DESDE LA OTRA ORILLA DEL DOLOR

 

“VIOLACIÓN: ACTITUDES, REACCIONES Y ACOMPAÑAMIENTO”

 

Dr. Eduardo Morán García

 

 

 

El 29 de mayo se realizó este taller con la asistencia de unos 70 religiosos y religiosas.  Los objetivos estuvieron destinados a prestar atención a las actitudes y reacciones que provoca este fenómeno en las personas violadas y en las personas que se relacionan con ella, y a determinar algunos lineamientos que se pueden tomar en cuenta para hacer acompañamiento a personas que han sufrido una violación, atendiendo en forma especial a quienes sienten vocación religiosa o para cooperar con este acompañamiento.

 

Los contenidos se vincularon a situaciones que ocurren alrededor de la familia, como la educación de la sexualidad, a los significados para la víctima y el agresor en la vida seglar y en la vida religiosa, y los lineamientos para un acompañamiento apropiado.

 

A partir de varios testimonios (apéndice), trabajados en grupos, las y los participantes pudieron reflejar sus sentimientos, reflexiones y posibles experiencias, que les permitió definir las implicaciones de la violación, los sentidos y significados que podrían tener, y las consecuencias o efectos que pudieran quedar. Posteriormente a la exposición de los trabajos de los grupos se presentaron diversas preguntas destinadas a complementar lo tratado y a responder a diversas inquietudes vinculadas al tema.

 

De todos estos elementos tratados se presenta a continuación, en forma sintética los más destacados.

 

Comprender la violación implica reducir la distancia entre pensar sobre ella y haber sufrido por una experiencia como esta.

 

Esta violencia sexual contra la mujer, la mayor parte de las veces, nace desde una convicción interna que el violador ha enraizado en su psiquismo, a partir de sus experiencias y de los modos “educativos” de los que ha sido objeto.

 

La convicción, pensamiento de base, paradigma, o imaginario se traduce en la creencia-no- cuestionada de que el hombre-macho posee poder sobre la mujer y que ésta es el “objeto” en quien se “debe” aplicar ese poder; un poder que no “debe” dejar de ejercerlo porque es consustancial con el hecho de ser hombre-macho.

 

Todo pensamiento guía las acciones de los seres humanos y esta no es la excepción. Por ello esta ideación guía las acciones del hombre-macho y le conduce a planificar el modo de ejecutar una violación.

 

Este comportamiento complejo, compuesto de pensamientos, sentimientos, actitudes, sensaciones, imaginación, deseos, se ve fortalecido y motivado por razones culturales, que poseen las mismas características de poder, control y necesidades de dominio o posesión. La cultura no es un factor que existe fuera de las personas, o una especie de ambiente que rodea al ser humano, sino que se enraíza profundamente en cada uno de nosotros, y puede actuar o mostrarse por medio de nuestro comportamiento.

 

Este hecho evidenciable en muchas actitudes y conductas de las personas, individual o grupalmente, no exonera de responsabilidad a quien actúa en consonancia con su cultura, ni es consecuencia lineal del contenido de estos imaginarios, sino que tan solamente explica cómo ocurre.

 

En consecuencia, la mujer –la mayor parte de las veces- es un “objeto” y no una persona. Un objeto que, como tal, está para ser poseído, controlado, dominado y solamente en esta consideración es mujer. Similar pensamiento ocurre con los niños, niñas, adolescentes, a quienes se les considera objetos de posesión, control, dominio. La sociedad actual, en su afán globalizador, hace del mercado el núcleo de su estructura –lugar que antes ocupaba la familia- convirtiendo a todo, incluidas a las personas, en mercancía. Su ganancia no es tanto el dinero, sino el poder que se obtiene a través del dinero, pues la máxima aspiración de quienes son adalides de esta posición es la acumulación, y si es posible, sin trabajar.

 

Así se puede comprender qué es lo que les mueve a las personas que muestran un comportamiento violento, haciéndose eco del “sistema educativo” en el que se han “formado” y de la cultura materialista, hedonista, mercantilista y acumuladora que es su entorno y que a su vez se halla enraízada en su personalidad. Así se comprende que las personas se hallen fácilmente dispuestas a cometer actos infractores de la Ley, y de la ley más elemental del respeto a cada persona, solamente por el hecho de que es persona. Se comprende que las personas que rodean a la persona violada también la maltraten, ejerzan acciones de complot que tapan este acontecimiento tan devastador, desvaloricen tanto a las personas en general y mucho más a quien ha sufrido una violación, mantengan un silencio cómplice, se muestren con una frialdad afectiva o emocional ante quien ha sido víctima; prefieran en muchos casos no-nombrar este hecho; traten de exhibir soluciones simplistas y rápidas para cubrir sus propias ansiedad, ignorancia o falta de empatía con quien ha sufrido una violación, e inclusive ratifican la condición de “objeto” de la persona violada al tomar decisiones sin su aceptación. Se entiende que sigan considerándola un “objeto” y peor que eso, un “objeto degradado”, a quien se debe rechazar, rechazando en producto de esta violación, que también es otro objeto –el bastardo-

 

Es posible que estos comportamientos violentos –tanto como el de quien viola, como el de las personas indiferentes, frías, incapaces de compromiso o no-preparadas para hacer un acompañamiento efectivo, tengan raíz en la condición en que ha nacido la cultura ecuatoriana (y mucha de la latinoamericana), como es su condición de ser bastardos, cuyos padres han sido casuales, transitorios, ausentes, que han procreado en un acto de violencia y de ejercicio del poder, como “justo ejercicio” y trofeo de guerra, en la “conquista” de no solamente un territorio, sino de las personas, y entre ellas, lo más preciado de un pueblo: sus mujeres. Las condiciones de este padre-colectivo-y-de-nadie conquistador, que en nuestra cultura se traduce como el extranjero preferido y deseado, conforman la base de la imagen a quien imitar. Las conquistas, junto con los saqueos de cosas, saquearon el fundamento de la cultura del pueblo vencido, dejando una semilla de odio, que no puede ser rechazada porque forma parte de su nueva identidad. Una situación que necesita ser comprendida, que contiene en sí misma las bases contradictorias del amor y el odio cultural y racial, que se traduce también en la xenofobia, en los odios raciales o religiosos, donde se utiliza -como en cualquier violación- a la sexualidad como un poder, como un instrumento destructivo o como recurso de agresión. Ecos de esta realidad cultural, étnica, se hallan en los mismos mitos, leyendas, chistes y otros ejercicios culturales, que en definitiva traducen el temor a la diferencia, al otro, al diverso.

 

Todas estas realidades se hallan presentes en un acto de violación, que incluye la responsabilidad de quien violenta a otra persona –mujer u hombre- y que solamente puede ser cambiada con el cuestionamiento a nuestras creencias, imaginarios y paradigmas, que nos conduzca a un cambio de mentalidad y a la construcción de una consciencia de alteridad, como la que el cristianismo auténtico la celebra en la cotidianidad de quien ha logrado una “conversión” coherente.

 

La violación puede implicar la creencia de que quien ha sido violada/o es el/la responsable, y más que eso, el/la culpable de esta acción. Si no cómo se entiende que la mayor parte de las personas centren la atención solamente en la persona violentada, en los hechos ocurridos y no en los sentimientos de quien ha pasado por una situación como esta. Si no es así por qué se pretende buscar que la persona violada resuelva “su” problema sola, de manera simplista, rápida, para que deje de molestar. Si no es así por qué se busca -simplistamente también- castigar a quien ha violado, en lugar de buscar por todos los medios su rehabilitación, poniendo énfasis en su cambio definitivo, sobre todo si es una persona que tiene condiciones para lograrlo, y de esta manera hacer la mejor acción preventiva, que evite nuevas violaciones. Si no es así por qué no se trabaja con toda la familia de la persona violentada y con toda la familia de quien ha mostrado un  comportamiento violento.

 

 

 

LOS SIGNIFICADOS Y SENTIDOS que los participantes encontraron en el hecho de la violación permiten acercarse a la realidad experiencial de quienes han sufrido una violación. Entre ellos puede anotarse:

 

Toda forma de violación, considerada como la producción de un comportamiento de carácter sexual sin la aceptación de la persona, tiene siempre un sentido o un significado, aunque las personas no logren encontrarlo de manera inmediata. En muchísimas ocasiones estos sentidos y significados son un hallazgo, y no un fruto de la decisión o de una intención de encontrarlos. Adicionalmente gracias a la capacidad que tiene toda persona, de resiliencia, es capaz de superar esta situación. En estos “insumos” se fundamenta la Psicoterapia.

 

Ninguna persona se halla a salvo de una posibilidad como esta. La edad, la condición social, el rol o función que ejerce, ser religioso o seglar, mujer o varón, no son impedimento alguno. Esto significa que para quien sufre una violación es siempre una vivencia no prevista, que puede o no terminar en un daño, o que puede ser fatal.

 

Las violaciones son ejercicios de poder, de dominación, control a través del uso o abuso de la sexualidad genital, como consecuencia de imaginarios, pensamientos de carácter individual y también social-cultural. Muy frecuentemente el agresor requiere de la resistencia de la víctima para excitarse. Puede evitarse esta resistencia: la vida vale más. Si la víctima actúa así, es posible que quien pretenda violar no pueda actuar.

 

Las violaciones casi siempre son planificadas con algún tiempo por parte de la persona que actúa violentamente, se producen casi siempre en condiciones conocidas por ambos actores, en lugares más bien conocidos, por personas más bien conocidas.

 

Cada violación tiene un significado o un sentido diferente para cada persona, sentido o significado que se deriva de un diverso nivel de consciencia que ha alcanzado cada persona. Es decir no significa ni tiene el mismo sentido para todas las personas, por ello se debe partir del nivel de consciencia que cada persona posee y de los sentidos o significados que pueda traducir, que pueda encontrar, o que por lo menos pueda imaginar.

 

En una violación puede haber más de un sentido o significado, como puede no encontrarse ninguno por mucho tiempo. Siempre existe en esta experiencia una diversidad de sentimientos, sensaciones, imágenes, sin que se deba buscar en ellos coherencia ni congruencia. Se pueden incluir ausencia de sentimientos: anestesia afectiva; olvidos por represión: amnesia fragmentaria; deseos inadmitidos por las personas porque no son coherentes con la imagen que tienen de sí mismas.

 

Siempre es necesario procesar esta experiencia. Por ello no es conveniente “tratar de olvidarla” porque implicaría “represión” y su consecuencia sería la producción de enfermedades psicosomáticas, que se “desplazarían” de un órgano a otro, o se traducirán en comportamientos y modos de relacionarse conflictivos con las personas, dentro o fuera de la comunidad.

 

Una violación se traduce casi siempre en un sentimiento de culpabilidad en la persona violentada, mientras que en quien ha violado muy pocas veces aparece este sentimiento, a menos que la persona haya producido este comportamiento de una manera casual. La existencia de un sentimiento de culpa en la persona que viola es una muestra de que su personalidad es básicamente sana, y garantiza su rehabilitación. El sentimiento de culpa en la persona violada es una muestra de que sus deseos agresivos contra la persona que la violó, no pudieron ser mostradas, y se han tornado hacia sí misma/o por imposibilidad de ser manifestados.

 

Los sentimientos de culpa van aparejados con los sentimientos de desvalorización, tanto por la impotencia de mostrar su agresión contra el agresor, como porque una violación tiene un significado de haber sido “saqueada/o”, vaciado, asaltado, robado, invadido en su privacidad, destruida su intimidad, socavado y destrozado su interior, contaminado y contagiado de maldad para siempre, de una maldad que avanza y crece desde su interior y que afea, deteriora su rostro (rol, función social) y su vida.

 

Estos sentimientos dan paso a una sensación de pérdida irrecuperable, que enfatiza el sentimiento y la experiencia de desvalorización, que la desvaloriza frente a sí misma, frente a los demás y en especial frente a una posible relación significativa desde el área afectiva. De esta manera se ha perdido no solamente la intimidad, la privacidad, sino lo que es más valioso: su feminidad, que está vinculada tan estrechamente a la construcción de la identidad. De tal manera que la violación representa la pérdida de lo más profundo de su ser: su ser mujer, su ser.

 

La pérdida tan profunda del significado y del sentido de ser se acompaña de producción de reacciones depresivas, de estados depresivos, y en algunas situaciones inclusive de auténticas depresiones, que se colocan al límite de los comportamientos psicóticos, que la apartan de la realidad. Empieza con aislamiento y termina con delirios.

 

La persona que viola a otra casi siempre encuentra justificativos, razones aparentemente válidas para justificar su acción, y en estas “razones” señala la culpabilidad de la persona violada, la motivación expresa o tácita de la persona viola, e inclusive puede traer a colación sus experiencias del pasado, que casi siempre se vinculan a su relación con su madre. Las relaciones de la madre con la persona que viola son contradictorias, por una parte muestra indiferencia a las necesidades afectivas del hijo y, por otra, muestra comportamientos seductores, inclusive francamente sexuales. De esta manera las personas que violan muestran dos sentimientos contradictorios, por una parte agresión a la madre indiferente y fría y, por otra, deseos de realización incestuosa con la madre, en la persona violada, independientemente de su apariencia física, pero sí relacionada con sus percepciones, deseos y pensamientos.

 

La depresión en la persona violada puede traer directamente reacciones agresivas, que sería preferible que se exprese hacia las cosas, pero que muchas veces se canaliza hacia las personas, como también hacia su hijo, o hacia su propia persona, pudiendo concluir en suicidio, o en filicidio –dentro de la gestación o después de ella.

 

La vivencia del embarazo, consecuencia de una violación, pasa por diversidad de experiencias, significados y sentidos. El fruto de esta relación puede ser odiado y amado a la vez, con lo cual el modo de relacionarse de la madre con el hijo es contradictorio o paradójico, pudiendo traer como consecuencia una personalidad contradictoria, es decir, esquizofrénica. El hijo que vive en sus entrañas es sentido y vivido como invasor de su ser, alguien que la correo desde adentro, que está en un lugar suyo, privado, ocupando un espacio que no le corresponde, que se alimenta de sus entrañas, que le devora desde adentro, que saquea, que la corrompe. Es el abusivo que se aprovecha de su ser. Aparece en los sueños, produce una enorme ansiedad porque al mismo tiempo es el indefenso. El hecho de que sea el indefenso, se lo vive contradictoriamente como el que no tiene culpa, pero que es la continuación de alguien que la violó, que la contaminó. La ansiedad surge justamente entre la fuerza que ejercen lo principios que gobiernan la vida de la mujer y sus comportamiento, y la vivencia de ser invadida, saqueada, devorada. Es el enemigo que vive adentro y que a su vez es indefenso y necesitado de ayuda. La violencia sigue ejerciendo su poder dentro de la mujer.

 

La vivencia del embarazo puede ser vivido como una oportunidad de cumplir con un plan de Dios, como un encargo, como una responsabilidad, pero también como una imposición injusta, como una carga para muchísimos años, como un castigo y al mismo tiempo como una forma de reparación de una culpa. También es experienciado como una auténtica prueba a la fortaleza de su fe, como un bálsamo que pretende aliviar el dolor físico, psicológico, moral y espiritual de la violación.

 

El muchos casos los hijos de mujeres que fueron violadas siguen “probando” a sus madres con comportamientos agresivos, indisciplinados (frecuentemente entre los 8-12 años), traduciendo con palabras agrias y groseras el desprecio, el rechazo, que ahonda el sentimientos de desvalorización que estructuró la mujer por efecto de la violación, aún sin saber que ellos han sido frutos de esta experiencia. Las madres siguen pensando, deseando y sintiendo la necesidad de deshacerse de alguien, su hijo, que trastornó su vida, que cortó sus ilusiones, que destrozó su futuro, que es fuente de todo sufrimiento e infelicidad, y que además tiene que mantenerlo, cuidarlo, educarlo, intuyendo que tiene en sí la semilla del mal.

 

¿Hasta qué punto conviene un aborto? ¿Hasta qué punto un decir e inclusive un actuar está traduciendo auténtica aceptación del fruto de una violación? ¿Hasta qué punto es humano imponer un sufrimiento a una mujer para siempre, si sus sentimientos profundos, confesados solamente en la práctica clínica están presentes? ¿Hasta qué punto las personas que animan a una mujer violada a mantener al niño en gestación ayudarán a sostenerlo, sabiendo que crecerá y el proceso educativo-formativo de una persona sigue toda la vida? Solamente la mujer es la persona capaz de decidir y es necesario respetar su decisión, sin crítica, sin censura, sin juicio; porque solamente ella es capaz de encontrar sentido y significado a esta experiencia tan compleja.

 

Las personas que sienten el llamado y expresan su deseo de entrar en la vida religiosa y que han sufrido violación experimentan los mismos sentimientos ya mencionados brevemente, y el resultado final es casi siempre un estado de ansiedad permanente, basado en un pensamiento e inclusive en una convicción: no soy digna, no soy digno. En el varón tiene un significado adicional: una violación nunca va a terminar en un fruto, que de alguna manera pueda inclusive traducirse en una imagen social de persona sacrificada, digna de admiración porque es una madre abnegada, que sacrifica su ser para criar un hijo. En el varón la soledad del sufrimiento es mayor, el silencio, la negación, el secreto le acompaña a sus sentimientos de haber sido destruido en su identidad de hombre, de varón, de macho, sin la posibilidad de ningún fruto. Y si es llamado a la vida religiosa suele ser vivido con enorme culpa, desvalorización y no solamente con ansiedad, sino con angustia, que invalida la posible vida religiosa.

 

Ventajosamente nadie es llamado a la vida religiosa por sus méritos, sino por el amor de Dios, que sobrepasa toda limitación, toda valoración y toda desvalorización y contradicción humana, porque quiere que su Bondad brille más allá de las condiciones del ser. Llama a todos a ser sus instrumentos en diversidad de funciones. Él actúa, es el artífice, el merecedor de todo honor y gloria.

 

 

 

EL ACOMPAÑAMIENTO a estas y otras experiencias, manifestaciones e ideaciones surgidas de la violación a una mujer o a un varón, es siempre necesario. Para ello conviene saber cómo hacerlo. No es suficiente la buena voluntad.

 

El acompañamiento es una labor profesional que se debe hacer desde diversos ángulos: el psicológico, el espiritual, vinculado al carisma, y dentro de un marco de formación humana-religiosa. Esto significa la necesidad de actuar como equipo, sin ser equipo. El acompañado, la acompañada es el eje que recibe aportes de todos y procesa para sí mismo/a. Así como no todo psicólogo es psicólogo clínico, ni todo psicólogo clínico es psicoterapeuta; así mismo no todo religioso puede hacer acompañamiento, ni cualquier forma de acompañamiento puede ayudar en casos de violación. Y no todo psicoterapeuta tiene una formación que comprende y valora la vida religiosa.

 

Cuando cualquiera de nosotros conoce de un caso de violación ocurrido en la vida religiosa es indispensable dar una inmediata ayuda. No es conveniente creer que el tiempo lo curará. Cuando cualquiera de los religiosos conoce de alguna manera que se ha producido una violación en un niño, adolescente o adulto, es necesario canalizar este conocimiento hacia las autoridades correspondientes, porque se trata de un hecho público, que ha dejado de ser privado. (No abundo en esto porque es tratado en otro tema).

 

El acompañamiento evita la re-victimización, es decir que la persona vuelva a relatar la situación ocurrida. Actúa sobre todo en relación a la búsqueda del significado o del sentido de la situación vivida, centrada en la persona víctima, en sus maneras de percibir esta realidad, en las formas en que ha conscienciado su vivencia, en la expresión de los sentimientos que se han originado. Hace eco comprensivo de las expresiones de la persona, evita toda interpretación, no se estanca en los hechos o en el pasado, orienta paulatinamente hacia la construcción positiva de un aquí y ahora. El vínculo que se establece es el que coadyuva a su curación. No se trata de olvidar, sino de encontrar sentidos y significados nuevos y constructivos.

 

Es necesario que se revise la necesidad de reconstruir la historia de vida, como se exige o se hace en las comunidades, porque despierta cosas, remueve asuntos que ya habían sido de alguna manera procesados, se los coloca en un tiempo distinto a los sucesos, y genera conflictos innecesarios, e inclusive revive situaciones conflictivas de las personas que hacen acompañamiento.

 

Las comunidades necesitan contar con personas profesionales, capaces de ayudar a procesar estas situaciones dentro de un marco de vida religiosa, dentro del carisma correspondiente, y apegado al espíritu de la Palabra. La psicología debe dejarse imbuir de valores, principios y horizontes religiosos, espirituales; la vivencia de la religiosidad necesita espiritualizarse y dejarse iluminar del conocimiento científico psicológico; la dirección espiritual necesita dejarse empapar del carisma de cada comunidad en la que se ha de centrar; la administración del Sacramento de la Confesión debe contar con el conocimiento psicológico y de la espiritualidad apropiada para cada persona, dependiendo de su etapa evolutiva y de la dirección de su formación. Y todos estos procedimientos deben centrarse en la persona, y desde ella motivar su propia construcción.

 

Cuando una religiosa o un religioso conoce de aspectos personales, íntimos, privados de los acompañados, su conocimiento debe morir en su persona y en el altar de su espiritualidad. No necesita re-transmitirlo a quien le sucederá en esta función. Es la persona guiada la que decidirá si necesita seguir con este procesamiento o no, con el/la nuevo Maestro, Guía o Mediador.

 

Cuando un Maestro, Guía, Mediador conoce sobre las cosas personales, íntimas, privadas del religioso en formación, y que no convienen ser ventiladas en comunidad, por su contenido, por su significado o por la calidad de su vivencia, debe devolverle antes de dejar estas funciones, pues, la persona que le, que la confió experimentará la sensación de que se llevó sus cosas, y éstas cosas pueden convertirse en persecutorias, y pueden ser fuentes de conflictos en las relaciones humanas, de sentimientos de rabia, de desilusión, de vaciamiento, de frustración, de agresión externa o interna, de estancamiento en su proceso formativo –humano, psicológico, religioso, espiritual-, de continuos errores y desvalorización personal, que tiene muchos efectos negativos.

 

La mejor guianza deja el relato y ofrece herramientas para que la persona realice su propio proceso. Es necesario recordar este principio psicológico: “Toda persona es capaz de autorrealizarse, lo que necesita es un ambiente propicio para hacer uso de esta capacidad”. Esto rige no solamente para las personas adultas (religiosos), sino también para los estudiantes –niños y adolescentes-

 

Cuando conocemos de situaciones de violación ocurridas a niños/as (de acuerdo al Código de la Niñez y la Adolescencia, menores de 18 años), es necesario trabajar conjuntamente con la familia y siempre con la familia. Nunca solamente con el niño o niña porque, además de tratarse de una conducta infractora (entre menores), o delictiva (con adultos), debe restituirse el derecho del niño/a. Estos asuntos deben ser tratados con profesionales del Colegio, institución, organización. Nunca en Junta de Profesores. Puede tratarse en Consejo Directivo del Colegio, siempre que no quede un acta sobre este asunto, aunque puede tomarse una resolución, que es lo único que quedará. Caso contrario se estaría violando el Código.

 

Si se conoce de una situación ocurrida en la propia familia, toda persona adulta tiene la obligación de denunciar a la “Junta Cantonal de Protección a la Niñez y la Adolescencia” o al Ministerio Fiscal, e inmediatamente buscar a profesionales que están preparados para tratar esta situación con acierto, evitando la re-victimización. Si se trata de una situación ocurrida dentro de la institución, es necesario buscar ayuda especializada tanto para la persona violada, como para la persona que ha agredido. Y si se trata de religiosos, la experiencia ha sido que se trata de una situación crítica que puede tener otras aristas, y se debe tratar entendiendo la dimensión de estas crisis que pueden ocurrir en determinadas etapas de la vida religiosa y que suelen acompañarse de otras manifestaciones, e inclusive con enfermedades físicas. Cambiar al religioso, a la religiosa de lugar no es buena solución. Este cambio puede ser vivido como refuerzo que tiende a motivar la repetición de estas conductas. Tampoco es siempre un motivo para expulsión de la congregación.

 

En casos de conflicto armado, desplazamientos o situaciones similares que pueden acompañar a desastres naturales, conviene que la congregación tenga claras las políticas a seguirse en situaciones de posibles violaciones. No siempre el hecho de que la ley natural deba prevalecer sobre la ley eclesial o de la congregación es la respuesta. De por medio está una vocación que amerita nuevos planteamientos serios, profundos, realistas; y soluciones apropiadas y constructivas.

 

Es necesario hacer una capacitación preventiva que permita identificar situaciones, acontecimientos, lugares, tipos de personas, actitudes, formas de mirar, gestos, modos de hablar, tonos de voz, expresiones y otros factores más, que permitan evitar en lo posible la ocurrencia de violaciones a varones y a mujeres, de cualquier condición. Y también conviene abrir espacios para hablar de las actitudes, los comportamientos que se pueden adoptar en situaciones en las que resulta imposible evitar que ocurra una violación.

 

La violencia existe como un elemento propio de esta sociedad y cultura, porque esta sociedad y cultura es violenta en su estructura, en su funcionamiento y en su direccionalidad y se expresa en una enorme variedad de formas. Nosotros somos capaces de evitar su incremento e inclusive sus formas de expresión, si vivimos con una consciencia de alteridad, que se fundamenta en el respeto a la diversidad y en la promoción de las diferencias, donde cada persona es igual a otra y, al mismo tiempo, distinta, y necesita llegar a ser lo que puede llegar a ser. La tarea es imprescindible y hay que hacerla ahora, dentro de una auténtica educación de la sexualidad, que vaya más allá del facilismo del condón o de la píldora del día siguiente, de cerrar los ojos ante las violaciones y los abusos sexuales, provengan de donde provengan; que vaya más allá de la crítica y el rechazo indiscriminado e inapropiado del aborto, más allá de la aplicación implacable de la ley, sin que esta pase por cedazo del amor y la misericordia. Estamos llamados a hacerlo.

 

Como dice Hillel y lo repite Víktor Frankl: “Si no lo hago ahora, ¿cuando?; si no lo hago yo, ¿quién lo hará?, y si solamente lo hago por mí mismo, ¿quién soy?”. Cada cristiano está en el mundo, sin que en verdad sea del mundo. Y las comunidades religiosas están en el mundo y trabajan en él, pero no sin él.

 

 

 

El autor es Dr. en Psicología Clínica, Matr. 511,  Psicoterapeuta miembro de la Sociedad Ecuatoriana de Psicoterapia, Magister en Políticas Sociales para la promoción de la infancia y la adolescencia, Docente de la Universidad Politécnica Salesiana, Psicoterapeuta del Centro Psicológico de la misma Universidad y en su consulta privada: Servicios Psicológicos y Pedagógicos Integrales. Av. 12 de Octubre y Roca. Oficina 607.   T. 098397442  2551481 099726375.

 

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