Tema 7

 
 

La Experiencia Pascual  

 

 

 

La Iglesia, especialmente hoy, está llamada a repensar profundamente y relanzar con fidelidad y audacia su misión de ser testigo del Resucitado, por tanto no puede instalarse en la comodidad, en el estancamiento y en la tibieza (DA 11).

 
 

No podremos cumplir la Misión, si continuamos comprendiendo, viviendo y transmitiendo la fe reducida a bagaje, a elenco de algunas normas y prohibiciones, a prácticas de devoción fragmentadas, a adhesiones selectivas y parciales de las verdades de la fe, a una participación ocasional en algunos sacramentos, a la repetición de principios doctrinales, a moralismos blandos o crispados que no convierten la vida de los bautizados (DA 12).

 
 

“Nuestra mayor amenaza es el gris pragmatismo de la vida cotidiana de la Iglesia en el cual aparentemente todo procede con normalidad, en realidad la fe se va desgastando y degenerando en mezquindad” (DA 12).

 
 

A todos nos toca recomenzar desde Cristo, reconociendo que “no se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva” (DA 11-12).

 
 

El Señor nos dice: “no tengan miedo” (Mt 28, 5). “¿Por qué buscan entre los muertos al que está vivo?” (Lc 24, 5) (DA 14). Su vida es una entrega radical de sí mismo a favor de todas las personas, consumada definitivamente en su muerte y resurrección. Por ser el Cordero de Dios, Él es el Salvador. Su pasión, muerte y resurrección posibilita la superación del pecado y la vida nueva para toda la humanidad (DA 102).

 
 

1. Jesús ha resucitado

 
 

Jesús es el Hijo amado de Dios, y desde esa certeza decimos que:

 
 

“Dios Padre resucitó a su Hijo amado, pero también decimos que Dios lo resucitó porque su Hijo fue fiel a su misión hasta la muerte y muerte en cruz.”

 
 

Tomar en serio que el resucitado es el crucificado, es tener en cuenta el valor de su vida, de su misión, de su obra y de su muerte. Aquí radica el valor salvífico de la muerte de Cristo y de su cruz. Pero también nos lleva a criticar nuestras supuestas experiencias del resucitado, a partir del Jesús que vivió en coherencia el proyecto del Padre, y por él entregó su vida en la cruz.

 
 

La fe en el resucitado significa seguir al crucificado. La resurrección de Jesús, nos revela nuestra propia vocación humana, la de resucitar, es decir la comunión perfecta con Dios, pero también y sobre todo, nos revela el valor salvífico del compromiso y de la coherencia en la misión, del servicio y de la entrega, inclusive de la propia vida, por amor.

 
 

Estas certezas fundamentales de nuestra fe, nos las transmiten los Evangelios pensando en hermanos y hermanas que vivían un tiempo de martirio y crucifixión, intentando fortalecer la esperanza y la resistencia ante la injusticia. Pero llegan también a nosotros hoy, iluminando nuestra propia realidad de crucifixión, fortaleciendo nuestra esperanza y resistencia, y animándonos a seguir a Jesús.

 
 

Si Jesucristo no ha resucitado ¿qué Buena Noticia podríamos comunicar? Toda nuestra fe quedaría vacía de sentido. No tendríamos ninguna esperanza verdaderamente definitiva para aportar a la humanidad. Solo la resurrección de Jesús fundamenta y da sentido a nuestras propias cruces, a nuestra fe, misión y lucha por un mañana plenamente humano, feliz y trascendente. El crucificado que ha resucitado es la razón de nuestra esperanza.

 
 

La resurrección no es una realidad reservada únicamente para después de la muerte. Si bien la resurrección de Jesús es la garantía de la vida plena después de la muerte, allá, en ese momento, sólo Dios dirá, él será el protagonista. Mientras tanto, en el aquí y en el ahora, los protagonistas somos nosotros, pues la resurrección es garantía y esperanza, pero viviendo como Jesús. Lo importante es vivir ya desde ahora como Jesús muerto y resucitado (Col 3, 1-4; Rom 6, 4-5).

 
 

Dios al resucitar a Jesús triunfó sobre la injusticia que le causó la muerte. La utopía de Jesús sigue vigente. La vida plena es posible. La vida vencerá a la muerte, esa es nuestra convicción y el motor de la misión. Jesús también hoy nos dice “… vayan y hagan discípulos a todas las naciones… estaré con ustedes hasta el fin de los tiempos” (Mt 28, 19-20).

 
 

2. Reflexión desde la Palabra de Dios y desde Aparecida

 
 

a.- La experiencia del Resucitado

 
 

Jesucristo, con su muerte y resurrección, inaugura en medio de nosotros el Reino de vida del Padre, que alcanzará su plenitud allí donde no habrá más “muerte, ni luto, ni llanto, ni dolor, porque todo lo antiguo ha desaparecido (Ap 21, 4). El misterio pascual de Jesús es el acto de obediencia y amor al Padre y de entrega por todos sus hermanos, mediante el cual el Mesías dona plenamente aquella vida que ofrecía en caminos y aldeas de Palestina; es decir, pone su vida ofrecida en manos del Padre (Lc 23, 46), quien lo hace salvación  “para nosotros”.

 
 

La resurrección de Jesucristo es el pilar fundamental de nuestra fe. Si no hubiera resucitado, sus amigos lo hubieran llorado y recordado por un poco de tiempo y luego lo hubieran olvidado. El “hermano” de Jesús (Jn 20, 17) participa de la vida del Resucitado, Hijo del Padre celestial, por lo que Jesús y su discípulo comparten la misma vida que viene del Padre, aunque Jesús por naturaleza (Jn 5, 26; 10, 30) y el discípulo por participación (Jn 10, 10) (DA 132).  

 
 

El Resucitado no se apareció a los fariseos ni al Sanedrín, o en el templo, para demostrar al mundo entero que está vivo y que ha vencido la muerte, sino que se apareció a los suyos; solo ellos y, su testimonio, son la prueba de que Jesús ha resucitado.

 
 

Por el misterio pascual, el Padre sella la nueva alianza y genera un nuevo pueblo, que tiene por fundamento su amor gratuito de Padre que salva (DA 143); sin embargo, hay cristianos que aceptan la resurrección pero se olvidan que el camino para llegar a ella es la cruz, el servicio, la donación de la propia vida. Muchos quisiéramos un cristianismo que no nos exija la entrega cotidiana de la vida.

 
 

b.- El encuentro con Jesucristo

 

El acontecimiento de Cristo es el inicio de ese sujeto nuevo que surge en la historia y al que llamamos discípulo. Todo comienza con una pregunta “¿qué buscan?”. A esa pregunta siguió la invitación a vivir una experiencia “vengan y lo verán” (Jn 1, 35-39) (DA 243-244).

 
 

La experiencia personal de Jesucristo, es camino para llegar a la vivencia Trinitaria. En él todos somos hijos del mismo Padre, por eso lo llamamos con confianza ¡Abba! (Gal 4, 4-5). El encuentro con Cristo, gracias a la acción invisible del Espíritu Santo, se realiza en la fe recibida y vivida en la Iglesia (DA 246).

 
 

  La Sagrada Escritura

 
 

En las Sagradas Escrituras y en la Tradición encontramos a Jesús, la “fuente de vida” para la Iglesia, el alma de su acción evangelizadora. Por ello, es indispensable el conocimiento profundo y vivencial de la Sagrada Escritura a través de la formación y meditación bíblica para encontrarnos con Jesús Palabra viva del Padre (DA 247). Así, fundamentamos nuestro compromiso misionero y nuestra vida en la “roca de la Palabra de Dios” (DI 3).

 
 

La Sagrada Escritura es un don del Padre para facilitarnos el encuentro con Cristo vivo, como camino de conversión, de comunión, de solidaridad. Por eso, es importante la animación bíblica de la pastoral como escuela de conocimiento de la Palabra, de comunión con Jesús, de oración y de evangelización o proclamación de la Palabra (DA 248).

 
 

  La Eucaristía

 
 

Los discípulos de Cristo, celebrando el misterio pascual en la Eucaristía, según el mandato de Cristo: “Hagan esto en memoria mía…”, penetran en los misterios del Reino y alimentan su vocación de discípulos y misioneros de Jesús.

 
 

La Eucaristía es el lugar privilegiado de encuentro del discípulo con Cristo, pues en ella, Cristo se hace presente real y sustancialmente, nos atrae hacia Él y nos lleva al Padre y hacia los hermanos. En cada Eucaristía, los cristianos celebran y asumen el misterio pascual, participando en él. La Eucaristía, fuente inagotable de la vocación cristiana es, al mismo tiempo, fuente inextinguible del impulso misionero (DA 251).

 
 

La Comunidad

 
 

Es un lugar fundamental de encuentro con Jesús: “Donde dos o tres estén reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mt 18, 20). Jesús está en los que reciben la Gracia de Dios para identificarse con Él, como el apóstol San Pablo que dice: “Ya no vivo yo, es Cristo que vive en mí” (Gál 2, 20). También está en todos los que dan testimonio de trabajo por la justicia, por la paz y por el bien común. También lo podemos encontrar en toda realidad humana, cuyos límites a veces nos duelen y agobian (DA 256).

 
 

Los Pobres

 
 

Los pobres, afligidos y enfermos que reclaman nuestra solidaridad y nos dan testimonio de fe y de lucha por seguir viviendo, nos muestran el rostro de Cristo sufriente. En el reconocimiento de esta presencia y en la defensa de los excluidos se juega la fidelidad de la Iglesia a Jesucristo. El encuentro con Jesucristo en los pobres es una dimensión constitutiva de nuestra fe en Él (Mt 25, 37-40) (DA 257).

 

3.- Aplicación pastoral

 
 

Si Jesucristo no ha resucitado ¿qué Buena Noticia podríamos comunicar? Toda nuestra fe quedaría vacía de sentido. No tendríamos ninguna esperanza verdaderamente definitiva para aportar a la humanidad. Solo la resurrección de Jesús fundamenta y da sentido a nuestras propias cruces, a nuestra fe, misión y lucha por un mañana plenamente humano, feliz y trascendente. El crucificado que ha resucitado es la razón de nuestra esperanza.

 
 

La resurrección no es una realidad reservada únicamente para después de la muerte, pero sí, la garantía de la vida plena después de la muerte. Mientras tanto, en el aquí y en el ahora, los protagonistas somos nosotros, pues la resurrección es garantía y esperanza, pero viviendo como Jesús. Lo importante es vivir ya desde ahora como Jesús vivió (Col 3, 1-4; Rom 6, 4-5).

 
 

Dios al resucitar a Jesús triunfó sobre la injusticia que le causó la muerte. La utopía de Jesús sigue vigente. La vida plena es posible. La vida vencerá a la muerte, esa es nuestra convicción y la razón de la misión. Jesús también hoy nos dice “… vayan y hagan discípulos a todas las naciones… estaré con ustedes hasta el fin de los tiempos” (Mt 28, 19-20). Jesús no solo se acerca a los caminantes va más allá: “Se hace camino para ellos” Yo soy el camino, la verdad y la vida (Jn 14, 6).

 
 

La Iglesia, al igual que Jesús “comparte el camino” de los seres humanos. Debe “iluminar con las Escrituras el camino de los hombres” como lo hizo Jesús (Lc 24, 13-35). Él es el viviente, que camina a nuestro lado, descubriéndonos el sentido de los acontecimientos, del dolor y  de la muerte, de la alegría y de la fiesta (DA 356).

 
 

Con el pecado, optamos por un camino de muerte. Por eso, el anuncio  de Jesucristo siempre llama a la conversión, que nos hace participar del triunfo del Resucitado e inicia un camino de transformación (DA 351).

 
 

El anuncio del Kerigma invita a tomar conciencia de ese amor vivificador de Dios que se nos ofrece en Cristo muerto y resucitado. Esto es lo primero que necesitamos anunciar y también escuchar, porque la gracia tiene un primado absoluto en la vida cristiana y en toda la actividad evangelizadora de la Iglesia (DA 348).

 
 

La fuerza de este anuncio de vida será fecunda si lo hacemos con el estilo adecuado, con las actitudes del Maestro, teniendo siempre a la Eucaristía como fuente y cumbre de toda actividad misionera (DA 363). Debemos renovar nuestra actitud de cercanía y de acompañamiento a todos nuestros hermanos y hermanas, que necesitan de la presencia cercana de Jesús y de su Iglesia.

 

 

 

Para trabajar en grupos:

 
 

- ¿Qué dimensión o área pastoral tenemos que desarrollar con más atención para lograr un encuentro entre nuestro pueblo y Jesús Resucitado?

 

- ¿Cuáles serían sus principales características?

 

- ¿Cuáles son los signos claros de que estamos siendo iglesia-comunidad de discípulos, en la que se hace presente el Resucitado?

 

- ¿De qué manera estamos siendo lugar de encuentro entre Jesús y nuestro pueblo hoy?

 

 

 

Lectio Divina

 
 

Lc  24, 13-35

 
 

Nuestro problema no es demostrar que Jesús resucitó. Sino cómo y en dónde encontrarlo.

 
 

1.- Lectura: ¿Qué dice el texto?

 
 

- ¿Cuáles son las causas del desánimo de los discípulos de Emaús?

 

- ¿Que pensaban de Jesús antes y después de la cruz?

 

- ¿Que pensaban de sí mismos antes y después de la cruz de Jesús?

 
 

Este texto, no fue escrito con afán apologético. Quería ayudar a los destinatarios de Lucas a encontrarse con el Resucitado en medio de su propia historia. A reinterpretar la historia a partir de la experiencia del encuentro con el crucificado triunfante.

 
 

Los discípulos de Emaús, inician su camino de desilusión y derrota, de resignación, pues la cruz impide aceptar a Jesús como el Mesías, mucho más si de él esperaban brillo y poder.

 
 

En su camino se hace presente el Resucitado pero no es reconocido porque la desesperanza no les permite. Solo se les “abrirán los ojos” cuando entran en la comprensión plena de las Escrituras leídas y explicadas por Jesús y entendidas a la luz de su propia realidad y de la de Jesús.

 
 

Su camino de desilusión se transforma en camino de misión, no importarán las distancias, ni la noche que ya ha caído, ni la amenaza del imperio de la muerte, o de sus cómplices asesinos de inocentes.

 
 

2.- Meditación: ¿Qué me dice el texto?

 
 

- ¿Realmente me estoy encontrando con Jesucristo, cuando leo la Sagrada Escritura o celebro los sacramentos?

 

- ¿Como discípulo suyo, he logrado ingresar al camino de la vida de los cansados y derrotados de la historia actual?

 
 

3.- Oración: ¿Qué le digo a Dios?

 
 

En un ambiente orante compartamos en voz alta nuestras plegarias y oraciones.

 
 

4.- Contemplación: ¿Cuáles son mis compromisos?

 
 

- ¿Cómo reavivar mi experiencia de fe y personal con Jesús Resucitado?

 

 

 

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