ACOMPAÑAR: ARTE, TECNICA Y VOCACION

Pompea Cornacchia

 

El tema del acompañamiento, tras una larga crisis por la que pasó, está siendo recuperado y valorado de nuevo. Personalmente me alegro pues comparto plenamente la convicción de muchos de que es en el acompañamiento humano, espiritual y vocacional donde nos jugamos la calidad de la Formación permanente e inicial, el adecuado discernimiento vocacional, la fidelidad y perseverancia de nuestros candidatos y de los mismos hermanos, particularmente de los más jóvenes.

Para que la praxis del acompañamiento de los frutos esperados, es necesario, sin embargo, repensar dicha práctica y con ella repensar el modelo formativo que estamos utilizando. Siendo el acompañamiento uno de los test más evidentes del modelo formativo que se usa, es necesario clarificar bien el modelo de consagrado, para el que queramos formar, pues de ello dependerá el carácter de acompañamiento a utilizar. Si desde la Iglesia se nos pide un “salto de calidad” en la vivencia de la VC, está claro que también se nos está pidiendo un cambio radical en la formación a la VC y otro tanto en relación con el acompañamiento y la pastoral vocacional.

¿Qué queremos decir con la palabra acompañamiento?

La pregunta no es superflua, pues la experiencia nos ensena que no es fácil compartir, no solo por la complejidad que presenta el joven de hoy, sino por las falsas concepciones que se tienen del acompañamiento. Detengámonos en dos definiciones de acompañamiento.

 

1. Condivisión y con –vocación

Teniendo en cuenta la etimología del término, acompañar significa, ante todo, compartir el pan con cuantos nos han sido confiados, el pan de unos determinados valores humanos, cristianos, carismáticos que dan sentido a nuestra vida y que queremos trasmitir a cuantos hacen camino con nosotros, convencidos de la belleza y bondad de dichos valores. El acompañamiento más que una cosa que hay que hacer es un modo de ESTAR, de CAMINAR CON, de PONERSE AL LADO DEL OTRO (cf. Lc 24,13-16), dedicándole tiempo y energía, dejarse disturbar por el otro, y confesar la belleza de una vida que se realiza según el proyecto de Dios. En otras palabras, acompañar significa ayudar al otro a que crezca como persona, como creyente y, si es llamado a ello, como consagrado.

El itinerario pedagógico es un viaje que mira a la madurez de la persona, en sus dimensiones humana, cristiana, y vocacional. Es como una peregrinación hacia el estado adulto de la persona, llamada a decidir por sí misma, en libertad y responsabilidad, según la verdad del misterioso proyecto pensado por Dios para ella. Tal peregrinación se realiza por etapas – se trata de un proceso - en compañía de un hermano/a mayor en la fe y el discipulado, que conoce el camino, la voz y los pasos del Señor, que ayuda, desde su experiencia, a reconocer al Señor que llama y discierne el camino para llegar a Él y responderle.

El registro comunicativo del acompañamiento no es tanto el didáctico o exhortativo, ni tampoco el de amistad, sino el de la confessio fidei. En este sentido, lo que se pide de un acompañante es fundamentalmente el que sea un testigo, capaz de narrar su propia opción de vida y su propio camino vocacional. No se le pide que sea un dechado de perfección, sino que cuente su vida con lo que ello comporta: dificultades, riesgos, sorpresas, belleza.

Todo ello mira a ayudar a quien decide ser acompañado a vivir en orden, armonía, esencialidad y equilibrio en una triple relación: consigo mismo, con los otros y con Dios. En este sentido, acompañar es ayudar al otro a tener un rostro propio, unas razones por las cuales vivir la vida en plenitud.

No se trata por tanto solamente de ofrecerles ayuda para resolver eventuales problemas o superar posibles crisis, sino también estar atentos al crecimiento normal de cada uno en todas y cada una de las fases y estaciones de la existencia, de manera que quede garantizada esa juventud de espíritu que permanece en el tiempo y que hace al creyente y particularmente al consagrado, cada vez más conforme a los sentimientos de Cristo (Cf. Fil 2,5).

 

“Viendo la multitud sintió compasión” (Lc 9,36).

Frecuentemente el verbo VER, cuando se refiere a Jesús, va acompañado del verbo COMPADECERSE (cf. Mt 14,13; Lc 7, 11-15).

El VER de Jesús es una mirada que va más allá, que entra en el corazón del otro y se deja envolver – compasión -, por el otro a niveles profundos. Esa mirada profunda le permite al acompañante ver lo que el acompañado es y lo que está llamado a ser. Es un VER que llega al corazón. De este modo podemos decir que acompañar es “educar” el corazón y parte del encuentro de corazón a corazón.

Educar el corazón, acompañar, es capacidad de conocerse mejor a uno mismo pero también de conocer mejor al otro y al Otro; es aprender la gramática del propio mundo afectivo: emociones, sentimientos, afectos, estado de ánimo…; es aprender a expresar el propio mundo emotivo en un mundo maduro: siento, reconozco mis sentimientos, confronto dichos sentimientos con mis ideales y decido.

 

2. En la búsqueda de sí y de su centro

Lo dicho nos lleva a afirmar que el acompañamiento es una ayuda para encontrarse con uno mismo y encontrar el propio centro.

A este punto me parece imprescindible recordar las funciones del centro en la vida de una persona.

Amedeo Cencini sintetiza esas tres funciones en tres: Dar identidad y verdad, atraer y unificar las energías afectivas, activar y orientar la capacidad de decisión.

a. Dar identidad y verdad a la persona

El centro tiene la función, en primer lugar, de dar identidad y verdad a la persona, ayudándola a descubrir sus potencialidades/posibilidades, su radical positividad, pero también sus límites, en modo tal que pueda vivir plenamente reconciliada consigo misma, con su propia historia. Pero atención: tener un centro no quiere decir simplemente tener una cierta tensión moral ideal, sino haber encontrado la razón que de sentido al propio ser y al actuar.

b. Atraer y unificar las energías afectivas

Es decir ofrecer un polo de atracción en torno al cual unificar las fuerzas de la afectividad, de la capacidad de relacionarse, de la sexualidad. Dicho polo ha de ser el punto de referencia y criterio de juicio de dichas fuerzas afectivas y emotivas. De este modo, el centro es punto de gravitación, en cuanto lleva a la persona a tender hacia y al mismo tiempo le permite acoger integralmente las fuerzas vivas del eros, dándole plenitud de sentido. En este sentido, el acompañamiento hacia el centro permite a la persona integrar la afectividad/sexualidad con el resto de la personalidad, dando unidad a la persona.

c. Activar y orientar la capacidad de decisión

Finalmente, el centro activa y orienta la capacidad de decisión, convirtiéndose en criterio de discernimiento para las opciones de la persona. Esta tercera función es la que pone a la persona delante de su responsabilidad y le lleva a asumir unas determinadas opciones de vida a través de las cuales puede realizar su vocación y misión en modo activo y no simplemente sufrirla apáticamente.

Esta tercera función del centro es la que tiene mucho que ver con la libertad y la responsabilidad en las opciones de vida. El que el acompañado suma su propia responsabilidad en todo el proceso ha de ser considerado el elemento “método” del acompañamiento.

La búsqueda del centro de la que hemos hablado supone que el acompañante ayude al acompañado a pasar de una actitud de vagabundeo consumidor de la existencia, a una actitud de mendicante de sentido; a pasar de un caminar hacia la nada, a una actitud de arameo errante hacia la tierra prometida.

Aparece así clara una de las motivaciones fundamentales del acompañamiento: ayudar a la persona del acompañado a descubrir la propia vida como el tiempo que tiene a su disposición para realizar la vocación a la que dios Padre le llama en el Hijo y bajo la acción del Espíritu Santo. Y puesto que el hombre/ mujer existe porque Dios le ha dirigido su Palabra, lo ha llamado/a a ser su interlocutor/a.

 

3. Fases del acompañamiento

En el acompañamiento se pueden establecer varias fases. Señalamos cuatro

  • Exploración- entrevista: Es una introducción a la relación. En las primeras entrevistas aparecerán, sobre todo, los datos externos: ambiente familiar, historia personal, motivaciones vocacionales… lo ideal; seria ayudar al acompañado , a través de preguntas abiertas, a la autoexploración. Lo importante es no hacer diagnósticos por parte del acompañante.
  • Relación que trasforma: Aquí ya es indispensable la confianza entre acompañante y acompañado que lleve a una verdadera intercomunicación. Hay una relación que interroga, cuestiona , hace crecer…
  • Las crisis: Las crisis son normales en la medida en que se va avanzando en el autoconocimiento. En momentos de crisis el acompañante debe estar más cercano, pero sin ahorrarle las crisis al acompañado. Este tiene que vivir las crisis. El acompañante puede ofrecer pistas para caminar, pero nunca dar soluciones prefabricadas. Las crisis que no son vividas en su momento aparecerán después, con todo lo que ello significa.
  • La confrontación: Es una fase muy importante. En ella se vive la tensión dinámica entre autonomía, autodirección por una parte y ayuda, cercanía… del acompañante por otra. La relación debe seguir siendo asimétrica.

Durante todas estas fases es fundamental tener en cuenta la tipología de cada joven y desencadenar un proceso gradual que toque estos tres núcleos:

  • La imagen de DIOS
  • Las experiencias afectivas familiares
  • Confrontación con las motivaciones vocacionales

 

Es imprescindible, también, llegar a integrar los objetivos de la personalización, con los objetivos de la asimilación, de tal modo que cada uno vaya incorporando progresivamente su proyecto de vida con el de la fraternidad y el de la misma institución.

 

 

 

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