¿Quién llama a la cordura y el diálogo?

Es escena repetida en las películas western: alguien da un golpe y luego, todos contra todos, se golpean, sin siquiera mirar a dónde va el puñetazo. Vuelan sillas, botellas, vasos. la reacción es brutal, en cadena, todos se quieren matar, todos quieren dar un golpe al que esté más cerca… Suelen quedar acaso dos, terminando la cerveza como si nada hubiese pasado… lo sucedido el 30 de septiembre, penosamente, se parece a una de esas películas western. Todos habían perdido la cordura. Primero, los policìas, encargados de instaurar el orden, proponiendo el desorden. Luego, el Presidente, al llegar al recinto policial, abrirse la camisa y pedir a gritos que lo maten. Y luego, la prensa oficial invitando a la gente a movilizarse, a sumarse al desorden.

 

Ni una sola voz hizo un llamado a la calma. Nadie que pida negociar. Nadie que emplace a la tropa a parar la protesta, a ejercer su derecho al reclamo desde el diálogo. Nadie que le diga al Presidente que haga un llamado a la paz. Ni un ministro que hable de diálogo. Nadie que procure un camino en medio de la trifulca. Reacciones improvisadas, en cadena, de la más estúpida violencia y confusiòn.

 

Todo lo contrario: la prensa oficial y los funcionarios llamaba a la gente a defender la democracia a puñetazo limpio, a ir enfurecidos a acompañar al Presidente y a sacarlo a la brava, no de un cuartel, sino de un hospital, en donde recibía un suero y una bolsa de hielo para su rodilla inflamada, sin pensar, además, que en los hospitales hay pacientes, ancianos, mujeres, niños, recién nacidos. La prensa independiente se calló seis horas, pero hacía lo mismo: el mejor sería el que aguante más los gases y que vea más cerca la caída de los policías o la cara de desconcierto del primer mandatario al salir, así les cueste la vida. Los opositores entraban a la televisión pública, sin tocar la puerta, pero sí rompiendo vidrios, pidendo espacio a gritos y empellones.

 

Los asambleístas, los ministros, los funcionarios, todos se unían a la bravata, pedían a gritos… muertos y sangre. Invitaban a defender la democracia a golpes y a morir si era necesario, a poner, todos, el pecho a la bala para sacar al Presidente de un cuarto de hospital.

 

Yo miraba impávida el televisor. Sin moverme. Quería distraerme en cualquier cosa y era imposible. La ciudad estaba quieta, inmóvil, sin nadie en la calle, hipnotizados todos por el televisor o, algunos, aterrorizados. Solo el ruido de tres helicòpteros, reemplazado luego por las imparables sirenas de las ambulancias que iban y venían. Y las balas. Las ráfagas que irrumpieron la noche. Rezagos de humo, de bombas lacrimógenas, terror. Policìas disparando a policìas. Militares disparando a policìas. Simpatizantes caídos por balas perdidas. Nadie que llame a la cordura. Nadie. Reacciones viscerales de todos contra todos, odios y pasiones desenfrenadas. Nadie se tomó un segundo para la reflexión ni para medir las consecuencias. Nadie reparó en que no se puede defender la democracia con gritos, puñetes, patadas y menos, con disparos.

 

En la mañana del 1 de octubre, la desazón, el duelo, la tristeza, un dolor enorme por el paìs, un escenario de guerra, la soledad, un perro olisqueando la sangre aún tibia en el asfalto. Al menos cinco muertos. Más de ciento cincuenta heridos. Y, lo más triste, una suerte de indiferencia, como en los western.

 

 

Milagros Aguirre

 

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