TESTIMONIO DE JACKIE BAKKER

 

"Cuando tenía 19 años fui violada a punta de pistola, me sentí sucia, usada y robada de toda mi dignidad. Menos del uno por ciento de las mujeres que son violadas salen embarazadas, pero yo fui una de ellas. Primero me negaba a creerlo, pero mi cuerpo comenzó a sufrir cambios y me di cuenta de que ya no podía ocultarlo por más tiempo: estaba embarazada. Pensé que tenía que haber un modo de salir de ésto.

 

"Recién me habían entrevistado para la posición como azafata, pero más que el riesgo de perder mi carrera, me preocupaba el tener que dar a luz al hijo del hombre que me había violado. Cuando mi hermana sugirió el aborto me sonó como la solución perfecta. El aborto todavía era ilegal, pero mi hermana hizo los arreglos. Conocí a un hombre que me llevó a la oficina de un médico, pero éste me dijo que no me podía hacer el aborto porque tenía una infección tan fuerte en la garganta y que si me llegaba al útero podía morirme. Por lo tanto, me envió a mi casa y tuve que vivir con el hecho de que estaba embarazada y seguir adelante.

 

"Más tarde me encontré un médico que me ayudó a ver que la vida es valiosa. Comencé a sentir amor y aceptación por mi bebé, especialmente después que lo sentí moverse. Me alegré por la nueva vida que llevaba dentro de mí y casi me olvidé de cómo había comenzado.

 

"Cuando finalmente se lo dije a mis padres, mi papá se horrorizó de que estuviera embarazada, especialmente de un violador. Otro médico nos puso en contacto con la Paternidad Planificada, donde me dijeron que el aborto era la única solución y no me ofrecieron alternativas. Les creí cuando me dijeron que mi pesadilla pronto acabaría y que podría continuar con mi vida después del aborto como si nada hubiera sucedido. Mis padres me hicieron testificar ante el Fiscal sobre la violación para que pudiera tener un aborto legal, pero cuando fue aprobado ya tenía 22 semanas de embarazo y quería conservar a mi bebé. Sin embargo, sentí una terrible presión de todos, especialmente de mis padres y al final cedí. Me inyectaron una solución salina y 18 horas más tarde…di a luz una pequeña bebita que estaba totalmente formada y era perfecta…esperaba que comenzara a llorar y que estuviera viva.

 

"Sentí un vacío que nadie puede llenar, los efectos del aborto continuaron mucho tiempo después de los recuerdos de la violación. Por los próximos tres años experimenté horribles depresiones y pesadillas. Por el contrario de todo lo que me habían dicho, era mucho más difícil lidiar con el recuerdo del aborto que con el de la violación. La violación fue un crimen terrible contra mí, una víctima inocente. El aborto fue la matanza de mi hijo inocente y yo participé voluntariamente. Traté de convencerme a mí misma de que tenía una buena razón para abortar después de haber sido violada, pero el dolor no me dejaba pensar sobre ésto. . . ."

 

Fuente: Testimonio de Jackie Bakker. Publicado en "Raped & Pregnant. Three Women Tell Their Stories", Americans Against Abortion.

 

 

 

TESTIMONIO DE MARY JEAN DOE

 

"Yo fui víctima del abuso sexual infantil. Antes de cumplir los 13 años fui sexualmente abusada por mi hermano mayor y por un amigo de la familia que era universitario. A los tres o cuatro meses de haber comenzado el abuso me faltó la regla…acudí a mi maestra de religión para que me ayudara y cuando le dije que quizás estaba embarazada (a los 12 años), ni siquiera pestañeó. Me dio un abrazo y me dijo que fuera a la clínica de Paternidad Planificada y que uno de mis hermanos mayores me llevara y no se lo dijera a mis padres. Nunca me preguntó quién era el padre ni por qué yo estaba sexualmente activa a esa edad".

 

"Por lo tanto, mi hermano mayor me llevó a la Paternidad Planificada… allí nadie me preguntó quien era mi compañero sexual, nadie expresó preocupación ni asombro, ni siquiera se interesaron en el motivo por el cual una niña de 12 años podría necesitar una prueba de embarazo. Solo me hablaron mucho sobre cómo actuar con "responsabilidad" y "tomar el control de mi cuerpo". Alguien me dio un montón de preservativos a la salida e hizo una broma sobre los colores: rojo, azul y amarillo. Mi hermano mantuvo silencio todo el tiempo, nadie le hizo una sola pregunta. Dos días más tarde me llamaron para decirme que la prueba era positiva y que debía volver el próximo sábado en la mañana.

 

La persona que llamó nunca utilizó la palabra embarazada o aborto. No acudí a esa cita ya que la regla me bajó aquella noche".

 

"Recuerdo el horror que sentí cuando me di cuenta de que me habían hecho una cita para abortar. Recuerdo que también pensé sobre quién hubiera pagado la cuenta –posiblemente mi hermano- y por qué ellos pensaban que yo era una persona tan horrible que debía hacerme un aborto…Le doy gracias a Dios porque la regla me bajó".

 

"La actitud que tiene la Paternidad Planificada hacia el sexo es un grave factor, que impide que se descubra el abuso sexual de las jóvenes. Si alguien me hubiera mostrado la más mínima preocupación yo le hubiera dicho la verdad y le hubiera pedido ayuda. Todos a mi alrededor aceptaban como normal el que una niña de 12 años pudiera y debiera estar sexualmente activa (mientras fuera responsable y usara el preservativo). El aborto a petición hace más fácil el que continúe el incesto y el abuso sexual de los niños. El aborto para las víctimas de incesto parece compasivo, pero en la práctica es simplemente otra arma violenta y otro engaño en las manos del que comete el abuso sexual".

 

Fuente: Escrito por Mary Jean Doe, miembro de la organización Feministas pro vida, publicado en el boletín Sisterlife de dicha organización, Otoño de 1990.

 

 

 

SOR LUCY VERTRUSE

 

Un testimonio que llega desde la guerra en Bosnia-HerzegovinaSoy Lucy, una de las jóvenes religiosas que ha sido violada por los soldados serbios. Le escribo, Madre, después de lo que nos sucedió a mis hermanas Tatiana, Sandria y a mí.

 

Permítame no entrar en detalles del hecho; hay en la vida experiencias tan atroces que no pueden confiarse a nadie más que a Dios, a cuyo servicio, hace apenas un año, me consagré.

 

Mi drama no es tanto la humillación que padecí como mujer, ni la ofensa incurable hecha a mi vocación de consagrada, sino la dificultad de incorporar a mi fe un evento que ciertamente forma parte de la misteriosa voluntad de Aquél, a quien siempre consideraré mi Esposo divino. Hace pocos días que había leído "Diálogos de Carmelitas", y espontáneamente pedí al Señor la gracia de poder también yo morir mártir.

 

Dios me tomó la palabra, pero ¡de qué manera! Ahora me encuentro en una angustiosa oscuridad interior. Él ha destruido el proyecto de mi vida, que consideraba definitivo y exaltante para mí y me ha introducido de improviso en un nuevo designio suyo que, en este momento, me siento incapaz de descubrir.

 

Cuando adolescente escribí en mi Diario: Nada es mío, yo no soy de nadie, nadie me pertenece. Alguien, en cambio, me apresó una noche, que jamás quisiera recordar, me arrancó de mi misma, queriendo hacerme suya...

 

Era ya de día cuando desperté y mi primer pensamiento fue el de la agonía de Cristo en el Huerto.

 

Dentro de mí se desencadenó una lucha terrible. Me preguntaba por qué Dios permitió qué yo fuese desgarrada, destruida precisamente en lo que era la razón de mi vida; pero, también me preguntaba qué nueva vocación El quería indicarme.

 

Me levanté con esfuerzo y mientras, ayudada por Josefina me enderezaba, me llegó el sonido de la campana del convento de las Agustinas, cercano al nuestro, que llamaba a la oración de las nueve de la mañana. Hice la señal de la cruz y recité mentalmente el himno litúrgico: En esta hora sobre el Gólgota, Cristo, verdadero Cordero Pascual, paga el rescate de nuestra salvación.

 

¿Qué es, Madre, mi sufrimiento y la ofensa recibida, comparados con el sufrimiento y la ofensa de Aquél por quien había jurado mil veces dar la vida?

 

Dije despacio, muy despacio: "Dios mío, que se cumpla tu voluntad, sobre todo ahora que no tengo dónde aferrarme y que mi única certeza es saber que Tú, Señor, estás conmigo".

 

Madre, le escribo no para buscar consuelo, sino para que me ayude a dar gracias a Dios por haberme asociado a millares de compatriotas ofendidas en su honor y obligadas a una maternidad indeseada.

 

Mi humillación se añade a la de ellas, y porque no tengo otra cosa que ofrecer en expiación de los pecados cometidos por los anónimos violadores y para reconciliación de las dos etnias enemigas, acepto la deshonra sufrida y la entrego a la misericordia de Dios.

 

No se sorprenda, Madre, si le pido que comparta conmigo un "gracias" que podría parecer absurdo.

 

En estos meses he llorado un mar de lágrimas por mis dos hermanos asesinados por los mismos agresores que van aterrorizando nuestras ciudades, y pensaba que no podría sufrir más; qué tan lejos estaba de imaginar lo que me habría de suceder!

 

A diario llamaban a la puerta de nuestro convento centenares de criaturas hambrientas, tiritando de frío, con la desesperación en los ojos. Hace unas semanas un muchacho de dieciocho años me dijo: Dichosas ustedes que han elegido un lugar donde la maldad no puede entrar. El chico tenía en la mano el rosario de las alabanzas del Profeta. Y añadió en voz baja: Ustedes no sabrán nunca lo que es la deshonra.

 

Pensé largamente sobre ello y me convencí de que había una parte secreta del dolor de mi gente que se me escapaba y casi me avergoncé de haber sido excluida.

 

Ahora soy una de ellas, una de las tantas mujeres anónimas de mi pueblo, con el cuerpo desbastado y el alma saqueada. El señor me admitió a su misterio de vergüenza. Es más, a mí, religiosa, me concedió el privilegio de conocer hasta el fondo la fuerza diabólica del mal.

 

Sé que de hoy en adelante, las palabras de ánimo y de consuelo que podré arrancar de mi pobre corazón, ciertamente serán creíbles, porque mi historia es su historia, y mi resignación, sostenida por la fe, podrá servir si no de ejemplo, por lo menos de referencia de sus reacciones morales y afectivas. Basta un signo, una vocecita, una señal fraterna para poner en movimiento la esperanza de tantas criaturas desconocidas. ¡Dios me ha elegido! que Él me perdone esta presunción, para guiar a las más humilladas de mi pueblo hacia un alba de redención y de libertad. Ya no podrán dudar de la sinceridad de mis palabras, porque vengo, como ellas, de la frontera del envilecimiento y la profanación.

 

Recuerdo que cuando frecuentaba en Roma la universidad para la Licenciatura en Letras, una anciana eslava, profesora de literatura, me recitaba estos versos del poeta Alexej Mislovic: Tú no debes morir porque has elegido estar de la parte del día.

 

Ahora ya todo pasó y al volver hacia atrás tengo la impresión de haber sufrido una terrible pesadilla. Todo ha pasado, Madre, pero, no; es ahora cuando todo empieza.

 

En su llamada telefónica, después de sus palabras de aliento, que le agradeceré toda la vida, usted me hizo una pregunta concreta: ¿Qué harás de la vida que te han impuesto en tu seno?

 

Sentí que su voz temblaba al hacerme esa pregunta, pregunta a la que no creí oportuno responder de inmediato; no porque no hubiese reflexionado sobre el cambio a seguir, sino para no turbar sus eventuales proyectos respecto de mí.

 

Yo ya decidí. Seré madre. El niño será mío y de nadie más. Sé que podría confiarlo a otras personas, pero él, aunque yo no lo quería ni lo esperaba, tiene el derecho a mi amor de madre.

 

No se puede arrancar una planta con sus raíces. El grano de trigo caído en el surco tiene necesidad de crecer allí, donde el misterioso, aunque inicuo sembrador le echó para crecer.

 

Realizaré mi vocación religiosa de otra manera.

 

Nada pediré a mi congregación que ya me ha dado todo. Estoy muy agradecida por la fraterna solidaridad de las hermanas, que en este tiempo me han llenado de delicadezas y atenciones, y particularmente por no haberme importunado con preguntas indiscretas.

 

Me iré con mi hijo, no sé adonde; pero Dios, que rompió de improviso mi mayor alegría, me indicará el camino a recorrer para hacer su voluntad. Volveré pobre, retomaré el viejo delantal y los zuecos que usan las mujeres los días de trabajo y me iré con mi madre a recoger en nuestros bosques la resina de la corteza de los árboles...

 

Alguien tiene que empezar a romper la cadena de odio que destruye desde siempre nuestros países.

 

Por eso, al hijo que vendrá le enseñaré sólo el amor. Este mi hijo, nacido de la violencia, testimoniará junto a mí la única grandeza que honra al ser humano, que es el perdón.

 

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