Cecilio de Lora

 

... porque el amor lo puede todo ...

 

Me imagino a un niño inquieto, intentando crecer a pesar de la postguerra, recorriendo las calles del centro de Madrid y escudriñando los papeles de la casa y haciendo sudar a sus maestros. Me imagino a un niño vivaracho y sensible que tiene  ínfulas de líder y a veces sueña con grandes hazañas de misionero y mártir, haciendo honor a su nombre de Cecilio.

Y pasando los días entre libros y juegos, con educación marianista acabó por enamorarse de “la María”, “la muchachita nazarena sencilla y bella” que le enseñó a reír y a llorar al mejor estilo de los místicos y los nuevos teólogos del preconcilio, queriendo abrir ventanas de una Iglesia que vive en nuevos mundos.

El salto al otro lado del “charco” lo hizo de la mano de Medellín y después de Puebla, donde entabló amistad, fraternidad, complicidad y profetismo con grandes personales de la teología de la liberación para liberar a la teología de los despachos y abrirle el corazón a los pobres, los sin techo, los bienaventurados de la paz, en un mundo de represión y esperanza.

Gran parte de la vida la pasó entre rolos y paisas, pero nunca dejó de ser “pata perro” en Colombia, “pata caliente” en Ecuador, peregrino, predicador, soñador, desafiante, charlista, comunicador, espiritual, aterrizado y hermano, sobre todo hermano de toda América Latina, de religiosos y religiosas de todo lado –sin olvidar que siempre le gusta volver “pa Chile”-.

Parece que quiere ganarse el Reino “con el sudor de su lengua”, con la profundidad que anima a muchos y con el descaro que repudian unos pocos. Nunca llueve “la teología encarnada” “a gusto de todos”, pero nadie le podrá refutar cuando cita una y millones de veces a su Aparecida, con números y páginas de memoria, incluidas citas bíblicas oportunísimas, adornadas con parábolas tan famosas como el gato del monasterio…

Entre viaje y viaje, lee todo libro profundo y novedoso que cae en sus manos, y después lo comparte como niño con zapatos nuevos. Y se da tiempo para poner pensamientos de otros, experiencias de otros, sueños de otros en la batidora de su corazón para convertirlo en alimento de muchos, con la credibilidad de su profunda espiritualidad y su compromiso comprobado por los pobres y sencillos.

A veces me sorprende con un skipe y muchas veces me deja pensativo: ¡cómo puede haber leído tanto, viajado tanto, hablado tanto, escrito tanto y vivir tanto con tanto entusiasmo y alegría!. Seguro que es el Nazareno y la María quienes recorren su sangre y seguro que el amor a los pobres se metió en su corazón para siempre. No hay otra explicación.

Ahora en el ERT tendremos que pelear Gigi y yo, porque ya viajó al corazón de Dios Santiago, y ahora tú viajas al corazón de Colombia: ¿qué será del ERT y de los INTER y de los retiros y de las charlas a partir de ahora?. Quizá, así,  quieras comprobar si estuvimos atentos a tus palabras y aprendimos algo o quizás estás esperando que te superemos, re-soñando que “otro mundo y otra iglesia es posible”, que no podemos claudicar en los conflictos, que hay que abrirse “a los signos de los tiempos”, como tantos octogenarios amigos tuyos que juvenilmente nos empujan hacia el horizonte, sin miedo a las quebradas.

Gracias Cecilio por ser como eres, eclesial sin ser eclesiástico, hombre de fe sin “ñonerías”, inteligente y misionero, valiente con los desafíos y con las enfermedades, abierto a la vida sin miedo a perder algo, alegre y chistoso, tierno y sensible como la madre que te parió y tu Madre que te acompañó…

Gracias Cecilio por dejarme ser tu amigo y hermano, porque en tu corazón y gran memoria hablas inglés, italiano, portugués, alemán, latín, griego, madrileño, paisa, cotopaxense y chileno, sin olvidar que eres ducho en la lengua del corazón y del espíritu, que me hace pensar que estás siempre en Pentecostés.

Buen viaje, buenos libros, buen espíritu y buenos sueños… Sigues con nosotros y nos vamos contigo, porque el amor lo puede todo.

Tu hermano

 

JESÚS GARCÍA

Capuchino

 

 

 

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