La crisis espiritual: riesgo y oportunidad

 

 

 

¿Qué es una crisis?

 

Quisiera partir primero de una aclaración, sino precisamente de una definición, de lo que es una 'crisis' en la vida de una persona. 

 

En forma breve y como primera visión: la crisis es una alteración del modo usual y normal de funcionar de la persona. Una alteración tal que no puede ser resuelta enseguida con los medios que usualmente están a disposición de la propia persona. Cada vez que hay una crisis, nace una cuestión que respecta al sentido de la vida, de la esperanza, de lo absurdo o de la desesperación, se encuentra frente a lo inesperado y a un obscurecimiento del futuro.  

 

En el fondo, la crisis es pérdida de sentido, al menos temporal. Si no pérdida real, al menos miedo de perder el objeto sobre el que el individuo ha invertido todo el sentido de la propia vida, sus energías y sus aspiraciones. 

 

La crisis es una situación dramática en la que está colocado en tela de juicio, o bien desaparece, el sentido. Precisamente por eso la crisis puede también transformarse en oportunidad propicia de cambio y recuperación a un nivel más profundo y sólido del sentido de la vida y por lo tanto de la vocación y de la vida espiritual. "Los input mayores derivan, en la mayoría de los casos, precisamente de las crisis y dificultades. En esta óptica, entonces, el problema de fondo no son las crisis, sino como colocarlas en la propia experiencia y en la dinámica de la propia identidad y crecimiento". Pero, por otro lado, no debe ser olvidado que también hay la posibilidad que el resultado de la crisis sea negativo: el sentido se ha perdido y no encuentra sustituciones, es un riesgo. 

 

La crisis es un momento del desarrollo de la vida de la persona.

 

El problema central de toda crisis es entonces el de su interpretación para una integración en la experiencia de sí mismo del sujeto y en la propia existencia. La persona tiene que apropiarse críticamente, integrándola en el proyecto de su libre yo: de su poder ser y de su deber ser. Sólo entonces la crisis puede convertirse en creativa y verdadera oportunidad de crecimiento. Las preguntas son: "¿Qué expresa esta crisis? ¿Cuáles son las causas que la han desencadenado? ¿Está en continuidad con una problemática nunca resuelta o aún no resuelta? ¿Cuáles son las dimensiones de la crisis en el plano conductual, ideológico y físico?”.  

 

Si tomamos en cuenta lo dicho anteriormente, la crisis siempre es también un problema moral, en cuanto es desafío para el actuar de quien se descubre en crisis. Si el sujeto puede no ser responsable de lo que ha provocado y preparado la crisis, es, y se queda, responsable de las posiciones que asume hacia la crisis ya iniciada. No se trata, por lo tanto, sólo de problemas psicológicos y de dinámicas psicológicas de la crisis, sino también de cuestiones morales y espirituales relevantes

 
 

Cómo se construye el sentido de la vida y la crisis vocacional/espiritual 

 
 

El sentido de la vida de una persona está estrechamente unido a la identidad de si mismo que la persona se ha construido. 

 

P. Ricoeur sustenta que la identidad de la persona se construye a través de la configuración narrativa de la memoria de sí y a través de la reestructuración de los acontecimientos de la vida que cada uno está llamado a cumplir, ayudándose de todas las aportaciones que la cultura le ofrece. 

 

Cada uno de nosotros al final es lo que nuestra historia, por nosotros mismos releída dentro de una trama de sentido, de una trama narrativa, nos revela de ser.  

 

Por tanto, en cada crisis hay una dimensión biográfica: si se pierde esta dimensión biográfica se pierde el punto central, la llave que nos permite la entrada a la comprensión de la crisis de 'esta' persona. Se hará difícil comprenderla, enfrentarla y ayudar a la persona a solucionarla. Se estará tentado, por ejemplo, de pensarla como causada completamente por hechos externos a la persona. Todo será culpa de hechos externos, la causa estará fuera de la persona. En cambio, es necesario tener en cuenta que está la persona al centro de la propia crisis.

 

Es sólo a través de la continua interpretación e integración en la propia historia personal de los varios acontecimientos que se construye la propia biografía: se mantiene, es decir, la identidad narrativa de la misma. La crisis es la pérdida de la identidad narrativa de nuestra vida: se trata de una fractura que a primera vista parece insanable al sujeto. 

 

Si la crisis siempre es crisis de sentido, en el modo dicho, quien está en crisis está en la imposibilidad de contar la propia vida con un mínimo de coherencia y 'sentido acabado'. No se siente capaz de decir por qué vive o por qué quiere vivir. Esto es tan cierto cuanto más profunda es la crisis. 

 

El recuento de la propia vida es entonces dividido, suspendido a medias, incompleto, y no se ve cómo llevarlo a cumplimiento. La crisis emerge a veces con claridad cuando el sujeto cuenta la propia vida a sí mismo, a un amigo, al padre espiritual, al analista. Contarse pide, en efecto, unificar los distintos elementos y acontecimientos en una trama que tenga sentido y que tenga una continuidad lógica. Contar la propia vida es diferente de recitar, es reconstruirla interpretándola. Entonces, no siempre es fácil contar la propia vida a sí mismo y a los demás.  

 

En este trabajo de unificación, de poner orden dentro de sí, de probar a decirse lo que se ha tenido o que se querría ser, uno da a luz a sí mismo: crea una inteligibilidad, destaca algunos elementos, matiza otros. En otras palabras, se da un sentido a lo que se ha hecho, a lo que se hace o a lo que se ha elegido hacer. 

 

Cada uno de nosotros necesita contarse para auto-comprenderse completamente.  La crisis sobreviene cuando esta operación se ha hecho difícil o hasta imposible. El sujeto no cree y se encuentra como suspendido sin posibilidad de realizarlo tal como lo pensó. Cuando no nos contamos en verdad a nosotros mismos, cuando no vivimos en verdad lo que somos, nosotros preparamos el terreno sobre el que crece y se forma una crisis espiritual. 

 

¿Cómo leemos nuestra vida a la luz de nuestra historia? ¿En base a lo que nosotros esperamos de nosotros mismos o en base a lo que hemos sido? ¿En base a lo que los demás se esperan de nosotros y que nos dicen que tenemos que hacer o bien en base a la Palabra de Dios encontrada y abrazada como sentido de nuestra vida?  

 

El recuento de nuestra vida siempre está entrelazado con el recuento de la vida de los demás (padres, hermanos, amigos, marido, mujer etc.), pero según la relevancia dada a una o a otra de las claves de lectura, las perspectivas de apertura de grietas en la continuidad del recuento son diferentes. La identidad narrativa, de la que habla Ricoeur, introduce, también en el recuento de sí, la cuestión de la fidelidad: ¿A quién soy fiel? ¿A un pasado que me ata, o a un futuro que me atrae? ¿De quién estoy intentando separarme para darme a luz a mí mismo? ¿Qué continuidad para comprenderme a mí  mismo? Sin mantener continuidad en el planteamiento de la vida se va encuentro a la crisis más radical, que es la de una vida que no logra contarse conectando los momentos del pasado con el presente y que no logra proyectar un futuro definido delante de sí mismo. 

 

Como en la vida hay vínculos y momentos importantes y otros menos, hay dos niveles diferentes de crisis: las superficiales, que nacen de una simple dificultad para contándose; otras más profundas: cuando no se puede seguir contando la propia historia sin cambiar la situación. En este último caso, para poder enfrentar el propio futuro, hace falta dar una clave de lectura diferente al propio pasado, una clave que sea capaz de abrir en todo caso un horizonte que dé sentido a las expectativas del futuro. 

 

De otra parte, también la misma psicoterapia en casos de crisis de la persona consiste en tratar de encontrar nueva armonía, nuevas posibilidades dentro de la historia experimentada, que no puede ser nunca negada o removida, capaces de dar nuevamente sentido a una historia que parece hecha de fragmentos y de trozos desconectados entre sí. Se trata de encontrar una nueva trama de lectura de modo que todo tenga sentido y dé nuevamente esperanza en el futuro. 

 
 

¿Cuáles son los efectos de la crisis? 

 

La crisis hace descubrir al hombre, puntualmente y en modo repentino, la realidad de su contingencia y sus límites, de los límites que de algún modo evocan la ruptura final de la unidad narrativa de la vida: la muerte. 

 

Crisis siempre es, por lo tanto, también experiencia del límite personal. En la raíz siempre está una confrontación con la propia muerte, no tanto e inmediatamente como muerte física, sino como posible fracaso final y total de la vida. 

 

Siendo experiencia del límite de la persona, implica inevitablemente la identidad personal y la confronta fuertemente; revela la propia vulnerabilidad, la propia exposición al sufrimiento y al riesgo máximo: el fracaso del proyecto de vida, que equivale al fracaso de la vida habiéndose equivocado radicalmente el planteamiento. 

 

De esta implicación profunda también a nivel de identidad, se producen reacciones más o menos constructivas/destructivas: rebelión, resignación, integración creativa a través de una nueva interpretación que reconduce a la crisis en el contexto de una continuidad de identidad narrativa de la propia vida. 

 

En la crisis espiritual también está implicada en muchos modos la estima de sí del sujeto: ésta puede estimular la voluntad de enfrentar y superar los factores que han llevado a la crisis misma o bien a intentos de esconderla a sí mismo y a los demás. El sujeto puede hacer experiencia de ser capaz de cosas que no habría sospechado nunca de poder hacer antes, de energías que no sospechó tener. La crisis también se revela en tal modo como una ayuda indirecta al conocimiento de sí mismo y las propias capacidades y a la profundización del sentido del valor personal. La superación de la crisis repercute en una mejor y más sólida estima de sí mismo. 

 

Con esta luz, tenemos que subrayar la crisis no sólo como momento de posible, y a veces de fuerte, sufrimiento, sino también como momento de posible conocimiento y valorización de sí mismo como momento a través del que se manifiesta la verdadera vocación. Cada uno de nosotros da a luz a sí mismo y a su personalidad en el sufrimiento; el nacimiento de un nuevo modo de ser pasa a través de dolores del parto de un mundo nuevo dentro de nosotros. 

 

De hecho, la crisis siempre es una toma de conciencia de la problemática radical de la existencia humana a causa de la fragilidad que la connota intrínsecamente en las opciones que cotidianamente está llamada a realizar. 

 

Esto introduce la posibilidad de superación de rigideces o ilusiones románticas sobre la realidad de la vida espiritual, no fundamentadas por lo tanto, en la realidad personal. Esa puede ser elemento que impulsa hacia un mayor realismo en el modo de conducir la propia vida. De aquí puede nacer el verdadero sentido cristiano de la humildad sobre sí mismos, sobre la vida y sobre la vocación: la humildad que ayuda a entender que a veces ir adelante solos nos lleva dentro de callejones ciegos y demasiado tortuosos. 

 

Los psicólogos hablan a este propósito de creatividad del luto. Cuando uno está en crisis profunda, no sabe quién es o quién quiere ser. Ha perdido su identidad, porque tiene la impresión que la identidad del pasado no sea tan sólida como pensaba o totalmente está  inducido a pensar que fuera falsa y por lo tanto a abandonarla totalmente. Pero quizás tal abandono apresurado es otro modo de evitar hacerse cargo de lo que de creativo y de realista la crisis podría introducir en la vida personal. De hecho, el sujeto se encuentra frente a una apuesta vital, la cual puesta en juego es la muerte. Todo cambio radical en nuestra vida evoca la muerte. 

 

Todo cambio suscita muchas resistencias: dentro de nosotros y alrededor de nosotros. De aquí puede venir la tendencia a continuar con modelos estereotipos de vida, pegándose tercamente y sin sentido a estos para tratar de recobrar las seguridades del pasado, manteniéndose en una situación bloqueada, con varios recursos y distracciones sin integrar creativamente lo nuevo que ha surgido. 

 

No sirve reprimir la crisis, fingir que no exista. Va del resultado o por lo menos de una experiencia espiritual y vocacional y de la propia vida 'jugada' en esta experiencia. El posponer el tiempo en que se decide a enfrentarla significa acumular experiencias que no entran en la unidad narrativa de la vida, acumular pesos que pueden ser después intolerables para la propia persona y, por lo tanto, no más manejables. 

 
 

El luto debe ser enfrentado, sin usar la técnica del avestruz. Hace falta abandonar ideas o imágenes narcisistas de sí mismo, reestructurar los propios proyectos de vida, no necesariamente cambiarlos, y eso implica enfrentar cierta separación definitiva de una parte de si, a lo mejor cultivada con mucho apego, apartarse de una idea demasiado grandiosa y omnipotente de sí mismos, tener en cuenta la experiencia de la propia fragilidad y encontrar la fuente de la propia confianza no en la propia perfección sino en el don de Dios.

 
 

El desencadenarse de la crisis

 

Se establece y se manifiesta una crisis cuando se rompe la posibilidad de una lectura significativa y lineal de la propia historia y de los elementos que la componen. Quiere decir que de algún modo se ha introducido un elemento perturbador. ¿De dónde viene?   

 

De la percepción más precisa de determinados valores.

 

De dinámicas psicológicas evitadas, porque son inconscientes.

 

De dinámicas emotivas.

 

De situaciones ambientales y sociales.

 

Causas remotas de la crisis espiritual.

 

La crisis silenciosa.

 
 

De la percepción más precisa de determinados valores.

 

Esa provoca una ruptura necesaria con una cierta organización dada anteriormente a la propia vida.

 

 A veces los valores vocacionales han sido aceptados, pero demasiado intelectualmente así que no han logrado plasmar la vida y orientar las opciones concretas.

 

Se note que la opción vocacional conlleva identificarse con determinados valores que se convierten en los principales organizadores y unificadores de la historia personal, de modo tal que la realización de la propia vida coincide con la realización de esos valores. 

 
 

De dinámicas psicológicas evitadas, porque son inconscientes.

 

De esas viene la dificultad a controlar las fuerzas emotivas, las cuales acaban de hecho por ser conducidas de las necesidades inmediatas y su gratificación, en vez de los valores vocacionales. 

 

En esta luz, la crisis es el detonante, el resultado último, de las inconsistencias vocacionales que generan insatisfacción, en cuanto los valores vocacionales han sido elegidos, por ejemplo, no por su contenido objetivo, sino por algunas metas o gratificaciones que se consideraba que fueran posibles. Frente a la falta de las satisfacciones esperadas, la persona entra en crisis y se pregunta si por casualidad no se ha equivocado de vocación y si no tenga que cambiar el modo de vivir en orden a alcanzar el objetivo inconscientemente buscado. La persona amenaza cambiar la vocación para no cambiar el estilo de gratificación de las propias necesidades: la vida espiritual queda envuelta en una red.

 

Para superar la crisis, la historia personal tiene que ser releída recuperando la autenticidad de las motivaciones más profundas de la personalidad.      

 
 

De dinámicas emotivas

 

La crisis puede ser también generada por dinámicas emotivas: inmadurez emotiva-afectiva de la persona que impide la identificación plena y total con los valores y por lo tanto la unidad de vida realizada en esos.

 
 

De situaciones ambientales y sociales

 
 

Estas pueden hacer de detonador a una situación latente en lo que respecta al punto a) o al punto b) o al punto c), antes indicados. La situación ambiental y social confronta siempre a la persona porque siempre pide ser tomada en seria consideración e integrada en el cuadro de vida vocacional elegido. 

 

Si el punto a) o el punto b) o el punto c) no presentan en si graves problemas latentes, la crisis que explota es sólo por situaciones ambientales es cierto cargada de sufrimiento y tensión, pero no es tan profunda y no pone en tela de juicio la raíz  '¿quién soy yo? '. Exige ciertamente muchos cambios y adaptaciones a la situación (no en el sentido de rendición pasiva). Esto ocurre, por ejemplo, en una comunidad muy conflictiva y poco viva cuando en ella tiene que introducirse un nuevo miembro que trata de vivir con autenticidad la propia consagración.

 
 

La pérdida de sentido de la vida presente en nuestra sociedad puede aumentar la posibilidad de producirse crisis personal.

 

Cada uno de nosotros necesita decirse frente a los demás. No necesariamente esto significa psico-dependencia; no necesariamente significa seguir en todo caso a los demás dondequiera, significa sencillamente que cada variación en el contexto social o comunitario exige una variación del propio modo personal de insertarse, precisamente para ser fiel a los valores vocacionales que se quieren vivir y anunciar apostólicamente. 

 

La falta de esta sana flexibilidad puede llevar a una situación de falsa seguridad, en el cuadro de una rigidez que es claramente defensiva. Es la negación de hecho de una crisis presente y que poco a poco aumenta de modo silencioso, pero 'malvado.'       

 
 

Causas remotas de la crisis espiritual

 

Uno de éstas puede ser, por ejemplo, la influencia de esquemas de vida asumidos por la familia de procedencia; especialmente de silenciosos mitos familiares, que siguen actuando como guías para la vida del sujeto. En efecto, él se inserta con la propia historia en una historia multigeneracional. Asume inconscientemente la tarea de llevar adelante la historia de la familia de la que él es sólo una pieza. Ocurre así que la persona, incluso entrando en la vocación, continúa en la búsqueda del cumplimiento de las expectativas familiares puestas sobre él desde del nacimiento: continuar la historia del apellido en el sentido de permanecer fiel a los mitos familiares que sobre él han sido proyectados. Estos mitos pueden llevar al sujeto a una situación de fuerte conflictividad con respecto a las expectativas de la Iglesia. 

 

No es posible considerar adecuadamente la crisis aislando al sujeto de su contexto y de su historia, entendida aquí no de modo individual, sino de modo amplio: la historia de su familia. En efecto, cada uno de nosotros ha recibido influencia desde el nacimiento (y quizás también antes) de proyectos de otros (padres) sobre nosotros, que han contribuido a la construcción de nuestros proyectos. Nuestros proyectos son de siempre, inconscientemente, confrontados con los de ellos y son el resultado de esta confrontación: mediación o asunción pasiva es el resultado. 

 
 

La crisis silenciosa

 

También puede haber la situación de una crisis silenciosa, no impactante y no manifestada por el sujeto. Se trata de aquellas situaciones en que la unidad de vida no está presente, sin embargo la persona no va en crisis, aunque todo deja prever que debería sentir fuertemente el malestar de la situación. 

 

Es evidente aquí la presencia de dinámicas defensivas inconscientes psicológicas. Dinámicas evidentemente no adaptativas y pocos útiles, para que la persona pueda enfrentar de modo creativo la situación. Es la situación que sería indicada en términos clínicos como situación de enfermedad: quedar inalterados frente a las alteraciones del ambiente interior y externo. 

 

Esperará aquí a la sabiduría educativa del padre espiritual poner en crisis a la persona, sin esperar que la situación se gangrene y todo se vuelve más difícil. Como toda enfermedad, más rápido se enfrenta, más probable y más fácil es la sanación. 

 

Como se ve la tarea del director espiritual no es necesariamente la de evitar las crisis a las personas que acompaña, sino también la de hacer surgir crisis lo más posible controlada, de modo de facilitar el crecimiento y la consolidación de un ideal realista de la vida. Si no fuera así, en todo caso, puede suceder que se prolongue para toda la vida una situación de indecisión y ambivalencia, que no le permite vivir la vocación personal. Aquella persona se convierte, entonces, en un peso para toda la comunidad y un contra-testimonio para los demás: poco capaz de atraer y entusiasmar a otras personas. 

 
 

Conclusión

 

La crisis espiritual es realmente riesgo, pero también oportunidad de crecimiento en una vida espiritual más realista y más encarnada en la propia única realidad confiada a Dios y donada a la Iglesia.

 

 

 

 

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