FORMACIÓN INICIAL Y PERMANENTE

A formadores de Vida Consagrada

Santiago Ramírez

 

 

La formación es una exigencia de nuestro ser. Somos crecimiento y desarrollo hacia un proyecto que llevamos dentro, cuya plenitud presentimos y hacia ello tendemos contando con nuestro inconsciente, deseo, voluntad e inteligencia.

Nos descubrimos en un designio de Dios para cada uno-a, enmarcado en el gran proyecto humanizante y salvífico de Dios con la Humanidad. Muy en concreto en Cristo Jesús, en la Iglesia y en esta familia carismática a la que hemos sido llamados. Dios tiene una misión para cada persona.

Formación: Formar, dar forma, expresar desde dentro. Formar es una obra de arte, una sabiduría, un proyecto.

Educación: sacar de dentro, de la misma persona, de lo que lleva en sí, de lo que ha recibido y asimilado de la cultura por “socialización” a través de la familia y de la sociedad.

Formación, tarea personal por nuestro ser único e irrepetible. Tarea “siempre haciéndose” e inacabada durante nuestra existencia por el fluir permanente de la vida y del entorno; primaria e inmediatamente fruto del propio crecimiento. Tiene prioridad porque comprende toda nuestra persona, y continúa en medio de las actividades, oficios y desempeños.

 

En este ámbito tiene lugar el ministerio y servicio a la formación de los jóvenes de la que ellos también son artífices. Entraña esmerado cuidado de nosotros mismos y de los jóvenes, dado que cada persona es única e irrepetible.

 

Trataremos lo referente a la formación tanto inicial como permanente desde el Formador, en lo que tiene que ver con nuestra propia persona como consagrados-as y en algunas actitudes frente a la vida. A este respecto consideramos el ministerio y la misión de formador como inscrito en algo más profundo y permanente, es decir en la propia vocación personal y congregacional, de la cual también participa la etapa dedicada a la formación de los hermanos-as. Es un don, un ministerio, circunscrito en la propia vocación.

 

La Formación

 

“La formación es un proceso vital a través del cual la persona se convierte al Verbo de Dios desde lo más profundo de su ser y, al mismo tiempo, aprende el arte de buscar los signos de Dios en las realidades del mundo” (VC 68). Así la describe Juan Pablo II, en su dimensión más honda teologal, tomando la persona entera, con todo el humanismo que brota de su persona y del Evangelio en medio de la humanidad de hoy.

 

Por lo mismo “La formación debe proponer un método rico de sabiduría espiritual y pedagógica, que conduzca de manera progresiva a quienes desean consagrarse a asumir los sentimientos de Cristo, el Señor” (VC 68).

 

 

Formación Inicial

 

La formación a la Vida Consagrada sigue el camino humano y cristiano como iniciación o catecumenado carismático acorde con la vocación recibida. Introduce a vivir e identificarse con el carisma congregacional en el seguimiento de Jesús con sentido evangélico y humano en la Iglesia y en la Sociedad. Debe entenderse como itinerario de conformación con Cristo y como vida evangélica en fraternidad y misión. Toda formación es, ante todo, una acción del Espíritu Santo que vivifica interiormente a formadores y formandos.

 

  • Hoy, los procesos de maduración de elecciones definitivas son más complejos que en el pasado. Debido a ello, los procesos formativos deben ir de acuerdo con los problemas actuales.
  • La formación exige una colaboración activa de los formandos, que son los principales agentes y responsables de su propio crecimiento. Todos somos formadores y formandos,  pues siempre tenemos necesidad de aprender y enseñar algo.
  • La comunidad lugar privilegiado de formación (VC 67). La comunidad ámbito y escuela de formación, en ella los hermanos-as unos para otros son responsables de la formación.

 

Iniciación en el Carisma

 

La “iniciación” es una categoría que indica el espíritu, el estilo y el contenido que debe identificar el proceso formativo. La iniciación es equivalente a Mystagogia o catecumenado, que sigue los pasos de los discípulos de Jesús cuando se encontraron con Él (Mc 1,14ss). Implica encuentro personal con Jesús porque hay una propuesta que provoca conversión, reorientación y cambio de vida en el seguimiento de Jesús según la forma concreta de los consejos evangélicos. Lleva un cambio radical de vida en comunidad y fraternidad, en fidelidad al carisma con una experiencia de vida completa, gratificante y transformante.

Introduce al sentido de Dios y de la vida que tiene Jesús, a vivir como vivió Él en la pasión por el Padre y el Reino, en el amor y compasión por los hombres y mujeres compenetrados del humanismo evangélico.

La iniciación a la vida consagrada debe ser el hilo conductor de todo el camino formativo. Lleva consigo un itinerario y una pedagogía, teniendo en cuenta la vida y la continua maduración de la persona.

 

Objetivo  de la formación

 

“El objetivo central del proceso de formación es la preparación de la persona para la consagración total de sí misma a Dios en el seguimiento de Cristo, al servicio de la misión. Decir «sí» a la llamada del Señor, asumiendo en primera persona el dinamismo del crecimiento vocacional, es responsabilidad inalienable de cada llamado, el cual debe abrir toda su vida a la acción del Espíritu Santo; es recorrer con generosidad el camino formativo, acogiendo con fe las ayudas que el Señor y la Iglesia le ofrecen. La formación, por tanto, debe abarcar la persona entera, de tal modo que toda actitud y todo comportamiento manifiesten la plena y gozosa pertenencia a Dios, tanto en los momentos importantes como en las circunstancias ordinarias de la vida cotidiana. Desde el momento que el fin de la vida consagrada consiste en la conformación con el Señor Jesús y con su total oblación, a esto se debe orientar ante todo la formación. Se trata de un itinerario de progresiva asimilación de los sentimientos de Cristo hacia el Padre. Siendo éste el objetivo de la vida consagrada, el método para prepararse a ella deberá contener y expresar la característica de la totalidad. Deberá ser formación de toda la persona, en cada aspecto de su individualidad, en las intenciones y en los gestos exteriores. Precisamente por su propósito de transformar toda la persona, la exigencia de la formación no acaba nunca. En efecto, es necesario que a las personas consagradas se les proporcione hasta el fin la oportunidad de crecer en la adhesión al carisma y a la misión del propio Instituto. Para que sea total, la formación debe abarcar todos los ámbitos de la vida cristiana y de la vida consagrada. Se ha de prever, por tanto, una preparación humana, cultural, espiritual y pastoral, poniendo sumo cuidado en facilitar la integración armónica de los diferentes aspectos. A la formación inicial, entendida como un proceso evolutivo que pasa por los diversos grados de la maduración personal —desde el psicológico y espiritual al teológico y pastoral—, se debe reservar un amplio espacio de tiempo” (VC 65).

 

Maestros de iniciación

 

Los formadores son los maestros llamados a acompañar el iniciación y el itinerario formativo a la vida evangélica y al carisma de modo progresivo conjugando vida, experiencia y conocimiento. “Ante todo debemos saber que “Dios Padre, en el don continuo de Cristo y del Espíritu, es el formador por excelencia de quien se consagra a El. Pero en esta obra El se sirve de la mediación humana, de formadores expertos en los caminos que llevan a Dios. El principal instrumento de formación es el coloquio personal, que ha de tenerse con regularidad y cierta frecuencia, y que constituye una práctica de comprobada e insustituible eficacia (Cfr VC 66).

Esta es la tarea primordial e imprescindible de todo formador, don de Dios que se otorga junto al ministerio que se le ha encomendado, lo que requiere igualmente capacitación en los caminos del Espíritu y del Carisma.

 

 

Formación permanente

 

Estamos convencidos de la importancia y de las dificultades de la formación permanente y nos preguntamos más bien por el cómo hacerla, cómo tener hábitos de formación en estos tiempos tan acelerados y ocupados. Cada día recibimos gran cantidad de información por Internet, medios de comunicación, más de lo que podemos asimilar, ante esto se impone una actitud reflexiva, crítica y un sentido contemplativo creyente para situarse en esta realidad. A su vez se hace necesario como nunca la lectura, el estudio, la reflexión sobre ello. De este modo  a través de una formación cotidiana desde la vida, la conversión y el amor, poder tener muy sencillamente:

 

  • El pulso de la historia y el sentido de ella.
  • Luces y criterios que orienten la vida, por ejemplo: la verdad, la coherencia, la misericordia; el respeto. Manejarnos en tiempo de pluralismo, tolerancia, adversidad ideológica, social.
  • Sensibilidad, corrientes de pensamiento de hoy.
  • Sentido del tiempo, de la comunicación, de lo importante.

 

Es un desafío permanente a educarnos y educar en este tiempo: ser uno mismo y comprender a los otros. La formación es un camino pedagógico y representa un modo teológico de pensar la misma vida consagrada.

 

La formación permanente es una exigencia de la conciencia y del modo de estar y de vivir como hombres y mujeres de nuestro tiempo. “Da la capacidad de insertarse en una realidad que cambia con un ritmo muchas veces frenético, la favorece la misma disponibilidad propia de la vida consagrada, como «una progresiva asimilación de los sentimientos de Cristo»… “Concebida así la formación, no es sólo tiempo pedagógico de preparación a los votos, sino que representa un modo teológico de pensar la misma vida consagrada, que es en sí formación nunca terminada, «participación en la acción del Padre que, mediante el Espíritu, infunde en el corazón ... los sentimientos del Hijo». 

Por tanto, es muy importante que toda persona consagrada sea formada en la libertad de aprender durante toda la vida, en toda edad y en todo momento, en todo ambiente y contexto humano, de toda persona y de toda cultura, para dejarse instruir por cualquier parte de verdad y belleza que encuentra junto a sí. Pero, sobre todo, deberá aprender a dejarse formar por la vida de cada día, por su propia comunidad y por sus hermanos y hermanas, por las cosas de siempre, ordinarias y extraordinarias, por la oración y por el cansancio apostólico, en la alegría y en el sufrimiento, hasta el momento de la muerte.

Serán decisivas, por tanto, la apertura hacia el otro y la alteridad, y, en particular, la relación con el tiempo. Las personas en formación continua se apropian del tiempo, no lo padecen, lo acogen como don y entran con sabiduría en los varios ritmos (diario, semanal, mensual, anual) de la vida misma, buscando la sintonía entre ellos y el ritmo fijado por Dios inmutable y eterno, que señala los días, los siglos y el tiempo. De modo particular, la persona consagrada aprende a dejarse modelar por el año litúrgico, en cuya escuela revive gradualmente en sí los misterios de la vida del Hijo de Dios con sus mismos sentimientos, para caminar desde Cristo y desde su Pascua de muerte y resurrección todos los días de su vida” (VC 15).

 

La formación permanente es una “exigencia intrínseca de la consagración religiosa” (VC 6). Muy en consonancia con el sentido teologal esencia y definición de su ser.Implica a toda la persona y en cada una de las fases de su vida. La vida en el Espíritu tiene obviamente la primacía: en ella la persona consagrada encuentra su identidad y experimenta una serenidad profunda (VC 71).  

 

Dimensiones de la Formación Permanente

La dimensión humana y fraterna exige el conocimiento de sí mismo y de los propios límites, para obtener el estímulo necesario y el apoyo en el camino hacia la plena liberación. En el contexto actual revisten una particular importancia la libertad interior de la persona consagrada, su integración afectiva, la capacidad de comunicarse con todos, especialmente en la propia comunidad, la serenidad de espíritu y la sensibilidad hacia aquellos que sufren, el amor por la verdad y la coherencia efectiva entre el decir y el hacer. La dimensión apostólica abre la mente y el corazón a la actualización de métodos y objetivos pastorales. La dimensión cultural y profesional, fundada en una sólida formación teológica que capacite al discernimiento, implica una actualización continua y una particular atención a los diversos campos a los que se orienta cada uno de los carismas. ..En la dimensión del carisma convergen, finalmente, todos los demás aspectos, como en una síntesis que requiere una reflexión continua sobre la propia consagración en sus diversas vertientes, tanto la apostólica, como la ascética y mística. Esto exige de cada miembro el estudio asiduo del espíritu del Instituto al que pertenece, de su historia y su misión, con el fin de mejorar así la asimilación personal y comunitaria” (VC 71).

 

 

Claves generadoras de vida en la formación

 

La claves también con llevan actitudes, modos, estilo de vida. Entre otras claves, podemos pensar que es necesario tener el sentido de la vida; un principio unificador; la sabiduría del espíritu; una humanidad fiel. Podríamos llamarles núcleos que deben impregnar a la formación.

 

1.  Sentido de la vida

 

De inmediato nos habemos con nosotros mismos y con los jóvenes en una travesía común aunque a diferente nivel.

Interpretar y dar sentido a la propia vida

Esta es la primera tarea de nuestra vida contextualizada en lo que nos envuelve: aprender a manejarse en ella y poder dar respuesta a las preguntas fundamentales: ¿Dónde estoy? ¿Quién soy? ¿Qué estoy haciendo de mi vida? ¿Hacia dónde voy? ¿Qué pretendo? ¿Qué sueños y proyectos tengo?

  • En estos interrogantes late la cuestión de identidad, vocación y misión en nosotros y en los-as jóvenes.
  • Saber que nuestra vida consagrada es más que el tiempo dedicado a la formación, que por sí misma con su sentido teologal es la razón de nuestra vocación. En esta raíz teologal tenemos la consistencia para entender los momentos de positividad, de crisis, o cuando se acerca una nueva etapa de nuevo servicio en la Congregación y en la Sociedad. Lo cual requiere espacio de transición, disponerse a ellos y considerar la nueva etapa en la unidad de mi vida y desde dentro.

 

Entre los hombres y mujeres de hoy

Con sus valores, ideas, sentimientos; acercarse, tener empatía con lo positivo que conlleva la secularidad. Incluso comienza a hablarse de “postsecularidad”. Podemos estar tentados por la “moda”,  por sentimientos comunes en el ambiente. Nos afecta el personalismo que se centra en imagen, seguridad, aceptación, libertad, estereotipo, presión; el consumo al que nos hemos acostumbrado.

 

Debemos ser nosotros mismos con clara identidad a la vez respetuosos de otros modos de realizarse en la Iglesia y en la Sociedad. Es imprescindible proceder en la claridad de la Revelación y de lo humano; lo que se nos ha dado a saber por el Espíritu, la espiritualidad y persona de Jesús de un lado y de otro por el deseo del corazón humano.

El formador debe caminar a la luz de la persona de Jesús. Él vivió para el Padre y el Reino. Su vida entera estuvo alimentada por este proyecto y pasión, que impregna toda su existencia y vive para ello. Se nos da entenderlo como espiritualidad, una manera de ser y de vivir con una fuente, Jesús, un espíritu en sinergia con el Espíritu de Dios y por supuesto un cultivo esmerado.

 

Frente a los vaivenes de la historia, del País, de la Congregación, estar en ellos con claridad, permanecer en la vocación recibida.

 

El sentido e interpretación de nosotros mismos en este momento social y eclesial nos lleva a preguntarnos, a explicitar el tipo de hombre, de mujer, que quisiera ser yo, que quisiera sea el joven. Cada día somos y nos hacemos. Sin duda alguna se configura de modo especial y propio en cada persona. Con todo podemos anotar algunos rasgos:

  • Verdad, libertad, amor, responsabilidad.
  • Afirmarse en la verdad (Pablo).
  • Gratuidad, alegría de la autodisciplina, dominio de sí; cuestión de fidelidad.
  • La unicidad con uno mismo, con Dios, con todo: en la naturaleza nada se repite, cada ser es único. Somos uno en nosotros y con todas las criaturas, por el hecho de la creación y por la vida del cosmos. La conciencia de este hecho nos conduce a una experiencia humana y espiritual, que desde la interioridad nos hace sentirnos vida y unidos con Dios, con los demás seres humanos, con las creaturas y con este organismo viviente que es el cosmos.

 

 

2.  Generar un Principio unificador

 

En la formación tenemos un aserto inequívoco: la formación deber tener unidad y secuencia progresiva. Ante todo nos referimos aquí a la persona del joven y del formador.

 

 El corazón del Evangelio y el corazón del hombre, y el corazón de la mujer requiere de un principio unificador y éste no puede ser otro que el conjunto de nuestra vida consagrada en cuanto nos permite tener un mismo referente evangélico y carismático. Empeña tiempo y vida de la persona y de la comunidad. Es importante el cómo se vive, la mística que lo impulsa descubriendo cada día la presencia o encarnación de Dios en nosotros en toda realidad y acontecimiento. Dios es cercano, presente, amoroso y providente. Principio unificador articulador con fuerza teologal.

En esta misma dirección consideremos la vocación como principio unificador: A modo de ejemplo fijémonos en Natanael, que escrutaba las Escrituras sobre el Mesías y Jesús le toca el corazón y le abre a más incorporándolo al discipulado (Jn 1,45-51); Pablo quien a raíz del encuentro con Jesús se siente convocado a ser apóstol y a vivir de Jesús, Vocación – Elección – Misión son una sola realidad (Rom 1,1). Los dos tienen en Jesús el principio unificador de su vida hasta la fidelidad martirial.

 

Un principio unificador es  garantía de continuidad y creatividad en la dirección tomada. Se hace a partir de la obvia unidad y continuidad de Formación Inicial y Formación Permanente.

La continuidad es esencial a la vida y corre de por sí, nosotros debemos incorporarnos a esta corriente de vida y dirigirla de acuerdo a la encomienda y plan del Señor desde el comienzo de la humanidad: cuiden la tierra, cuiden la vida

La continuidad viene exigida por la tradición y reflexión que en estos tiempos se lleva a cabo en cada Instituto; es consecuencia del seguimiento de Jesús, de la renovación y conversión constante, así como acontece entre la iniciación primera y el compromiso de por vida.

Continuidad: con Jesús en el Plan de Dios. Jesús, amor y sentido de una vida: amor y pasión por Jesús. Pablo “siempre hacia delante” (Filp 3,13). Sólo el final de la vida marca al hombre, se sabe quién es. La continuidad supone sustrato y crecimiento firmes con “itinerarios formativos” puestos al día. El Carisma es elemento cohesionador: “En la dimensión del carisma convergen, finalmente, todos los demás aspectos, como en una síntesis que requiere una reflexión continua sobre la propia consagración en sus diversas vertientes, tanto la apostólica, como la ascética y mística. Esto exige de cada miembro el estudio asiduo del espíritu del Instituto al que pertenece, de su historia y su misión, con el fin de mejorar así la asimilación personal y comunitaria” (VC 71).

 

Ante el “misterio” de la vida con lo que lleva de gozo, admiración, dolor, fracasos, posibilidades, futuro.

 

3.  La Sabiduría temple de formación

 

Toda educación lleva consigo adentrar a los discípulos en los caminos de la vida de modo consciente y personal. Hacer de ellos sujetos veraces, comprometidos responsablemente en la causa de la humanidad y de la Iglesia.

Los justos de la Biblia estiman sobremanera la sabiduría, sin ella no pueden orientarse ni caminar correctamente. La sabiduría está con Dios, participa de él mismo: “Contigo está la Sabiduría que conoce tus obras, que estaba presente cuando hacías el mundo, que sabe lo que es agradable a tus ojos, y lo que es conforme a tus mandamientos” (Sab 9,9). Es un “espíritu que ama al hombre” (Sab 1,6), que nos “educa y huye del engaño” (Sab 1,5).

Dios concede la sabiduría porque Dios ama la verdad  y enseña sabiduría: “Mas tú amas la verdad en lo íntimo del ser, y en lo secreto me enseñas la sabiduría” (Sal 51,8). Lo que provoca deseo de la misma: “Oh Dios, crea en mí, un corazón puro, renueva por dentro con espíritu firme” (Sal 51,12).

Pide un corazón honrado, veraz a fin de acogerla con docilidad: “Envíala de los cielos santos, mándala de tu trono de gloria para que a mi lado participe en mis trabajos y sepa yo lo que te es agradable, pues ella todo lo sabe y entiende. Ella me guiará prudentemente en mis empresas y me protegerá con su gloria. Y ¿quién habría conocido tu voluntad, si tú no le hubieses dado la Sabiduría y no le hubieses enviado de lo alto tu espíritu santo?” (Sab 9,10-11.17).

 

Benedicto XVI al concluir el año paulino nos invita a ser creaturas nuevas desde el corazón, desde el interior en verdad y amor que brotan de la comunicación con Dios: “Tiene que reforzarse la interioridad -la perspectiva del corazón; la capacidad de ver y comprender el mundo y el hombre desde dentro, con el corazón. Tenemos necesidad de una razón iluminada desde el corazón, para aprender a actuar según la verdad en la caridad. Pero esto no se realiza sin una íntima relación con Dios, sin la vida de oración”[1].

 

La sabiduría anda en los caminos de los hombres y mujeres de hoy, nos proyecta con claridad en la cooperación a la causa de la humanidad. Son clarividentes las palabras de Benedicto XVI, citadas por Miguel d´Scoto, en su mensaje a la Conferencia, Asamblea de la ONU: “Permítanme, queridos hermanos y hermanas concluir esta reflexión con las palabras del Santo Padre, el Papa Benedicto XVI para esta Conferencia: “Invoco para los participantes de la Conferencia, como también para los responsables de la cosa pública y de los destinos del planeta, el Espíritu de Sabiduría y de Solidaridad Humana para que la actual crisis se transforme en oportunidad capaz de ayudarnos a brindar una mayor atención a la dignidad de cada ser humano y promover una distribución más equitativa del poder de decisión y de los recursos, con particular atención a los pobres, cuyo número, desafortunadamente, es cada vez mayor”[2].

 

La sabiduría se concreta en un proyecto formativo  “que brote de una visión coherente y completa del hombre, como puede surgir únicamente de la imagen y realización perfecta que tenemos en Jesucristo. Él es el Maestro en cuya escuela se ha de redescubrir la tarea educativa como una altísima vocación”. De este modo podemos “testimoniar nuestra confianza en la vida y en el hombre, en su razón y en su capacidad de amar”[3].

 

 

4.  El amor, sabia de humanidad y fidelidad

 

El cultivo del amor fiel se constituye en alma de la formación permanente. Responder lealmente en cada situación y etapa de la vida.

 

Dinamismo de fidelidad

La persona busca y encuentra en cada ciclo vital un cometido diverso que realizar, un modo específico de ser, de servir y de amar. El amor mantiene la fidelidad y la acrecienta en medio de lo cotidiano y de las responsabilidades; en los problemas y en los éxitos; frente al individualismo y protagonismo. Invita a la atención y a estar dispuestos a responder con coherencia. Para ello se requiere fidelidad confiada a Dios y a la palabra dada como fidelidad humana, sicológica y teologal (Cfr VC 70).

 

Fidelidad en tiempos áridos y penuria de vocaciones

“Las nuevas situaciones han de ser afrontadas con la serenidad de quien sabe que a cada uno se le pide no tanto el éxito, cuanto el compromiso de la fidelidad. Cultivar la adhesión espiritual al Señor y a la propia vocación y misión. Perseverando fielmente en ella, se confiesa la propia y firme confianza en el Señor de la historia, en cuyas manos están los tiempos y los destinos de las personas, de las instituciones, de los pueblos y, por tanto, también la actuación histórica de sus dones” (VC 63).

 

 

¿Cómo mantenernos? ¿Cómo ser fieles?

  • Mirar a Jesús, seguir el Evangelio en sencillez y en luz que nos penetra; da gracia de comprender e interpretar,
  • Vivir en el futuro de Dios, futuro que viene. Con esperanza. Crear caminos de hoy y de mañana, como parte del proyecto de Dios. Con Simeón y Ana dar gracias a Dios y alegrarse por entrever el futuro realizado de la salvación y de la humanización del mundo (Lc 2,29-32.38).
  • Saber apreciar lo bueno que hay en derredor, alegrarse y esperar con las nuevas generaciones.
  • Mirada larga, de futuro, hacia el proyecto de Dios; esperanza, sin modas, ni falsas ilusiones, tener instinto de la verdad, sentido de Evangelio. Aun en los equívocos de nuestro tiempo existe verdad y acción del Espíritu.
  • En grupo, unidos.

 

 

 

 

 

 

Santiago Ramírez

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Quito 15 de diciembre de 2009


[1] Homilía de Benedicto XVI en las primeras vísperas de la solemnidad de los santos Pedro y Pablo con motivo de la clausura del Año Paulino. 29 junio 2009. Zenit.

[2] Miguel d´Scoto concluía su discurso e la Asamblea General de la ONU 2009 con estas palabras: “Permítanme, queridos hermanos y hermanas concluir esta reflexión con las palabras del Santo Padre, el Papa Benedicto XVI para esta Conferencia”, a continuación cita el texto arriba trascrito

[3] Discurso de Benedicto XVI el 28 de mayo en el Aula del Sínodo del Vaticano a la Conferencia Episcopal Italiana. 23 junio 2009. Zenit.

 

Contador de Visitas

contador

Av. Garcia León 215(Oe4-33) Ruiz de Castilla 593 2 3202759 / 3202193 / 3202265