Carta de Benedicto XVI sobre la vida consagrada

Congregación de los Institutos de Vida Consagrada y Sociedades de Vida Apostólica

 

Venerado hermano

 

monseñor Franc Rodé,

prefecto de la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada

y las Sociedades de Vida Apostólica

 

Con motivo de la asamblea plenaria de esta Congregación, con mucho gusto dirijo a todos los que participan mi cordial saludo. Le saludo en particular a usted, al secretario y a cuantos trabajan en el dicasterio que usted preside. Junto a mis saludos expreso mi gratitud y mi alegría: gratitud, pues compartís conmigo la atención y el servicio a las personas consagradas; alegría, pues a través de vosotros puedo dirigirme al mundo de las mujeres y de los hombres consagrados siguen a Cristo por la senda de los consejos evangélicos y del respectivo carisma particular sugerido por el Espíritu.

La historia de la Iglesia está marcada por las intervenciones del Espíritu Santo, quien no sólo la ha enriquecido con los dones de la sabiduría, de la profecía, de la santidad, sino que le ha dado formas siempre nuevas de vida evangélica a través de la obra de fundadores y de fundadoras que han transmitido a una familia de hijos e hijas su carisma. De este modo, hoy, en los monasterios y en los centros de espiritualidad, monjes, religiosos y personas consagradas ofrecen a los fieles oasis de contemplación y escuelas de oración, de educación en la fe y de acompañamiento espiritual. Pero sobre todo, continúan la gran obra de evangelización y de testimonio en todos los continentes, como avanzadillas de la fe, con generosidad y a menudo con el sacrificio de la vida hasta el martirio. Muchos se dedican por completo a la catequesis, a la educación, a la enseñanza, a la promoción de la cultura, al ministerio de la comunicación. Están junto a los jóvenes y a sus familias, junto a los pobres, los ancianos, los enfermos y las personas solas. No hay ámbito humano y eclesial en el que no estén presentes de manera con frecuencia silenciosa, pero también concreta y creativa, como una continuación de la presencia de Jesús que pasó haciendo el bien a todos (Cf. Hechos 10, 38). La Iglesia reconoce el testimonio de fidelidad y de santidad ofrecido por tantos miembros de los institutos de vida consagrada, por la incesante oración de alabanza y de intercesión que se eleva de sus comunidades, por su vida entregada al servicio del Pueblo de Dios.

Ciertamente no faltan pruebas y dificultades en la vida consagrada de hoy, al igual que en los demás sectores de la vida de la Iglesia. «El gran tesoro del don de Dios está encerrado en frágiles vasijas de barro» (Cf. 2Corintios 4, 7) y el misterio del mal acecha también a quienes dedican a Dios toda su vida» (Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica, Instrucción «Caminar desde Cristo» n. 11). Más que enumerar las dificultades que atraviesa hoy la vida consagrada, quisiera confirmar a todos los consagrados y consagradas la cercanía, la solicitud, el amor de toda la Iglesia. La vida consagrada, al inicio del nuevo milenio, tiene ante sí desafíos formidables que sólo puede afrontar en comunión con todo el Pueblo de Dios, con sus pastores, y con el pueblo de los fieles. En este contexto, se enmarca la atención de la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica, que en vuestra asamblea plenaria afronta tres temas precisos.

Ejercicio de la autoridad

El primero afecta al ejercicio de la autoridad. Se trata de un servicio necesario y precioso para asegurar una vida auténticamente fraterna, en búsqueda de la voluntad de Dios. En realidad, el mismo Señor resucitado, nuevamente presente entre los hermanos y hermanas reunidos en su nombre (cfr «Perfectae caritatis», 15), presenta el camino que hay que recorrer. Sólo si el superior, por su parte, vive en la obediencia a Cristo y en sincera observancia de la regla, los miembros de la comunidad pueden ver claramente que su obediencia al superior no sólo no contradice la libertad de los hijos de Dios, sino que además hace madurar en la conformidad con Cristo, obediente al Padre (Cf. ibid., 14).

Discernimiento

El otro tema escogido por la asamblea plenaria hace referencia a los criterios para el discernimiento y la aprobación de nuevas formas de vida consagrada. «El juicio sobre su autenticidad y sobre su aplicación --recuerda la constitución dogmática «Lumen gentium», hablando de los carismas en general-- pertenece a los que presiden la Iglesia, a quienes compete sobre todo no apagar el Espíritu, sino probarlo todo y quedarse con lo bueno» (n. 12). Es lo que tratáis de hacer también vosotros en estos días, sin olvidar que vuestro precioso y delicado trabajo tiene que desarrollarse en un contexto de gratitud a Dios, quien también hoy sigue enriqueciendo con carismas nuevos a su Iglesia gracias a la creatividad y generosidad de su Espíritu.

Vida monástica

El tercer tema que afrontáis afecta a la vida monástica. A partir de situaciones concretas, que ciertamente exigen intervenciones puntuales, sabias e incisivas, vuestra mirada quiere ampliarse al gran horizonte de esta realidad, que tanto significado ha tenido y sigue teniendo en la historia de la Iglesia. Buscáis caminos oportunos para relanzar en el nuevo milenio la experiencia monástica, de la que tiene necesidad también hoy la Iglesia, pues reconoce en ella el testimonio elocuente de la primacía de Dios, constantemente alabado, adorado, servido, amado con toda la mente, toda el alma y todo el corazón (Cf. Mateo 22, 37).

Por último, me alegra constatar que la asamblea plenaria se enmarca en la solemne celebración que ha promovido el dicasterio del cuadragésimo aniversario de la promulgación del decreto conciliar «Perfectae caritatis» sobre la renovación de la vida religiosa. Deseo que las indicaciones fundamentales ofrecidas entonces por los padres conciliares para el camino de la vida consagrada sigan siendo también hoy fuente de inspiración para quienes comprometen su existencia al servicio del Reino de Dios. Me refiero ante todo a esa que el decreto «Perfectae caritatis» califica como «vitae religiosae ultima norma», «la suprema norma de vida religiosa», es decir, «el seguimiento de Cristo». No se puede lograr una auténtico relanzamiento de la vida religiosa si no es tratando de llevar una existencia plenamente evangélica, sin anteponer nada al único Amor, sino encontrando en Cristo y en su palabra la esencia más profunda de todo carisma del fundador y de fundadora.

Otra indicación de fondo que dio el Concilio es la del generoso y creativo don de sí a los hermanos, sin ceder nunca a la tentación de replegarse en sí mismo, sin conformarse con lo ya hecho, sin caer en el pesimismo y el cansancio. El fuego del amor, que el Espíritu infunde en los corazones lleva a interrogarse constantemente sobre las necesidades de la humanidad y sobre cómo responder a ellas, sabiendo que sólo quien reconoce y vive la primacía de Dios puede realmente responder a las auténticas necesidades del hombre, imagen de Dios.

Quisiera recoger una indicación más entre las muchas y significativas ofrecidas por los padres conciliares en el decreto «Perfectae caritatis»: el compromiso que la persona consagrada debe vivir para cultivar una sincera vida de comunión (Cf. n. 15), no sólo dentro de las diferentes fraternidades, sino con toda la Iglesia, pues los carismas han de ser custodiados, profundizados y constantemente desarrollados «en sintonía con el Cuerpo de Cristo en perenne crecimiento» «Mutuae relationes», n. 11).

Estos son los pensamientos que quiero confiar a vuestra reflexión sobre los temas afrontados por las sesiones de trabajo de la asamblea plenaria. Os acompaño con la oración e, invocando sobre vosotros y vuestra actividad la ayuda de Dios y la protección de la Virgen santísima, como prenda de mi afecto, envío a cada uno mi bendición.

Castel Gandolfo, 27 de septiembre de 2005, memoria de san Vicente de Paúl

 

BENEDICTUS PP. XVI

 

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