su religión.

 
 

Su conversión comienza cuando reconoce que el pecado es la causa del sufrimiento y busca el cambio y el retorno a su vida de dignidad, a su casa, confiando en la misericordia de su padre.

 
 

El egoísmo del hermano y la fiesta del perdón están llenos de símbolos con profundo significado.

 
 

2. Meditación: ¿Qué me dice el texto?

 
 

*  ¿Qué aspectos debemos cambiar en nuestra vida?

 

*  ¿Qué tenemos que cambiar en nuestra acción pastoral y misionera?

 

*  ¿Cómo fortalecer nuestro encuentro con Jesucristo vivo?

 
 

3. Oración: ¿Qué le digo a Dios?

 
 

Oro espontáneamente para que el Espíritu Santo me ayude a cambiar mi vida para ser cada día mejor discípulo de Jesús.

 
 

4. Contemplación: ¿Cuáles son mis compromisos?

 
 

*  ¿Qué actividades voy a realizar entre los grupos y personas, en la parroquia, para avivar la experiencia de conversión, de misericordia y de perdón?

 

 

 

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