Tema 10

 
 

La Buena Nueva de la Vida

 

 

 

Dios ha revelado su proyecto en América Latina y sigue haciéndolo; la Buena Nueva está presente y actuante, (DA cap 3). Los discípulos misioneros están llamados a la santidad, en el Seguimiento de Cristo, y desde ello, enviados a anunciar el Evangelio del Reino de la vida (DA cap 4). La vivencia de la santidad y la misión se realizan en comunión eclesial, unidad en diversidad, (DA cap 5); desde ella el discípulo ha de formarse, encontrándose con Cristo en lugares específicos, encuentro que origina y exige un proceso de iniciación cristiana (DA cap 6).

 
 

Todo está en función de la misión. La misión de Cristo es la de sus discípulos: que todos tengan vida plena y abundante (DA cap 7).

 
 

1.- Retos para construir la vida verdadera

 
 

La cultura global nos plantea algunos retos a los cristianos de hoy:

 
 

- El escenario irreversiblemente mundializado tiene dos grandes implicaciones sobre la “salida” que buscamos. En primer lugar hace imposible ya la estrategia de liberación clásica, según la emancipación individual de un país para apoyarse en el bloque socialista, ya no existen los bloques. Y en algún sentido tampoco existen ya los países. Estamos en un mundo globalizado, en un sistema mundial de mercado y la liberación ha de hacerse dentro de él.

 
 

- Uno de los peligros de la globalización es la pérdida de identidad cultural (DA 44); sin embargo, el reto está justamente en la revalorización de nuevas identidades que, fruto de la globalización, ya son reales (DA 56). Otra tarea será el seguir insistiendo en el respeto y la valorización del género.

 
 

- Fortalecimiento de la identidad cultural. Todos tenemos algo que ofrecer a los demás pero, también a recibir. Aquí está la riqueza cultural. Podemos hacer nuestro los valores que nos presenta la cultura global, pero esto no implica el olvidar nuestra propia cultura (DA 52).

 
 

- Hay quienes contraponen la esperanza global alternativa a la esperanza pequeña, de lo micro de la sobrevivencia en el barrio, de la olla comunal, de la pequeña cooperativa... la “esperanza” femenina, como le llaman también. Hay quienes dicen que deberíamos abandonar aquella esperanza global que quería transformar el mundo como un todo y pasarnos a la esperanza pequeña de los cotidiano, de lo local o barrial...evidentemente la alternativa es falsa no tenemos por qué renunciar a la esperanza global, aunque desde luego, debe incorporarse a la esperanza pequeña.

 
 

- Estar en el mundo sin ser del mundo (Jn 17, 6-11), que se traduce en estar en el sistema sin ser del sistema. Por más que se diga que no hay alternativas, esta es la primera alternativa, que siempre estará a nuestro alcance. Aunque no tengamos otro sistema a mano, ni podamos ahora construirlo, la primera alternatividad consiste en resistir, no ser del sistema, mantener la libertad interior de quien no claudica de su esperanza contra toda esperanza.

 

- No dejar de creer que es posible organizar el mundo de otra manera. Pensar que no hubiera alternativa, sería aceptar el final de la historia, el fracaso de Dios y la derrota de los humanos.

 
 

- Atreverse a ir contra corriente, mantener la lucidez y proclamar con toda la fuerza nuestra convicción, frente a la esencia encubierta ideológicamente de sistemas socio-económicos y políticos que creen ser la salvación de la humanidad.

 
 

- Crear redes para construir un nuevo tejido social alternativo en estos tiempos de desarticulación y resistencia.

 
 

- Reclamar al Estado nacional para que no sea una simple selva salvaje de intereses individuales.

 
 

- Tomar en serio el análisis social y estar atentos a los signos de superación del neoliberalismo, a los estudios sobre su posible alternativa, a todos los elementos que puedan enriquecer nuestro esfuerzo interpretativo de la hora actual.

 
 

- No hay que olvidar que la gran alternativa al sistema será el mismo sistema, porque sencillamente, es insostenible, tanto económica, como social y ecológicamente. El tiempo juega a nuestro favor, la humanidad no es suicida, y más temprano que tarde pondrá remedio a este sin sentido. Triunfará la sensatez.

 
 

2.- Reflexión desde la Palabra de Dios y desde Aparecida

 
 

Alabamos a Dios por el don maravilloso de la vida y por quienes la honran y la dignifican al ponerla al servicio de los demás (DA 106).

 
 

Bendecimos al Padre porque todo hombre abierto sinceramente a la verdad y al bien, puede llegar a descubrir, en la ley natural escrita en su corazón (Rom 2, 14-15), el valor sagrado de la vida humana, desde su inicio hasta su término natural (DA 108).

 
 

Ante una vida sin sentido, Jesús nos revela la vida íntima de Dios en su misterio más elevado, la comunión Trinitaria (DA 109).

 
 

Ante las “estructuras de muerte”, Jesús hace presente la vida plena: Yo he venido para dar vida a los hombres y para que la tengan en plenitud (Jn 10, 10) (DA 112).

 
 

La Iglesia es misionera por naturaleza, porque toma su origen de la misión del Hijo y del Espíritu Santo, según designio del Padre (DA 29). La Buena Nueva que anuncia, es que Jesucristo vino al mundo a hacernos partícipes de la vida eterna (2 Pe 1, 4), a cumplir el deseo del Padre, que seamos sus hijos por medio de su Hijo.

 
 

En Jesús somos hijos de Dios, miembros de la familia Trinitaria, y hermanos entre nosotros, constituyéndonos Iglesia. Ser hermanos es vivir en fraternidad, atentos a la necesidad de los más débiles. Es propio del discípulo de Cristo gastar su vida como sal de la tierra y luz del mundo (DA 110).

 
 

El pueblo tiene sed de Cristo y está dispuesto a acoger sus palabras y su alimento eucarístico; sin embargo, algunos rechazan esta vida nueva (Jn 5, 40) y por su pecado caminan a la muerte. Jesús sirve a la vida (Mc 10, 46-52), quiere darnos dignidad (Jn 4, 7-26), salud (Mt 11, 2-6), alimento (Mc 6, 30-44) y libertad (Mc 5, 1-20). En el Reino cabemos todos: pecadores (Mc 2, 16), leprosos (Lc 5, 13), prostitutas (Lc 7, 36-50), incrédulos (Jn 3, 1-15).

 
 

a.- Dimensiones de la vida en Cristo

 

La vida nueva toca al ser humano entero y desarrolla en plenitud la existencia humana en su dimensión personal, familiar, social y cultural. Él camina con nosotros, nos descubre el sentido del dolor y la muerte, la alegría y la fiesta. La vida en Cristo incluye la alegría de comer juntos, el entusiasmo por progresar, el gusto por trabajar y aprender, el gozo de servir, el contacto con la naturaleza, el placer de una sexualidad vivida según el evangelio (DA 356).

 
 

Las condiciones de vida de muchos abandonados, excluidos e ignorados en su miseria y su dolor, contradicen el proyecto del Padre y nos interpelan a un mayor compromiso en favor de la vida. El Reino de Cristo es incompatible con estas situaciones inhumanas. Si cerramos los ojos a esta realidad no somos discípulos del Reino, estamos en un camino de muerte: “Nosotros sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida porque amamos a los hermanos. El que no ama permanece en la muerte” (1 Jn 3, 14) (DA 358).

 
 

La vida se acrecienta dándola y se debilita en el aislamiento y la comodidad. Los que más disfrutan la vida son quienes dejan su seguridad y se apasionan en comunicar vida a los demás: “Quien aprecie su vida terrena, la perderá” (Jn 12, 25). La doctrina, orientaciones éticas y actividad misionera deben transparentar una oferta de vida más digna, para cada hombre y mujer (DA 361).

 
 

Llamados a asumir un compromiso misionero, necesitamos desarrollar la dimensión misionera de la vida en Cristo. La Iglesia no puede instalarse en la comodidad, ser tibia frente al sufrimiento de los pobres. Cada comunidad debe ser un centro de irradiación de vida en Cristo. Esperamos un nuevo Pentecostés que nos libre de la fatiga, la desilusión, el acomodo, que renueve nuestra alegría y esperanza. Por eso, es imperioso asegurar espacios de oración comunitaria que hagan atractiva la unidad “para que el mundo crea” (Jn 17, 21) (DA 362).

 
 

La fuerza de este anuncio de vida será fecunda si tenemos la Eucaristía como fuente de toda actividad misionera. Queremos dar testimonio de cercanía, afecto, escucha, humildad, solidaridad, compasión, reconciliación, compromiso social. Jesús nos sigue invitando a una vida digna y plena para todos. Estamos llamados a navegar mar adentro para una pesca abundante; salir de nuestra conciencia aislada y lanzarnos a la misión (DA 363).

 
 

La Virgen María es la imagen de la discípula misionera que nos llama a la confianza (Jn 2, 5); con ella queremos estar atentos para escuchar al Maestro: “Vayan y hagan discípulos a todos los pueblos” (Mt 28, 19) (DA 364).

 
 

b.- Conversión pastoral y renovación misionera

 
 

La decisión misionera debe impregnar las estructuras de la Iglesia. Ninguna comunidad debe excusarse de entrar al proceso de renovación misionera, abandonando las estructuras caducas que no favorecen la transmisión de la fe (DA 365).

 
 

La conversión personal permite someterlo todo al servicio del Reino de vida. Obispos, sacerdotes, diáconos, consagrados/as, laicos/as, estamos llamados a asumir una actitud de permanente conversión, que implica escuchar y discernir “lo que el Espíritu dice a las Iglesias” (Ap 2, 29) a través de los signos de los tiempos (DA 366).

 
 

La pastoral no puede prescindir del contexto histórico; las transformaciones socio-culturales representan nuevos desafíos para la Iglesia en su misión de construir el Reino de Dios. De allí nace la necesidad de una renovación espiritual, pastoral e institucional (DA 367).

 
 

La conversión nos lleva a promover una espiritualidad de comunión y participación, principio que se vive en todos los lugares donde se forma a la persona: al bautizado, al ministro del altar, al consagrado/a y al agente pastoral, a la familia y a la comunidad. La conversión pastoral implica que la Iglesia sea comunidades de discípulos misioneros en torno a Jesucristo, Maestro y Pastor. De allí nace la actitud de apertura, diálogo y disponibilidad para promover la corresponsabilidad y participación efectiva de todos los fieles. Hoy, más que nunca, el testimonio de comunión eclesial es una urgencia pastoral. La programación pastoral ha de inspirarse en el mandamiento del amor (Jn 13, 35) (DA 368).

 
 

Encontramos un modelo de esta renovación en las primitivas comunidades (Hch 2, 42-47), que supieron buscar nuevas formas para evangelizar, de acuerdo a las culturas y circunstancias. Asimismo, encontramos motivación en la eclesiología de comunión del Concilio Vaticano II y las anteriores Conferencias Generales del Episcopado Latinoamericano y Caribeño: “donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mt 18, 20) (DA 369).

 
 

El proyecto pastoral de la Diócesis debe ser respuesta eficaz a las exigencias del mundo, debe contener indicaciones programáticas concretas, los objetivos, métodos de trabajo, planes de formación, medios con los que se logrará anunciar a Cristo a todas las personas, modelar las comunidades e incidir profundamente los valores evangélicos en la sociedad y la cultura. Los laicos deben participar del discernimiento, la toma de decisiones, la planificación y la ejecución del proyecto diocesano; el obispo debe hacerle un seguimiento constante, al igual que deben hacerlo los sacerdotes y agentes pastorales (DA 371).

 
 

Teniendo en cuenta las dimensiones de nuestras parroquias se aconseja la sectorización en territorios más pequeños, que tengan su propio equipo de animación y coordinación, lo que permitiría una mayor proximidad a las personas y grupos. Se recomienda que los agentes misioneros promuevan la creación de comunidades familiares que fomenten la puesta en común de la fe cristiana y las respuestas a sus problemas. La Iglesia apoya los programas de voluntariado que han surgido para bien de los más pobres, a la luz de los principios de dignidad, subsidiariedad y solidaridad, conforme la Doctrina Social de la Iglesia. No se trata sólo de estrategias pastorales, sino de fidelidad al Maestro, siempre cercano, accesible, disponible, deseoso de comunicar vida en cada rincón de la tierra (DA 372).

 
 

c.- La misión Ad Gentes

 
 

Agradecidos porque el Padre amó tanto al mundo que envió a su Hijo para salvarlo (Jn 3, 16), queremos continuar su misión, ya que esa es la razón de ser de la Iglesia, lo que define su identidad más profunda (DA 373-374).

 
 

Como discípulos misioneros, queremos que el influjo de Cristo llegue hasta los confines de la tierra, y eso ya lo podemos constatar por diversos signos:

 

- La presencia de los valores del Reino de Dios en las culturas, recreándolas desde dentro para transformar las situaciones anti-evangélicas.

 
 

- Los esfuerzos de hombres y mujeres que encuentran en sus creencias religiosas un impulso para mantener su compromiso histórico.

 
 

- El nacimiento de la comunidad eclesial.

 
 

- El testimonio de personas y comunidades que anuncian a Jesucristo con la santidad de sus vidas.

 
 

La misión ad gentes se abre a nuevas dimensiones; es decir, los destinatarios de la actividad misionera no son sólo los pueblos no-cristianos o las tierras lejanas, sino también los ámbitos socioculturales y, sobre todo, los corazones, incluso en ambientes cristianos (DA 375).

 
 

El mundo espera de nuestra Iglesia latinoamericana y caribeña un compromiso significativo con la misión universal. Para no caer en la trampa de encerrarnos en nosotros mismos, debemos formarnos como discípulos misioneros sin fronteras, dispuestos a ir “a la otra orilla”, donde Cristo no ha sido aún reconocido como Dios y Señor, y la Iglesia no está todavía presente (DA 376).

 
 

Debemos estar dispuestos a anunciar a Cristo donde no es aún aceptado, y hacerlo con nuestra vida y acciones. Los emigrantes son igualmente discípulos y misioneros, y están llamados a ser nueva semilla de evangelización, a ejemplo de quienes trajeron la fe cristiana a nuestra América (DA 377).

 
 

Es importante que las iglesias locales organicen centros misioneros que actúen en estrecha colaboración con las Obras Misionales Pontificias y otras instancias eclesiales (DA 378).

 
 

La fe se fortifica dándola. Somos Iglesia pobre, pero debemos dar desde nuestra pobreza, alegría y fe, sin descargar en unos pocos el compromiso de toda la comunidad. La capacidad de compartir nuestros dones espirituales, humanos y materiales con otras Iglesias, confirmará la autenticidad de nuestra apertura misionera (DA 379).

 
 

3.- Aplicación pastoral

 
 

De su Maestro, el discípulo ha aprendido a luchar contra toda forma de desprecio de la vida y de explotación de la persona humana (DA 112).

 
 

La Iglesia tiene, como misión propia y específica, comunicar la vida de Jesucristo a todas las personas, anunciando la Palabra, administrando los Sacramentos y practicando la caridad. Los discípulos misioneros de Jesucristo tenemos la tarea prioritaria de dar testimonio del amor a Dios y al prójimo con obras concretas (DA 386).

 
 

Nuestra misión para que nuestros pueblos en Él tengan vida, manifiesta nuestra convicción de que en el Dios vivo revelado en Jesús se encuentra el sentido, la fecundidad y la dignidad de la vida humana. Nos urge la misión de entregar a nuestros pueblos la vida plena y feliz que Jesús nos trae, para que cada persona humana, viva de acuerdo con la dignidad que Dios le ha dado (DA 389).

 
 

La verdadera promoción humana no puede reducirse a aspectos particulares. Debe ser integral, es decir, promover a todos los hombres y a todo el hombre, desde la vida nueva en Cristo que transforma a la persona de tal manera que la hace sujeto de su propio desarrollo (DA 399).

 
 

Asusta mirar los modelos económicos y políticos que dominan el mundo de hoy y su oposición al proyecto de Jesús. En ellos, la vida de las personas está subordinada al mercado. El prójimo no es un hermano sino un potencial cliente, un consumidor. El que no tiene es excluido, no existe, es un desechable.

 
 

Las consecuencias nefastas no se dejan esperar: 840 millones de personas en el mundo sufren destrucción crónicas; 200 millones de niños, menores de 5 años, están destruidos; 11 millones de niños mueren al año, por desnutrición. Uno de cada siete niños nacidos en los países pobres, morirán antes de cumplir 5 años.

 
 

Mientras 24.000 millones de dólares se necesitarían anualmente hasta el 2015 para acabar el hambre en el mundo, este mismo mundo, invierte 780.000 millones anualmente en el gasto militar. Muchos quieren preparan un mundo no para vivir con el otro, sino para vivir del otro o contra el otro.

 
 

 

 

Para trabajar en grupos:

 
 

- ¿Cuál es la misión de los discípulos en la defensa de la vida?

 

- ¿Cuáles son las principales dimensiones de la vida cristiana?

 

- ¿En qué podemos aplicar la renovación misionera?

 

- ¿Cómo implementar la dimensión Ad Gentes?

 

 

 
 

Lectio Divina

 
 

Jn 10, 1-10

 
 

Partamos de una rápida re-visión, escucha atenta y actitud sensible ante situaciones, espacios, personas o grupos que llevan una vida amenazada y claman por una presencia eclesial comprometida realmente con la VIDA.

 
 

Lectura: ¿Qué dice el texto?

 
 

- Lo que más me llamó la atención y me toca existencialmente.

 

- Observar a los personajes del texto y lo que representan: ¿cómo actúan, cómo reaccionan…?

 

- ¿Cómo se comprende la vida y el servicio a la Vida en el texto?

 
 

Meditación: ¿Qué me dice el texto?

 
 

- ¿Qué nos dice el texto (Palabra de Dios) en nuestra realidad actual?

 

- ¿Qué desafíos emergen para nuestra vida personal y comunitaria?

 

- ¿Qué luces y fuerzas tocan a la Vida Religiosa en América Latina y el Caribe hoy?

 
 

Oración: ¿Qué le digo a Dios?

 
 

- ¿Cómo respondemos a Dios a partir de la lectura orante de su Palabra?

 

(Momento de oración personal y comunitaria compartida espontáneamente)

 
 

Contemplación: ¿Cuáles son mis compromisos?

 
 

Ver el mundo con los ojos de Dios: Momento para ver nuevamente la realidad, nuestro mundo, nuestra historia, situaciones… con los ojos abiertos a la Palabra de Dios leída, meditada, rezada.

 
 

- ¿Qué compromiso concreto asumimos en nuestro corazón y en nuestra práctica cotidiana?

 
 

Podemos concluir con una corta celebración compartiendo el fruto de esta lectura orante con símbolos, gestos o plegarias. Terminamos recitando el salmo 23.

 

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